«En espíritu de humildad, de sencillez y de caridad»

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Anne Prévost, H.C. · Year of first publication: 2000 · Source: Ecos 2000.
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Introducción

Para centrar bien mi intervención, voy a citar los términos en los que se me ha pedido que presente el espíritu de la Compañía:

«Le proponemos que su intervención conste de dos partes:

  • la primera, será una exposición del tema,
  • la segunda, tratará de la manera cómo debe presentarse este espíritu de humildad, sencillez y caridad a las jóvenes que solicitan su entrada en la Compañía, teniendo en cuenta sus características, tanto positivas como nega­tivas.

La segunda parte puede estar basada en su experiencia, sobre todo si usted ya ha tratado de hacerlo con las jóvenes en periodo de formación».

Para comenzar, escuchemos a San Vicente, dirigiéndose a las primeras Her­manas: <‹El espíritu de vuestra Compañía consiste en tres cosas: amar a Nuestro Señor y servirle con espíritu de humildad y de sencillez. Mientras reinen en voso­tras la caridad, la humildad y la sencillez, se podrá decir: «Todavía vive la Compañía de la Caridad» (Conf. Esp. Nº 976).

En la experiencia de fe de San Vicente, el Espíritu de Jesucristo se expresa especialmente a través de estos tres rasgos: humildad, sencillez y caridad. San Vicente quiere inculcar a las Hermanas estas virtudes de humildad, sencillez y caridad que son las actitudes profundas que deben tener si quieren prolongar la vida y la misión de Cristo, en el servicio a los pobres que Dios les ha confiado.

Una apuesta para la Compañía, hoy.

Nuestro origen, nuestra identidad y nuestro fin están bien definidos en las Constituciones.

El espíritu de la Compañía no es otro que el del Evangelio, es «una buena noticia» que nos es dada para que la vivamos, la compartamos y la anunciemos. Uno de los retos para la Compañía, hoy, es el de la «transmisión» de este espíritu específico a las Hermanas jóvenes.

Transmisión no significa solamente repetición de un mensaje, sino que supone una apropiación de este mensaje, dentro de una cultura que va unida a una época.

En una sociedad que cambia rápidamente, donde las mentalidades evolucio­nan permanentemente, es preciso que adoptemos un lenguaje que sea compren­sible para las Hermanas jóvenes de hoy, si queremos continuar pasando el relevo, que nos permita una continuidad creativa.

La formación es un proceso en movimiento que tiene que renovarse sin cesar. Por supuesto, la formación no tiene como finalidad correr tras las modas, ni po­demos confundir una tendencia psicológica exacerbada culturalmente con un objetivo que hay que alcanzar. Pero supone siempre un esfuerzo para comprender a las Hermanas jóvenes tal como son, para comprender sus expectativas, en fidelidad a las intuiciones de nuestros Fundadores.

Mi intervención tendrá dos partes:

En primer lugar contemplaremos a Cristo, adorador del Padre, servidor de su designio de amor y evangelizador de los Pobres. Y podremos ver el vínculo profundo entre estas tres actitudes de Cristo y las tres virtudes que San Vicente recomienda a sus hijas.

En segundo lugar, nos detendremos en las distintas posibilidades de presentar hoy el espíritu de la Compañía, partiendo de algunos valores que viven las Hermanas jóvenes, como hizo San Vicente en su Conferencia del 25 de enero de 1643 en la que, para que se comprendiera mejor el espíritu de la Compañía, habló de las virtudes propias de las verdaderas campesinas. Así pues, esta segunda parte, será más bien pastoral.

I. El espíritu de humildad, sencillez y caridad

1. El espíritu de humildad o la actitud de adoración del Padre

San Vicente descubre en Jesucristo uno de los rasgos que le caracterizan: la adoración del Padre. Jesús es, dice, «religión para con su Padre», «religión» es decir adoración, entrega, dependencia (Sig. VI, p. 370).

Cristo no existe nada más que en adoración, en relación con el Padre en el Espíritu de amor. La adoración de Jesús a su Padre, es para San Vicente, la expresión de su humildad. En efecto, sin humildad, no es posible la adoración.

Orientado hacia el Padre, Jesús está también orientado hacia los hombres, puesto que la mirada del Padre está dirigida hacia los hombres.

Jesús es adorador del Padre, presente no sólo en la oración, sino también en el corazón y en la vida de los hombres. Reconociendo a su Padre actuado sin cesar, siempre presente, Jesús se admira y vive en una constante acción de gracias.

Al descubrir en Jesucristo esta dinámica de adoración al Padre, las Hermanas jóvenes entran, de manera progresiva, en el espíritu de humildad de Jesús.

San Vicente dice: «La humildad consiste en anonadarse ante Dios y en des­truirse a sí mismo para agradar a Dios en el corazón» (Sígueme XI; p. 587).

Seguir a Jesús, adorador del Padre, es en primer lugar reconocer el amor del Padre que no cesa de acercarse a nosotros y unirnos a Él. Esta virtud de la humildad recomendada por San Vicente nos invita a ser cada día más «adorado­ras del Padre», siguiendo a Jesús, adorador del Padre. Esta actitud de adoración nos hace capaces de estar atentas, de estar a la escucha y poder así reconocer la presencia del Padre actuando en nuestra vida y en la de los demás, lo que nos lleva a vivir en constante acción de gracias.

No podemos, pues, confundir la humildad con un complejo de inferioridad, o con tener una mala imagen de uno mismo o una falta de seguridad, que revelarían más bien una incorrecta comprensión de la humildad. La humildad no se reduce a tener conciencia de las propias limitaciones e incluso reconocerlas. Es ante todo una ac­titud del corazón que hace que nos volvamos al Padre, hacia los hermanos. La hu­mildad no se preocupa por uno mismo, ni en el momento del éxito ni en el fracaso, ni en la alegría ni en la pena. Nos impide hacer comparaciones pues compararse es girar alrededor de uno mismo y, de esta forma, perder de vista a Dios.

La actitud de adoración provoca una actitud de admiración que conduce a un descentramiento de uno mismo en una dinámica positiva.

2. El espíritu de sencillez o la búsqueda de la voluntad de Dios

San Vicente descubre en Jesucristo un segundo rasgo que le caracteriza: su voluntad de realizar el designio de amor de su Padre. La norma de Nuestro Señor era: «cumplir la voluntad de su Padre en todo» (Síg. XI, p. 448).

Jesucristo no es solamente el que está orientado hacia el Padre, sino también el que busca lo que le agrada al Padre. Esta búsqueda de la Voluntad del Padre se manifiesta a través de una constante disponibilidad. A lo largo del Evangelio, descubrimos la lucha que tuvo que mantener Jesús para ser en todas las circuns­tancias el servidor del designio de amor del Padre.

Sin cesar, hace la opción de servidor, resistiendo a las tentaciones del poder, de dominación, de la popularidad, de la dimisión…

Contemplando esta actitud de Jesús para con su Padre, las Hermanas jóvenes van comprendiendo poco a poco el espíritu de sencillez de Jesús.

«La sencillez…, afirma San Vicente, equivale a la verdad, o a la pureza de intención»..,en cuanto que hace que nuestros actos de virtud tiendan rectamente hacia Dios» Y con relación a la sencillez en las palabras, dice también: «cuando hablamos, tenemos que hacerlo con toda sencillez, nunca en un doble sentido, ni en propio provecho…sino siempre para agradar a Dios…». Y más adelante: «La sencillez que se refiere a las acciones consiste en obrar normalmente, con recti­tud, y siempre teniendo a Dios ante los ojos» (Síg. XI, p. 463-465).

Seguir a Jesús, servidor del designio de amor del Padre es, en primer lugar, amar a Dios, tratar de hacer lo que a Él le agrada y desear cumplir su voluntad como es propio de un servidor. Esta virtud de la sencillez, que San Vicente nos pide, nos invita a ser, cada vez más, siervas del designio de amor del Padre, en seguimiento de Jesús servidor. La sencillez nos ayuda a mantener la lucha espi­ritual, diariamente, contra las diversas tentaciones que se presentan y que nos llevarían por otro camino distinto al que debe seguir la sierva del designio de amor del Padre. El hecho de elegir ser «siervas del designio de amor del Padre» nos ayuda a crecer en humanidad.

Es preciso, pues, que no confundamos sencillez con voluntad de afirmación de nosotras mismas o con voluntad de poder, ni sencillez con espontaneidad e inge­nuidad. La ingenuidad es un exceso de confianza que con frecuencia es fruto de la ignorancia, la inexperiencia o la falta de reflexión. La espontaneidad nos hace reaccionar inmediatamente, obedeciendo al primer impulso, sin discernimiento. La sencillez es ante todo una actitud del corazón que nos lleva a buscar la voluntad de Dios. Nos conduce a pasar del «yo» superficial al «yo» verdadero y profundo y a hacer coincidir, lo mejor posible, nuestra voluntad con la voluntad de Dios.

Ser sierva del designio de amor del Padre, es ir rectamente hacia Dios con un comportamiento inteligible para todos. Aquí está el verdadero sentido del espíritu de sencillez, y en este sentido es donde se encuentra la «Buena Noticia» porque nos lleva a amar al otro por él mismo.

3. El espíritu de caridad o la ternura de Dios para con los hombres

San Vicente descubre en Jesucristo un tercer rasgo que le caracteriza: su compromiso de evangelizar a los pobres. «Y si se le pregunta a Nuestro Señor: ¿Qué es lo que has venido a hacer en la tierra? –A asistir a los pobres —¿A algo más? A asistir a los pobres», contestó (Síg. XI, p. 35).

Jesús no solamente es adorador del Padre, siempre vuelto hacia Él, servidor de su designio de amor, buscando siempre realizar la Voluntad del Padre, sino que es también evangelizador de los pobres, expresando con toda su vida el amor del Padre a los hombres.

Invadido por el amor del Padre, Jesús ama a todos los hombres sin excepción. Su corazón atento le hace descubrir las riquezas y las heridas de cada hombre y se conmueve ante éstas. Se pone al servicio de curación de cada hombre: servicio corporal y servicio espiritual, a fin de ayudar a cada uno de ellos a realizar su vocación de hijo del Padre y llegar a ser «amigo de Dios».

Meditando en este rostro de Cristo, evangelizador de los pobres, las Hermanas jóvenes entran en la dinámica de evangelización de los pobres; comprenden mejor la compasión del corazón de Dios hacia ellos.

San Vicente nos pide que vivamos la caridad en la humildad y la sencillez porque el Hijo de Dios, que «consumió su vida por amor del Padre en el servicio de los pobres» la vivió así. (Síg. XI, cf. p. 459 y ss)

Nuestro Fundador precisa que las Hijas de la Caridad no son religiosas (cf. Sig. IX. p. 498, 525-526, 594) pero viven en estado de caridad y su perfección se encuentra en la caridad (cf. Síg. VII, p. 326).

Y dice también: «Hacéis profesión de dar la vida por el servicio del prójimo, por amor de Dios… el mayor testimonio de amor es dar la vida por lo que se ama; y vosotras dais toda vuestra vida por la práctica de la caridad; por tanto la dais por Dios» (Síg. IX, p. 418).

Seguir a Jesús, evangelizador de los pobres, no es solamente reconocer los valores que viven los pobres, sino también, dejarnos conmover por sus heridas y comprometernos para poner todo nuestro amor y toda nuestra energía al servicio de su promoción integral.

No debemos confundir caridad con generosidad ni tampoco con solidaridad. La caridad es a la vez visión de fe y puesta en práctica del amor de Dios. Así pues, el amor-caridad supone la humildad en seguimiento de Cristo, adorador del Padre, y la sencillez en seguimiento de Jesús servidor de su designio de amor.

Esta virtud de la caridad, recomendada por San Vicente, nos invita a ser cada día más «evangelizadoras de los pobres», siguiendo a Cristo evangelizador de los pobres, es decir, viviendo este doble movimiento del amor que es afectivo y efectivo, con relación a todos pero prioritariamente a los pobres.

Esta actitud evangelizadora de los pobres desarrolla la capacidad de acogida del amor de Dios para actuar con Él y, en su nombre, en bien de los pobres.

II. Cómo presentar hoy el espíritu de la Compañía a las hermanas jóvenes a partir de algunos valores de su cultura

Dos observaciones previas

Lo que voy a compartir con ustedes en esta segunda parte es fruto de mi experiencia personal, por lo tanto limitada a un año y realizada en Francia. Al oír mi experiencia, ustedes pensarán en la suya y así podrán completar lo que yo voy a decir.

Para comenzar esta segunda parte, sería bueno recordar dos observaciones que encuentran un eco en el proverbio que muchas de ustedes conocen: «Para ensebar inglés a John, no basta con saber inglés, es necesario conocer quién es John»

Primera observación: «Para enseñar inglés a John, es necesario conocer quién es John»

Es decir, es necesario conocer a las Hermanas jóvenes a las que vamos a presentar el espíritu de la Compañía.

(1) John es una persona única

No es suficiente conocer el espíritu de la Compañía, se trata de presentarlo en un lenguaje que sea comprensible para las jóvenes de hoy. Incluso si la juventud tiene unos rasgos característicos, no se pueden reducir a unos rasgos comunes, olvidando la diversidad. Las jóvenes no corresponden a un modelo único. Sería peligroso construir un discurso globalizante sobre las jóvenes a partir de algunas a las que podemos conocer y acompañar.

Por esto, es necesario pensar en una presentación plural, adaptada lo mejor posible a las jóvenes que tenemos en nuestro país y en el contexto que les es propio.

(2) «John» es una persona situada en un lugar y en una época determinada

En este sentido, podemos decir que las Hermanas jóvenes a las que acompa­ñamos están situadas en un mundo diferente del de nuestra juventud. Por ello, podemos constatar un cambio en algunos valores. Esto nos puede llevar a hablar de una pérdida de valores. En realidad, si unos valores desaparecen, nacen otros, que no son ni peores ni mejores, sino diferentes. Para partir de las jóvenes tal como son y allí donde están, es preciso descubrir sus valores así como los de su cultura a fin de apoyarnos en ellos para orientarlas en el sentido de su vocación. Esto exige por nuestra parte un gran espíritu de observación para descubrir en su cultura lo que es fuerza de vida.

Las jóvenes, se abrirán a su vocación a partir de lo que son, personalizando su compromiso y no entrando en un comportamiento estereotipado que no tuviera en cuenta su cultura.

Segunda observación: «es necesario saber inglés»

Como decía ya Pablo VI, los jóvenes necesitan más testigos que maestros. Es en esta línea de ser testigos en la que estamos invitadas a situarnos, y en primer lugar a hacernos esta pregunta: ¿Cómo vivimos nosotras este espíritu de la Compañía?

No hay recetas ni soluciones mágicas para tratar de transmitir nuestro espíritu evangélico, sino que nuestra manera de ser dará o no deseos de entrar en este espíritu de la Compañía.

Después de estas dos observaciones, les propongo un camino pastoral para presentar el espíritu de la Compañía teniendo en cuenta algunos valores que viven actualmente las jóvenes que entran en la Compañía en Francia.

Aunque el espíritu de la Compañía debe impregnar todas las dimensiones de nuestra vida de Hijas de la Caridad sin disociarla: vida de relación con Dios, vida fraterna y vida apostólica, voy a proponerles un campo privilegiado para cada una de las virtudes, con un interés pedagógico.

1. El espíritu de humildad

a) Dos valores que pueden ser camino de humildad: la tolerancia y el respeto al medio ambiente

Aun cuando las Hermanas jóvenes están marcadas por la fuerte tendencia al individualismo que caracteriza a nuestra sociedad actual, por ese «cada uno para sí» que frena la relación con los otros, podemos constatar en ellas un cierto espíritu de tolerancia y un verdadero respeto al medio ambiente.

La tolerancia y el respeto al medio ambiente son vividos a menudo como reacciones contra males que afectan al hombre, como la guerra, la polución …

La tolerancia y el respeto al medio ambiente buscan en primer lugar salvaguar­dar una cierta armonía entre los hombres y la creación. Estos dos valores son dos puntos de apoyo para subrayar el desafío de la atención a los otros y pueden ser camino de humildad.

b) En qué y cómo estos dos valores pueden ser punto de apoyo para desarrollar el espíritu de humildad?

Las Hermanas jóvenes descubren en el Evangelio cómo es la tolerancia de Jesús y su actitud ante a la creación. Progresivamente entran en la dinámica evangélica de la tolerancia que les hace pasar de una tolerancia para evitar los conflictos a una tolerancia que es acogida de la diferencia del otro y descubri­miento de sus riquezas para maravillarse por ello.

Igualmente descubren que el respeto al medio ambiente no se reduce sólo a evitar las catástrofes ecológicas, sino que es una llamada a respetar la naturaleza confiada por Dios al hombre a fin de desarrollarla armónicamente para la felicidad de todos.

Esta dinámica evangélica es un camino concreto de humildad que nos lleva a Dios y hacia los demás, que nos conduce a descentrarnos de nosotros mismos. Concretamente, las Hermanas jóvenes aprenden a maravillarse ante la naturaleza como creación de Dios y ante todos los hombres sin distinción, como hijos de Dios, creados a su imagen.

A ejemplo de Jesús con la Samaritana, la formación en el espíritu de humildad consiste en ayudar a las jóvenes a ir más allá de lo humano o lo psicológico y a descubrir que los valores humanos tienen su origen en la presencia de Dios que actúa en el mundo y en el corazón de los hombres. Dios ama tanto al hombre que está presente en su corazón y le da gratuitamente la creación.

Si la tolerancia conduce al respeto del otro, como persona, la mirada de fe nos lleva a reconocerlo como a hijo de Dios, habitado por la presencia de Dios.

No se trata pues, solamente de ser tolerante para que haya una cierta armonía entre los hombres, sino que el respeto evangélico conduce a descubrir la diferen­cia del otro y a reconocer sus riquezas como semillas del Verbo. Con esta mirada que sabe descubrir las «semillas del Verbo», la manera de vivir la tolerancia se transforma y conduce con toda naturalidad, a una vida de acción de gracias.

San Vicente nos invita a descubrir la presencia de Dios en cualquier situación, persona o acontecimiento, cuando dice: «Volved la medalla y veréis por la luz de la fe que el Hijo de Dios está presente en estos pobres» (Síg. XI, p. 725)

Del mismo modo, no hemos de respetar el medio ambiente sólo por evitar efectos nefastos que se vuelven contra el hombre sino porque la creación es obra de Dios y nos ha sido confiada para la felicidad de todos. Este respeto debe ayudarnos a todos a encontrar al Creador a través de la belleza de la naturaleza y a darle gracias por ella.

c) El espíritu de Humildad, un camino que nos lleva a ser «Adoradoras del Padre»

A partir de las Constituciones 1. 4; 1. 9; 1. 10; 2. 2; 2. 3; 2. 9; 2. 17, la vocación de la Hija de la Caridad se comprende como una llamada a ser adoradora del Padre no solamente a través de una vida de oración, sino también a través de las personas y de los acontecimientos.

Cristo habita continuamente en nuestro corazón y en el de los otros. Para encon­trar esta presencia tenemos que estar atentas y buscarla con paciencia y perseve­rancia. Por esto, las Hermanas jóvenes aprenden a dar a Dios un sitio, cada vez mayor, en sus vidas, a pasar del «hacer por Cristo» a «ser con Cristo», a desarrollar la primera dimensión de nuestra identidad: el «totalmente entregada a Dios».

Esto conduce tanto a las Hermanas jóvenes como al equipo de formación a ser cada vez más «adoradoras del Padre», como la Samaritana a quien Jesús respon­dió: «Se acerca la hora en que no daréis culto al Padre ni en este monte ni en Jerusalén… se acerca la hora …en que los que dan culto auténtico darán culto al Padre en espíritu y verdad, pues de hecho el Padre busca hombres que lo adoren así» (Jn. 4, 21-23). ¿No es eso lo que dirá San Vicente a las Hermanas cuando les habla de saber «dejar a Dios por Dios», dicho de otra manera que estén unidas a Dios, es decir en actitud constante de adoración para reconocer su presencia en toda circunstancia tanto en la vida de oración como en la vida de los hombres?

2. El espíritu de sencillez

a) Dos valores que pueden ser camino de Sencillez: la sed de autenticidad y el deseo de triunfar en la vida.

Incluso si las Hermanas jóvenes están marcadas por una sociedad que da prioridad a la apariencia, a lo efímero, se puede constatar en ellas una sed de verdad, de autenticidad y un deseo de triunfar en la vida.

Su deseo de autenticidad parece ser una reacción contra un ambiente de superficialidad, contra un ambiente de confusión y de ambigüedades. Su deseo de triunfar en la vida parece exacerbado frente a la incertidumbre del futuro y a las múltiples fracturas del mundo de hoy.

b) En qué cómo estos dos valores pueden ser punto de apoyo para desarrollar el espíritu de sencillez?

Las Hermanas jóvenes descubren progresivamente la autenticidad a la que Jesús las llama, que es un aprendizaje a la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se dice y lo que se es.

La sencillez es el camino evangélico que les invita a pasar:

  • de un deseo de autenticidad personal unido a la imagen ideal en la que se proyectan a la búsqueda de la autenticidad vocacional a la que Dios las llama,
  • de una búsqueda de éxito personal a la búsqueda de la realización del pro­yecto de Dios en su vida y en la vida de los demás.

Su deseo de autenticidad se confronta con la realidad de lo que son. Aprenden a reflexionar más sobre ellas mismas, sobre sus actos y las consecuencias de estos actos y llegan a ser capaces de analizar sus comportamientos. Intentando entrar cada vez más en el misterio de Dios, se esfuerzan por desenmascarar sus ambigüedades, su superficialidad, el aparentar, para penetrar en el ser profundo de su persona.

Así, tratando de discernir qué es lo mejor, las hermanas jóvenes van purifican­do su deseo de autenticidad. Toman conciencia de sus actitudes y de su compor­tamiento no ya en función de un ideal que ellas se han marcado sino en función del camino que Dios les propone, es decir, el del Evangelio vivido como lo hicieron los Fundadores. Aprenden a ser auténticas pasando de un comportamiento ambi­guo a unas relaciones más claras, de la necesidad de justificarse a motivaciones más profundas. Un trabajo de interiorización favorece un crecimiento progresivo de su ser de «sierva».

c) El espíritu de Sencillez un camino que nos lleva a ser «siervas del designio de amor de Dios».

A partir de las Constituciones 1.4; 1.9; 1.10; 2.2; 2.3; 2.9; 2.17, la vocación de la Hija de la Caridad se comprende como una llamada a servir a los pobres como verdaderas Hijas de San Vicente.

Profundizando en el rostro de Jesús servidor, las Hermanas jóvenes experimen­tan que el éxito según el corazón de Dios no está en el triunfalismo superficial sino en la profundidad del amor en la vida de cada día. Con el transcurso del tiempo, el gusto por el éxito no se limita ya a la búsqueda de éxitos rápidos o especta­culares, sino en encontrar satisfacción por lo que se hace y en vivir en plenitud el momento presente.

El espíritu de sencillez conduce poco a poco a las hermanas jóvenes a desear ser cada vez más siervas del designio de amor de Dios, es decir a lo que las Cons­tituciones les invitan, poniendo a la disposición de Dios todo lo que son y todo lo que tienen. Las hermanas jóvenes, junto con el equipo de formación, se esfuerzan por compartir sus propias riquezas en la vida de la comunidad, teniendo en cuenta las de las demás para construir un «nosotros» comunitario a través de las relaciones fraternas y poder responder así, juntas, como siervas, al proyecto de Dios. En efec­to, la calidad de la vida comunitaria dependerá de la calidad del servicio.

3. El espíritu de caridad

a) Dos valores que pueden ser camino de caridad: la generosidad y los compro­misos en favor de la ayuda humanitaria

Aunque las Hermanas jóvenes están marcadas por la búsqueda de la eficacia, de la competitividad, de la competencia, son capaces de una verdadera genero­sidad. Son espontáneamente sensibles a todos aquellos que a su alrededor, se encuentran en alguna dificultad, no dudan en alterar su horario para acudir en su ayuda. Se trata sobre todo de una solidaridad de cercanía.

Expresan así un deseo de justicia y se comprometen con gusto en acciones en favor de los pobres.

Este valor de solidaridad está marcado por las urgencias que provocan lo: «impulsos del corazón» que se traducen en compromisos intensos, pero breves más bien que en orientaciones de vida más discretas pero duraderas.

b) En qué y cómo estos dos valores pueden ser un punto de apoyo para crece: en el espíritu de caridad?

Si las hermanas jóvenes son, por naturaleza, generosas, viven en una época de lo efímero. La caridad-trabajo, les va bien. Tomando conciencia de este aspecto a menudo puntual de sus compromisos, se abre ante ellas un nuevo horizonte a través del descubrimiento del «estado de caridad».

Descubren en el evangelio que la Caridad vivida por Jesús es la expresión misma de la caridad del Padre. Poco a poco van entrando en la dinámica evangélica de la caridad que les hace pasar:

  • de acciones puntuales a un «estado de caridad»
  • del «hacer por» al «hacer con» en reciprocidad.

Comprenden que la caridad no se reduce a la generosidad puntual sino que es una llamada a poner en obra el amor de Dios a través del compromiso de toda su persona, en fidelidad. La caridad no se limita ya a un hacer sino que es la revelación de un amor al otro que engendra reciprocidad.

c) El espíritu de caridad, un camino que lleva a ser «evangelizadoras de  pobres,«

A partir de las Constituciones 1. 4; 1. 5; 1. 7; 1. 10; 1. 11; 1. 12; 2. 1; 2. 2.; 2 3; 2. 9; 2. 10; 2. 11, la vocación se comprende como una llamada a ser evangelizadoras de los pobres no solamente por una caridad humilde, sino también por medio de una caridad sencilla.

Las Hermanas jóvenes la descubren como la expresión de su identidad de Hija: de la Caridad. En efecto, la caridad evangélica no existe más que si hay humildad sencillez. Jesús, evangelizador de los pobres, es a la vez adorador del Padre en espíritu de humildad, y servidor de su designio de amor en espíritu de sencillez.

Las Hermanas jóvenes aprenden a traducir la caridad de Dios en un servicio humilde y sencillo. Las dos actitudes fundamentales de humildad y de sencillez conducen a considerar a «los pobres como amos y señores» (Sig. XI, p. 273).

  • La humildad las lleva a considerar «a los pobres como a sus amos»:

El espíritu de humildad les ayuda a no considerarse superiores a los pobres sino a mirarlos como a hermanos que les dicen algo de parte de Dios.

La sencillez las lleva a reconocer «a los pobres como a sus señores» a quienes tienen que servir; el espíritu de sencillez les ayuda a verse tal como son para amar a los pobres, sus hermanos, poniendo sencillamente sus capacidades a su servicio.

Las hermanas jóvenes aprenden a considerarse y a considerar a los pobres positivamente. Estas dos actitudes no son innatas: hay que ir adquiriéndolas cada día. Las hermanas comprenden también que para llegar a esta caridad de Jesu­cristo, es preciso recorrer un camino de conversión, pues según su temperamento y los encuentros realizados, espontáneamente se inclinan hacia un sentimiento de superioridad o de inferioridad.

Desarrollando cada vez más estas relaciones de reciprocidad, comprenden que la caridad es «Buena Noticia» para los pobres.

d) Un campo de aplicación privilegiado para la Caridad: «el servicio a los pobres»

Las hermanas jóvenes van descubriendo poco a poco que el servicio a los pobres no es solamente una ayuda humanitaria sino que es un lugar donde tienen que dar testimonio de Jesucristo Servidor de una manera efectiva.

Las Constituciones dicen que «La Caridad nos apremia a ayudar a toda per­sona a realizar su vocación de hijo de Dios», es decir, que los pobres ocupan su propio lugar como colaboradores, como hermanos y hermanas. Para esto, nos dice San Vicente, es necesario «pasar del amor afectivo al amor efectivo».

(1) El amor afectivo

Si San Vicente dijera hoy esta frase a las Hermanas jóvenes, precisaría quizás que el amor afectivo no consiste simplemente en un «impulso del corazón» por muy generoso que sea, sino en tratar de conseguir esa calidad de relación que tiene su fuente en el corazón de Dios.

Pasar del «impulso del corazón» al amor afectivo según San Vicente es pasar de sus emociones puntuales, de sus miedos o de sus antipatías a una verdadera compasión hacia el otro, a una cercanía del corazón para compartir el sufrimiento del otro, sea cual sea.

A veces ha sido necesario ayudar a las Hermanas jóvenes a tomar conciencia de lo que les impedía abrirse al encuentro verdadero con el otro que vive en una situa­ción de pobreza. Ellas han ido profundizando progresivamente en el verdadero sig­ nificado del amor afectivo y lo han comprendido como un amor que les ayuda a salir de ellas mismas para dejarse «conmover» por la vida de las personas.

Las Hermanas jóvenes desarrollan así su capacidad de atención a las perso­nas para descubrir su identidad, su estado de vida, sus condiciones de vida, y al mismo tiempo se dan cuenta de sus propias capacidades humanas, de sus limi­taciones, de sus necesidades expresadas o no, de sus valores…

Con el espíritu de caridad, las Hermanas jóvenes se esfuerzan por servir a los pobres allí donde se encuentran y se interesan por su vida: «Es preciso ir a ver a los pobres a sus casas», decía San Vicente . Aprenden que «ir a ver a los pobres a sus casas» significa «dejar» el propio estilo de vida, maneras de ver, de pensar, «para descubrir» los de los pobres, a fin de conocerlos mejor. No se trata solamente de efectuar un desplazamiento geográfico, sino de experimentar una verdadera cercanía, aunque permaneciendo vigilantes para no engendrar depen­dencia afectiva.

(2) El amor efectivo

Si las Hermanas jóvenes aprenden a desarrollar esta cercanía del corazón, descubren igualmente aspectos concretos del amor efectivo, como son:

  • el hacerse cargo del hombre en su totalidad
  • Aunque el punto de partida del servicio se refiere a una dimensión particular de la persona: física, afectiva, intelectual, económica, espiritual… las Hermanas jóvenes van captando lo que significa la expresión vicenciana: «el servicio corporal y espiritual»,
  • la importancia de colaborar con los demás, incluidos los pobres

Me parece importante insistir en este punto particular, dada su manera de funcionar que se limitaba a menudo a las personas con dificultades, olvidán­dose de su ambiente y de las otras personas con las que tenían que colaborar.

Conclusión: Es normal que volvamos la mirada hacia María, Maestra de vida espiritual, pues como afirman las Constituciones: «quien quiere seguir a Jesucris­to, Adorador del Padre, Servidor de su designio de Amor y Evangelizador de los Pobres, encuentra… a María… la Inmaculada, adoradora del Padre… Sierva de su designio de amor… Madre de misericordia … esperanza de los humildes y evan­gelizadora de los pobres» (cf. C.1.12).

Igualmente la Constitución 2.11 subraya: «En su servicio de Cristo en los po­bres, la Compañía se fija con razón en Aquella que engendró a Cristo…».

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