Introducción
Ante un tema tan importante y tan amplio, he escogido compartir con ustedes, sencillamente, entre Hermanas, algunos elementos de mi experiencia como formadora, en relación con la vida comunitaria que he vivido a lo largo de estos cuatro últimos años en el Seminario interprovincial de Italia.
En esta intervención voy a indicar solamente algunas convicciones e itinerarios educativos que me parecen fundamentales y que hay que hacer que la joven de hoy descubra y experimente durante el Seminario.
La vida fraterna en comunidad pertenece al patrimonio carismático de la Compañía de las Hijas de la Caridad.
Los elementos constitutivos están bien delineados en las Constituciones de 2.17 a 2.22, y al mismo tiempo, volvemos a encontrarlos en otros puntos de nuestras Constituciones, porque, precisamente tales disposiciones afectan a todos los aspectos de la vocación.
De los Escritos de San Vicente y de Santa Luisa emerge la preocupación constante de sostener la unidad de los miembros de la comunidad: serían muchísimos los textos a los que podemos hacer referencia, bastaría con recorrer el índice de las Conferencias a las Hijas de la Caridad.
Por último, para no extenderme más, las remito a los últimos artículos del Padre Quintano publicados en los «Ecos», del mes de abril y de mayo de 1999, donde esta dimensión ha sido ampliamente profundizada.
Personalmente he tratado de focalizar solamente dos convicciones, relativas a la vida fraterna en comunidad de las Hijas de la Caridad, que me parece fundamental que la joven adquiera durante el Seminario, convicciones que pueden ser los puntos de fuerza para un empeño profundo en la construcción, día tras día, de una comunidad de fe «con miras a su misión específica de servicio», (C. 2. 17).
Convicciones fundamentales
Las dos convicciones fundamentales, las entresaco del artículo 1.4, corazón de nuestras Constituciones, donde se expresa de manera sintética la identidad teológica de la Hija de la Caridad. Son:
- La fidelidad al bautismo
- Una misma llamada divina
1. La fidelidad al bautismo
Como bautizadas, habiendo sido «injertadas», incorporadas a Cristo, estamos en comunión entre nosotras «… aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo, y somos miembros los unos de los otros» (Rom. 12, 5).
La comunión de fe no es por tanto cuestión «sentimental». Es una gracia que se nos da. Esta pertenencia a Cristo y, en Él, entre nosotros, precede incluso a nuestra consciencia. Con la libertad podemos participar en esta comunión, como podemos también, con esa misma libertad no adherirnos a esta «recíproca pertenencia a Cristo».
Una comunidad de cristianos es el cuerpo de Cristo presente. Esto es lo que quiere decir la palabra «comunión»: es un hecho muy concreto. Tan concreto que a través de ello se vuelve a proponer hoy Cristo mismo. La manera como Él actuaba con relación al Padre o como trataba a la gente, a los pecadores… se prolonga a través de nuestras relaciones. La «comunión» es una realidad viviente, no una idea.
«Comunidad cristiana» significa: ‘Comunión en Cristo Jesús’. No puede ser nada más ni nada menos. Esto es verdad para todas las formas de comunidad que puedan reunir a creyentes: desde las que nacen de un simple y breve encuentro hasta las que resultan de una prolongada fraternidad de todos los días.
Si podemos ser hermanos es gracias a Jesucristo y en Jesucristo…: «Es de importancia decisiva tomar conciencia de que la fraternidad cristiana no es simplemente un ideal humano, sino un real don de Dios…» (Dietrich Bonhoeffer, De la vida comunitaria», París, Du Cerf).
2. Una misma llamada divina
La vocación nos ha puesto juntas para una Misión común: «El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a Nuestro Señor Jesucristo, como el manantial y modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres» (Reglas comunes, cap. I, 1).
En el Consejo del 19 de junio de 1647 (Síg. X, p. 763) a invitación de Santa Luisa, San Vicente explicitaba, de manera muy clara, la relación entre la vida fraterna y la misión: «… me gustaría que las hermanas se conformasen en esto a la Santísima Trinidad, que como el Padre se entrega totalmente al Hijo y el Hijo se entrega totalmente al Padre, de donde procede el Espíritu Santo, de la misma manera ellas sean totalmente la una de la otra para producir las obras de caridad que se atribuyen al Espíritu Santo…» (p. 766),
Es evidente que, en el pensamiento de los Fundadores, nuestra vida de comunión, reflejo y participación del Misterio Trinitario, tiene como finalidad la misión: «llevar la Buena Noticia» a los pobres, sirviéndoles corporal y espiritualmente.
La Compañía de las Hijas de la Caridad, como el nombre mismo lo indica, tiene como característica suya fundamental, como su única profesión: la Caridad. Por consiguiente la razón de la unión cordial, de la fraternidad entre las Hermanas, está en su vocación misma. La fraternidad es comprendida por San Vicente y Santa Luisa como una relación basada en la participación en la misma vocación. La fraternidad es la expresión y el apoyo de aquella comunión que, ya dada como don sobrenatural en la gracia del bautismo, se refuerza con la vocación común.
La unión, para usar un término querido por San Vicente, pasa a ser funcional en la existencia y en la vocación de la Compañía.
«Hijas mías, el tema (sobre la unión entre los miembros de la Comunidad) que tenemos hoy es de grandísima importancia, pues se relaciona nada menos que con la continuación o la disolución total de vuestra Compañía» (Conf. Esp. Nº 154). Esta conferencia del 26 de abril de 1643, recogida por la transcripción de Santa Luisa, de la que ha sido tomada la frase que acabamos de citar, es un intercambio entre San Vicente y las Hijas de la Caridad, intercambio basado en la convicción de una unidad dada como gracia, que hay que desear y proteger.
La razón fundamental -indicada en esta misma conferencia- por la cual toda Hija de la Caridad debe desear y comprometerse por la unidad, es dada una vez más por el hecho de que «no tenemos que ser más que un solo cuerpo en varias personas, unidas juntamente con vistas a un mismo fin, por amor a Dios» (Síg. IX, 107), amor que se expresa en el servicio a los pobres.
También en este punto la joven debe, por consiguiente, adquirir la convicción de que la vida fraterna en común no es una cuestión «sentimental», sino una gracia que se nos ofrece, una gracia que precede a nuestra sensibilidad, porque es inherente a nuestra vocación, pero que requiere también un empeño constante, cotidiano, según la gracia recibida: ninguna puede permitirse vivir como parásito.
A esta convicción se vinculan dos elementos que son fundamentales:
a) La misión es confiada, pertenece a la Compañía y debe ser realizada «en comunión» con ella.
Esto, naturalmente, no significa que los miembros de la Comunidad deban, necesariamente, trabajar siempre juntos y no puedan actuar individualmente. Lo que es inadmisible es el actuar de modo individualista, es decir prescindir de la Compañía. La Hija de la Caridad actúa en nombre de la Compañía; el servicio que presta no es el <‹suyo»: es la Comunidad quien la envía. Juntamente con las Hermanas discierne los signos de los tiempos, proyecta, revisa… De hecho, todas, como Hijas de la Caridad, en comunión entre nosotras y con Cristo, estamos llamadas a obedecer al Proyecto del Padre, ¡»aquí y ahora»!
b) La joven debe descubrir, comprender y experimentar que en la identidad vocacional (carismal en su ser sierva de Cristo en los pobres, humilde, sencilla, llena de misericordia, encuentra la plenitud su propia identidad de mujer creyente.
El carisma no es un vestido para ponerse. La verdad que se propone a la joven es la siguiente: El carisma es el nombre con el que Dios te ha llamado a la vida soñándote semejante a Él. Es el sentido pleno de tu historia presente, pasada y futura; la condición para sentirte tú misma y para ser feliz» (Cencini). Sólo entonces el sentido de la pertenencia a la Compañía será verdadero porque será reflejo del sentido de pertenencia al Carisma (sueño de Dios «para mí»), del que la Compañía es la guardiana. Sólo entonces nacerá el afecto sincero hacia la Comunidad tal como es, hacia las personas que la componen con todas sus limitaciones y debilidades, porque más allá de las diferencias y más fuerte que las miserias, hay un proyecto común pensado por Dios y confiado a cada una. Sólo entonces la joven se comprometerá en un camino gozoso de ascesis para construir la comunidad, porque construir la vida comunitaria es construir la propia vida.
¿Qué itinerarios educativos?
Los itinerarios educativos son las realidades fundamentales que la joven debe descubrir con nuestra ayuda a través del Evangelio, de los Escritos de los Fundadores, de las Constituciones, la relación con los Superiores y con las demás mediaciones que la acompañan en su caminar de formación en el Seminario. Ella debe interiorizar estas convicciones a través del estudio, la oración, la profundización del bautismo, el misterio de la vida cotidiana; a través del camino personal hacia una madurez humana, afectiva, a través de los encuentros comunitarios y de las entrevistas personales con la Directora…
Las jóvenes debe ser acompañadas individualmente y en conjunto, sobre todo en la relectura de los acontecimientos comunitarios, alegres o tristes, a la luz de estas convicciones, a fin de realizar gradualmente en su vida de Hijas de la Caridad los cambios de mentalidad fundamentales:
- paso del grupo a una Comunidad de Fe;
- paso de «la Comunidad para mí» (relación utilitaria e interesada) a «yo para la comunidad y nosotras para la misión».
Es importante adquirir durante el Seminario la convicción de que construir cada día una comunidad de fe significa comprometerse tanto en los intercambios de la Palabra de Dios, en la oración comunitaria, en los tiempos y espacios de silencio, como en los recreos. Esto significa también descubrir las raíces y el sentido de las revisiones comunitarias, de la caridad espiritual, de la corrección y reconciliación fraterna, a fin de que no corran el riesgo de convertirse en ejercicios repetitivos, sin alma.
1. Es necesario desenmascarar con las jóvenes algunos malentendidos acerca de la vida fraterna.
Voy a indicar sólo algunos:
a) La comunidad como respuesta a una necesidad afectiva, psicológica.
En estos casos falta la capacidad para ‘invertir’ en la comunidad y para la comunidad; existe la tendencia a ‘tomar’ para satisfacer los propios deseos de ser comprendida, consolada, de desahogarse… se buscan amistades que «cubren» la necesidad personal profunda de afecto, el temor a perder todo…
b) Ilusorio idealismo en la imagen de la comunidad
Se espera una perfecta transparencia en las relaciones, se quisiera una profunda reciprocidad en el don mutuo de sí y en la compensación y cuando llegan a faltar la transparencia y la reciprocidad se encierra una en sí misma y se acusa a la comunidad.
Es fundamental que la joven ‘vea’ ‘experimente’ una vida real, con sus dificultades, cansancios, caídas, pero donde se quiere bien en la verdad, donde la búsqueda de Dios «aquí y ahora» es más fuerte que todo.
En este sentido, uno de los compromisos más exigentes, para mí y para cada una de las Hermanas que han pasado estos cuatro años conmigo en el servicio de la formación, ha sido el de construir una fraternidad verdadera, ante todo entre nosotras y en el interior de la comunidad del Seminario, a través de un camino de formación verdadero. Una fraternidad verdadera entre las Hermanas del equipo de formación, que se convierte para las jóvenes en un clima comunitario de acogida, de confianza, donde la joven no se siente observada, juzgada…, donde no hay pretensiones ni aprehensiones, sino donde, en verdad, se confronta, se revisa, donde pueden nacer relaciones transparentes, diálogos profundos entre las personas.
En esta realidad comunitaria concreta, la joven ‘Hija de la Caridad’ comienza, al mismo tiempo, a experimentar su capacidad real para estar atenta, para acoger a la Hermana que tiene a su lado, prevenir y ‘hacerse cargo’ de las necesidades, de los deseos de la Hermana, desde la gratuidad. En la realidad concreta de la vida fraterna de cada día, la joven y la formadora, verifican la calidad de la presencia; una presencia en comunidad que debe encarnar, gradualmente, la invitación de la Palabra de Dios: «… No hablemos de palabra ni con la boca sino con hechos y de verdad» (1ª Jn. 3, 18).
2. Se trata de educar, de formar a la joven en el sentido de relación, en la «relacionalidad»
Que ha de ser intensa sobre todo como:
- acogida de la absoluta unicidad del otro y descubrimiento de su valor;
- pasión por la vida de la Hermana, rechazo de toda tentativa de instrumentalizarla, en la búsqueda del bien, según el proyecto de Dios para ella;
- capacidad para compartir;
- corresponsabilidad.
Voy a detenerme un instante en los dos últimos aspectos: compartir y corresponsabilidad, que considero importantes en relación con nuestro «estar juntas para la misión».
«Compartir» significa poner regularmente a disposición de los demás los dones recibidos, desde los espirituales: la Fe, la Palabra… hasta los talentos naturales o adquiridos, pero significa también acoger los dones del otro. En una revelación de Dios a Santa Catalina de Siena, relatada en el Diálogo n9 7, podemos leer: «Hubiera podido hacer los seres humanos de modo que todos tuvieran todo, pero he preferido dar dones diversos a personas diferentes de manera que todos tengan necesidad los unos de los otros».
Algunas veces las comunidades son ricas en «individualidades carismáticas», pero pobres en cuanto al carisma más importante: el que permite a los dones circular libremente.
«El don» es dado a cada una por el Espíritu no para la promoción personal sino para la comunidad, para los pobres (cf.1 Co. 12, 7).
Es importante aprender a compartir en comunidad porque, hoy más que ayer, esto debe convertirse en un medio apostólico. Me parece poder decir que la capacidad para compartir experimentada en comunidad es la garantía de nuestro acercarnos a los pobres como sierva.
Educar en el sentido de la relación significa también educar en la corresponsabilidad. Cada miembro es responsable de su comunidad, porque es responsable junto con sus hermanas del don del carisma que pertenece a la Compañía. El hecho de no responsabilizarse es la actitud de quien se pone al margen de los demás, sin asumir el compromiso de su propio deber o sin participar de modo activo en los momentos comunitarios. Una actitud así empobrece e incluso a veces perjudica a la comunidad y a su carisma.
Cada una de las Hermanas tiene su manera propia de promover la fidelidad de la comunidad: unas están en primera línea en el apostolado, otras obtienen para éstas últimas las bendiciones del Señor, a través de sus sufrimientos o enfermedades aceptadas por amor; hay quienes podrán contribuir a la vida de cada día mediante una participación creativa, y otras sirven estando en la puerta o en el teléfono…
Todo servicio, realizado con espíritu de sierva en la casa del Señor es siempre grande, y «todo gesto de la Hija de la Caridad está al servicio de los Pobres».
Necesitamos insistir al mismo tiempo en el valor de la participación en la vida comunitaria, una participación activa y creativa que expresa la alegría de vivir juntas. «…Procuremos estimularnos unos a otros para poner en práctica el amor y las buenas obras; no abandonemos nuestra asamblea como algunos tienen por costumbre…» (He. 10, 24-25).
Construir la Comunidad es verdaderamente el deber de todas y de cada una. Por esto, desde el Seminario, la joven Hija de la Caridad ha de tener sus deberes, compromisos específicos (animación de la Liturgia, ordenar las salas, lavar, servicio apostólico semanal, etc.), pero debe, sobre todo, ser acompañada para asumir con responsabilidad, el estudio, el conocimiento del Carisma, la participación en la oración y en los momentos comunitarios.
Termino esta breve presentación consciente de que habría otros muchos aspectos que profundizar y subrayar, a los que no he hecho alusión. Dejo la última palabra a Santa Luisa, a través de su Testamento espiritual:
«Tengan gran cuidado del servicio de los pobres y sobre todo de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándose las unas a las otras, para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor.
Pidan mucho a la Santísima Virgen que sea Ella su única Madre».







