En 1830: la Virgen María y Catalina Labouré

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Anne Prévost, H.C. · Año publicación original: 2014 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Introducción

Hemos visto lo misteriosamente que necesitamos de la presencia de María, no como una compensación en nuestra aridez espiritual, sino porque Jesús nos la ha dado como Madre para hacernos nacer a la vida divina.

En esta segunda intervención, en primer lugar, seguiremos los pasos de santa Catalina para intentar revivir su experiencia espiritual y así, dejar que nos guíe hacia María. Luego, veremos en qué y cómo la Virgen María puede ayudarnos en nuestra vida diaria y por qué las Constituciones nos invitan a amar e imitar a María.

Algunos comentarios relativos a las Apariciones

Las apariciones no añaden nada al Evangelio, pero son propuestas inéditas de la Buena noticia, a veces olvidada. Estas nos envían siempre al Evangelio pero pueden ayudarnos a descubrir de nuevo ciertos aspectos.

Nos recuerdan también que la Virgen María no está allá arriba, en el cielo, sino que está con nosotros, a nuestro lado. No es porque no veamos a la Virgen María por lo que no está allí. No está allí, a nuestra vista, en nuestra sensibilidad, sino, cuando ella lo desea, se aparece a nuestro mundo sensible; y sabemos cuánto ha sido favorecida la Compañía por sus visitas.

Desde 1830, la Capilla de la Calle del Bac, en Paris, es un lugar de gracia, lo experimentamos todos los días. La afluencia constante de peregrinos es un verdadero plebiscito para la Virgen María y santa Catalina.

Pero el verdadero milagro, es que al entrar en este lugar donde la gracia ha llegado, los peregrinos se dan cuenta de que no son acontecimientos del pasado que se han desenterrado, sino que es una gracia de hoy la que se vive. Cuando los peregrinos se paran en esta capilla, sienten una presencia, ven una presencia, hay Alguien; y misteriosamente, reviven la experiencia de Catalina, una esperanza nace en su vida. De hecho, cuando hay un fenómeno espiritual, está siempre presente, es como el Evangelio, podemos saberlo de memoria, abrirlo de nuevo cientos y miles de veces, que siempre es nuevo.

Así, aunque conozcamos bien estas apariciones, no terminaremos nunca de profundizarlas. Detengámonos, en primer lugar, en el hecho esencial del mensaje de las apariciones de María a Catalina Labouré.

A) El mensaje fundador de las dos apariciones

En Lourdes, la Virgen se apareció 18 veces a Bernardita, aquí, se apareció tres veces a Catalina, pero sabemos que la 3ª aparición en diciembre de 1830 fue especialmente un eco del 27 de noviembre, que, por el contrario, es de una importancia decisiva. Veamos algunos comentarios referentes a las apariciones del 18 de julio y del 27 de noviembre.

Relación entre las dos apariciones

Con frecuencia se habla del mensaje de la Medalla, pero el mensaje fundador de las apariciones no puede resumirse en la Medalla, por muy original y lleno de simbolismo que sea. Para explorar la riqueza evangélica del mensaje revelado por la Santísima Virgen a Catalina, hay que tener en cuenta sus dos apariciones que se completan. Sabemos que la primera prepara a la segunda, que es de una importancia decisiva, ya que concretiza la misión confiada a Catalina. Pero, hay más. Durante la noche del 18 de julio, la Virgen María le revela su maternidad espiritual, que es el despliegue de su maternidad divina: “La Madre de Dios es nuestra Madre…”1; el 27 de noviembre, María presenta a Catalina la gracia de su inmaculada concepción.

Sin embargo, estas dos gracias íntimamente relacionadas, la Inmaculada Concepción y la maternidad divina, se incluyen la una en la otra: la gracia, de la que María Inmaculada está llena, no es más que una con su maternidad. Por eso la maternidad espiritual de María, vislumbrada y experimentada por Catalina el 18 de julio, da todo su sentido a la afirmación de su Concepción Inmaculada revelada el 27 de noviembre: El nombre de la Madre de Jesús es ″llena de gracia″ y “La Madre de Jesús es también ″La Madre del Discípulo que Jesús amaba″” porque Jesús se identifica realmente con sus hermanos.

Primera Aparición: La Maternidad espiritual de María

La noche del 18 de julio, es el rostro de una madre el que se da a conocer en la gracia de un encuentro. Durante la aparición, María se muestra muy maternal con Catalina, se presenta también como “la madre de los hombres”. La ternura de María para con la humanidad revela como insinuado, algo del misterio de su maternidad divina.

Segunda Aparición: La Inmaculada Concepción

El 27 de noviembre, por el resplandor del rostro y los rayos de luz que emanan de sus manos, María Inmaculada aparece “resplandeciente del reflejo de la belleza de Dios”. A través de la invocación: “Oh María, sin pecado concebida”, la Virgen revela su identidad: “llena de gracia desde su concepción”. Catalina contempla, en María llena del Espíritu, a Dios en transparencia.

Luego, el reverso de la Medalla sitúa a la Inmaculada Concepción en la historia de Salvación. La letra M coronada por una Cruz presenta el misterio de la Cruz, en el que la Inmaculada Concepción toma su fuente y sin la cual es incomprensible. María está situada como orientada hacia Cristo Redentor, como su Madre y la Sierva del Señor.

La Calidad del Testimonio: Catalina Labouré

El mensaje de las apariciones no puede resumirse en una serie de palabras y gestos de la Virgen María, también es un rostro: Catalina. Tomemos nuevamente las palabras del Cardenal Gerlier, Arzobispo de Lyon, en Notre Dame de París:

“Catalina Labouré colaboró en esta obra providencial: la definición del dogma de la Inmaculada Concepción… Escogida por la Virgen, su confidente privilegiada es una joven modesta y humilde, un alma pura y recta, incapaz de inventar el mensaje que no comprende. Ella fue un instrumento, precioso pero oscuro, de una obra, sin embargo divina: la propagación del culto de la Inmaculada Concepción”.

Catalina ha aceptado ser el instrumento del que María se sirvió, y luego permanecer en la sombra. Catalina se alegre de ser útil, pero nos muestra que ser útil es también aceptar no interponerse. Lo importante para ella, es el mensaje, el resto importa poco. Ante el mensaje desaparece totalmente y guarda el silencio más total sobre ella. No busca más que la gloria de Dios, no es más que la humilde mensajera de la Inmaculada y la humilde sierva de Cristo en los pobres.

“En el silencio”, Catalina es tanto más útil y tanto más luminosa que en el momento de las apariciones. Si solamente hubiera habido el episodio de las apariciones, no tendríamos santa Catalina. Incluso hubiese podido ser todo lo contrario si, después de las apariciones, ella se hubiese puesto de relieve porque habría recibido todos los aplausos pero no habría sido este instrumento resplandeciente, que llegó a ser cada vez más, viviendo los carismas diarios con esta extrema humildad de los hechos y las palabras. A través de su vida en Reuilly, podemos contemplar como insinuado el misterio silencioso de María de Nazaret, a propósito de quien no se cuenta prácticamente nada, salvo su profunda actitud de humilde Sierva del Señor.

La elección de la Familia vicenciana

Teniendo en cuenta el lugar que María (Inmaculada, Sierva y Madre) tuvo en la vida de nuestros Fundadores, las apariciones de María a santa Catalina han sido consideradas como una ratificación de su devoción mariana. Es comprensible. Además, podemos imaginar que la Virgen María, con el signo de la Medalla, le hizo un giño a san Vicente, retomando, a su manera, una de las grandes convicciones de fe del Fundador: “Volved la medalla” para reconocer a la luz de la fe, el rostro de Cristo en los pobres”. Sin hacer grandes teorías, la Virgen María significa lo mismo: el reverso de la Medalla da todo el sentido a la Inmaculada Concepción, revelada en el anverso. Sin embargo, es necesario evitar restringir las apariciones de 1830, considerándolas como un privilegio confiado solo a la familia vicenciana porque son una misión para toda la Iglesia y un mensaje para el mundo de hoy y para siempre.

Única Madre de la Compañía

En la época de las apariciones, Catalina es una joven Hija de la Caridad en formación y María se interesa por su vida, como “madre” y “maestra de vida espiritual”. Hoy, cada una de nosotras estamos en formación, inicial o continua; estas apariciones son un recuerdo de que María está cerca de cada una y quiere ayudarnos a vivir más a un nivel de fe.

B) La noche del 18 al 19 de julio de 1830: la Madre del discípulo está allí

Después de estos comentarios referentes a las apariciones, miremos el recorrido espiritual que Catalina realiza la noche del 18 de julio de 1830.

Un pequeño Preámbulo

Cuando santa Catalina ve a la Santísima Virgen, ¡esto no debe engañarnos!, no hay que imaginar que antes de la aparición, María estaba ausente y que llega solamente esa noche a la capilla porque María “está allí”, ella está siempre allí. Pero, esta noche, María “se deja ver”, “se muestra” a Catalina. Es como con Jesús Resucitado: está siempre allí, cerca de nosotros, pero, durante sus apariciones después de la Resurrección, “se deja ver” por sus apóstoles.

1 – La “Madre espiritual” de Catalina

Para comprender bien esta aparición, hay que tener en cuenta la personalidad del testigo, su medio familiar, su vida de relación con Dios. Sabemos que a los 9 años, Catalina perdió a su madre y en ese momento, se dirige a María y la escoge por madre. Este gesto de fe, fue para ella un acontecimiento fundador en su relación con el Cielo. Situando su vida bajo la influencia de la Santísima Virgen, Catalina entra en una relación única de proximidad amorosa con ella, como Juan que, al pie de la Cruz, “acogió a María en su casa”.

Por eso, cuando en 1830, la Santísima Virgen se presenta a Catalina como una madre que se sienta con su hija para hablarle y que el ángel le dice: “¡He aquí la Santísima Virgen!”, podemos imaginar que Catalina oye resonar en el fondo de su corazón la palabra que Jesús en la Cruz dirigió al discípulo “He aquí tu madre”. Sin embargo, veremos que las etapas recorridas por Catalina no son tan simples.

ETAPAS DEL ENCUENTRO

La Virgen María está allí

“La madre de Jesús está allíante Catalina. Su actitud refleja y prolonga la actitud de Dios revelada en Jesús cuando dice a Zaqueo: “Hoy iré a tu casa”. María se arriesga a darse a Catalina sin imponerse, se entrega a la libertad de Catalina.

Catalina ¡no la reconoce!

Pero Catalina no está preparada para el encuentro. Es este un momento capital de la aparición. María está allí y, sin embargo, Catalina dice: “yo no veía a la Santísima Virgen”. Es extraño oír esto de la boca de Catalina, ¡ella que deseaba tanto ver a María! Había oído la llamada para levantarse: “la Santísima Virgen la espera”, aceptó ir hasta la capilla porque alguien la esperaba…, ahora tiene el pensamiento ocupado por la Santísima Virgen, y sin embargo, no ve más que a una mujer que la visita. A pesar del profundo deseo de su corazón, Catalina parece paralizada, bloqueada por la barrera de las apariencias, percibe “a alguien” pero no reconoce a la Santísima Virgen…algo semejante a María Magdalena que, en el sepulcro se da cuenta de que Jesús está allí, pero “no sabía que era El” (Jn 20, 13). En este momento, Catalina es incapaz de reconocer la persona de María y entrar en relación.

¡Es la hora de la duda! Catalina está muy turbada (26 años más tarde, escribirá este episodio poco glorioso en su autógrafo de 1856. En 1876, es decir 46 años más tarde, se lo explicará a Sor Dufés con la misma precisión de detalles).

Así, si las cosas se hubiesen quedado ahí… no habría pasado nada.

¿Por qué el encuentro parece imposible?

Podemos comparar este episodio de duda de Catalina con los relatos de la resurrección que revelan cómo los apóstoles, a los que Jesús se aparece, no lo reconocen inmediatamente, percibían a “alguien” sin reconocerlo. Esto se parece también, de alguna manera, a la experiencia de Juan Bautista quien, desde la cárcel, se pregunta y se preocupa, preguntándose si Jesús es ciertamente el Cordero de Dios o si hay que esperar a otro. En este momento, Juan Bautista no reconoce a Dios en la persona de Jesús, no estaba lo suficientemente maduro como para aceptar que la grandeza de Dios se manifiesta en la pobreza y en el abandono infinito.

Catalina, parece sorprendida por la sencillez de María. Está encerrada en sus ideas, piensa en función de su mundo, percibe lo que le rodea en función de lo que es, dicho de otro modo, ella es “el centro” y no puede tener acceso a la realidad del Otro, en este caso de María.

Si Catalina permanece con el corazón lleno de su propia plenitud, de sus certezas, de sus ideas definidas o de sus quejas, sus ojos y sus oídos no se abrirán a la luz que se le ofrece. Si se queda en una simple mirada de curiosidad o de vigilancia, no verá más que el exterior de María, las apariencias de su retrato y no se acercará nunca al interior, al misterio de su presencia.

¿Qué hace la Virgen María?  

La presencia de María es hermosa y conmovedora por su admirable paciencia, como lo era la actitud tan respetuosa de Jesús resucitado cuando se acerca a María Magdalena como un amigo. María está allí y permanece allí, tranquilamente, no se va dando un portazo, abandonando a Catalina o desacreditándola. María permanece en silencio, no en un silencio de indiferencia educada sino en un silencio que abre a la Presencia de Dios. La mirada dirigida hacia Catalina, María es pura ofrenda, pura generosidad, puro desinterés. E incluso si María quiere darle felicidad, no se precipita, ni fuerza la distancia, sino que respeta la libertad de Catalina.

En la irradiación de esta Presencia amorosa, Catalina se tranquiliza. María le deja tiempo para abrirse al misterio, para perderse de vista, para prepararse a oír otra palabra que la suya y así, abordar otro reconocimiento, porque existe lo que se mira y lo que no se ve, lo que se sabe y lo que no se conoce, lo que ya ha probado y lo que nunca ha experimentado. Aquí está Catalina atraída suavemente desde el interior hacia el Amor.

La escucha de la Palabra de Dios  

El ángel le dice entonces: “¡He aquí a la Santísima Virgen!”. Catalina debe escuchar tres veces seguidas esta Palabra para dejarse tocar por la gracia. Las dos primeras veces lo oye, pero permanece en el exterior; la tercera vez la escucha, se deja instruir y modelar por la Palabra. Las palabras de Dios la introducen en la realidad que evocan, la Palabra se cumple, Catalina se abre a la profundidad del misterio.

Abandonando lo que conoce para ir hacia lo que no conoce, lo nuevo, Catalina deja a Dios ser “Dios”, ser “Otro”. En adelante Catalina está en condiciones de percibir la presencia de María, de darle su corazón y entrar en relación. Vemos a Catalina, situada como al mismo nivel de igualdad con María, hay como una especie de “ascensión” de Catalina, no es una equiparación a la baja, sino bien al alza.

Solo la gracia, da acceso al Reino

Debemos unirnos al sentido espiritual, simbólico de este relato y no simplemente a la anécdota. Catalina no puede tener acceso a la presencia de Dios con sus únicas fuerzas; el deseo no basta. Todo el trabajo de Catalina consiste en dejarse transformar desde el interior para pasar de su realidad personal a la realidad de Dios, de su mundo al mundo de Dios. El verdadero encuentro de Dios está en el anonadamiento de sí en Él.

Esta experiencia espiritual de Catalina nos ayuda a comprender que toda nuestra existencia está comprendida en esta alternativa: “yo soy, se en mí, en Dios”. No hay término medio.

  • Cuando dejo de ocuparme de mí, es que Dios está realmente presente.
  • Cuando me pierdo de vista, quiere decir que Lo miro.
  • Cuando no me escucho, es que Lo escucho.

Es sencillo pero Catalina nos muestra que llegar a realizarlo es difícil. Para vaciarme de mí, no lo puedo hacerlo por mí misma, es el encuentro del Rostro de Dios el que cura mi amor propio o mi repliegue en mi misma. Es la acogida de su Palabra amorosa la que cambia progresivamente mis maneras de pensar, de mirar, de hablar, la que da acceso al Reino de los cielos.

La Presencia de María hace existir plenamente a Catalina

“Al mirar a la Santísima Virgen”, Catalina está irresistiblemente atraída por ella, como Isabel lo estuvo el día de la Visitación. En una actitud tan familiar como la que tuvo en su infancia, no hizo más que un “saltó a su lado” y ve a la Madre de Dios tal y como es: acogedora y don de sí misma.

En cuanto a este cara a cara, este corazón a corazón con María, Catalina permanece discreta, es su secreto, no tiene costumbre de expresar sus sentimientos interiores. Pero sabemos que, en este clima de comunión, su corazón está inundado por una oleada de felicidad y de amor que ella desconocía: “Allí, transcurrió un momento, el más dulce de mi vida; me sería imposible decir todo lo que experimenté”.

En este intercambio interpersonal, María y Catalina están unidas por el don que cada una hace de ella misma, acogiendo la realidad de la otra, expresada por su única presencia. Catalina experimenta el Reino de Dios como un lugar de comunión basado en el don de si vivido en la acogida del otro. Es dándose como existimos, todo lo que guardamos para nosotros, lo perdemos.

2 – La “Madre espiritual” de los hombres

En los ojos de María, Catalina descubre que existe plenamente, que Dios está allí para ella, nada más que para ella, como si fuera única en el mundo. “He aquí tu hijo” dijo Jesús en la Cruz, y no “he aquí tus hijos”. Por el hecho de que María se haya molestado personalmente por ella, Catalina comprende desde el interior, que también es “el hijo único de Dios”. Pero no al estilo de los judíos que dicen “somos el pueblo escogido y los otros están a la puerta”. ¡No! Este amor personalizado que recibe es a su vez, para Catalina, una llamada a vivirlo con los pobres para que cada uno de ellos pueda creer también, que es “el hijo único de Dios”.

La Compasión de María

Así pues, María ama a sus hijos, no en general, sino con un amor personal, como si estuvieran solos en el mundo. Catalina está emocionada por la compasión de María que se extiende a todos los hombres, particularmente a los que son víctimas de la violencia. María sufre con los que sufren y les acompaña como acompañó a su Hijo en la Cruz. El 27 de noviembre, cuando llevará al mundo entre sus manos, dirá: “el globo representa a cada persona en particular”. El amor maternal de la Santísima Virgen es incomparable, único, envuelve a cada uno personalmente.

La Presencia real Eucarística

Luego María, con relación a Jesús, orienta con naturalidad a Catalina hacia Cristo: “Venid al pie de este altar”… alimentaos de la “presencia real” eucarística porque allí, está la verdadera Presencia única de Dios que os llena y transfigura. Cuando la presencia de Cristo nos invade, nuestra presencia se convierte para los demás, en un don y lleva la Luz de su Amor.

Conclusión

Los Fundadores inculcaron en la Hijas de la Caridad el amor a la Virgen María, la imitación de la Virgen María (cf. C. 15b) y la oración mariana: “Meditan diariamente el rosario y la oración del Angelus” (Estatuto 7). Para ellos, la devoción mariana no es una materia opcional.

Si queremos llegar a ser verdaderamente Hijas de la Caridad, tenemos que vivir del espíritu de Jesús, vivir a imitación de la Virgen María. Por eso, es necesario amarla como Jesús la amó. No hay otras soluciones más que tomar todos los acontecimientos de los misterios cristianos, todas las palabras de Jesús, todas las palabras que María pronunció y hacerlas pasar por nuestro corazón, meditarlas a lo largo de la vida de manera que las pongamos en práctica; sino continuaremos a tener el espíritu del mundo.

1 – ¿Por qué los Fundadores nos piden que AMEMOS a María?

Para hacer lo que Jesús hizo

El primero en amar a María fue el mismo Dios. Se hizo un pequeño embrión en el seno de María, escogiendo permanecer en ella, vivir una dependencia radical. Hecho niño, luego adolescente, Jesús amó a su madre, la introdujo más profundamente que a nadie en su corazón, la entrenó en los pasos de la vida redentora cuyo culmen es el Calvario. Y allí, en la Cruz, justo antes de morir, pide al discípulo que ame a su madre como él mismo la ha amado.

Para hacer lo que Dios nos pide

En el momento de entregar el Espíritu, Jesús da su madre al discípulo, se trata de la transmisión de una misma herencia. Jesús quiere que recibamos todo de María, quiere que la vida nueva, dada en abundancia sobre la Cruz, pase por su Madre. Al pie de la Cruz, María recibe el Espíritu de Jesús PARA dárselo al discípulo. María enseñará al discípulo a hacer de su morada, la morada del Espíritu. Es por María por quien Juan recibirá la vida divina, va a dejarse engendrar a la vida del Resucitado (en quien todavía no cree porque no comprende nada). En efecto, es en la página siguiente cuando todo se aclara para Juan, es decir, al primer día de la semana, cuando una vez dentro del sepulcro vacío, verá el sudario doblado, entonces podrá creer: “vio, y creyó”. (Jn 20, 8).

2 – ¿Por qué los Fundadores nos piden que IMITEMOS a María?

Para hacer lo que Jesús hizo

“Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52). Es evidente que el Hijo de Dios habría podido venir a nuestro mundo a la edad adulta sin haber necesitado educación e instrucción, pero verdaderamente prefirió ser uno de los nuestros. María fue la educadora de Jesús y no solamente su madre, ignoramos los métodos empleados por María para la educación de Jesús, pero sabemos que solo se puede aprender lo que uno mismo vive interiormente. Sin embargo, María, después de la Anunciación, se entregó con toda confianza al querer de Dios: “no mi voluntad sino la tuya”. Jesús lo dirá varias veces, principalmente en el huerto de Getsemaní.

Para Hacer lo que Dios nos pide

Lo que Dios hizo en María el día de la Anunciación, quiere hacerlo en cada una de nosotras. Nos invita a llegar a ser, no solamente inmaculadas y siervas, sino también “madres de Cristo”, a hacer nacer a Cristo en nuestro corazón. Imitar a María es “recibir a Jesús en nosotros” y permitirle crecer: María nos muestra que el crecimiento de Jesús en nosotros requiere que le respondamos “sí” y que hagamos su voluntad.

3 – REZAR a María

Para los Fundadores, la oración mariana no es del orden facultativo sino del orden de lo necesario porque amar e imitar a la Virgen María supone tener una relación viva con ella, mirarla en lo que es, en lo que hace, en su “sí”, en su participación en el misterio de la Encarnación de Dios, y también dejarnos mirar por ella, dejarnos invadir por su mirada. Así,

Cuando rezamos a María ponemos nuestros pasos en los de Dios

Porque el primero en saludar a María, es el mismo Dios: “¡Salve, llena de gracia!”. Al rezar a María, nos ajustamos al paso de Dios, vamos naturalmente hacia Él.

Cuando rezamos a María, nuestra oración sube inmediatamente hasta Dios.

Porque María Inmaculada no guarda nada para ella, lo entrega todo a Dios. Todo lo que recibe, se lo ofrece a Dios, no hay ninguna devolución en ella. Si hay algo que María no sabe hacer, es mirarse en el espejo, porque “¡en Nazaret no lo había!” Cuando rezamos a María, nuestra oración sube directamente hasta el Corazón de Dios.

Cuando rezamos a María, contemplamos quien es Dios.

Porque la palabra del ángel dirigida a María, “El Señor está contigo” se dice también para cada uno de nosotros, incluidos los publicanos y los pecadores. “Estar con nosotros”, es el corazón de Dios: Dios pasa su eternidad pensando en cada uno de nosotros, de manera única. Cada uno de nosotros es su hijo único. (En una familia numerosa, cada hijo de la familia es único). Entonces, si ya nosotras, podemos realizar este misterio, con mayor razón el Señor, que es infinito. No vamos a escandalizarnos de que haya miles y miles, esto no molesta a Dios ya que Él es infinito.

María nos recuerda que Dios espera simplemente que lo acojamos, que nuestro corazón se abra al misterio que cada día se nos ofrece.

Cuando rezamos a María, recibimos al Espíritu del que está llena

Porque lo que le corresponde a María, es abrirnos a la gracia que nos viene por Cristo. Es su función de madre, una función única que recibe del Espíritu. Llena de gracia, María es el corazón en el que Dios se da en plenitud, ella recibe perfectamente la gracia y la transmite con una pureza perfecta; no es una intermediaria, ella es “Dios en transparencia”.

Por eso, podemos siempre pasar por María, PARA acoger verdaderamente el don de Dios.

Ciertamente, tenemos acceso directamente a Dios que se hace cercano a cada una de nosotras. Pero este acceso, se hace en la medida que somos capaces de ir hacia Él, de acoger el don que nos hace. Porque Dios es muy cercano, pero somos nosotros los que estamos lejos, nosotros no somos más que pobres pecadores, nos ponemos siempre en el centro, razonamos a partir de nosotros, cerramos los ojos y los oídos, no sabemos acoger…y por ello, permanecemos siempre a distancia de Cristo. Pero en el corazón de la Iglesia, hay una presencia creyente, María; ella está totalmente capacitada para la acogida”.

En la Redemptoris Mater, Juan Pablo II repite con fuerza lo que el Concilio había afirmado, es decir que la mediación de María, favorece nuestra inmediata unión con Cristo2. Esta frase es absolutamente desconcertante para nuestras lógicas humanas. Y en cierto modo, se puede decir que su mediación maternal favorece la ausencia de mediación; lo mismo, si no hay esta mediación, tampoco hay la inmediatez de la unión con Cristo, porque permanecemos en la medida de nuestra pobre fe, siendo limitada y por lo tanto imperfecta, nuestra capacidad de acoger a Cristo. Si queremos pasar de María para ir directamente a Dios, vamos, por desgracia, a pasar por todos los recodos de nuestros pecados, de nuestras dificultades, de nuestras incomprensiones.

María está allí para favorecer nuestra unión con Cristo. “Receptora perfecta” de la gracia, María no hace pantalla entre nosotras y Dios, no es una intermediaria, es una transparencia, es un “lugar de paso”. Si aceptamos pasar por ella, entonces, por su fe comprendemos quien es Dios, quien es este Dios capaz de encarnarse, capaz de sufrir y de morir por nosotros.

Es una verdad de fe capital. Sin la mediación maternal de María, no estamos relacionados con Cristo más que de manera imperfecta, en la medida de nuestra fe parcial y limitada. Pero, en el corazón de María, llegamos a ser con ella totalmente receptivas al Espíritu. Es por María por quien Cristo entra en nuestra alma.

II – Para nosotras, hoy

I – Amar e imitar a María «Inmaculada»

1 – Contemplar en María lo que estamos llamadas a ser

En su carta a los Efesios, san Pablo dice: “Antes de la creación del mundo, Dios nos escogió para que fuéramos santos e inmaculados”. San Juan dice lo mismo: “Todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios lo guarda”. En el pensamiento de Dios, todos somos “inmaculados”: y la gracia se nos ofrece siempre para que lleguemos a ser “santos e inmaculados”. A nosotras nos corresponde acogerlo.

En María, contemplamos lo que estamos llamadas a ser, porque de momento, estamos en devenir, tenemos todavía nuestro “hombre viejo”, pero ya tenemos en nosotros una dimensión inmaculada.

2 – Llegar a ser “Adoradora del Padre”

Dios se da a cada uno de nosotros, pero no puede ofrecerse más que a nuestra libertad, porque lo único que el Todopoderoso no puede hacer, es forzar a un corazón a abrirse. María Inmaculada nos dice lo que debemos ofrecer a Dios, es decirle “sí”, centrarnos en Dios y por lo tanto descentrarnos de nosotros mismos. Es la verdadera conversión cristiana, es una revolución “copernicana” permanente: no es el sol el que gira alrededor de la tierra, sino la tierra la que gira alrededor del sol. María Inmaculada nos permite descubrir la importancia de descentrarnos de nosotras mismas para poner a Dios en el centro de nuestra vida.

Con demasiada frecuencia, tenemos tendencia a recaer en una concepción errónea de la religión, hacemos del cristianismo una moral para ser mejor, nos ponemos en medio y hacemos de Dios un instrumento para nuestra perfección moral, confundiendo la vida de la gracia con la perfección moral. Y no es Dios el que está en el centro, sino nosotros. Sin embargo la gracia no está ahí para hacernos perfectas o más hermosas, la gracia está ahí para ayudarnos a hacernos más amantes, a llegar a ser nada más que del Amor.

Llegar a ser “inmaculada” no es, pues, aprender a “subir” para ser el más grande en la perfección, sino al contrario, es aprender a acoger, a escuchar, a contemplar al otro. María Inmaculada nos enseña a acoger el don de Dios, es esto lo más difícil, es un trabajo extraordinario el de aceptar existir en segundo plano y permitir que Dios pase a través nuestro.

¿Qué llamadas podemos recordar para nuestra vida diaria? Veamos tres, entre otras, para permitir a Dios que logre su proyecto en nosotros, según nuestra vocación de sierva de los pobres.

3 – Descubrir las gracias recibidas

Dios no cesa de ofrecernos su gracia para arrancarnos de nuestros límites y llenarnos de su presencia. La gracia abre todas nuestras facultades al Amor y nos permite entrar en una Alianza viva con Dios, en un intercambio dinámico y no estático, porque la gracia es también una llamada a crecer y una misión a cumplir.

En Nazaret, María se ha dejado visitar por Dios, ha acogido plenamente la gracia única de “su concepción inmaculada” con miras a su misión de Madre de Dios.

Esta gracia ha sido también, para ella, una llamada a crecer: si Dios se ha hecho embrión en el seno de María, es para que esta madre crezca con El y ayude a los demás a crecer. Y María ha avanzado por un camino de fe que irá hasta el pie de la Cruz, esta cruz que le ha acompañado desde el principio al final.

En Paris, Catalina también se ha dejado sorprender por Dios, ha acogido la gracia única del encuentro del 18 de julio de 1830 con miras a la misión que deberá cumplir: hacer acuñar una Medalla con la efigie de la Inmaculada. Esta gracia ha sido, para Catalina, una llamada a verlo todo en Dios y a ver a Dios en todo. También sabemos que esta misión fue el “martirio de su vida”.

aquí, en este momento, Cada una de nosotras existimos en el pensamiento de Dios pero aún hay que descubrirlo.

1. Una gracia única y personal

Cada uno de nosotros hemos recibido una gracia únicacon miras a una misión. Esta gracia única se nos ha confiado personalmente. Y siempre es una llamada a crecer, a nacer más a la vida de Dios, a su manera de ver, de pensar y de actuar. Esta gracia única, debemos cultivarla porque nadie podrá hacerlo por nosotras.

2. Nuestro “Nazaret”

Cada día, Dios nos da su gracia en el corazón mismo de nuestra vida tal y como es. María nos enseña a descubrir “nuestro Nazaret”, el “Nazaret de nuestros corazones”, el “Nazaret de nuestras vidas” donde Dios se da. Ella puede ayudarnos a no centrarnos únicamente en lo que pedimos a Dios, porque, entonces, no nos daremos cuenta de lo que nos concede cada día.

Pero, ¡no nos engañemos! Acoger la gracia de Dios no es una seguridad ofrecida para “navegar” por las dificultades de la vida. Cuando san Pablo dice: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mi” y añade “Mi vida de ahora, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mi” es decir va hasta la Cruz. Entonces, ¡no nos extrañemos si no siempre es fácil! Estamos prevenidas, esto va hasta pie de la Cruz. Por eso, si queremos el bienestar, la siesta permanente o la realización personal, hay que ir a buscar un gabinete de puesta al día, pero no vayamos con el Señor, porque El murió en una cruz.

II – Amar e imitar a María, «Sierva de los designios del amor del Padre»

1 – Participar en la fe de María

La bienaventuranza de María “Dichosa la que ha creído” se cita al final del Evangelio de san Juan cuando Jesús dice a Tomás: “Dichosos los que crean sin haber visto”, es decir “Dichosos los creyentes, aunque no vean”. Tomás, el discípulo que vacila y duda, debe mirar a María, la creyente, debe inscribirse en la fe de María. A través de Tomás, es toda la Iglesia la que debe inscribirse en la fe de María.

Con María y por ella, la Iglesia aprende a seguir a Cristo hasta despojarse. Es en la Cruz donde Jesús escoge darnos a su madre, porque necesitamos su mediación maternal para no quedarnos en la medida de nuestra pobre fe. Sin su mediación, nuestra capacidad de acoger a Cristo está limitada y por lo tanto imperfecta. María nos enseña a despojarnos de nuestro rango para dejar crecer en nosotras la parte de Dios y llegar a ser humildes siervas del Señor.

2 – Llegar a ser sierva

Porque María ha vivido totalmente esta palabra: “hágase en mí según tu palabra”, puede decir a los demás: “haced todo lo que él os diga”, no hagáis según vuestras ideas sino haced según su Palabra. Por su entera disponibilidad a Dios, María nos enseña que ser sierva no se reduce a un hacer, a realizar servicios, sino que se trata, en primer lugar, de una actitud interior espiritual que trata de hacer el querer de Dios; es una disposición de corazón que quiere realizar, en todo, la voluntad de Dios. Lo que importa, no es lo que decimos y lo que hacemos sino nuestra capacidad de obediencia para hacer la voluntad de Dios. Y María puede ayudarnos a ordenar de nuevo nuestra voluntad a la de Dios, a hacer que nuestra voluntad se corresponda con la voluntad de Dios.

III – Amar e imitar a María, madre

1 – Mirar con fe a las personas para que puedan “aparecerse” 

Las apariciones dependen de la persona que se manifiesta pero también de la manera como esta persona mira. Con frecuencia se dice que María se apareció a Catalina, es verdad. Pero se olvidan decir que fue necesario en primer lugar que Catalina se apareciera a María. En efecto, el 18 de julio, la primera persona en aparecer, es Catalina. En el Seminario, nadie se había dado cuenta de Catalina, pasaba desapercibida, “no figuraba” para nadie. Pero, a la luz de Dios, María mira a Catalina, ve la belleza única e irremplazable de Catalina. Podemos decir lo mismo de otra manera: “en los ojos de María, el misterio interior de Catalina ‘aparece’” o también: “en la luz del amor, Catalina ‘aparece’ a María”.

Muy frecuentemente, las personas de nuestro alrededor pasan desapercibidas, no las oímos, no las vemos, o las miramos como objetos puestos ahí, las describimos del exterior sin entrar, porque nuestros ojos están cerrados por nuestro egocentrismo. En nuestro cotidiano, los demás no nos “aparecen”. Si supiésemos abrir los ojos, veríamos a nuestros hermanos en la luz de Dios. Sólo la mirada de fe permite reconocer a los otros tal como son y no tal como quisiéramos que fuesen y también discernir su presencia, su belleza interior. Esta aparición es una llamada a dejar “aparecer”, en la luz de Dios, el misterio de las personas con las que vivimos, a despejar un poco todas las máscaras con las que nos ocultamos.

Si somos capaces de decir a cada uno “te amo porque eres amado por Dios” o también “es el Señor” y verdaderamente lo pensemos, entonces pueden creerlo y se sienten a gusto al revelar su verdadero rostro. Así, les permitimos “aparecer”. Y si lo hacemos también con nuestras Hermanas, esto enseguida desempolvará nuestras Comunidades.

2 – Estar ahí donde Dios nos necesita

  • En el Evangelio, María está allí donde Dios la necesita.
  • La noche del 18 de julio, Catalina está allí donde Dios la necesita.
  • Hoy, nuestra vocación consisten en “estar allí” donde Dios nos necesita.

Estar allí

Siempre tenemos que preguntarnos: “¿estoy aquí en este momento?” Porque con frecuencia estamos “a medias”. Estamos un poco cansadas, un poco inquietas, un poco preocupadas… estamos siempre un poco en otra parte, un poco más lejos o un poco antes… Cuando estamos en la capilla o en una reunión, estamos ya pensando en que habrá que irse, o que hemos olvidado cerrar con llave la puerta de la oficina o el interruptor de la luz, etc…

Del mismo modo, podemos estar junto a alguien estando ausentes, lo mismo que podemos estar presentes para alguien que está a cientos de kilómetros. Esto significa que no es del orden de la presencia física. No basta con “estar allí” físicamente para que algo ocurra. No estamos presentes porque estamos allí, sentadas o de pie, estamos realmente presente cuando nos hacemos presentes.

Para los demás, nuestra presencia es siempre un centro de irradiación… y esta irradiación será luminosa o tenebrosa, según la elección que hagamos de nosotros mismos. Cada día, Dios quiere venir al mundo y llenarlo de su Presencia. Dios es plenitud, esparcimiento de plenitud pero… no puede hacer nada sin nosotros, necesita de nosotros. Nos confía su Presencia.

Sin embargo, Dios no puede darse más que a los corazones pobres que le dejan un lugar. La pobreza de corazón, contraria a la suficiencia, es la clave del Evangelio. María, que existe en forma de acogida, nos enseña esta actitud fundamental que consiste en acoger al otro en su diferencia, es decir no solamente pensar que puede ser diferente sino también en liberarnos de toda pretensión de poseer la clave de toda realidad. Si creemos que, por un lado o por otro, somos mejores que los demás, más santos que ellos, etc… no hay encuentro posible.

Estar allí donde Dios nos necesita

Si estamos allí donde Dios nos necesita, amamos la realidad concreta de nuestros días, amamos el instante presente porque Dios no está en otra parte sino en nuestra vida diaria. Nos gusta:

  • estar allí “en la capilla” cuando es la hora de la oración, y no sólo física o intelectualmente.
  • estar allí “en los tiempos comunitarios”, en el don de una misma a las demás, renunciando a cuanto es demasiado individual.
  • estar allí “en el servicio”… ya sea en el servicio de los pobres o en una oficina, en la sacristía, en la cocina o fregando platos… es allí donde Dios se encuentra. Desde el misterio de la Encarnación, debemos buscar a Dios “abajo” en el centro de nuestra vida.

María nos ayuda a comprender que, lo que importa no es tanto la grandeza o la dificultad de las cosas que hacemos, sino la presencia del amor en lo que se nos ha pedido que hagamos. La aparición del 18 de julio de 1830 traza el camino de una “Pastoral de la presencia” hecha de proximidad. La presencia, si es don de sí, es la primera riqueza que podemos comunicar. La presencia es algo que supera un “hacer”, incluso si también hay que hacer un trabajo y asegurar responsabilidades.

Cuando los pobres nos encuentran y tienen la certeza de que estamos realmente “presentes” ante ellos, dispuestas a oír lo que quieren decirnos, su corazón está impresionado y hacemos visible la presencia de Dios. El lugar en el que estamos, se convierte en el lugar de la “presencia real” de Dios que conmueve los corazones y transforma el mundo. Incluso sin que lo sepamos, los que se cruzan con nosotras, llegan a ser más luminosos y más amables. Porque las personas que experimentan esta “calidad de presencia” saben interiormente que restablece la paz en los corazones. Todas hemos experimentado alguna vez esto: los rostros humanos que permanecen vivos en nosotras, son aquellos a través de los que hemos podido percibir la Presencia infinita de Dios.

  1. La maternidad de María en el orden de la gracia es un elemento constitutivo del designio de la Salvación  (Academia Mariana internacional p. 174).
  2. RM 38, 2 qui reprend LG n° 60.

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