Emilio Cid

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Manuel González, C.M. · Year of first publication: 1980 · Source: Anales españoles, 1980.
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Nació el día 17 de abril, del año 1917, en Xocín de Lamamá, a unos tres kilómetros del Santuario de Los Mi­lagros; murió, en una clínica de Roma, la madrugada del 14 de febrero de 1980.

Tuve la suerte de convivir con el Pa­dre Emilio Cid unos 11 años: en Hor­taleza – Madrid, Cuenca y Salamanca. Siempre en el ambiente de nuestros es­tudiantados, caracterizado por la pre­paración al sacerdocio, la vida en co­munidad fraterna con él se reparte entre los cinco años de Hortaleza, cua­tro de Cuenca y dos de Salamanca, hasta que —me parece que en septiem­bre de 1959— fue destinado a la casa de Potters Bar, en Londres, donde un grupo de nuestros estudiantes cursaba inglés y Pastoral. Después he tenido ocasión de hablar con él alguna que otra vez, en especial cuado se detenía unos días a su paso por Salamanca.

Estoy todavía bajo la impresión dolo­rosa de su muerte, en plena madurez de vida y con las armas en la mano, trabajando en la curia generalicia has­ta unas cuatro semanas antes de su desaparición. En prensa dejaba el úl­timo número de VINCENTIANA: «Es muy probable que no lo vea en mis manos para cuando salga de la Impren­ta», decía. A su lado, atendiéndole, ani­mándole, compartiendo sus angustias, esperanzas y desalientos, según avanza­ba el curso de la enfermedad, el Vicario General, P. Rafael Sáinz, no ha escatimado fatigas y ha podido revelar detalles bien emotivos de la lucha con­tra un mal que fue minando sus de­fensas hasta dejarle exhausto. Sorpren­de que se tuviese siquiera en pie, cuan­to más que diariamente concelebrase con sus compañeros hasta el día en que hubo de internarse.

Tal es el sumario con el que el Pa­dre M. González R., de nuestra casa de Salamanca, nos introduce a unas sentidas notas destinadas a recoger el recuerdo ejemplar del Padre Cid. No quiere detenerse en anécdotas banales —dice—, sino exponer el concepto que ha llegado a formarse del Padre Cid en virtud de su largo trato con él. Notas, pues, que encarecidamente hemos pedido al Padre González, y que recibi­mos con no menos sentida gratitud.

I.- Los caminos de su vocación vicenciana y sacerdotal

Cuando en los primeros días de oc­tubre de 1935 llegué a Ervedelo (semi­nario menor de Orense), todavía me hablaban los chicos con elogio de Emi­lio Cid. Bastantes de ellos habían sido sus compañeros. También lo recorda­ban con frecuencia los PP. Paúles de aquella pequeña comunidad, que lleva­ban la dirección del seminario y la formación de los seminaristas: Padres Sáenz, Medardo Pérez, Faustino Fer­nández, Lage y Domingo Coello. El Pa­dre Coello, en particular, me lo men­cionaba con frecuencia, quizá para ani­marme.

Emilio Cid, al terminar sus cuatro cursos de lo que entonces se llamaba «Humanidades» (o latín), decidió mar­charse con los PP. Paúles. Me parece que antes había estado con ellos uno o dos años en Los Milagros. Por tan­to, ya los conocía algo. Ingresó en el seminario (noviciado) de los PP. Paúles, en Hortaleza-Madrid. Era el 21 de sep­tiembre de 1933.

 

Un año más tarde le siguió, también desde Ervedeleo, Leopoldo Durán. En los primeros días de octubre de 1937, también yo me decidí a irme con los Paúles a la apostólica de Limpias (San­tander), y el 21 de septiembre de 1938 ingresé en el seminario – noviciado, en Tardajos (Burgos). Unos diez años más tarde, en 1949 (no puedo asegurar con exactitud la fecha) otros dos semina­ristas pasaron de Ervedelo a los Paú­les: José Luis Millán y Eladio Parada.

Los Padres, muy prudentemente, nos obligaban a escribir una carta al señor Obispo de Orense (entonces Monseñor Cerviño), para manifestar que libre­mente, sin coacción de ninguna clase, elegíamos este camino de la vocación vicenciana —no fuera el señor Obispo a pensar que los Paúles del seminario hacían proselitismo en favor de la Congregación de la Misión—. Parece que más de una vez, algunos de la curia diocesana insinuaron o se quejaron de esto a los Padres.

Estímulo para nosotros era el ejem­plar y gozoso modelo de vida que a nosotros daban los Padres de aquella pequeña comunidad. Nunca se lo podre­mos agradecer bastante. Con su trato bondadoso, sencillo, espontáneo y fa­miliar. Entregados totalmente a nues­tra formación, hasta en los detalle más pequeños y vulgares, para uno chicos que llegábamos de nuestras pequeñas aldeas, completamente ayunos de las costumbres y refinamientos ur­banos. Podría recordar aquí mil deta­lles, que no vienen al caso. Lo que más me impresionó fue el cariño y solicitud con que nos trataron.

El P. Emilio Cid siguió sus cursos ordinarios de formación sacerdotal y vicenciana: Noviciado en Hortaleza. Saldría de aquí, para empezar sus tres cursos de filosofía en Villafranca del Bierzo, unos nueve meses antes de es­tallar nuestra guerra civil, por septiem­bre de 1935. El primer curso de teolo­gía debió de iniciarlo en Murguía o Tardajos. Por esas casas anduvo pere­grinando el estudiantado. Y con los es­tudiantes estuvimos viviendo o nos cru­zamos en alguna de estas casas, por ejemplo, en Villafranca del Bierzo. Cuando los novicios llegamos allá, ha­cia febrero de 1939, y los estudiantes fueron a Murguía o Tardajos. Hasta que, a mediados de junio de 1939, el noviciado se trasladó a Hortaleza, recién terminada la guerra civil. Los estudiantes de teología pasaron tal vez a Cuenca ese mismo verano o en octu­bre, y con ellos el P. Cid. De esta época no tengo ningún dato personal acerca de él; solamente sé que anduvimos como peregrinos, cambiando, por tres veces, de población y de casa en menos de un año.

El 29 de junio de 1942 el P. Emilio Cid recibió la ordenación sacerdotal. Ese mismo verano le vimos los estu­diantes en Hortaleza, antes de pasar nuestro curso a Cuenca para empezar los estudios de teología. El Padre Cid creo fue enviado inmediatamente a la universidad pontificia de Salamanca y en 1943 ó 1944 fue destinado con los estudiantes a Hortaleza. Aquí estuvo hasta 1951, desarrollando una labor de formación humanística, literaria y sa­cerdotal, muy apreciada por todos y, en primer lugar, por los mismos estu­diantes. Creo que le querían de verdad; y sintieron mucho su marcha a Roma. Tal vez fueran estos años primeros de su sacerdocio, al menos externa y aparentemente, los más brillantes y go­zosos para el Padre Cid, querido y apreciado por todos, dentro de las pe­nurias que entonces padecíamos.

En Hortaleza me encontré con él en verano de 1947, después de recibir la ordenación sacerdotal (29 de junio) y ser destinado a dicha casa. Fue para mí un compañero extraordinario. Le admiraba por su formación muy com­pleta, por su equilibrio y serenidad, por su espíritu de sencillez y modestia, y de una gran servicialidad y madurez, sin sentimentalismos de ninguna clase. Fue para mí todo un modelo de sacer­dote y de Paúl. Me ayudó en mil as­pectos de mi vida. Tuve una gran suerte con los compañeros que encon­tré en aquella comunidad. Admiraba la tenacidad y constancia del Padre Cid en su trabajo, y sin darse la más mí­nima importancia: creo se encontraba muy a su gusto en aquel ambiente de estudiantado numeroso.

En 1951 fue enviado al Angelicum, de Roma, no sé si por un año o dos, pero en 1953 iba destinado a Cuenca, con los estudiantes de teología. Allí tuve la suerte de formar con él comu­nidad de nuevo cuatro años. El am­biente era todavía más íntimo, si cabe, que en Hortaleza, más recoleto y casi monástico. Parecería a algunos hoy aquella vida monótona y rutinaria, sin apenas variaciones, ni cambios nota­bles en el ritmo de trabajo y actos de piedad, comunitarios, de un día a otro. Era una vida muy sobria y simple. Creo, que dentro de esa suma sobrie­dad, teníamos un sentido del humor y de la alegría, y éramos felices en nues­tras limitadas expansiones, con un ma­tiz muy doméstico y casi ingenuo.

Sobre el Padre Cid empezaron a caer por estos años, responsabilidades más pesadas. Era el asistente de la comuni­dad y, sobre todo, lo que más trabajo le daba era la disciplina o dirección de estudiantes. Esto le acarreaba algún que otro disgusto. Recuerdo ahora que tuvo que intervenir en un caso muy penoso para nosotros; y hubo de solu­cionarlo casi secretamente con las au­toridades de la ciudad, que, por cierto, se mostraron sumamente discretas y delicadas para con los Paúles de San Pablo; no dando la más mínima pu­blicidad al caso. Creo que en la pe­queña población de Cuenca nadie se enteró del delicado asunto. San Pablo (nuestro seminario) tenía un cierto prestigio ante las buenas y sencillas gentes de la ciudad. Llamó mi atención la tranquilidad, al menos aparen­te, y hasta su pizca de buen humor con que el Padre Cid solucionó este asunto.

Al trasladarse el teologado a la nue­va casa de Salamanca, en los prime­ros días de octubre de 1957, vinieron con los estudiantes el Padre Cid, el su­perior, Padre Osés —y casi todos los Padres que componíamos la comunidad de Cuenca—. El ambiente en Salaman­ca empezó a ser distinto del de Cuen­ca. Bastantes estudiantes iban a estu­diar en la Pontificia, y había una cons­tante comunicación con los alumnos de los seminarios mayores, que las con­gregaciones religiosas habían estable­cido aquí, en torno a la Universidad Pontificia. Esto tenía grandes ventajas: mayor apertura, más amplios horizon­tes, un enriquecimiento mutuo en dis­tintos campos. Pero también tenía sus inconvenientes: nuevas corrientes, que cogían un poco desprevenidos á nues­tros estudiantes en su inmadurez —aparte de la enorme masa de estu­diantes que aquí se acumuló: unos 230, en cuatro cursos de teología—. La labor del Padre Cid fue mucho más difícil, y con más disgustos: creo que menos brillante al exterior y menos gozosa que en sus primeros años de Hortaleza. El trabajo del Padre Cid de aquí en adelante, será más callado, pero mucho más eficaz en profundidad.

En Salamanca estuvo el Padre Cid dos años, hasta el verano de 1959. Con­tinuaba de asistente y director de los estudiantes. En septiembre de ese año fue destinado a Potters Bar (Londres) —y aquí mis datos dejan de ser di­rectos y personales, a no ser esporá­dicamente.

De Potters Bar, después de unos años el Padre General, le llamó para enviarle como Director de las Hijas de la Caridad de Bolivia.

De Bolivia, una vez cumplido allí si, mandato, fue llamado para incorporar­se al trabajo en la curia generalicia: en la secretaría general y preparación y redacción de Vincentiana. Tengo en­tendido que colaboró intensamente en la preparación de algunas de las asam­bleas generales de Padres y Hermanas. Participó como delegado en todas nues­tras últimas asambleas provinciales. En Roma concluyó su vida cuando ya tenía permiso para regresar a España.

Vi por última vez al Padre Emilio Cid en octubre de 1979. Regresaba a Roma, después de asistir al funeral y entierro de una hermana suya. Le en­contré muy desmejorado, muy delgado y con pocas fuerzas. Estuve hablando un rato con él. Aparecía como menos expresivo de lo que era habitual en él. Me dijo que, desde hacía algún tiempo, una úlcera de estómago le daba mucha guerra, y que estaba en tratamiento y bajo la supervisión de su médico en Roma. Que en ciertos días se sentía muy agotado y cansado, y hasta con depresiones psíquicas. Esto último me llamó la atención. Siempre le había visto como hombre equilibrado, y de ánimo estable, homogéneo, constante. Me dijo que pensaba regresar pronto a España, después de terminar ciertos trabajos pendientes en Roma. Que ya tenía permiso del Padre General, y so­lamente esperaba llegase el que le iba a sustituir. Le encontré preocupado y pensativo, y con expresión de tristeza, como ausente. Un compañero me hizo notar esto mismo.

II.- Sus tareas. Su trabajo.

Creo que la principal tarea de su vida fue la dedicación a la formación de nuestros estudiantes, durante casi 25 años. A ella entregó con ilusión y generosidad los mejores años de su vida. A este trabajo callado y no siem­pre humanamente grato dedicó sus cualidades y su esfuerzo en silencio y sin exhibición. Me parece que, en con­junto, ha sido un buen formador de centenares de estudiantes nuestros —podrá discutírsele en puntos secun­darios, como a todo hombre limitado y con defectos, en anécdotas más o me­nos significativas de nuestros estudian­tes, y de la época y costumbres, que les tocó vivir—. Pero su vida, global­mente considerada, creo fue la de un formador serio, equilibrado, imparcial sereno, sin arrebatos: siempre muy ponderado en los juicios y decisiones acerca de los estudiantes, sin altibajos, ni sobresaltos inadecuados y fuera de tono, sin favoritismos, ni sentimenta­lismos.

Quizás, a alguien que no le conocie­se de cerca, podría parecerle frío y cerebral. No lo era. Solía ocultar muy bien sus sentimientos íntimos. Tenía su fibra muy sensible, radicada en su amor propio, que revertía más hacia la interioridad de su persona, que ha­cia fuera, con un disimulado fondo de cierta timidez, que apenas afloraba; so lamente se le notaba alguna que otra vez, en una cierta actitud de autoridad forzada, por una especie de insegu­ridad personal, ante las juveniles arrogancias o rebeldías de los estudiantes. Ante las aventuras y picardías de los estudiantes, sobre todo cuando advertía mala voluntad, muy de tarde en tarde se le veía alterarse y ponerse un tanto dramático, serio, más en la actitud y semblante, que la actuación concreta posterior. Era reflexivo y en cierto modo lento. Pasado el momento, y una vez que se había enfriado, jamás se le vio tomar una decisión de revancha. En general, tomaba las aventuras de los estudiantes con un aire de humor muy fino, socarrón y benévolo, como quien toma la vida con una cierta filosofía.

Creo que cuando le enviaron a Pot­ters Bar, en 1959, con los recién orde­nados, se sintió un tanto liberado de las complicaciones que iba tomando el estudiantado de Salamanca. Me dio la impresión de que se fue contento y sereno, y un poco cansado de lo de aquí. Recuerdo que me dijo una tarde, en la explanada ante la portería de la casa: Me envían a Potters Bar, para que se cumpla aquello de: Ascendatur ut removeatur. Como si aquí su labor estorbase algo, o a alguien.

III.- Algunos rasgos de su persona

Solamente Dios tiene el juicio exac­to y misericordioso acerca de la intimi­dad y verdad de las personas. Expon­dré algunos rasgos acerca de la per­sona del Padre Cid y de su manera de ser y actuar externamente. Mis juicios dependen en gran manera de mi apre­ciación subjetiva y personal. Natural­mente, puedo estar equivocado. Mani­festaré sencillamente el concepto que llegué a formarme del Padre Cid en esos años de convivencia comunitaria con él. En parte ya va indicado en lo anteriormente expuesto. Habrá, pues, reiteraciones, y circunloquios.

Me pareció siempre un hombre con equilibrio y serenidad ante la vida. Y, según referencias, esta misma sere­nidad la mantuvo para afrontar la muerte, a pesar de los altibajos de es­peranza y desánimo, y las depresiones causadas por la misma enfermedad, con plena lucidez y conciencia hasta dos o tres horas antes de morir.

Poseía gran ponderación y mesura ante los acontecimientos, y en los jui­cios que emitía, nunca duros o avina­grados. Lo que sí solían ir revestidos era de una fina ironía, entre bondadosa y socarrona, pero no mordaz.

Jamás le vi como hombre fácilmente impresionable, ni afectado excesiva­mente por el sentimiento, al menos en su talante exterior y en sus ac­tuaciones, o lo disimulaba muy bien. Supongo que tenía una gran riqueza afectiva interior, pero se la guardaba con reserva. Creo que en este aspecto era muy poco expresivo, al menos con la generalidad de los que convivíamos con él. Poseía una muy buena prepa­ración humanística y literaria, y una gran sensibilidad estética, y se culti­vaba constantemente. En este aspecto influyó notablemente en la formación de los estudiantes, especialmente en su época de Hortaleza, juntamente con algunos otros Padres que traba­jaban en aquella comunidad con gran ilusión y exquisito gusto y prepara­ción. Era negado para la música en su expresión de canto por sí mismo. Le fallaba el oído musical. Pero tenía gran sensibilidad en la percepción del arte y belleza musicales. Dedicó los últimos catorce años de su etapa de docencia a la teología. Poseía una preparación sólida. Me dice algún compa ñero que tal vez el Padre Cid echaba en falta una especializada formación bíblica y exegética, para la misma ex­posición de la teología —se ve por los libros que compraba y manejaba en los últimos años.

Se manifestaba en su carácter con una igualdad y homogeneidad nada co­munes, y con una gran estabilidad de ánimo: constante y tenaz en todo lo que emprendía, nada cambiante, ni am­bivalente. Quizás al final llegaron a cansarle algo los estudiantes.

Realizaba su trabajo a conciencia y con tesón, no a impulsos arrebatados e intermitentes: era una línea sostenida, que podía parecer a más de un inge­nuo monótona y rutinaria. Le gustaba el trabajo bien hecho y rematado en todos sus detalles. Por lo mismo su trabajo aparecía más bien lento y muy pensado, que no intuitivo, brillante por improvisaciones o a ráfagas. Los re­sultados de su esfuerzo tal vez no im­presionen a la galería. Era más bien de fondo y hacia dentro: silencioso, pero muy eficaz.

En las relaciones personales de co­munidad, ha sido uno de los mejores compañeros que he conocido. Perfec­tamente adaptable a las distintas si­tuaciones y ambientes, y a todas las personas, aunque fueran de carácter muy distinto. No quiere decir, que con todos se entendiese o compaginase con la misma facilidad. Abierto y comuni­cativo, de una conversación amena, pe­ro reservado en sus sentimientos ínti­mos. Creo que en este aspecto debía abrirse a muy pocas personas, si es que se abría a alguien. Y sobre todo, tenía un humor exquisito, de una so­terrada ironía, benévola, que jamás hería a nadie. Muy pocas veces le vi envuelto en una discusión violenta con algún compañero. Ahora mor oh cuerdo una sola. Entonces no era débil, ni se dejaba doblar en su personalidad, ni en su orgullo íntimo.

Le vi perfectamente integrado en la comunidad; además se daba uno cuenta de que se encontraba muy a gusto y contento con los compañeros, como si ése hubiera sido el  ambiente de toda su vida. Sus diversiones y expansiones eran normalmente con los compañeros.

Aceptó con sencillez y sin dramatis­mos los trabajos y oficios que se le confiaron, y los cumplió con seriedad y responsabilidad. Era muy amigo de casa, y de estar con la comunidad.

Pude observar siempre en el Padre Cid un gran amor y entrega a todo lo que es propio de la Congregación de la Misión; se sentía orgulloso de ser paúl, y no con retóricas, sino con la vida sencilla de cada día. En ese sen­tido orientaba siempre a los estudian­tes.

Jamás le vi exponer ideas extrava­gantes y peregrinas, aunque era muy abierto a todo lo nuevo, pero con un gran sentido crítico, y con criterios profundamente personales, para des­cubrir al instante a cualquier petulante o charlatán. Quizás pudiera parecer a algunos conservador en las ideas, o que marchaba solamente por los ca­minos seguros de la vida, sin arries­garse. Lo que yo creo es que tomaba con seriedad la vida: no tenía nada de superficial y frívolo, todo lo contrario; pero tenía un buen talante para agra­decer y disfrutar gozosamente del don de la vida.

Era amablemente asequible a todos, con sencillez, sin darse la más mínima importancia, y muy lejos de toda in­fantil petulancia. Le oí hablar alguna vez de lo que le costaba llevar a cabo con perfección meticulosa y con exactitud algún trabajo inaplazable. Se en­tregaba a él con asiduidad.

Por supuesto, no puedo entrar en la intimidad de su vida espiritual, y de sus relaciones personales con Jesucristo. Ese es un misterio de verdad y sin­ceridad entre la conciencia v Dios. Ahí no medie ni debe entrar nadie. Sola­mente puedo juzgarlas por sus manifestaciones exteriores.

Creo que tenía unas convicciones de fe bien arraigadas y sólidas, sin fisu­ras, sin vacilaciones de ninguna clase; también sin exaltaciones sentimentales, ni extrapolaciones raras. Se me repre­senta de una gran firmeza y serenidad en su fe, sabiendo hacia dónde cami­naba.

Tenía fidelidad constante en lo que llamamos vida de piedad, con asidui­dad regular y exacta a los tradicio­nales ejercicios de piedad y actos co­munitarios. Las expresiones de su pie­dad me parecieron siempre de una pro­funda vivencia personal, sólida, varo­nil, madura, sin sentimentalismos ni misticismos de ningún género. Un de­talle nada más. Quiero exponerlo con lealtad, sin dejarme arrastrar por un espíritu vergonzante Le veía muy fre­cuentemente rezar su rosario, en la capilla o por los pasillos, con la mayor naturalidad, sin ningún falso respeto humano.

Lo que tal vez más me llamaba la atención era su plena y casi connatu­ral identificación con el sacerdocio de Jesucristo. Lo vivía con espontánea na­turalidad, sencillez y gozo, como si fuera una segunda naturaleza, perfec­tamente compenetrada con toda su persona. Más de una vez me habló a mí en particular de la nobleza y dig­nidad, con que debemos llevar diaria­mente el sacerdocio de Cristo. Cons­tantemente en la celebración diaria de la Eucaristía, rezando diariamente las Horas; tenía un profundo sentido pas­toral y ministerial del sacerdocio, en servicio a los demás. Jamás le vi ne­garse a un ministerio pastoral, con una participación asidua en vida sacramen­tal. Su vivencia de piedad cristiana y sacerdotal me pareció siempre madu­ra, sobria y profunda, y al mismo tiem­po espontánea y gozosa, como si la tuviese perfectamente asimilada.

En conclusión:

Recuerdo perfectamente una frase suya: se la oí en una repetición de ora­ción, que hubo de hacer ante toda la comunidad según nuestra antigua cos­tumbre, en los primeros ejercicios es­pirituales comunitarios que hicimos (octubre de 1957) recién llegados a esta casa de Salamanca. Parece que todavía le estoy viendo, y en el asiento donde se colocaba, asientos provisionales, en lo que hoy es salón-gimnasio, que hacía de capilla (las obras de la iglesia no terminaron hasta un año más tarde); le tocó tratar la muerte y el juicio, y dijo textualmente: Es el momento de arribar a la región de la luz y de la verdad de Dios. El participa ya de esa luz y verdad de Dios sin las mentiras de la vida.

Quiero agradecer desde aquí, con sencillez y humildad, la influencia que el Padre Emilio Cid ejerció sobre mí, desde mis primeros pasos de semina­rista, sin conocerle aún personalmente, sólo por referencias, y después los fe­lices años de convivencia comunitaria que pasé con él. Entonces su influen­cia fue mucho mayor, por su humanis­mo y bondad, por su sencillez, por su profundo espíritu vicenciano y sacer­dotal, y por su buen humor y alegría serena.

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