En la Jefatura del Servicio Nacional de Seguridad, gabinete central de identificación, sobre una fotografía doble del cuerpo yacente del P. Castillo, en, la que aparece de frente y de lado, teniendo sobre su pecho los números 29 en grande y 3-39 en pequeño. Al respaldo de dicha fotografía, la siguiente
ficha:
«Procede el cadáver de detrás Cuartel Guardia Civil Cuatro Caminos; fotografiado Depósito Judicial 3-10-1936 – datos morfológicos: sexo m. edad 35-40 – talla 1’68 constitución normal – iris castaño – dentadura nueva – pelo castaño oscuro entrada atrás – ropas camiseta blanca, calzoncillos blancos, iniciales AA morada, camisa crema seda, mono tela cremallera botones bolsillos – chaleco gris – calzado zapatos negras tacón goma.»
Entre tantos de nuestros hermanos de Congregación como han sido asesinados, sólo del P. Castillo hemos podido hallar dicha ficha completa y perfecta.
Triste y sumamente doloroso es el recuerdo de nuestros difuntos en este tiempo nefando; mas, al pensar en el Padre Castillo, razones particulares acrecientan nuestro sentimiento: era joven y de grandes esperanzas.
De él se puede decir, en frase sagrada, que en poco tiempo llenó muchos años. Empero; el conjunto de sus bellas cualidades da lugar a decir que, con lo hecho, sólo había comenzado a rendir los frutos de bendición, de que tanto se debiera beneficiar la Congregación y la misma Iglesia.
No obstante, pues Dios así lo quiso, bendito Sea.
Era natural de Marmellar de Arriba (Burgos). Sus padres se llamaban Santiago y Emiliana. Nació el 18 de octubre de 1903. Tercero entre los hermanos.
Desde 1915 a 1919 estudió en la Escuela Apostólica de Tardajos. En dicho último año fue a Madrid. Era el más pequeño de todos los seminaristas, de voz atiplada, faz agradable, formalito.
Terminado el tiempo de noviciado, fue a fortaleza, para cursar los estudios filosóficos. Hizo allí los votos el 19 de octubre de 1921, al cumplir los dieciocho años.
Estudió tres cursos de Teología en Cuenca; su curso pertenece a los fundadores de aquella residencia estudiantil.
En Cuenca le ordenó su Obispo, Mons. Cruz la Plana, de Menores y Subdiácono el 26 de febrero de 1928.
En Madrid, donde cursó el cuarto año de Teología, le ordenó de Diácono, el 24 de marzo de 1928, y en su capilla particular, el Excmo. Sr. Obispo Dr. Eijo y Garay. El 2 de junio del mismo año, el entonces Obispo de Málaga, Excmo. Sr. Don Manuel González, le ordenó de Presbítero en la Basílica de la Milagrosa.
El 27 de julio del mencionado año 1928 salió destinado al Santuario de Nuestra Señora de los Milagros (Orense). Fue profesor e inspector del Seminario Menor. Buen cantor (tenor) y buen predicador, de los pueblos cercanos le llamaban, a cantar los célebres responsos en los entierros y funerales solemnes que por allá se estilan y le encargaban los mejores sermones. El, gustoso aceptaba tales compromisos, siempre que se lo permitían las clases; fue de los Padres célebres que en el Santuario han sido.
Continuó siendo pequeño de estatura, tipo y modales finos, agradable de semblante, ligero en sus andares, de expresión fácil, juicioso en sus discursos, resuelto en el obrar.
En cierta ocasión, el Sr. Obispo de Orense, luego Cardenal Ilundain, encomendóle una difícil y espinosa misión que cumplir en un pueblo en entredicho, y él la llevó a cabo con tacto y prudencia.
En 1933 fue nombrado Subdirector del Seminario Interno de la Congregación, trasladándose, por lo tanto, a Hortaleza (Madrid}, donde estaba aquél. En estos años, 1933-1936, estudiaba, además, la carrera universitaria, con matrícula en la de Salamanca, habiendo hecho con brillantez los primeros exámenes.
En su conducta era rectilíneo, y tales exigía fueran los demás. Por eso, le daba repugnancia la actuación doble e hipócrita de algunos de los obreros que en casa trabajaban y con los cuales, como procurador, tenía que vérselas, por una parte haciéndose los beatos y por otra inscribiéndose en los partidos políticos más extremos.
En las elecciones de febrero de 1936 su actuación en Hortaleza fue destacadísima, como apoderado de la mesa electoral. Debido a su energía, los votos casi se igualaron, con ser un pueblo tan izquierdista siempre.
Al empeorar los tiempos, y para prevenir cualquier sorpresa desagradable, él se encargó de la jefatura del batallón voluntario de defensa de la casa. De advertir es que la Comunidad había quedado reducida al mínimo, pues los novicios fueron, llevados a Burgos, permaneciendo en Hortaleza los hombres sin miedo, que podían responder por sí mismos.
Sin embargo, la posición, digamos así, política, como justa a todas luces y sin ambages defendida, no se hacía odiosa aun para los enemigos declarados; por eso, no fue ni más ni menos perseguido el P. Castillo por los vecinos del pueblo, ante el estallido revolucionario, que los demás miembros de la Comunidad.
Con éstos fue llevado detenido a la Casa Ayuntamiento, y de allí, en la madrugada del día 21, a la Dirección General de Seguridad, y, por fin, a la Cárcel Modelo.
Aquí le tocó vivir difíciles jornadas, que culminaron en la del 22 de agosto, con el incendio y asalto de la cárcel, según en otro lugar se relata.
Su cuñado, guardia civil, y un, primo, que estaba afiliado a la C. N. T., consiguieron un comunicado del comité central sindical para la Dirección General de Seguridad, y, con el mismo por base, ésta ordenó su libertad, a primeros de septiembre.
A las ocho de la noche se presentó en el Cuartel de la Guardia Civil, en Cuatro Caminos, donde vivía su cuñado, y allí quedó hospedado. Mas, al constituirse en dicho cuartel un comité, fue imposible su estancia en el mismo. Se fue a vivir en la pensión «Pilar», de la calle de Ríos Rosas.
En ella transcurrieron para él tranquilamente muchos días. A las veces, se iba a conversar con los milicianos del garaje de enfrente, para más despistar. Casi todas las ‘tardes le hacía compañía su hermana Felisa. En una de ellas les sorprendieron las milicias rojas.
Tras pesados y minuciosos interrogatorios por separado, en los que ella negó, pero él afirmó su carácter de sacerdote: —Estáis detenidos, les dijeron.
—Yo no me entrego a vosotros, porque no tenéis autoridad. Me entregaré a la Dirección de Seguridad. Respondió el Padre Castillo.
—Tú lo que tienes es mucha caca, cuando no quieres venir, insistieron ellos.
Y a los dos se los llevaron por la fuerza. Al Padre le metieron en el convento de las Salesas que hay junto al Cuartel de la Guardia Civil, y a su hermana la encerraron en su misma vivienda del citado cuartel.
Lo expuesto da lugar a sospechar que la denuncia venía de la propia Guardia Civil. En el cuartel era sobrado conocido el P. Castillo, pues varias veces había entrado en él vistiendo sotana, la última en vísperas de la revolución, cuando con ocasión de celebrarse con toda solemnidad una Primera Comunión de niños en el convento que ahora le servía de cárcel, allá por junio de aquel mismo año 1936, él celebró la Misa y predicó.
Y, para más fundamentar esta sospecha, no hemos de dejar en el tintero lo siguiente:
Los milicianos habían entrado en la pensión como para hacer registro general; mas es de presumir que iban tras rastro conocido, y aun es probable que la pista se la marcara la propia hermana del P. Castillo, pues en seguida cachearon a éste, desentendiéndose de la demás gente que allí habitaba. Y uno de los milicianos dijo a otros:
—Decid a Bermejo que ya está aquí.
Sobresaltada, preguntó entonces la hermana del P. Castillo:
¿Es que Bermejo nos ha denunciado?
Improperios y órdenes de detención fueron la respuesta. Comprendieron que se habían descubierto a sí propios. Porque es el caso que en el cuartel había un, guardia llamado Bermejo; que era, como toda su familia, descreído y poco amigo de curas.
Al anochecer llevaron detenidos al mismo convento donde estaba encarcelado el P. Castillo a su libertador de la Modelo, el miliciano de la C. N. T., y a su cuñado el guardia. A la esposa de éste, a la cual no encarcelaron en forma, sin duda por un residuo de humanidad que aun quedaba en sus corazones de fiera, ya que hubieran quedado en el mayor abandono sus seis hijitos, la dijeron que los pondrían en libertad cuando se averiguara si el Padre había salido debidamente de la cárcel o se había escapado el día de la quema.
Mas la hipocresía y la perfidia florecían en sus labios. Vayan los hechos al canto, como prueba de nuestro aserto.
Al cabo de unos ocho días sacaron de la prisión, sí, al Padre Castillo y a su cuñado, pero fue para fusilarlos.
Comprendiéronlo ellos al verse en la calle y a hora tan excusada, antes de amanecer.
El P. Castillo tomó la palabra y habló en términos de gran elocuencia, en su propia defensa, ciertamente, pero más mirando a su cuñado y sus hijos, terminó can estas palabras:
—»Sabed que tantos cuantos pelos tenéis, tantos moriréis, porque venceremos.»
El discurso lo oyó íntegro su primo, el de la C. N. T., desde el convento, donde quedaba preso. Del caso habló a su propia mujer cuando, a los seis días del lamentable suceso, después de escuchar uno tremenda filípica, fue puesto en libertad; libertad, por cierto, bien mezquina, ya que, a las veinticuatro horas, fue de nuevo encarcelado y, al fin, fusilado, un mes más tarde, en el mismo lugar donde habían caído el P. Castillo y su cuñado.
De la valía del discurso dice mucho esta frase que dijeron unos milicianos de los que estuvieron presentes, comentando el hecho:
—¿Cómo habrán, matado a ese fraile, con las cosas que ha dicho?
Por lo que hace a la consumación del crimen, según parece, aparentaron quedar convencidos por las palabras que acababa de pronunciar, y les dijeron que se marcharan, y al tratar de salvarse corriendo, les dieron los tiros mortales. Las que dispararon fueron guardias de aquel cuartel, que venían, formando como un mismo cuerpo con los milicianos de la checa en que había quedado convertido el convento.
Lo que no se explica tan fácilmente es que cayeran tan distanciados los dos y en direcciones opuestas: el guardia, como si huyera del cuartel, cuya dirección marcaría una flecha que saliese de la fachada trasera del mismo, mientras que el cadáver del P. Castillo apareció junto a la esquina de la fachada principal, de modo que si se descuidan un poco en tirar o le hieren levemente, da la vuelta a la esquina y se escapa. ¿Sería aventurado sospechar que discreparan los esbirros, siendo partidarios sinceros algunos del perdón mientras los otros persistían en su propósito criminal, y aprovechándose de esta confusión, trataron de huir las víctimas, por cualquier sitio, ya que era de noche todavía y el terreno desigual (sin edificios), por lo que se prestaba a esconderse al pronto y luego buscar refugio lejano, donde no pudieran ser hallados, aunque alguno de aquellos bárbaros los buscase?
Esta y otras conjeturas son posibles. Piense cada cual la que quiera, o no pierda el tiempo en ello, que será mejor. Lo cierto es que a los que en supremo anhelo de vida y libertad huían, los cazaron como a alimañas aquellas cazadores del infierno.
¡Qué despertar el de la infortunada D.» Felisa, con los cadáveres de su esposo y de su hermano al pie de su ventana!
¡Bien iluminaron aquel vergonzoso espectáculo los claros rayos del sol! Sus luces arrancaron de las gloriosas heridas destellos de gloria inmarcesible. Y los infames verdugos aun tuvieron alma para decirla: «A ti no te matamos, para que sufras; bien rezadora eres; buena cruz te espera…»
Los restos mortales del P. Castillo descansaron en el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena (Este), hasta el día 12 de noviembre de 1941, en que fueron exhumados, para ser honrados como merecen, según se narra en otras páginas de este libro.







