El Vicariato Apostólico de San Pedro Sula (Honduras) 1911-1945 (II)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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Author: Nicolás Más · Year of first publication: 1945 · Source: Anales Barcelona.
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La CeibaII.— COSTUMBRES PAGANAS
Antes de la dominación española. 200 años antes de descubrir los españoles la América Central, la tradición india dice haberse aparecido en la parte oriental de Honduras una mujer misteriosa, blanca y muy sabia en el arte adivinatorio, a la que los indios llamaron Co-nizahual, que quiere decir «tigre que vuela». Había llevado por el aire una gran piedra de tres puntas, figurando en cada una de ellas un rostro deforme, ganando con esa milagrosa piedra las batallas contra sus enemigos. Esta misteriosa mujer fue la que enseñó la religión a los indios, haciéndoles adorar al «gran padre» y a la «gran madre». Añade la leyenda que después de haber repartido el reino conquistado entre sus tres hijos, desapareció en una furiosa tempestad, volando al cielo en forma de pájaro.
Pronto los indios, en lugar del «gran padre» y «gran madre», concibieron la idea de que hay un dios que proporciona beneficios y otro que suministra los maleficios.
Organizaban danzas, cantando las hazañas de sus mayores y celebrando los beneficios de sus deidades. En estos bailes hacían gala de su excelente salud, pues a veces los prolongaban por espacio de ocho días, no obstante el gran peso de galas con que se adornaban, cubriéndose no sólo de vistosas plumas, sino también de collares, monedas, etc.
Criaban sus hijos fajándoles contra una tabla, desde la espalda hasta los tobillos, por lo que todos los indios tenían aplastada la parte posterior de la cabeza.
Practicaban también cruentos sacrificios humanos, pero no tenían la bárbara costumbre de comerse la carne de las víctimas.
Era gente simpática, dócil y gallarda. Devotos hasta la superstición, entregados en exceso a la embriaguez y nada les irritaba tanto como el no ser invitados a los convites de las tribus vecinas.
Desde el principio del descubrimiento los indios hondureños se mostraron dóciles a los Misioneros, pudiendo éstos cosechar en poco tiempo abundantes frutos de salvación, aunque a causa de la escasez de obreros evangélicos quedó mucho por hacer en los primeros siglos de la conquista.
Baile a «Cupita», dios malo o demonio.
Cuando hay algún enfermo de dolencia dilatada, cuando se cierra alguna entrada de río, cuando hay peste o fallece alguna persona, proceden estos pobres indios paganos a celebrar una fiesta a «Maffia» (diablo), a fin de calmar su ira.
Todos los indios de varias localidades se reunen en un pueblecito, que por lo general está junto al mar o a la vera de los ríos. Una de las mayores chozas del caserío hace de templo. Colócase una mesa en el centro de la sala, sobre la cual ponen chicha (fermento de maíz) y bastantes gallinas. Antes, las víctimas preferidas y que calmaban mejor la ira de Cupita eran los blancos que cogían prisioneros.
Traen música para animar la fiesta, que ordinariamente es de chirimía y timbal, a cuyo compás baila toda la concurrencia. Forman un círculo como en el baile de la «sardana». Simultáneamente bailan y cantan—más parecen aullidos que canciones—. Después del baile se presentan tres hombres extravagantemente pintarrajeados, con el cuerpo medio desnudo, danzan contorsionando todo el cuerpo, como posesos, hasta que una mujer doblada, en forma de ángulo recto, sale corriendo alrededor de la mesa, hasta caer exánime. Entonces, ante la expectación general, a manera de un sonámbulo magnético les anuncia que los espíritus evocados están presentes y se puede hablar con ellos. Todos a una se precipitan a preguntarles mediante dicha mujer, al mismo tiempo que suplican al «Búyey», sacerdote pagano que dirige estas fiestas, que interponga su influencia y pregunte al diablo qué clase de pena piensa aplicarles, cuál o cuáles de ellos morirán primero, etc. Concluida la conferencia, el «Búyey», después de haber estado algún tiempo en su cuarto a oscuras, comunicando con los espíritus, pone en conocimiento de aquellos indios crédulos lo que «Maffia» le ha manifestado. Continúase de nuevo el baile hasta caerse por el suelo de puro borrachos. El adivino les avisa luego que Maffia o Cupita está ya contento y que les retirará el castigo que les tenía preparado. Con tal motivo redoblan su confianza, reiterando sus borracheras hasta la mañana siguiente.
Elección de nuevos «Búyeys». Al final de la fiesta el sacerdote pagano dice a grandes voces que los espíritus le han manifestado que en el año siguiente serán Búyeys fulano y zutano de la tribu, quedando así instituido entre los indios el sacerdocio nefando, que tiene el contacto inmediato con los espíritus y con el diablo.
En una de las excursiones misionales se enteró el Misionero que en el caserío visitado hay un Búyey. Le llama, y aunque tarde y remolón, se presenta.
– ¿Tienes tú el oficio de Búyey?
Sí, señor; me comunico con cinco espíritus, dirijo el baile de Cupita…
El pobrecito tiembla, cual hoja de olmo, al afirmarle el Padre que irá a hacer compañía al demonio por eternidad de eternidades. Si no quieres arder eternamente en las infernales llamas has de dejar este diabólico oficio. Seguramente continuó en su tan lucrativa ocu-pación, ya que los zambos huyen del trabajo como de un mal espiritu, siendo su programa favorito: comer, dormir, fumar y beber aguardiente.
Enfermedad, muerte y entierro.
Enfermedad. Cuando alguno de sus allegados está enfermo de gravedad, llaman sin dilación al «sukía» o curandero, para que consulte al diablo y le prepare medicamentos supersticiosos. El «sukía» IIeva consigo un cuadro de S. Antonio, que coloca sobre una mesa, entre dos cirios. Averigua en seguida si los asistentes llevan el Santo Cristo o alguna medalla para hacerlos desaparecer, so pena de no seguir la cura.
Desnudo hasta la cintura, y vestido de cintas encarnadas que le dan aspecto diabólico, pronuncia fórmulas misteriosas, pinta al en- termo con cal y le rocía con agua del río; evoca después los espíritus, produciendo un ruido ensordecedor, como si estuviesen presentes las cohortes infernales. Pronto dice que la enfermedad viene de tal o cual espíritu malo, que se ha de hacer un sacrificio de animales, tomar los medicamentos que él mismo prepara.
Se debe notar que el buen zahorí no se presta a realizar tan radicales curaciones si antes no le dan una respetable suma de dinero.
Muerte. En la casa del finado se reúne toda la gente de los contornos para velar al muerto durante la noche. Juegan, narran cuentos emborrachándose casi siempre. La juventud, ante el umbral de la choza y al claro de la luna, efectúa una tradicional danza, al son de múltiples panderos. Al medio sale una pareja que se contorsiona ágilmente, pero sin tocarse, bailando un minuto, pasado el cual la sustituye otra pareja, y así sucesivamente.
El lecho del finado es arreglado con ropa limpia, y sobre un lazo tendido colocan las prendas mejores del difunto. Aparece a media noche el sukía tiznado, dando fuertes silbidos, mientras las luces son apagadas, en cuyo acto evoca el adivino el espíritu del difunto. Tiene con éste una larga conferencia, manifestando acto seguido lo que le dijo el espíritu: a quienes quedó debiendo, quienes deben a él y si dejó dinero, que regularmente aparece en la oreja del horcón (palo central de la choza), la suma de 50 a 200 centavos.
Entierro. Al día siguiente dan tierra al muerto en una pequeña profundidad, para que la tierra no le sea pesada. Pónenle en el ataúd un machete, a veces algún fusil, para que pueda defenderse de los enemigos que hallare a lo largo de su peregrinación; encima de la tierra déjanle un cayuco, un baúl viejo y servicio de noche.
Después, tiene lugar el «novenario», el cual se reduce a reunirse en alegre algazara para bailar y beber durante nueve días consecutivos.
De cuando en cuando efectúan el «dugú», que consiste en poner Una mesa abastecida de toda clase de manjares en un aposento cerrado para que los espíritus de los difuntos puedan hartarse a sus anchas y para que no molesten a la familia con sus exigencias. Pero, además, en la primera semana de la defunción celebran una fiesta, llamada «misia», en la que abunda la chicha y aguardiente.
Si alguien sueña en el difunto o tiene alguna pesadilla, va al «sukía» para que le enseñe un medio de librarse de semejantes molestias. Todos tienen idéntica respuesta: «el muerto pide misa»…

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