El valor del catecismo en san Vicente de Paúl (VII)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. LUCES Y SOMBRAS EN LA ENSEÑANZA DEL CATECISMO

Necesitamos volver al motivo de nuestra exposición, la cita sobre el valor del catecismo según Vicente de Paúl. Todos segui­mos recordando la frase que plasmó en una de sus cartas Vicen­te de Paúl: «Todo el mundo está de acuerdo en que el fruto que se realiza en la Misión se debe al catecismo». Vicente de Paúl manifestaba con esta frase la importancia que los misioneros daban a la enseñanza de la doctrina cristiana en las misiones que predicaban y el bien que dicha enseñanza reportaba a todos los que participaban en la misión. Pero necesitamos contextualizar mejor la frase. Por eso conviene transcribir los párrafos que en la carta se dedican a las misiones y al ejercicio del catecismo en las mismas. Nos ayudarán a contemplar mejor y a comprender con mayor precisión las luces y las sombras que se proyectaron sobre la enseñanza del catecismo en la época que estamos analizando. La carta toca diversos y variados asuntos. Es respuesta de otra que el padre Lamberto había enviado a Vicente de Paúl el 24 de enero, y que ya había sido recibida por éste. Entre otras cosas, Vicente de Paúl le menciona los nombres de las personas que van destinadas a su casa o al trabajo que la casa de Richelieu tiene entre manos o, al menos, a la misión popular que se estaba dando en el propio lugar y en otros lugares cercanos. Estas son las pala­bras de Vicente de Paúl:

«Hablemos de los que tienen que ir a acompañarle. Le enviamos a tres de aquí y a los padres Codoing y Durot, que tienen que ir a encon­trarle desde el Delfinado, en donde están. Espero que los tendrá dentro de diez días. Nuestro Señor ha bendecido mucho su trabajo en aquel país. De aquí van los padres Buissot, Benito y Gourrant. Puede conser­var a su lado en Richelieu a los padres Buissot o Benito y al padre Gou-rrant, y enviar a uno de ellos a la Misión de Luzon. Creo que conviene que emplee a los padres Codoing y Durot en el ducado de Richelieu.

El padre Gourrant entiende de música, el padre Benito y el padre Buissot saben entonar salmos. El padre Benito enseña útilmente el cate­cismo. Todo el mundo está de acuerdo en que el fruto que se realiza en la Misión se debe al catecismo; y afirmando esto últimamente una per­sona de calidad, añadió que los misioneros se esforzaban todos en pre­dicar bien, pero que no sabían hacer el catecismo, y dijo esto en mi pre­sencia y en la de una buena compañía. En el nombre de Dios, padre, advierta esto a la compañía de allí. Mi pensamiento es que los que tra­bajen, tienen que hacer uno el catecismo mayor y el otro el catecismo menor solamente, y hablar dos veces al día. Y se pueden llevar al cate­cismo algunas moralidades para impresionar; pues, como he dicho, se advierte que todo el fruto viene de allí.

Hemos tenido aquí algunas conferencias sobre la manera como hay que proceder para enseñar las verdades discutidas; y me parece que estos padres lo entienden bastante bien, al menos los tres primeros. Han aprendido también el método del señor Véron por él mismo. Le pido, padre, que todos los días conferencien todos juntos y diga al padre Perdu que le ruego refresque su memoria sobre esto, de modo que, cuando partan de Richelieu, sepan cómo hay que enseñar estas verda­des humilde y familiarmente. Que se acuerden que no han ido allá por los herejes, sino por los pobres católicos y que si, a pesar de eso, de pasada, se presenta la ocasión de instruir a alguno, que lo hagan mansa y humildemente, demostrando que lo que les dicen sale de unas entra­ñas de compasión y de caridad, y no de indignación. No podría propo­nerles un ejemplo mejor que el de usted y el del padre Soufliers. Un señor de esos lugares me ha dicho que usted se porta como es debido para instruir a los católicos y a los hugonotes por medio de ellos, y para edificar a unos y a otros. Le ruego, padre, que les diga esto y sobre todo que no se pongan nunca a desafiar a los ministros, ni a ningún otro, con cualquier ocasión que sea.

Estos padres partirán mañana en el coche de Poitiers, según creo, que está obligado a llevarlos a cuatro leguas de Richelieu…».

Este texto nos ofrece varios aspectos que conviene tener en cuenta, no perderlos de vista. Pero nos fijaremos únicamente en aquellos que son más sobresalientes para lo nuestro, según nues­tro modo de ver. En primer lugar, Vicente de Paúl le dice al padre Lamberto que le envía a una persona que «enseña útilmente el catecismo». Se trata del padre Benito. Y que al catecismo «se debe el fruto que se produce en la Misión». Esto es opinión común, de «todo el mundo». Pero es necesario hacerlo bien. Alguien le ha dicho al propio Vicente de Paúl que los misioneros «se esfuerzan en predicar bien, pero que no sabían hacer el catecismo». Por con­siguiente, si los misioneros no saben enseñar bien el catecismo, ¿cómo van a obtenerse buenos resultados o frutos de las misio­nes? No les queda a los misioneros otra opción que ejercitarse previamente, los unos con los otros, en dicha enseñanza. Además, en las misiones, no deben entrometerse los unos en el trabajo de los otros; cada misionero ha de desempeñar lo más correctamen­te posible el trabajo que se le ha encomendado. Y para ayudar a conseguir el mejor fruto de la misión, convendrá «llevar al cate­cismo algunas moralidades para impresionar». ¿A qué se refiere, Vicente de Paúl, con el término moralidades? Una nota, a pie de página, nos lo explica. Las moralidades son «historias edifican­tes». Retomaremos esto de las historias edificantes más adelante.

Como el catecismo es el mejor fruto de la misión, conviene enseñarlo bien y utilizar las mejores técnicas pedagógicas al res­pecto. Cuando se hacen las cosas bien, el pueblo sale de su igno­rancia religiosa y se encuentra con la salvación que Dios le ofrece por medio de los buenos misioneros. Ahora bien, hasta el momento no son muchos los misioneros que enseñan bien el catecismo, ni son muchos los que utilizan las técnicas pedagógi­cas más adecuadas. Y eso por no hablar de otro problema o situa­ción que podría darse añadida. Vicente de Paúl recomienda a sus misioneros, así lo vemos en la carta, que no entren al trapo en las controversias con los protestantes o hugonotes.

Resulta muy sugerente contemplar que Vicente de Paúl busca poner remedio a los obstáculos que se iban presentando. Ha hecho de San Lázaro una escuela al respecto: «hemos tenido aquí algunas conferencias sobre la manera como hay que proceder para enseñar las verdades discutidas». Por eso ha elegido a los que cree que mejor están preparados para enviarlos a la comuni­dad de Richelieu. Pero se da cuenta de que no basta con la adqui­sición de una buena técnica, será necesario utilizar las actitudes humanas mejores. Y estas serán «la humildad y la exposición familiar». Es más, los misioneros tienen ser muy conscientes de que no son enviados a convertir a los herejes, sino a instruir a los católicos. En la comunidad de Richelieu hay buenos y expertos misioneros, que saben aplicar correctamente los principios más útiles y más cristianos al respecto; el propio padre Lamberto y su compañero de comunidad, el padre Soufliers, son modelos a imi­tar. Pero no deben fiarse de lo que ya saben, de cómo han actua­do hasta el momento. Cuando estén todos juntos, todos deberán ejercitarse entre sí para mejorar, incluso, la técnica, la práctica y los frutos. Y así como alguien le manifestó a Vicente de Paúl que los misioneros «no sabían hacer el catecismo», ahora le dice con toda naturalidad al propio padre Lamberto que también alguien, que lo ha visto y lo conoce, «me ha dicho que usted se porta como es debido para instruir a los católicos y a los hugonotes por medio de ellos, y para edificar a unos y a otros». Por ese motivo, nadie mejor que él puede comunicar a los miembros de su comunidad, y enseñarles al respecto, estas exigencias: «le ruego, padre, que les diga esto y sobre todo que no se pongan nunca a desafiar a los ministros, ni a ningún otro, con cualquier ocasión que sea».

Vicente de Paúl, pues, nos asegura en este hermoso documen­to que en las misiones y en la enseñanza de la doctrina cristiana existían sus luces y, también, sus sombras.

Por todo lo dicho hasta aquí, no sólo es conveniente sino que hasta muy necesario hacer un análisis, aunque sea breve, de las luces y las sombras que jalonaron el difícil camino emprendido de las misiones y de la enseñanza del catecismo en los tiempos que, más o menos, le tocó en suerte vivir a Vicente de Paúl.

CEME

Santiago Barquín

 

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