El valor del catecismo en san Vicente de Paúl (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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2.1 . EL SERMÓN SOBRE EL CATECISMO

El escrito acerca del Sermón sobre el Catecismo es un texto autógrafo. Por eso mismo tiene un doble valor para nosotros: el de ser un texto salido de la mente y de la pluma de Vicente de Paúl y el de ofrecernos su propio pensamiento al respecto, en unos momentos en que todavía se encuentra en proceso de bús­queda para un cambio de vida y de proyecto existencial. Vicen­te de Paúl, en este documento, nos manifiesta, desde el principio, su intención con meridiana claridad:

«No subo al púlpito para dirigiros un sermón según costumbre, sino para deciros unas cuantas cosas sobre el catecismo, ya que el señor conde así lo desea, con el permiso del señor párroco…, a fin de tratar un poco de las cosas de la fe, mientras él esté aquí, sabiendo que Dios no sola­mente ha puesto a los señores para que cobren los censos y las rentas de sus súbditos, sino para administrarles justicia, mantener la religión, hacer que amen, sirvan y honren a Dios y conozcan su santa voluntad».

¿A quiénes dirige Vicente de Paúl sus palabras? No podemos precisar con exactitud. Luigi Mezzadri piensa que el sermón está dirigido a los Gondi y a «otra gente de condición». Funda­menta su opinión en el exordio del mismo sermón cuando hace referencia a las funciones de los señores. Es más, afirma que «no se trata, pues, de un sermón predicado al pueblo». Y en que, «no hay vuelos de fantasía, no hay expresiones populares: la frase es correcta, los conceptos densos». Pero, aunque estas acotaciones son correctas, ¿son totalmente válidas? ¿No se puede pensar que en el auditorio hubiera señores y vasallos, personas cultas y per­sonas incultas? La mayoría de los biógrafos parecen inclinarse por la variedad de oyentes. Yo me inclino a pensar que no debe­ríamos descartar totalmente esta inclinación más genérica de los biógrafos, mientras no tengamos argumentos más precisos y más convincentes.

Siguiendo con el sermón, Vicente de Paúl nos precisa que la enseñanza del catecismo es importante porque es necesario «tra­tar sobre las cosas de la fe», porque es un deber del señor feudal para con sus vasallos, y porque es necesario que todos lleguen a conocer la voluntad de Dios. Y, añade:

«Aun cuando la finalidad de toda predicación consiste en llevar las almas al cielo, todos los que han escrito algún tratado sobre esto señalan tres maneras: una para enseñar, otra para exhortar y la otra mixta, para enseñar y exhortar al mismo tiempo. Cuando se trata de enseñar, se toman como materia las cosas de la fe; cuando se trata de exhortar, se escoge como tema las virtudes y el vicio; cuando se bus­can las dos cosas, enseñar y exhortar, se enseñan las cosas que perte­necen a la fe y se incita a amar la virtud y aborrecer el vicio. La pri­mera forma es para los que no saben lo que necesitan saber; la segunda, para los que saben, pero tienen necesidad de ser buenos; la tercera, para los que no están bien instruidos y necesitan apartarse del vicio y animarse a la virtud. La primera se llama catequizar y atien­de a los niños y a los infieles; la segunda y la tercera se preocupa de los católicos que son ya mayores y tienen cierta instrucción».

La función que Vicente de Paúl señala a la catequesis es la de enseñar o instruir a los que no saben, como niños o infieles, o a los que, estando bautizados, no practican. Respecto a esto último es sobre lo que quiere hacer hincapié en su sermón. ¿Por qué? Porque en esos tiempos estaba pasando algo de lo que se estaba tomando conciencia. ¿Cuál es esa novedad que reclama la exigencia de una catequesis nueva, de que se imparta catecismo? Pues lo primero que es preciso señalar es que la familia cristiana no era ya el centro de formación en la fe, tal y como había sido en otro tiempo. En el seno de la familia no se estaba ya trasmi­tiendo la fe de padres a hijos porque había una gran ignorancia al respecto, y la ignorancia misma se estaba acrecentando ya que las nuevas generaciones desconocían todo lo concerniente a la fe. La aparición del protestantismo lo estaba poniendo de mani­fiesto, y el mismo protestantismo había cogido la delantera al catolicismo en lo que atañía a la enseñanza de la fe. Los protes­tantes se caracterizaron por haber escrito unos libritos útiles al respecto y que se llamaron catecismos; después siguieron su ejemplo los católicos. En el apartado primero hablamos de ello y más adelante volveremos a sacar el tema. Ahora seguimos des­entrañando el sermón de Vicente de Paúl.

Vicente de Paúl parte de la tremenda ignorancia que existía entre los cristianos sobre todo lo concerniente a la fe. L. Mezzadri subraya que el sermón de Vicente de Paúl «hace luego referen­cia a la ignorancia enorme que ha encontrado entre los católicos, y remacha la importancia del catecismo»’. Sobre el tema de la ignorancia de los católicos hablaremos muy pronto. Centrémonos ahora sobre el libro llamado catecismo y sobre la importancia de su enseñanza y su conocimiento. Vicente de Paúl precisaba:

«El catecismo es ese librito que veis, donde se contiene lo que el cristiano está obligado a saber y a creer, y que se ha escrito para la ins­trucción del pueblo; para que sepa lo que tiene que saber y hacer. Ense­ña quién es el que merece el título de cristiano, la finalidad para la que ha sido creado el hombre, cómo existe un solo Dios en tres personas y tres personas en un solo Dios, los mandamientos de Dios y de su Igle­sia, los sacramentos y el ejercicio del cristiano; en fin, todo lo que esta­mos obligados a saber, reducido todo ello a un pequeño volumen y con un método tal que es posible aprenderlo en poco tiempo.

La finalidad para la que se escribió al principio fue la de instruir a los infieles; pero poco después fue necesario utilizarlo con los mismos cristianos y que los hombres de iglesia se lo enseñaran a los niños, ya que los padres y padrinos y madrinas que están obligados a enseñarles las cosas de la fe no cumplen con esta obligación como es debido, y muchos se sienten impedidos a su vez por no haber sido instruidos; de esta forma, la mayor parte de las almas va por el camino de la perdi­ción. Quicumque non crediderit, condemnabitur.

El catecismo, pues, es un librito pequeño y accesible. Sirve para instruir al pueblo de Dios, a los padres y padrinos, a todos los creyentes, para que sepan y puedan enseñar los fundamentos de la fe cristiana, pues sin su conocimiento y práctica no alcan­zarán la salvación, tal y como pensaban en aquel tiempo. Vicen­te de Paúl constata, pues, que en su tiempo ya no se enseñaba el catecismo. Y la razón resulta obvia, no habían sido instruidos al respecto, es decir, por ignorancia. Es más, Vicente de Paúl enu­mera las partes de su contenido, y sostiene que es fácil de apren­der y de retener gracias a un método que por ahora no ha preci­sado, pero que consiste en preguntas y respuestas. Y apunta algo más, algo por lo que siente sana envidia y vergüenza: los protes­tantes han sabido dar con la tecla adecuada para transmitir las verdades de su fe. Frente a la ignorancia no hay otro camino váli­do más que el del conocimiento, el del saber práctico. Y Vicente de Paúl nos dice al respecto:

«La necesidad todos la conocéis; os hago jueces a vosotros mismos para que me digáis si todos saben lo que es preciso creer. ¿No es ver­dad que la ignorancia es tan grande que es posible encontrar personas cristianas y católicas que, si se les pregunta si saben los mandamientos de Dios, tienen que responder que no han ido nunca a la escuela, o dicen todo lo más que saben leerlos en los libros de horas? ¡Qué igno­rancia tan grande! ¡Qué ceguera la que ha difundido el demonio hasta el punto de que un cristiano no sepa lo que cree!

Aunque sólo fuera verdad que vemos a los hugonotes, nuestros enemigos, cómo nos han quitado las armas de las manos para destruir­nos, ¿no deberíamos volver a cogerlas para defendernos de ellos? Y ya sabéis cómo ellos tienen tanto interés en aprender y en enseñar. Ense­ñan el catecismo todos los domingos, después de comer, a sus hijos, de forma que no hay uno solo de ellos que no sepa dar razón de su fe y no dispute sobre ello con tino y hasta con pertinencia (?). Los que han sido mordidos por un áspid, cogen al mismo áspid, lo aplastan sobre la heri­da y de esa forma recobran la salud. Los hugonotes se sirven del cate­cismo para destruir nuestra fe. Volvamos a coger nosotros el catecismo y aplastémoslo sobre la herida».

Vicente de Paúl, lo conocemos ya todos, descubrió la gran ignorancia religiosa que asolaba el reino de Francia en su tiem­po. Fuerte ignorancia religiosa en los que sabían leer, tremenda ignorancia religiosa en todos aquellos que no sabían. Sólo una pequeña minoría culta entendía y vivía su fe. Dicha ignorancia fue tenida en cuenta por el movimiento protestante, hugonote en Francia, y trató de hacerla desaparecer mediante el catecismo. Dice Vicente de Paúl: «Volvamos a coger el catecismo, —dice—, y aplastémoslo sobre la herida». La enseñanza herética se corregirá mediante la enseñanza católica. Vicente de Paúl aplicará esta idea en su actividad apostólica, y otro tanto harán sus misioneros en las misiones.

A continuación, Vicente de Paúl ensalza la utilidad del propio catecismo católico. Y lo hace mediante estas palabras:

«Su utilidad es infinita. En primer lugar, el catecismo nos enseña la fe. Nos hace poner nuestra esperanza en Dios en medio de las adversi­dades. Nos hace amar y temer a Dios y a nuestro prójimo. Nos da fir­meza contra las tentaciones del demonio, nos asegura contra los enemi­gos de la fe y finalmente nos obtiene el paraíso.

Y sobre todo, padres y madres, estad seguros de que vuestros hijos serán así más obedientes de lo que son.

¿Cómo creéis que Italia ha conservado la pureza de la fe, sino por el catecismo? ¿Y España? ¿Y cómo han aceptado la fe el Canadá, Perú y el Brasil, sino por el catecismo? Por otra parte, ¿Cómo creéis que puede conservarse la fe en Francia, donde hay hugonotes, como en La Rochelle, sino por el catecismo? ¡Qué cosa tan digna de un gran pue­blo! Hay en La Rochelle unos 1.500 católicos, y todos los demás son herejes. Aquellos católicos no sabían en lo que creían hace quince o dieciséis años, hasta que Dios envió allá un buen doctor, que empezó a catequizar a los niños e hizo cosas tan buenas que, poco a poco, por la gracia de Dios y de aquel pequeño catecismo que entregó al pueblo, lo instruyó tan bien que yo mismo me lleno de vergüenza cuando me encuentro entre ellos y veo que me aventajan tanto en caridad».

El catecismo, pues, es útil para consolidar la fe, fortalecer la esperanza y vivir en el amor a Dios y al prójimo; y, además, para no dejarse vencer por las tentaciones y no caer en la herejía. Y una vida digna como cristiano llevará a la felicidad eterna o para­íso Finalmente, conseguirá que los hijos obedezcan más y mejor a sus padres, y todos busquen y vivan la voluntad del mismo Dios. Vicente de Paúl confirma esta exposición con algunas afirmaciones evidentes, al menos para él y para muchos de los que le escuchan.

Pero todo cristiano viejo se resiste a las novedades. Le cuesta romper con su rutina, profundizar en su fe, vivir más acorde con las enseñanzas del evangelio. Y, cómo no, ofrece reparos, répli­cas, objeciones. Vicente de Paúl sale al paso de las mismas y las desmorona los argumentos posibles. Estas son sus palabras:

«Se me replicará: «¿Qué tenemos que ver nosotros con ese catecis­mo? Somos cristianos, vamos a la iglesia y oímos misa y vísperas; nos confesamos por Pascua; ¿qué más necesitamos?». Yo no he visto en toda la sagrada Escritura que le baste a un cristiano con oír misa y vísperas y confesarse; lo que he leído allí es que todo el que no cree en lo que perte­nece a la fe, no puede salvarse. Además, ¿qué fruto saca de la misa el que no sabe qué es la misa, ni de la confesión el que no sabe en qué consiste?

La disposición que se necesita por vuestra parte es la que necesita una botella para poder contener bien el líquido. Primero es necesario que la botella esté limpia, entera y bien tapada. Vuestros corazones son las botellas, y la doctrina cristiana el licor. Lo mismo que la botella que está sucia por dentro no puede conservar puro el líquido, tampoco el hombre soberbio, comodón y obstinado podrá conservar pura la doctrina. Si la botella está rota, el licor se derramará; lo mismo vosotros, cuando estáis en el catecismo pensando en otra cosa, sois como una botella rota y no podéis retener lo que se enseña. Por tanto, es necesario que los que quie­ran aprender renuncien a los vicios y a los pecados, que son como las suciedades del alma, y en poco tiempo podrán gracias a Dios por haber aprendido todo aquello, que no querrán olvidar por nada del mundo.

Así pues, os exhorto a los padres y a las madres que están aquí pre­sentes y que tienen hijos que los envíen y vengan incluso ellos mismos, pensando en la pena que algún día os daría al veros condenados vos­otros y vuestros hijos por no saber lo que es necesario saber, a pesar de haber tenido un medio tan fácil.

Para practicar correctamente la fe es necesario saber sobre ella, conocerla bien. Y eso es lo que ofrece la enseñanza del cate­cismo. Practicar sin conocer bien lo que se hace, viene a ser como caer en un culto vacío, superficial, alejado de todo com­promiso y de la voluntad del mismo Dios.

Finalmente, Vicente de Paúl expone el método que va a seguir en la enseñanza del catecismo. Un método sencillo y fácil, de preguntas y respuestas; capaces de entenderlo tanto los igno­rantes como los sabios, los grandes de este mundo como los pequeños y pobres. Lo expresa con estas palabras:

«El orden que voy a seguir para enseñar será tan fácil que todos serán capaces de entenderlo, tanto los ignorantes como los sabios, tanto los pequeños como los grandes, desechando toda clase de cuestiones vanas e inútiles y cualquier investigación superflua.

Es como cuando un doctor pregunta a un niño si es cristiano. El niño responde que sí, por la gracia de Dios. Vosotros, queridos niños, cuando decís que sí por la gracia de Dios, decís que es solamente Dios el que os ha hecho cristianos, por su gracia, sin que lo hayáis merecido vosotros, y que no es vuestro padre el que os ha hecho cristianos, sino que se lo debéis solamente a Dios, que os podría haber hecho nacer de padres paganos. Así os dais cuenta de que no es tampoco la doctrina de un hom­bre lo que os hace cristianos, sino Dios. Gratia Dei sum, id quod sum.

La enseñanza de la fe ha de ser, al menos en un primer momento, oral; la gran mayoría de la población francesa no sabía leer. Lo que aprendía o debía saber lo tenía que oír primero y después aposentar en la memoria. Por ese motivo las preguntas tenían que ser fáciles, e ir a lo esencial. Las repuestas no podían ser largas, confusas, enrevesadas, sino sencillas y fáciles de rete­ner, con un poquito de ejercicio de repetición, en la memoria. Y las explicaciones tendrían que realizarse en un estilo sencillo y humilde, no barroco ni farragoso. Si examinamos la correspon­dencia de Vicente de Paúl con sus misioneros o con Luisa de Marillac, si prestamos atención a algunas de sus conferencias, podremos descubrir todo esto. Lo afrontaremos en los apartados siguientes.

CEME

 

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