El signo de estos tiempos (VIII)

Mitxel OlabuénagaFormación Cristiana, Formación VicencianaLeave a Comment

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Sobre el método: ver, juzgar, actuar

La actividad liberadora —también la simple actividad benéfico-caritativa— no puede limitarse a ser un reflejo condicionado por la compasión. Debe añadir a ella un conocimiento previo de la situación que se intenta liberar, y además tener en cuenta los criterios de la Revelación para que sea actuación propia del reino de Dios.

Esta tesis, complementaria en buena medida de la anterior, no pretende otra cosa que señalar los cauces necesarios, en orden a una actuación liberadora, de una energía cuasi-espontánea como es la compasión, que, como se observó anteriormente, no tiene de suyo un origen específicamente cristiano, como no sea en el senti­do del anima naturaliter christiana de Tertuliano. El método que su­giere el título de esta tesis es, aunque racional, pre-científico, pues está en el origen de toda ciencia teórico-práctica. Se da también en las acciones, aun las más nimias, de cada día, incluso en las de carácter rutinario y habitual como la de abrir una puerta conocida. En el origen de ellas se encuentra siempre un juicio racional sobre datos de la realidad. Con la percepción repetida de las mismas cir­cunstancias el agente se habitúa a actuar de un modo determinado sin la necesidad de plantearse cada vez de una manera consciente los detalles del juicio original.

Sólo una variación de las circunstancias le forzará a revisar su juicio y también, en consecuencia, el carácter rutinario de su obrar.

Una situación que sea nueva para el agente (por ejemplo, abrir una ostra) pone automáticamente en marcha los mecanismos del juicio. Sin el intermedio de éste, la acción sería ciega; las probabilidades de acertar con el actuar adecuado estadísticamente escasas, e proporción inversamente proporcional a la complicación de los datos en juego. En suma: la acción sería con toda probabilidad una acción fallida.

Cuando la acción es de importancia mayor, sobre todo si las circunstancias del caso son múltiples, como suelen serlo cuando se trata de acciones no simplemente mecánicas sino sociales, se impone al actor un conocimiento previo lo más completo posible de ellas y un juicio reposado teórico-práctico que busca acercarse a la seguridad que puede proporcionar un juicio de carácter científico. Siempre es posible el fallo, pues a menudo no se puede tener un conocimiento cabal de todas las circunstancias. También los juicios científicos fallan con cierta frecuencia (experimentos cuidadosamente preparados… y fallidos). El juicio cuidadoso y detallado busca no la seguridad total previa, sino al menos la alta probabilidad estadística de que la acción prevista no resultará fallida o nociva. En el terreno del actuar histórico el no actuar hasta poseer una seguridad total previa no haría más que paralizar al agente humano potencial o, lo que es lo mismo, detener la historia.

La teología de la liberación ha insistido repetidamente en que la acción liberadora debe, en primer lugar, basarse en un conocer la situación social dada de un modo suficiente; primer paso, ver para una actuación que se quiere eficaz en lo posible. Algún teólogo ha denominado a este primer paso la mediación socio-analítica refiriéndose al conocimiento detallado de situaciones complejas. En efecto: aunque el ser humano es capaz de conocimientos sintéticos casi intuitivos de situaciones sociales relativamente simples las complejas exigen para su tratamiento adecuado diversos grados de tratamiento analítico. Es precisamente en este primer paso donde se impone la utilidad como instrumento de análisis de las modernas ciencias sociales. Conocer «las causas de la pobreza» para poder actuar correctamente sobre ellas, no es en muchos casos accesible a la intuición, ni con cierta frecuencia responden esas causas objetivamente a lo que de ellas piensa la opinión común, el «sentido común», o los medios de comunicación.

Es precisamente en este punto en el que han brotado las críticas más duras contra la teología de la liberación dentro y fuera de la Iglesia, pues no pocos de sus autores han mostrado una preferencia nada disimulada por los principios analíticos propios del pensamien­to de Marx, a quien se considera, y no sólo por razones teológicas, el gran hereje. No hay duda de que lo fue. Aceptar su pensamiento in toto acabaría no ya sólo con la posibilidad de una verdadera li­beración histórica como parece que lo está mostrando la historia reciente de los países comunistas) sino con la existencia misma del Dios liberador.

Pero no hay nada que impida al teólogo usar legítimamente ins­trumentos analíticos dondequiera que se puedan hallar, si resultan efectivamente útiles para conocer mejor la realidad, y mientras sea posible desgajados de visiones teóricas globales incompatibles con la fe del teólogo. No hace falta renunciar a la fe, ni tampoco hace falta confesarse marxista ortodoxo, para aprender del materialismo histórico formulado por Marx y Engels que todo en la sociedad, tam­bién las ideas religiosas, está sometido a influencias nada superfi­ciales por parte de las condiciones materiales de la existencia. Re­cuérdese a Marx Weber, nada marxista, y sus agudas observaciones sobre la influencia del status social que da la riqueza en la visión de la religión como fuerza legitimadora de un tal status. Por con­traste, observa el mismo Weber, las religiones de salvación y de es­peranza han nacido y crecido invariablemente en los estratos so­ciales oprimidos; sin excluir, por supuesto, al cristianismo (ni a su predecesor, la religión hebrea).

El segundo paso, juzgar, la mediación hermenéutica, proyecta la luz de la palabra de Dios sobre la realidad descubierta por el análisis, y no ya sólo la luz de principios filosóficos, por nobles que éstos sean (tal, por ejemplo, «los derechos humanos»). ¿Cuál es el juicio de Dios sobre las grandes desigualdades (descubiertas por el análisis) del mundo?, ¿qué quiere Dios para los pobres, sujetos pacientes de la desigualdad?, ¿legitima la palabra revelada de Dios tal situación, es indiferente a ella, o más bien protesta contra ella y la condena?

El tercer paso, actuar, responde a la pregunta: ¿qué pide del cre­yente el juicio de Dios?, y abre el camino a opciones y estrategias pastorales concretas que intentan encarnar en la historia el manda­to y los imperativos de la Revelación. En resumen: el actuar propo­ne las formas concretas que sugiere el segundo paso, juzgar, para aplicarlo a los hallazgos del primero, ver la realidad social.

San Vicente de Paúl ha pasado a la historia general, y no sólo a la historia de la Iglesia, ciertamente, por su capacidad de compasión, por su gran corazón. Pero lo que ha hecho de él una figura verdaderamente significativa en la historia de la lucha contra la pobreza ha sido más bien su capacidad de conocimiento de las necesidades sociales más urgentes, la de movilización de recursos personales y materiales, y la de diseñar cuidadosas estrategias para responder con la mayor eficacia posible con los recursos disponibles a las necesidades descubiertas. En suma: ha pasado a la historia y sigue siendo hoy un ejemplo y modelo válido en el terreno la acción social y caritativa, por su consumada racionalidad. Su ver es tan exhaustivo como lo permiten los medios de conocimiento de la realidad social disponibles en la época; su actuar es, aunque ambicioso en sus proyectos, ajustado a las limitaciones de sus recursos. Recuérdese, por ejemplo, su cauta decisión de ir encargándose de la asistencia a los niños abandonados sólo de un modo progresivo, adaptando en cada paso el número de niños asistidos, a los recursos personales y económicos disponibles, sin dejarse arrastrar por una compasión que le hubiera llevado a hacerse cargo de todos ellos, sin tener los medios suficientes, para librarlos de una muerte prematura. En cuando a su juzgar, la canonización no hizo más que dar el sello oficial a un espíritu profundamente evangélico reconocido y admirado como tal por sus mismos contemporáneos.

No es esto en modo alguno un estudio biográfico sobre san Vicente, y no nos detendremos por ello en la descripción de sus muchas obras que muestran hasta la saciedad el talante tan profundamente evangélico y, a la vez, tan racional y capaz de acción como fue el de san Vicente de Paúl. Hay, sin embargo, dos hechos en su biografía que parecen haber puesto a prueba su capacidad para tener en cuenta uno u otro de los tres pasos que se consideran imprescindibles para una adecuada actuación liberadora. Nos detenemos en ellos con algo más de detalle. Son ambos hechos muy importantes por su trascendencia social; ambos pertenecen a los últimos años de su vida, ya septuagenario, cuando se podría esperar que la energía desbordante de sus años maduros estaría ya en declive. No lo estaba, como lo prueba la valentía de su intervención en ambos.

El primer hecho se refiere al Hospital General de París. Recibía este nombre un gran proyecto, ideado inicialmente por la asocia­ción de Damas de la Caridad fundada por san Vicente, para proveer de cobijo, alimentación y trabajo a los miles de pobres que pululaban por las calles de París y malvivían de pequeños trabajos ocasionales, del robo o de la mendicidad. El proyecto fue pronto asumido por las autoridades bajo la impresión, probablemente realista, de que superaba la capacidad organizativa de sus primeras promotoras. No era original la idea, pues otras ciudades de Francia y de varias naciones europeas habían ya ensayado la fórmula con bastante éxito. En lo que se ha denominado en la historia posterior como «el gran encerramiento de los pobres», se trataba en realidad no de mejorar la suerte de los pobres; menos aún de promoverlos o liberarlos de sus precarias condiciones sociales. Lo que se busca­ba ante todo era asegurar, encerrando a los pobres en varios edifi­cios de propiedad pública, el orden público y la seguridad de las calles para la gente de orden, y extraer del trabajo forzado de los pobres hábiles el rendimiento económico que se pudiera.

Las autoridades tuvieron la idea de poner en manos de los hom­bres de san Vicente y de él mismo la atención espiritual a los po­bres encerrados, trabajo en que era un experto desde hacía más de treinta años por su actividad entre los condenados a galeras. Los problemas técnicos de habilitación de edificios, provisión de fon­dos, reclusión de los pobres y organización de los trabajos se los reservaba para sí misma la autoridad civil. Aunque un aspecto del proyecto tuvo un éxito limitado, pues todos los pobres que pudie­ron huyeron de París o se ocultaron para evitar el encerramiento, no había nada en el proyecto que superara la capacidad de acción por parte de las autoridades, como se había demostrado en las ciu­dades, en particular en Lyon, que lo habían llevado a cabo con éxito.

De manera que los puntos primero y tercero del «método», ver y actuar, habían sido tenidos debidamente en cuenta. San Vicente estudió durante algún tiempo la oferta, pero acabó por rechazarla con la excusa de falta de personal. Fue un gesto sorprendente en un hombre como él, preocupado durante tantos años por la suerte material y espiritual de toda suerte de pobres, y que había además fundado con éxito pocos años antes una especie de hospital general en pequeña escala, el asilo del Nombre de Jesús. Obsérvese que el proyecto le daba resueltos los aspectos del problema que no estaban a su alcance por su magnitud: autoridad para retirar a los pobres de su vida ociosa y peligrosa en las calles, y medios materiales suficientes.

Pero, aunque san Vicente tenía contra el proyecto objeciones técnicas de detalle (no le gustaba, por ejemplo, que se limitara a los pobres de París y excluyera a los forasteros), tenía contra él una objeción mayor que fue la que le llevó a la decisión de negar su colaboración, aunque fuera ésta sólo de carácter espiritual. A san Vicente no le gustaba nada que se encerrara a los pobres por la fuerza. Aunque pobres, eran libres y tan hijos de Dios como las autoridades que daban la orden de encierro. Fallaba, en resumen, el segundo paso del método. A la luz de criterios evangélicos bien asimilados por su alma y vividos durante tantos años en el trabajo por los pobres, había que juzgar aquella manera de «liberar» a los pobres como inaceptable. Los pupilos del «hospital general» fundado por él mismo, los del asilo del Nombre de Jesús, no sólo acudían a él de forma voluntaria totalmente, sino que desde el primer momento se formó a sus puertas una larga lista de espera. Del Hospital General promovido por las autoridades se escapó todo el que pudo. Parecería que el verdadero interés de los pobres tal como lo perciben ellos mismos y los auténticos criterios evangélicos son a veces, como en este caso, coincidentes.

La otra actuación de san Vicente que pasamos ahora a comentar fue una actuación fallida. No faltó en ella el cuidadoso estudio del problema, el ver, ni fallaron los criterios evangélicos que la motivaron (aunque en este caso, como veremos enseguida, el juzgar se muestra audaz y sorprendente). Falló, a la hora de actuar, un elemento (nunca mejor empleado el término, pues se trata de un elemento atmosférico) sobre el que ni san Vicente ni los otros actores podían ejercer ningún control, ni podían siquiera había previsto.

Ver. Un almirante de la marina francesa de guerra, de valor y competencia bien probados y reconocidos, tuvo un buen día la idea de organizar una expedición naval de invasión para liberar a cuan­tos esclavos cristianos fuera posible de entre los miles que sufrían cautividad en Argel No era la primera vez que se tenía tal idea en las naciones cristianas. Nada menos que el emperador Carlos V la había emprendido en el siglo anterior varias veces, con fortuna varia.

Llegó a oídos de san Vicente noticia del plan. No sólo le pare­ció la idea excelente y posible, sino que se sumó a ella activamente desde el principio. El mismo llevaba ya años dedicando hombres y dinero al rescate de cautivos por medios pacíficos, con infinitas dificultades y no muy brillantes resultados. Dada la magnitud del problema (en el norte de África había por aquel entonces tal vez treinta mil cristianos en cautividad, o más), los varios cientos que consiguió liberar no eran, por así decirlo, más que una gota de agua en el océano. Pero, lo que era peor, el sistema de pago en metálico por rescate empeoraba a la larga el problema que pretendía reme­diar. En efecto: el dedicarse a hacer cautivos cristianos aparecía a los ojos del corsario musulmán, y lo era en efecto, un negocio muy lucrativo, tanto más rentable cuanto mayor fuera el número de cris­tianos apresados.

El plan del almirante tenía el apoyo de la corona y de altos per­sonajes políticos. La empresa ofrecía sus buenos riesgos de impre­visibles repercusiones incluso en la alta política. El gran sultán de Constantinopla, a cuya soberanía estaba sometida buena parte del norte de Africa, incluyendo Argel, tenía firmados con la monarquía francesa acuerdos varios de no agresión mutua. San Vicente se ase­guró personalmente, a través del embajador francés en Constanti­nopla, de que el gran sultán no pondría objeciones a la expedición del almirante. Tenía el sultán sus buenas razones para permitir una tal operación como lección de escarmiento a las autoridades loca­les argelinas, muy inclinadas a no hacer excesivo caso de los acuer­dos firmados que preveían, entre otras cosas, la prohibición de cap­turar a los súbditos de las autoridades firmantes. De manera que por ese lado se evitaba el riesgo mayor de un posible conflicto, que tal vez acabara en guerra, entre esas dos grandes potencias del Mediterráneo. No contento con dar su apoyo moral, san Vicente ofreció ayuda financiera a la expedición en la forma de veinte mil libras que guardaba en depósito precisamente para la compra de libertad de un número de cautivos.

Juzgar. En la mucha correspondencia de san Vicente que ha IIegado a nosotros sobre este episodio no aparece ni rastro de escrúpulo o de problema moral no ya sobre la expedición en sí misma sino ni siquiera sobre la legitimidad de su propia intervención en ella. El hecho es sorprendente en la vida de un comprobado hombre de paz como él, e imitador, no sólo en la vida personal, de la mansedumbre de Jesucristo. ¿Qué hacía un tal hombre interviniendo en una operación militar de invasión de un país extranjero? Una intervención de ese tipo no podía llevarse a cabo sin que se produjeran muertes violentas por uno y otro lado. ¿No llevaba ya él treinta años trabajando por dar vida (humana, y divina también) a los pobres?

En una carta a uno de sus hombres, el superior de la casa de Marsella, en cuyo puerto se preparaba la expedición, le sugiere que hable con el almirante y le diga de su parte que no podría llevar a cabo una mejor empresa para la gloria de Francia. Este podía ser un poderoso motivo para un hombre como el almirante; lo es con toda seguridad, pues su oficio y profesión, en la que tanto había destacado, era precisamente luchar militarmente por la gloria de Francia. Pero la gloria de Francia no significaba nada para un hombre como Vicente de Paúl, de manera que si el motivo dado por él explica suficientemente, y acertadamente, las motivaciones sicológicas del almirante, no nos revela nada sobre las motivaciones que le llevaron a él mismo a intervenir en este caso. No hay ni rastro en su voluminosa correspondencia y en sus conferencias, de que a san Vicente le preocupara la gloria de Francia como nación, eso a pesar de las fuertes tentaciones de nacionalismo en unos tiempos como aquellos en que Francia se vio envuelta en guerras de expansión y de supervivencia con media Europa. Él nunca trabajó por la gloria de Francia, sino por la vida, primero, de los pobres de Francia y, posteriormente, por la vida de los pobres a secas, fueran éstos de Francia, de Polonia, de Italia, de Irlanda, de Escocia o de Madagascar.

Pero sí tenía el proyecto un aspecto que era el decisivo para jus­tificar su apoyo. Los cautivos cristianos, franceses o no, vivían una vida de condiciones infrahumanas, peores aún que la de los cam­pesinos franceses o la de los pastores de la campiña romana evan­gelizados años antes por sus hombres. Comprobados los límites de la eficacia del rescate monetario como medio para resolver el pro­blema masivo de la liberación de esclavos, san Vicente creyó que el proyecto del almirante presentaba una sólida posibilidad de re­solverlo en gran escala. No podía resolverlo de una manera defini­tiva. Las «causas» de la cautividad procedían, por supuesto, de mucho más lejos, eran mucho más profundas, y no se podían borrar de un plumazo por una simple invasión, aunque fuera ésta de envergadu­ra y tuviera éxito. Nacieron nada menos que en el siglo VIII, con las primeras invasiones musulmanas sobre Europa, y estaban firme­mente incrustadas en los intereses y rivalidades de todas las nacio­nes de la cuenca del Mediterráneo. Pero sobre esas «causas» san Vicente no tenía, evidentemente, la más mínima posibilidad de ac­ción. No le asustó el carácter de fuerza del medio empleado por el almirante. Desde los estudios teológicos de su juventud en Toulouse, Vicente sabía muy bien que puede haber casos extremos de opresión injusta que es lícito para un cristiano tratar de resolver por la fuerza          (II-II,q. 40, a.1).

Actuar. La intervención de san Vicente en el proyecto se limitó a los datos que hemos mencionado: precauciones para evitar com­plicaciones previsibles de alta política internacional, aliento al al­mirante, ayuda financiera. El llevarlo a cabo de hecho quedó en manos del almirante, de sus hombres y de sus barcos. Estos no pudieron ni acercarse a las costas argelinas por el persistente mal es­tado del mar. Un grupo pequeño de cautivos, unos treinta, logró alcanzar a nado las naves del almirante y conseguir así su liberación. Los otros miles de cautivos continuaron en su triste situa­ción. San Vicente siguió hasta su muerte con su trabajo de tratar de redimir uno a uno a todos los que pudiera a cambio de dinero.

Jaime Corera CM

La Milagrosa 1994

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