Liberación de los pobres, signo de todo tiempo
(‹El que es» se revela a Moisés como un Dios liberador de los pobres, el pueblo hebreo reducido a esclavitud. En la plenitud de los tiempos envía a su Hijo a evangelizar a los pobres, siendo pobre El mismo. Su vida terrena ofrece el paradigma definitivo que los creyentes en Jesucristo han de aplicar, bajo la inspiración del Espíritu Sant a las cambiantes condiciones históricas.
La encarnación del Hijo hace de su vida terrena el hecho más importante, el centro de la historia; de la historia de la salvación por supuesto, pero también de la historia «profana». Todo lo que le precede desde la creación converge en El «en la plenitud de los tiempos». Todo procede de El (o contra El: «signo de contradicción Lc. 2,34) hasta el final de los tiempos Un 12,32). A la pregunta perenne de la teología cur Deus homo (por qué Dios quiso hacen hombre), respondió El mismo directamente en su presentación pública en la sinagoga de Nazaret, mucho antes de que se le ocurriera hacerlo a ningún teólogo, o a ningún creyente o no creyente: «el Señor me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc 4,18).
Este, y no otro, es el Cristo de san Vicente de Paúl. El exclusivismo de su visión espiritual aparece con toda nitidez en este texto bien conocido: «Si se pregunta a Nuestro Señor: ¿qué has venido a hacer en la tierra?: «A asistir a los pobres». ¿Y a qué más?: «A asistir a los pobres».
No hay ningún peligro de que la misión de Cristo venga a su total cumplimiento antes del fin de la historia, ni de que los seguidores de san Vicente se queden un buen día sin trabajo: «Siempre tendréis a los pobres con vosotros» (Mc 14,7). Lo que implica que la Promesa, que se cumplirá infaliblemente, pues es de Dios, tendrá un precario cumplimiento histórico; pero tendrá un pleno cumplimiento escatológico, cumplimiento que aparece ya en todo su esplendor en la resurrección de Jesús, primogénito de entre los resucitados. Pero aunque precario, el trabajar por su cumplimiento histórico es, primero, importante: adquirir la vista no es un hecho menor en la vida de un ciego de nacimiento, ni es el comer un hecho menor, sino vital, para el hambriento; segundo, obligatorio para el creyente en Jesucristo. Seguirle, obligación primera de todo bautizado, significa, entre otras cosas, asociarse a su trabajo de evangelización de los pobres. Este trabajo no terminará nunca. Es un signo para todo tiempo. Su encarnación histórica, el hecho de que los pobres sean evangelizados, es una señal inequívoca, un signo empírico infalible de que el Mesías liberador está actuando en el mundo (Mt 11,5) 2. El problema de la redención de los pobres es algo que ha acompañado y motivado la misión de la Iglesia desde sus mismos orígenes, y la acompañará hasta el final de los tiempos. Nunca ha dejado la Iglesia de responder a él de mil maneras.
Sólo que en este tiempo el problema presenta unos perfiles novedosos y un alcance masivo y universal que parece hacer de él un signo característico de estos tiempos. ¿Cómo responde, cómo reacciona ante él la Iglesia del Señor para continuar hoy la misión que El comenzó? ¿Cómo responden hoy el creyente y su teología ante el problema consciente de las multitudes pobres? ¿Qué tiene que decir, si es que tiene algo que decir, sobre la pobreza organizada ante la injusticia: sindicatos, organizaciones diversas de asistencia, promoción y reforma social, partidos políticos, movimientos, armados y sin armar, no ya sólo de revolución nacional sino de revolución social?
Como se advirtió algo más arriba, la teología no puede permanecer callada ante el hecho repetido en todas las latitudes, y no sólo en países del tercer mundo, de la participación activa de los cristianos en tantos movimientos de liberación, participación que se hace además, y esto es lo más importante, desde una postura explícita de fe. ¿Es para la fe esa postura legítima, ilegítima, o tal vez indiferente? ¿Cuál es la voluntad de Dios, el juicio de Dios, sobre ella? Conocidas las respuestas «globales» de la Revelación sobre la pobreza, a la teología le toca no sólo tratar de hallar respuestas concretas sobre situaciones concretas, sino proveer el marco teórico necesario de trascendencia para que el movimiento liberador no se encierre en la mera inmanencia histórica, como lo hace el marxismo con la pretensión de necesidad científica.
No hay ni rastro de determinismo, científico o no, en la visión cristiana del plan de salvación-liberación de la humanidad, pues depende de la voluntad divina, y simultáneamente (como causa segunda, según la terminología de la teología tradicional) de la libre voluntad humana, por condicionada que esté ésta por la misma historia que se quiere transformar en historia liberadora. La novedad de algunos datos hace que la situación social del Jesús histórico no sea literalmente comparable con la nuestra. El, por ejemplo, no conoció los sindicatos, ni sistemas globales de organización social económica tales como el capitalismo o el socialismo. Este hecho diferencial hace que aunque el esfuerzo por la liberación deba inspirarse también hoy en las enseñanzas de Jesús, en su «espíritu» si quiere ser un esfuerzo cristiano, la visión de la naturaleza de los problemas, las estrategias y los modos concretos de resolverlos sean responsabilidad, bajo la guía del Espíritu Santo, del creyente, de agente pastoral, de las instituciones (parroquias, órdenes religiosas, movimientos laicales…) y del conjunto de la Iglesia (por ej., su doctrina social). El creyente de hoy, y la Iglesia de hoy, tiene que hacerse continuamente la pregunta quid nunc Christus (¿qué haría Cristo en esta situación?) que tanto gustaba a san Vicente, y tratar de dar a ella una respuesta imaginativa para la que encontrará inspiración en el evangelio y en la tradición, pero no fórmulas de actuación prefabricadas.
Tampoco es literalmente comparable la situación de san Vicente con nuestra situación actual, ni serán muchas de sus actuaciones comparables literalmente con las que hoy son necesarias para responder adecuadamente a la verdadera liberación de los pobres. Ni siquiera la pobreza de los pobres de su tiempo será —por aquello de «las nuevas fórmulas de pobreza»— comparable del todo a la de los pobres del nuestro. Todo ello exigirá hoy un esfuerzo suplementario de imaginación; inspirado, ciertamente, en el mismo espíritu —pues, si no, no sería vicenciano—, pero no limitado a los modos de actuación del mismo san Vicente. A nuevas pobrezas, nuevos modos de combatirlas.
Estos serían algunos datos generales que diferencian la realidad de la pobreza actual comparada con la del tiempo de san Vicente, así como la visión que se tiene hoy de ella. Si en todo tiempo, también en el de san Vicente, ha parecido que la pobreza en sus diversas formas está en contradicción con la promesa bíblica, la percepción que se tiene hoy dé la profunda incompatibilidad de ambas es mucho más aguda y está mucho más extendida, sobre todo entre los mismos pobres. La gráfica expresión, «el escándalo de la pobreza», es de hoy, y refleja muy adecuadamente la sensibilidad cristiana de hoy. Ya nadie se atreve a decir en público que la pobreza sea algo querido por Dios a lo que el pobre se tiene que resignar pacientemente. Por cierto, tampoco lo dijo jamás san Vicente. Su verdadero pensar está netamente expresado en una frase totalmente sorprendente en labios de un hombre de su tiempo: «Dios nos conceda la gracia de creer que al socorrer a los necesitados estamos haciendo justicia y no misericordia». Justicia que, por serlo, se les debe a los pobres, y que no es en manera alguna una obra de supererogación.
Todo tipo de explotación o incluso de simple sumisión forzada (algunas de cuyas formas han sido justificadas en el pasado con toda suerte de razones «religiosas», por ejemplo, la de la mujer por el hombre), aparece hoy como intolerable en sí misma. No hace falta para sentir esto ser un sociólogo profesional, pero no ha contribuido poco a esa conciencia general la ciencia social moderna, que rechaza la visión de la pobreza como un hecho fatal o debido a la naturaleza y por ello, en el fondo, a Dios. La pobreza tiene siempre causas históricas que dependen del hombre, y es por ello siempre transformable por la acción del mismo.
De manera que las limitaciones que, vistas desde hoy, puede presentar el actuar de san Vicente sobre la pobreza, no han de atribuirse a un déficit de espíritu evangélico en san Vicente o a una deficiente interpretación de la revelación bíblica, sino sólo a las limitaciones de conocimiento y posibilidades de acción, inevitables dadas las condiciones del conocimiento y de los medios disponibles para resolver los problemas de la pobreza de su tiempo. Este hecho plantea al seguidor de san Vicente la necesidad de adaptación del antiguo espíritu y de las antiguas técnicas de asistencia benéfica o promocional a las visiones, posibilidades y medios que ofrece el mundo de hoy. La idea central de este estudio es que la teología de la liberación ofrece numerosas y muy interesantes perspectivas nuevas para poner al día la base teológica de una tal adaptación
Un vistazo somero a la historia de las instituciones fundadas por san Vicente de Paúl parece revelar a primera vista que éstas han sido más bien pobres en el esfuerzo por adaptar el espíritu original a las circunstancias históricas que tan drásticos cambios han ido sufriendo durante los tres siglos de su existencia. Ni siquiera se han conocido bien dentro de ellas, hasta tiempos muy recientes, los perfiles característicos de un tal espíritu. Si se conocía mal, malamente se podía ni intentar con garantías de éxito el trabajo de adaptación.
Por ello mismo, en algunos casos la adaptación al tiempo y al lugar ha desembocado en verdaderos despistes. Tal sería el caso del misionero de san Vicente que en el siglo XVIII acabó construyendo instrumentos musicales para el emperador de la China. Esto continuaba fielmente la política evangelizadora, tan discutible, de los jesuitas expulsados de aquel país, pero difícilmente se puede considerar como una estrategia evangelizadora de los pobres inspirada por el espíritu de san Vicente de Paúl. En los siglos XIX y XX cambiaron las cosas profundamente en China; los misioneros se dejaron de instrumentos musicales y volvieron a lo suyo, a la evangelización del campesinado chino y a la formación del clero nativo. Habría sin duda deficiencias en la adaptación, como parece indicarlo el caso conflictivo y crítico del padre Lebe, pero en líneas generales los seguidores de san Vicente parecían estar haciendo en aquel país lo que debían.
Fue en Europa, no tanto en los países de misión, donde el proceso de adaptación y respuesta al cambio social ha sido escaso. Las razones del fenómeno serán sin duda varias y complejas. Señalaremos una solamente que se refiere al tema de este estudio: una cierta carencia de profundidad teológica.
Ni el fundador ni las instituciones que él fundó, ni siquiera Ia Congregación de la Misión, han pretendido descollar o especializarse en conocimientos teológicos, ni de ninguna ciencia a decir verdad. Tampoco fueron fundadas para ello. Lo suyo era dedicarse directamente a la evangelización de los pobres, y a formar clero y laicos que fueran también capaces de hacerlo. Pero aunque no se espere de ellos el descollar como creadores o conocedores especializados en pensamiento teológico o en pensamiento teórico en general, debieran darse cuenta de que no hay manera más eficaz de empobrecer la misma acción que sustentarla sobre una base teórica deficiente. «Pobres de nosotros si no tenemos ciencia. ¡Ay de los misioneros que no estudian para tenerla»!, solía decir Vicente a sus hombres. Aún es peor si la ciencia que se pueda tener es anticuada; si es, por ejemplo, una teología estereotipada pensada para responder a los problemas y preocupaciones de otra época. En las instituciones vicencianas en general, y en la Congregación de la Misión en particular, la base teológico-teórica de su actuar ha sido más bien pobre, excepto en los años del fundador, y poco capaz de responder a los nuevos desafíos con adaptaciones flexibles. Esta nos parece ser la verdadera razón de que no se comprendiera dentro de casa —cuando fuera de ella se le comprendió muy bien— a la admirable e imaginativa sor Rosalía Rendu en la primera mitad del siglo XIX, ni al padre Pouget cien años después.
Pero que el original espíritu vicenciano podía ser adaptado con cierta facilidad a los cambios radicales de la historia lo prueba hasta la saciedad el caso de Federico Ozanam. El suyo nos parece ser el único intento serio llevado a cabo de adaptación afortunada del original espíritu vicenciano a un tiempo social histórico muy diferente del que le tocó vivir a san Vicente. Característicamente, un tal intento no nació de ninguna de las instituciones fundadas por el santo, sino, aunque inspirado por su espíritu (inspirado en parte por la misma sor Rosalía), al margen de sus instituciones.
En Ozanam aparecen con nitidez aspectos como la conciencia explícita de que es necesario conocer el tiempo que corre, su economía, su política, su organización social, para poder actuar con eficacia y evangélicamente sobre él; el papel de víctimas del sistema económico-social que les ha caído a los pobres como una losa desde los principios mismos de la organización burguesa capitalista de la sociedad; la necesidad de cambiar las estructuras injustas de la organización social para que sea efectiva la redención de las muchedumbres pobres; en fin, para el agente evangélico, la convicción de que la acción caritativa asistencial, aparte del valor que tenga en sí misma, es un medio y paso previo para empresas de mayor envergadura, tales como «la regeneración de toda Francia», según lo expresa él mismo. No hubo antes de él, ni ha habido después de él, un intento tan profundo de «poner al día» el carisma vicenciano. Su influencia en las otras instituciones vicencianas, las fundadas por san Vicente mismo, ha sido, sin embargo, nula. Hasta miembros de la Sociedad fundada por él muestran signos de sorpresa y de desconocimiento cuando se les expone con claridad el verdadero espíritu de este excepcional seguidor de san Vicente d Paúl en los tiempos modernos.
Jaime Corera CM
La Milagrosa 1994







