PRENOTANDOS
Los signos de los tiempos
Cerrado con el último de los apóstoles el tiempo de la revelación explícita, camina desde entonces la Iglesia a través de su historia. Su punto de partida es la palabra de Dios hecha carne en Jesucristo; el Espíritu Santo es el alma de su andar, su impulso vital; el destino de su andar y su descanso, la casa del Padre. La Iglesia sabe de dónde viene y a dónde va; eso se le ha revelado y se le ha dicho. Se le han señalado también las señales del camino recto: fidelidad a la tradición, a la Escritura, a los sacramentos del Señor, al espíritu de las bienaventuranzas, al mandamiento nuevo.
En su caminar por los caminos de la historia la Iglesia se encuentra con paisajes cambiantes, curvas inesperadas, subidas fatigosas, bajadas súbitas, oscuridad. Tiene que saber reaccionar, adaptarse a lo no esperado, evitar los deslizamientos, mantenerse firme y seguir avanzando por el camino cambiante y peligroso. Para ello ni la palabra de Dios ni el impulso del Espíritu le van a servir de manual práctico de instrucciones:
«Muchas veces —Dios— dice la cosa y no dice el modo de hacerla, porque ordinariamente todo lo que se puede hacer por industria y por consejo humano no lo hace El, ni lo dice».
De manera que Dios ni ha dicho ni hará lo que El mismo ha dejado a la industria y al consejo humano de la Iglesia. La Iglesia tiene una historia hecha y fabricada por los hombres y las mujeres que la componen. Historia de la Iglesia y, por ello, porque es historia, historia en el mundo. Y aunque no de todo él, historia también del mundo, porque la Iglesia es —dejó escrito años atrás el padre Congar— el mundo convertido.
Entre los signos y las señales que le dejó el Señor hay uno de carácter difuso y multiforme, cambiante como la historia mismo signo y señal que El mismo denominó «los signos de los tiempos No le dijo cuáles eran esos signos; sólo le advirtió que estuviese alerta y despierta para discernir con precisión, entre la multitud los signos históricos, cuál de ellos señalaría el paso del Señor, marcha y la dirección correcta de su andar en el momento. El trabajo de discernirlo lo dejaba «a su industria y su consejo».
El signo de este tiempo
Hace ya más de un cuarto de siglo se reunían en concilio los pastores de la Iglesia del Señor precisamente para tratar de discernir —de entre las múltiples solicitaciones y múltiples oportunidades que los caminos del mundo les presentaban— cuáles eran si nos del Señor para continuar con pie recto su camino, y cuáles eran más bien trampas insidiosas o atajos traidores que podrían dar con ella no en la casa del Padre, sino en el abismo. Progreso, secularización, positivismo, rebelión de las masas, amenaza de guerra final riqueza acumulada por encima de cualquier delirante sueño oriental, organización colectivista de la sociedad…
De todo ello, y de otras muchas cosas, se habló en el concilio; se hizo un notable esfuerzo por discernir entre lo que podía ser una señal, un signo del Señor y lo que, aunque fuera atractivo y estuviera de moda, era en realidad un señuelo del diablo. ¿Cuáles eran a la altura de esos tiempos, los signos inequívocos del tiempo del Señor? Se descubrieron muchos y a casi todos se intentó darles una respuesta que asegurara para los tiempos venideros la rectitud del paso y la orientación justa.
Hubo un signo del que apenas se trató en las numerosas sesiones del concilio, pero que acabó por ser el signo inequívoco, la señal infalible del paso y tiempo del Señor. No se trató de él expresamente, no se escribió sobre él documento alguno; no se le ocurrió estudiarlo con profundidad ni con detalle, ni siquiera sugerirlo, a ninguno de los muchos y competentes expertos en liturgia, en cánones, en Escritura, ni tampoco a ninguno de los teólogos de prestigio que asesoraban con su saber a los numerosos padres conciliares en sus discusiones y en sus votaciones. La irrupción de ese signo en el concilio fue poco más que un grito en labios de un cardenal de porte menudo y alma de fuego. Pero bastó ese grito para que todos ellos, expertos consejeros y pastores, se dieran cuenta de golpe de que aquello sí era un verdadero signo del Señor, que no era necesario votar ni siquiera discutir: «la Iglesia de Jesucristo, Iglesia de los pobres».
¿No había venido su fundador a este mundo sin otro programa que el de evangelizar y redimir a los pobres? ¿No era ese programa el punto y origen exacto de la razón de existir de la misma Iglesia? No había posibilidad de error al anunciarlo como santo y seña del recto caminar de la Iglesia por el mundo. Este era un signo inequívoco para todo tiempo y estación. Pero era más: se había de convertir, terminado el concilio y dispersados los pastores, en el signo soberano de este tiempo. ¿Y cómo no, si este tiempo, tan rico en realidades de salvación y realidades de destrucción, había conseguido crear la mayor muchedumbre de pobreza en la historia de la humanidad?
Se dispersaron también y volvieron a sus casas los grandes teólogos que tanto habían trabajado durante el concilio, y tanto habían trabajado, y algunos hasta sufrido por sus ideas teológicas. en los años anteriores al concilio. No volvieron para disfrutar de un bien merecido descanso. Todo lo contrario. Ahora, al volver a sus cátedras y a sus bibliotecas, se encontraron con una inmensa cantidad de material nuevo, debido en parte a su esfuerzo, que había que asimilar y luego exponer en libros eruditos y revistas doctas, en conferencias, congresos, mesas redondas, entrevistas en periódicos, en radio, en televisión, en homilías y folletos divulgadores, en enciclopedias de muchos tomos.
La empresa era abrumadora: todo un mundo moderno al que había que evangelizar y toda una Iglesia a la que había que poner al día. No les desanimó, sin embargo, la enorme tarea. Más bien les espoleó a tratar de acomodar a los nuevos tiempos las verdades antiguas, a estudiar desde la antigua fe las realidades nuevas: asuntos universales de libertad humana, de guerra y paz, problemas hermenéuticos que planteaba la antigua palabra de Dios a estudiosos y lectores nada cándidos y muy ilustrados, problemas de la persona humana y de la organización social suscitados a la fe por escépticos maestros de la sospecha desde fuera de la Iglesia, Freud, Marx, y por una turbamulta de seguidores y simpatizantes.
Las imprentas, las revistas doctas, los medios de comunicación bullían con nuevos planteamientos teológicos para tratar de responder a los nuevos signos de los nuevos tiempos. Se escribía más teología que nunca en tiempos anteriores, se leía más que nunca. Hubo ejecutivo moderno y progresista que colocaba en las mesillas de noche de su hotel de lujo alguna obra reciente y de mucho ruido de Hans Küng.
Pero pasados unos años de entusiasmo y de actividad casi frenética empezó a entras en los ánimos de los más celosos hombres de Iglesia y de los más ilustrados teólogos la insidiosa sensación de que el mundo, aunque tal vez leyera, no escuchaba ni hacía ningún caso; seguía su camino de siempre de insolidaridad despreocupada, de amor al dinero y al buen vivir, de luchar no por la libertad de todos sino por a autoafirmación, ante todos los poderes, de quien se sentía culto, desengañado de los grandes mitos y de las grandes causas, bien vestido y bien alimentado. También en el alma de muchos que habían sido fieles hasta entonces empezó a insinuarse la terrible duda: ¿sería verdad, como había asegurado en su prosa atormentada el otro maestro de la sospecha, Nietzsche, que Dios había muerto?
Teología en la periferia de la Historia
También a la lejana periferia habían llegado los ecos del concilio. Sus buenas gentes, de tez oscura y ropas multicolores, seguían reuniéndose, como siempre lo habían hecho, en sus iglesias de caña brava o de madera con techos de latón o d paja, en un claro del bosque tropical, en las orillas de los grandes ríos, en los arenales del desierto costero, en los arrabales de las grandes ciudades. Los aires del Concilio habían entrado por todas las rendijas de sus iglesias humildes; y con ellos entraron las misas alegres y en su propia lengua, la lectura y el estudio participado de la Biblia, los grupos de acción y de preocupación por los problemas del barrio, del vecindario, del pueblo. Poco a poco se fueron dando cuenta de que sus procesiones multitudinarias, sus peregrinaciones festivas, su alborozada devoción a la Virgen, sus dramáticas semanas santas, se estaban convirtiendo —sin dejar de ser lo que siempre habían sido, caminos de acceso al Dios vivo, fuente de identidad y de consuelo—en una fuente de energía para vivir la fe a pesar de los dolores y de la pobreza de cada día, para ayudar al decaído, para iniciar campañas en la mejora de su vida diaria y, en casos, para protestar y resistir contra las injusticias palmarias a las que estaban sometidos de todos los costados. La Iglesia de la periferia empezaba a ser lo que la Iglesia de los grandes teólogos proclamaba ser pero aún no era: Iglesia de los pobres. La Iglesia era para ellos, era de ellos, lo mismo que lo era el evangelio; y a su vez ellos la llevaban con orgullo sobre sus hombros encorvados y con sus manos gastadas por la aguja y la herramienta.
Aquí entraron en escena sus teólogos, portadores de diplomas oficiales que garantizaban estudios largos y costosos en lugares de nombres sonoros y remotos: Roma, Innsbruck, Friburgo, París… Eran algunos de ellos también gentes de tez oscura que, aunque podían exhibir títulos de importancia conseguidos con brillantez y con esfuerzo, trabajaban entre la gente humilde en las arenas suburbiales de Lima, en las favelas de las grandes ciudades del Brasil, en cualquier aldea perdida de los Andes.
Habían asimilado con fidelidad las brillantes formulaciones teológicas que intentaban dar una respuesta a los problemas planteados a la fe por la sensibilidad moderna e ilustrada. Pero no eran problemas de modernidad o de ilustración los que se encontraron al volver de las grandes universidades, sino problemas de pan, de cultura elemental y de justicia. ¿Tenía la fe algún tipo de respuesta también para esos problemas? Sin duda tenía que tenerlo, pues Cristo, autor, padre y objeto de la fe, había venido a sanar al hombre de toda dolencia y de toda enfermedad. La que no parecía tener respuesta definida era la teología que habían estudiado en las lejanas universidades. Había, pues, que crear otra, y pusieron de inmediato manos a la obra.
Tenían fe, poseían las herramientas intelectuales para pensar con precisión y con profundidad; tenían también ante sus ojos —esto era lo diferente— una realidad inhumana que literalmente clamaba al cielo. ¿Tendría el cielo una respuesta? La tenía; de la fe antigua acabó brotando una teología que pronto recibió la denominación—novedosa en apariencia, provocadora para los oídos sensibles de la gente bien instalada, creyente o increyente— de teología de liberación.
Igual que el grito del cardenal en el concilio, esta teología recibió su impulso primero no de especulaciones sutiles, de razonamientos abstractos y complicados sino, sin duda, de un golpe inesperado del Espíritu expresado en un sentimiento de indignación moral y de protesta ante el sufrimiento de los pobres. ¿Podría el Dios de Jesucristo permanecer insensible ante el hambre de las muchedumbres? ¿No tenía nada que decir? ¿No tenían nada que decir, podían permanecer insensibles y callados los teólogos ilustrados y cultos que creían de verdad en Jesucristo?
No pretendía ser provocador, ni tenía por qué serlo, el calificativo que aquellos hombres habían dado a su teología. ¿No llevaba veinte siglos la antigua fe hablando de redención? ¿Qué otra cosa quería decir «liberación»?, vino pronto Pablo VI a advertir con su autoridad.
No era, sin embargo, ocioso el cambio de calificativo. Doscientos, o más, años de lenguaje teológico y piadoso habían conseguido desnudar casi del todo a la palabra «redención» —en contra de su sentido original bíblico y teológico— de su carga histórica y terrena, para limitarla a la esfera celestial y a la metahistoria. No era eso más que una nueva manifestación de la permanente tentación docetista que ya se dio en la misma generación apostólica y de la que nunca se había librado del todo la fe cristiana; una tentación contra el núcleo fundante de su fe. Jesucristo no es un espíritu, sino «un hombre que come y bebe» (Mt 11,19), ni la redención que trae al mundo se cumple sólo cuando se acaba la historia del mundo —aunque sí se cumple entonces en plenitud, así como la resurrección es la plenitud de la vida terrena, no su negación—, sino que se manifiesta ya en la curación del leproso, en la multiplicación del pan compartido, en la conversión de un señor rico y ladrón como Zaqueo, en las apasionadas protestas contra los oprimentes poderes sociales, políticos y religiosos de su tiempo.
Parecía mejor, visto el desgaste del término tradicional, echar mano de otro que dijera lo mismo, hoy, que lo que había querido expresar el tradicional a lo largo de los siglos antes de su desgaste. El procedimiento era legítimo en teología y en fe; esto lo sabían bien los teólogos que lo habían aprendido en sus libros eruditos. San Pablo mismo, sin ir más lejos, se había visto forzado a cambiar el contenido semántico de expresiones de la revelación anterior a Jesucristo, y no había tenido empacho alguno en aplicar términos nuevos a realidades antiguas y conocidas. Se lo impuso, si quería seguir hablando del Dios verdadero, la experiencia histórica de la vida del Señor y el desgaste del lenguaje del Antiguo Testamento, lenguaje insuficiente para hablar de la nueva perspectiva introducida en el mundo por la vida de Jesús. A tiempos nuevos, lenguajes nuevos para hablar de la hermosura increada, y para hablar ahora de la hermosura encarnada.
Jaime Corera CM
La Milagrosa 1994







