El servicio al pobre

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Vega Herrera, C.M. · Año publicación original: 1979 · Fuente: Segundo encuentro de animadores espirituales de las Hijas de la Caridad, Salamanca, Octubre-Noviembre de 1979, propiciado por el Secretario de la Comisión Mixta Española.
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I. Identidad

«El fin para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad» (Rgl. 1), se lo plantea san Vicente des­de la primera conferencia. Está fuera de toda duda: «Hijas mías, el servicio de los pobres debe ser preferido a todo» (Conf. 22-1-1645).

La M. Guillemin tiene un certero comentario: «Cada uno de los gestos de la Hija de la Caridad está verdaderamente al servicio de los pobres, porque la Compañía entera les está consagrada y todo en ella ha sido concebido con tal fin» (C. 34).

En la Hija de la Caridad todo gravita, todo tiene que ser convergente hacia el servicio. Un servicio no indiscriminado: específico, muy preciso. Pero es primordial. Todo en la Hija de la Caridad queda matizado, condicionado, exigido, estructurado interior y ex­teriormente en función del servicio.

La «verdadera hija de la Caridad» que quiere lograr san Vicente en toda su doctrina y dirección, la Hija de la Caridad como proyecto dinámico personal, en toda su «planificación», está hecha mirando al servicio. Y tendrá que construirse y re­construirse siempre a partir del servicio:

  • en su espíritu: en su humildad, sencillez y caridad, virtudes sociales, de contacto e igualación con el pobre;
  • en su consagración: «a Dios para el servicio del po­pobre». Los consejos evangélicos, en la originalidad vicenciana, vienen exigidos por la vocación de servi­cio antes que por los votos;
  • en su espiritualidad: basta ver de qué hablaba más san Vicente a las Hermanas, las constantes más fuer­tes —mortificación, desprendimiento, y por todas partes la humildad y la pobreza—, siempre en la línea del servicio;
  • en su estilo de vida y de comunidad, funcional, para el servicio.

La identidad de la Hija de la Caridad es clara, teóricamente. Práctica­mente, en tanto en cuanto sea encarnación del servicio. Todo lo que es la Hija de la Caridad se expresa en el servicio o no pasa de sentimientos.

Los pobres estarán dejando siempre al descubierto la autenticidad de la Hija de la Caridad, su espíritu, su ser y su acción… a través de la calidad del servicio.

II. Servicio al pobre

El servicio tiene que sustentarse, como un arco, total­mente en el que sirve y totalmente en el que es servido. Cualquiera de estas dos apoyaturas que no estuviera sólida­mente fundada, pondría en peligro el servicio mismo.

a) El que sirve

A partir del Concilio y de la vuelta a las fuentes ha habido un gran esfuerzo de renovación en el que sirve: pro­moción humana, sentido y uso de la libertad, formación técnico-profesional y espiritual… El redescubrimiento de las mismas actitudes de sierva han venido a desarrollar este lado subjetivo (del sujeto).

Y de la formación de los individuos, se ha pasado al estudio y promoción de las comunidades.

No de espaldas al pobre, ciertamente. Pero el peso de la atención y preocupación se ha cargado más hacia el que sirve, que hacia el que es servido. Y es posible que esta prevalencia haya estado retardando la comprensión del nue­vo estilo del servicio y hasta que, sin el contrapeso equili­brante de los pobres, haya podido ocasionar crisis de iden­tidad y vocación. De todas maneras, aún quedan muchas dificultades en pie:

  • por ejemplo, aún está costando y ha sido a veces forzada la inserción de los nuevos planteamientos de un trabajo de colaboración, más que dirección, en los campos sanitario, social y de enseñanza. Muchas veces se ha llegado tarde, cuando por motivación superior tendríamos que habernos adelantado. Mu­chas veces esa inserción y colaboración ha tenido que ser forzada por las leyes laborales, políticas o sociales, tal vez sin descubrir el sitio y la razón pro­funda de la presencia de Iglesia o de un modo evan­gélico de servicio, actual, «legible» para el hombre de hoy. Tal vez se ha ido más a remolque, que abriendo caminos nuevos;
  • por ejemplo, aún está costando y se tiene miedo a la audacia, a la movilidad interior (de ideas y op­ciones nuevas) y a la movilidad exterior, a cambiar un servicio desde arriba y desde fuera (desde una superioridad, como decía la M. Guillemin),1 por un servicio de fraternidad, de igualdad al pobre. Un te­ma de actualidad, que nos debe ser sagrado, son los «derechos humanos». ¿Estamos sensibilizados, conocemos y reconocemos «los derechos humanos» de los pobres, todos, desde la óptica vicenciana? En la práctica, ¿no será que hemos caído en la ten­tación de creer antes y distinto en nuestros derechos, que en los derechos de los pobres?

Podríamos apelar a la clarividencia de la M. Guille­min:2 sus cinco pasos para el cambio desde las posiciones tradicionales, ¿están superados o siquiera asimilados des­pués de quince años? Quizá con nueva actualidad y mayor urgencia ella diría otra vez: aunque se ha avanzado mucho, más «ha avanzado la Iglesia, más ha avanzado el mundo, y ellas están un poco… retrasadas».3

¿La causa de esas vacilaciones y dificultades no habrá estado en parte en que se ha pensado tanto en el que sirve, que no ha dado tiempo a reflexionar tanto en el servido, en las nuevas pobrezas y nuevas exigencias de los pobres, y en el nuevo modo de servicio?

Actualmente parece que la preferencia se va a dar al servicio en el estudio de la vocación. Y se tendrá que poner el acento en el que es servido, si se quiere que el servicio sea realista y adecuado. Quizá los mejores logros se están consiguiendo en esa línea y creo que fue la experiencia de san Vicente: lo veremos después.

b) El pobre, término de servicio

El servicio vicenciano se dirige al pobre, al pobre muy concreto, definido por su necesidad, y al que se llega con la fuerza y la luminosidad de una mística:

  • el pobre, captado no desde una ideología política o social, sino desde una vocación, desde un carisma esencialmente;
  • el pobre, en sí, que no es un concepto, una teoría, sino una realidad viviente individual, persona —ante mí y ante mi Dios—;
  • su persona y las condiciones concretas reales de su vida (Cons. n. 15);
  • «todos los pobres, por todas partes…» (Const. p. 17­18). No «mis» pobres, los de «mi» casa, los de «mi» región. De nuevo está la tentación de posesión. La preocupación de la Hija de la Caridad, su sensibilidad, su dispo­nibilidad, su oración, debe dar cabida a «todos los pobres, por todas partes», «donde quiera que estén». Con una conciencia siempre renovada de su univer­salidad, de su apertura y de la prioridad de los más pobres;
  • y como objetivo, la promoción integral «llamadas a la misma caridad de Cristo, que quiere que todo hombre alcance su plenitud» (Const. 4).

En la experiencia vicenciana, la observación del pobre, para comprender el qué y el cómo del servicio, es fundamen­tal. A partir de ahí, la persona que sirve deberá adaptarse, capacitarse, cambiar, estructurarse, movilizarse… en vistas a ese pobre y al servicio que necesita concretamente.

San Vicente dice que son sus maestros. Los pobres le enseñaron y lo empujaron a golpe de necesidades a encon­trar el sentido de su vida («Hay que ir al pobre como a apagar un fuego»). Los pobres le abrieron el camino y le cerraron los otros caminos. Le enseñaron los gestos y las virtudes del servicio. Su itinerario interior y su ritmo, sus obras y su doctrina, se los va señalando la hora de la Pro­videncia en las necesidades y el clamor de los pobres. Los pobres son sus maestros, pero él es un buen discípulo.

Y el estilo de servicio de las primeras Hermanas, doctri­nal y prácticamente, sin previa programación de laboratorio, los marcan los pobres «nuestros señores los pobres». La fiso­nomía ágil, humilde, trabajadora, sencilla, abnegada de las primeras Hermanas es la plenitud de una caridad que ve y sirve a Dios en los pobres y a los pobres en Dios: a la luz de Dios proyectada en los pobres y a la luz de los pobres proyectada en Dios. Su entrega sencillamente total, su movi­lidad, su pobreza material e interior, la veracidad de su vida, ¿no nació al contacto con los pobres, quemándose en la misma llama?

A su escuela, los pobres —sacramento de Cristo— les enseñan a descubrir al Cristo concreto, no un Cristo ideal, sino realista, el Cristo de la Encarnación que vive, y sufre, y ama, y muere en los hombres hasta el fin. Y en la medida en que son evangelizadas por los hombres, comienzan a ser evangelizadoras de los pobres.

c) El servicio

(Mejor, misión: servicio puede estar gastado por otros usos).

No cualquier servicio, hecho de cualquier manera.

La primera clave de comprensión y renovación del servi­cio vicenciano está en la profundización de la conciencia de ser «llamadas y reunidas por Dios para. ..».

Es Dios quien tiene que llevar la iniciativa. Hay un texto precioso de san Vicente, que nunca se ahondará sufi• cientemente, porque nunca llegaremos a penetrar lo que exige el que los pobres sean de Dios y, menos, el espíritu con que Dios ama a los pobres, para traducirlo a nuestro servicio:

«Es Dios el que os encomienda
el cuidado de sus pobres,
y tenéis que portaros con ellos con su mismo espíritu,
com-padeciendo sus miserias
y sintiéndolas vosotras mismas» (Conf. 18-X-1655).

El servicio adquiere toda su densidad en el envío en mi­sión, en el Enviado. «Llamadas y reunidas por Dios para…» desemboca en un envío, en una misión, que no puede ser más que en el Enviado. No se puede olvidar nunca que se trata de una radicalidad cristiana. Y es necesario mantener siempre viva la conciencia de estar en misión (mejor «envío en misión» que «envío a misión»: la misión no se acaba, es permanente). Y es también necesario mantener la identidad de la misión: que no es ambigua, sino precisa en sus objeti­vos que son religiosos, en sus medios sobrenaturales, en su eficacia no material sino espiritual, en sus destinatarios que son los que Dios quiere…

El enviado sólo tiene derecho a actuar en nombre de Dios y al modo de Dios. Y los pobres sólo pueden esperar y tienen derecho a esperar un trato digno de Dios (trato de Cristo), un comportamiento signo de la Providencia eficaz de Dios, una vida que es para el pobre expresión del amor real de Dios a ellos y don de Dios a ellos.

La profesionalidad, la ciencia, la técnica, los derechos humanos… al mismo tiempo que son una exigencia de jus­ticia, deben ser puente de la misión salvífica, «vehículos de la ternura de Dios».

San Vicente le da vueltas y vueltas a unas cuantas ideas: «Continuar la vida de Cristo en la tierra», «hacer lo que Cristo hizo en la tierra»… Y estas ideas-fuerza dan vuelta a su vida: su proceso de configuración con Cristo es claro:

  • Primero, imitación de Cristo, de las actitudes de Cristo, el Siervo.
  • Más tarde se hace a Cristo presente en su vida: «Quid nunc Christus?», ¿qué haría Cristo en mi lugar, ahora?
  • Y en la madurez de sus últimos años, la síntesis es perfecta: «Hay que hacer todo en Cristo».

Un itinerario cristológico que le hace ver, comprender y asimilar el misterio de la Encarnación de Cristo en todo su realismo, como el eje central de su espiritualidad y el di­namismo de su acción. Las consecuencias prácticas de esta vivencia profunda, las virtudes y exigencias para servir a los pobres, ya las sabemos.

¿No se habrá perdido tiempo y energías en teorizar so­bre los pobres y sobre los más pobres? La cuestión es ver qué es el pobre (cada uno) para mí, cuando Dios se ha me­tido en mi vida. Mi consagración no puede ser más que una manera de vivir Cristo; mi vocación es a una vida evangé­lica —»cristiana», injertada en Cristo, originada en Cristo—solidaria con los pobres: un modo de vivir y servir a Cristo presente en la Iglesia. En este supuesto, el pobre tiene un rostro muy preciso y me reclama una identidad sin ambi­güedades. En este supuesto, los pobres son una revelación continua y una revolución permanente interior, cristianas. Y es a esta luz donde tenemos que revisar nuestra vocación, el origen y el fin de nuestra vocación.

III. En las Constituciones de las Hijas de la Caridad

Siempre dentro de ese marco, la Const. 15 expresa la síntesis vicenciana del servicio en tres principios dinámicos, como círculos concéntricos, que por lo mismo que abren horizontes de transcendencia, estrechan y agudizan las exi­gencias de la sierva:

  1. En la base, algo tan extenso y tan intenso como la solidaridad con los pobres. Podemos entrever su alcance cuando apela a una fraternidad entre «hermanos o herma­nas» bajo una única paternidad de Dios. «Son solidarias de los que sufren, de los que se ven lesionados en su digni­dad, en su salud o en sus derechos».
  2. Sobre la solidaridad, una proximidad psicológica más fuerte y exigente: no basta estar al pie y al lado del pobre, sino por debajo y en servicio: «Ya sabéis que son nuestros amos y que hay que amarlos con ternura y respe­tarlos mucho».
  3. Y el tercer anillo concéntrico: «son para ellas la presencia misma de Cristo» y «los pobres les revelan al Se­ñor, presente y operante en sus vidas».

IV. En búsqueda de una renovación

No cabe duda que hoy tenemos en las manos los dina-mismos vicencianos con mucha más claridad que en mucho tiempo atrás. Podemos situarnos muy cerca del espíritu de los Fundadores y de las primeras Hermanas, para utilizar sus mismas fuerzas en el hoy de la Iglesia y de los pobres. Es cuestión de convicciones prácticas y de optar cada vez más radicalmente por la misión, por lo que es esencial a la hija de la Caridad, su espíritu y su talante evangélico: hoy, vivido, comprometido.

El servicio está exigiendo cambios profundos. Se ha avanzado mucho, pero cuanto más se adentra en el espíritu, se ve más claro lo que falta, y mayores se ven los horizon­tes. Si se quiere un servicio profundo y actual, y es cuestión de fidelidad, la tarea de discernimiento es permanente. Y quizá nadie nos pueda ayudar tanto en esta tarea como los mismos pobres. San Vicente no se cansa de llamarlos «nuestros señores y maestros»: en la medida en que les demos verdaderamente ese protagonismo se renovará el ser­vicio. Supone un gran esfuerzo de humildad, pero ésta es la primera virtud de la hija de la Caridad. Humildad para conocerlos desde dentro de su pobreza y humildad para aprender de ellos.

Conocer al pobre

Conocer al pobre con ojos siempre nuevos, en toda su alteridad, no como yo pienso que es o que debe ser. Cono­cer como una verdadera experiencia, desde las condiciones de su pobreza, que implica:

  • sensibilidad, ese don que tiende a gastarse: «com­padeciendo sus miserias y sintiéndolas» personalmen­te, como nos dice san Vicente;
  • aproximación al pobre y a su vida. No esperar que se acerque, sino ir a buscarlo «donde esté». Una cercanía activa que permita descubrir las nuevas formas y condiciones de los pobres. Desde una casa, al fin y al cabo cómoda, puede dar la impresión de que ya no hay pobres. Aproximación, en la parábola del samaritano, es bajarse de la propia cabalgadura y acercarse al necesitado;
  • nivelación con el pobre: evitar hasta el ser percibi­das por ellos como desde una superioridad, desde una posesión o riqueza. Es sintomático que san Vi­cente hable desde el principio del espíritu y viven­cia de la pobreza para servir al pobre. Sólo desde la pobreza se les puede comprender.

Hay muchas experiencias que seguramente están mos­trando el camino y convendría analizar los resultados. Creo que ya puede hablarse de frutos. Por ejemplo en centros tecnificados, en que los horarios permiten actividades com­plementarias en los alrededores: dispensarios, asistencia a domicilio, catequesis… De una parte se han encontrado nuevos pobres en un contacto directo gratuito y sin presio­nes, que ayudan a descubrir un sentido más evangélico del servicio. Y de otra parte, las Hermanas encuentran mejor la razón de ser donde están: en centros tecnificados, apete­cidos, no hacen falta por su profesión (hay paro), sino por su dimensión espiritual, por el servicio evangélico.

En fundaciones rurales o en barrios, la inserción y aper­tura a la vida de la gente ha logrado disponibilidad y adap­tación al cambio exigido por las necesidades de los pobres. Y creo han ganado en identidad. A pesar de las privaciones y del trabajo, difícilmente desean luego volver hacia formas e instituciones más tradicionales.

Lo mismo puede decirse de los colegios y centros sani­tarios y sociales menos dotados, más masificados, en la me­dida en que estén abiertos a una preocupación más allá de sus muros. Siempre es revitalizante tener al menos la visita domiciliaria. No es que tengan que salir todas forzosamen­te; pero cuando se va en nombre de la comunidad, la comu­nidad siempre se enriquece.

Y es que en centros muy cerrados hay más dificultad para el cambio, incluso dentro de casa, más aún dentro de la persona; subyace el peligro de un conocimiento de los pobres standard, de asistencia despersonalizada, como desde un poder y una beneficencia, estando las Hermanas más expuestas al cansancio, a la rutina, a la frialdad, a la su­perioridad.

Suele haber exceso de trabajo y fatiga. Y es indudable que la hermana, pobre, humilde, sierva, no puede encontrar fuera de los pobres su fidelidad y su felicidad. Quizá estas modalidades, totales o parciales, de servicio le logren el equilibrio necesario para la calidad de un servicio siempre renovado.

Aprender del pobre

Con la pobreza ideológica de no creer que se sabe todo, poniendo en crisis nuestras seguridades, con capacidad de aprender. Dejando que los pobres sean «nuestros señores y maestros». Verdaderamente pueden enseñar y enseñan:

a ser antes que a hablar o hacer;

  • a vivir con lo esencial y de lo esencial, y a relativi­zar lo demás;
  • a distinguir los sentimientos de las realidades, las ilusiones de los hechos, a ser veraces, auténticos;
  • a ser libres, sin tener qué perder, sin derechos reco­nocidos, y a mirar más allá de la consistencia huma­na. Sentido de la Esperanza;
  • la naturalidad de la limitación y contar con el su­frimiento;
  • la generosidad, la solidaridad, el valor del servicio;
  • los pobres enseñan a poner todo en tela de juicio: nuestras ideas de la justicia, del amor, del cristia­nismo. ¿Cómo se ve desde la vida del pobre la jus­ticia de la familia humana y cristiana, el amor, la caridad? Nos enseñan la verdad de nuestra propia vida «cristiana».

Los pobres nos pueden enseñar y nos enseñan, sobre todo, la realidad de la Encarnación y del ser cristianos tal vez sólo el pobre lo enseñe. Nos cuesta creer el anonada­miento de Cristo, que se hiciera en todo igual a nosotros, en toda la oscura y pobre experiencia de hombre, en solidari­dad con los hombres hasta cargar con el pecado de los hombres, muriendo para dar vida…

Muchos cristianos damos la impresión de no creer del todo la realidad de la Encarnación y seguimos como espe­rando un mesías que baje desde el cielo, y nos salve desde arriba, con soluciones de arriba. Y Cristo ha venido ya, y vive encarnado en nuestra pobre humanidad. ¿Estamos prácticamente en el Nuevo Testamento, o seguimos aún en el Antiguo, o en una simbiosis de ambos? El pobre nos enseña:

  • a no seguir esperando un Dios, cuando en la encar­nación nos ha venido un hombre;
  • a no esperar desde el cielo, cuando Cristo aparece desde la tierra, ocultamente, pobremente;
  • a no esperar quien nos salve, cuando a María se le dio un niño a quien salvar, con las necesidades vita­les de un niño, con la impotencia de un niño, que comienza desde el seno la larga y penosa marcha del crecimiento tan trabajosamente como los demás;
  • a no esperar soluciones de arriba, cuando tienen que venir desde dentro de nosotros mismos, si creemos que el Espíritu de Cristo habita en nosotros;
  • a no esperar que todo cambie, que todo marche, que todo se haga, cuando en Navidad se nos da un Niño —a él se le ve, a Dios sólo se le cree—, un niño para ver qué se le puede hacer, un niño encarnado en la humanidad y sacramento de lo que cada uno pue­de hacer por los demás: el misterio del servicio.

Los pobres enseñan a ser cristianos: cristianos que viven la experiencia de Cristo en el hermano y para el hermano, con toda la dicha y la pasión de las Bienaventuranzas.

  1. Probl. y futuro de las religiosas, p. 62.
  2. Ibid., 35 ss.
  3. Ibid., 32.

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