Supongo que resultaría una broma de mal gusto si yo empezara diciendo que esta conferencia sobra. Porque me temo que todo lo que pueda decir, ya ha ido saliendo durante los tres días anteriores. Es más, casi he tenido la tentación de ejercer de amanuense solícito y presentar un resumen de todo lo dicho y aplicarlo a los laicos vicencianos. En definitiva, cualquiera de ustedes podría elaborar esta conferencia con los materiales que tienen en su memoria.
Por otra parte, confieso mi rubor y mi atrevimiento. Soy consciente de que puedo caer en la sempiterna tentación del típico clérigo que, desde las alambradas del dogmatismo, se permite adoctrinar a los «pobrecitos» laicos, como si ellos no fueran mayores de edad y protagonistas de su compromiso vital. Y no quisiera olvidarme de que hablo a creyentes que, con sus luces y sus sombras, están embarcados en la lucha por la liberación del oprimido desde el trabajo diario y desde la cercanía física, y no sólo desde los libros.
Sin embargo, líbreme Dios y el sentido común de caer en tales tentaciones. Y, consecuentemente, esta ponencia solamente tiene una modesta pretensión: colaborar al anunciado renacimiento del laicado vicenciano, profundizando y clarificando dos cimientos absolutamente vitales: la justicia y la solidaridad. Dos cimientos sin los cuales todo el edificio laico de la familia vicenciana sería como una hermosa fachada de película angelical.
Por eso, me he permitido imaginar un subtítulo: «Bases para un auténtico dinamismo de los movimientos laicales vicencianos». Y esto, teniendo en cuenta que vivimos en un tiempo en que los problemas de la marginación social son cada día más acuciantes. Y la tentación de cualquier grupo caritativo-social es dejarse absorber por la inmediatez de los casos y convertirse en una mera «agencia de servicios». Con el consiguiente peligro de refugiarse en un «pequeño mundo de caridades» y caer, así, en un profesionalismo miope, vacío, rutinario y burocrático. Tal vez, hoy existe una gran inflación verbal respecto a la justicia y a la solidaridad, y una praxis escasa en muchos grupos cristianos. Tal vez, incluso, si preguntamos a unos y a otros cómo entienden la justicia y la solidaridad que proclaman, es frecuente encontrar la mismísima confusión de Babel. Aún más, esas diferencias han llegado a ser una de las principales causas de división y enfrentamiento entre los grupos y movimientos eclesiales. Y no es descabellado pensar que en dichos grupos falta una fundamentación sólida que desemboque en un compromiso ineludible y radical. De lo contrario, la justicia y la solidaridad pueden quedarse, por parte de esos grupos, en meras soflamas demagógicas o en piadosas palabras sin contenido.
Conscientes del clamor escandaloso de los pobres
El laico vicenciano no puede dar un paso sin empezar por algo elemental: abrir los ojos y el corazón para conocer el mundo de los pobres y las condiciones de necesidad, marginación y explotación tal como se dan entre nosotros.
Pero aviso desde ahora que esta «escucha» del «clamor agudo, creciente, impetuoso y amenazante de los pobres», como nos dijeron los obispos latinoamericanos en Puebla de los Angeles, en 1979, no puede reducirse a estadísticas frías o a análisis bellamente sociológicos, aunque sean necesarias y útiles ambas herramientas de trabajo.
Se trata de tomar conciencia más lúcida y crítica de quienes son los pobres que nos interpelan desde nuestras ciudades, barrios y pueblos. Se trata de que el laico vicenciano descubra el rostro sufrido y sufriente de esos seres que acampan a nuestra misma puerta. Se trata de introducirse empáticamente en su marginación. Como dice el «Documento de Base» de las Voluntarias de la Caridad, «hay que salir a la puerta de la calle y encontrarse con ese enfermo que nadie visita, con ese niño abandonado, con esa familia sin recursos elementales, con ese extranjero aislado, con esa joven madre soltera, con ese drogadicto, con ese desempleado al borde de la desesperación…»1.
Y, por supuesto, se trata de que el laico vicenciano se siente a sí mismo en el banquillo de los acusados y oiga aquella sentencia de Vicente de Pcull: «Somos culpables si ellos, los pobres, sufren por su ignorancia».
Una visión global de las pobrezas
Sin embargo, el laico vicenciano debe dar un paso mas. No puede conformarse con una toma de conciencia más o menos atomizada del clamor de los pobres. El «Documento de Base» de las Voluntarias de la Caridad advierte: «Sea cual fuere el contexto social, económico, político en el cual vivo, personas, familias, grupos enteros sufren de modo permanente dificultades, desventajas que les excluyen del modo de vida, de las costumbres y de las actividades normales de la sociedad en la cual ellos y yo vivimos»2.
Esto quiere decir que el laico vicenciano tiene que asumir existencialmente aquella frase de Pablo VI: «Nuestra sociedad desarrollada es una inmensa máquina de fabricar pobres». Y, consiguientemente, esa fábrica tiene, en cada época socioeconómica, sus propias escorias, sus propios subproductos. Por ello, la variedad y complejidad de las diversas situaciones de marginación y de injusticia son cada vez más grandes. Cada vez van apareciendo nuevos pobres. Pero, en un grado u otro, siempre se puede observar en los últimos de nuestra sociedad una pobreza que ofrece las mismas constantes: marginación, desvalimiento, soledad, precariedad de la existencia, condiciones infrahumanas de vida, inseguridad, desprecio…
Además, este deterioro socioeconómico y esta inseguridad social tienden a fomentar un clima de insolidaridad, de desconfianza mutua, de egoísmo que hacen más duro el desamparo y la marginación de los que no pueden valerse por sí mismos3. Y así, los pobres más pobres e indefensos ven amontonarse sobre sus cabezas una diversidad de facetas que agravan su situación de desarraigo social. Terriblemente, estamos construyendo una «civilización» que supura todo el «humus» necesario para seguir cultivando marginados.
Una lectura más objetiva de la marginación
O, lo que es lo mismo, una capacidad del laico vicenciano para ver más allá de la superficie. Porque si se conforma con ver la pobreza como producto de la fatalidad o como simple mala suerte, no ha entendido nada de su misión. No sé si en los movimientos laicales vicencianos queda alguien con la ingenuidad suficiente para pensar que los pobres crecen, como las setas, por generación espontánea. Pero sí es muy probable que abunden bastantes —tanto en las Voluntarias de la Caridad como en la Sociedad de San Vicente, en las Juventudes Marianas Vicencianas y en la Asociación de la Medalla Milagrosa— que todavía se resistan a un análisis crítico de la marginación y sus causas más sangrantes. O que les parezca que ese no es su terreno, que ellos tienen bastante con hacer caridad. Si esto es así, no hay que extrañarse de que al laicado vicenciano se le siga aplicando el cliché berlanguiano de «buenas y despistadas personas» más generosas que luchadoras por la justicia y la solidaridad.
Porque, antes que nada, el laico vicenciano tiene que concientizarse de varias cosas: que las clases pobres y marginadas son el resultado de un orden socioeconómico que, mediante un complejo de factores eficaces y poderosos, beneficia a los intereses de los más fuertes, mantiene a grandes sectores en unos nieveles medios de seguridad y hunde en la pobreza y la necesidad a los más débiles y desvalidos; que hay un conjunto de mecanismos sociales, económicos, políticos y culturales que oprimen, despojan y marginan a los desheredados, creando el mundo de los pobres; que hay una concentración del poder económico que tiende a dividir a la población en dos grupos fundamentales: los que deciden y los que ejecutan; que en la distribución de la riqueza y de la renta hay un índice de desigualdad muy elevado; que los instrumentos de redistribución encuentran obstáculos casi insuperables en la oposición de los grupos privilegiados; que el sistema de desigualdad e injusticia tiende a perpetuarse indefinidamente, con mínimas correcciones debidas a la correlación de fuerzas; que en esta sociedad, los sectores más débiles quedan marginados a niveles de pobreza, necesidad y abandono más extremos, cuando se ven afectados, además, por factores físicos (enfermedad, ancianidad, minusvalía), sociológicos (emigración, éxodo rural), económicos (crisis laboral, paro), desadaptación social (desarraigo, alcoholismo, drogadicción…)4.
En definitiva, si el laico vicenciano no es capaz de llegar a las raíces de la injusticia, su misión será tan esforzada como soñadora. Pero nada más.
Una actitud crítica ante este modelo de sociedad insolidaria
Por otra parte, no le vendría mal al laico vicenciano dejarse guiar, de vez en cuando, por algún «maestro de la sospecha» para descender de la «sociedad idílica» en que tantas veces nos encontramos. Uno de esos «maestros» nos enseñaría a desconfiar de la sociedad que estamos construyendo. Y, sin duda, encontraríamos una definición acertada de la sociedad actual: «la insolidaridad social».
Y así, el laico vicenciano podría penetrar «críticamente» en los estratos del momento presente. Se daría cuenta de que vive en una sociedad donde los grupos económicos más poderosos y los grandes sectores de la población siguen buscando interesadamente el máximo lucro posible, sin importarles las necesidades ajenas. Una sociedad organizada para satisfacer los deseos de los que «producen y consumen», y no para responder a las necesidades de los menos privilegiados. Una sociedad donde quedan al margen los que «no rinden». Una sociedad competitiva, dominada por el afán de posesión y el máximo beneficio, que ignora y arrincona a los «incapaces». Una sociedad que exalta la felicidad basada en el tener y el poseer cada vez más, y no promueve el estilo de compartir con los necesitados5.
Alguien ha dicho que una sociedad como la nuestra donde se ve como «normal» que los ricos se emborrachan con whisky, se embadurnen de «coca» y multipliquen sus ganancias a ritmo geométrico a golpe de influencias, y se escandalice de que los pobres «estropeen» las aceras pidiendo limosna, es una sociedad de la más cavernícola insolidaridad. Lo malo sería que también el laico vicenciano se acostumbre a la «normalidad».
Una sensibilidad «distinta» respecto de los pobres
Y lo terrible sería que el laico vicenciano tuviera una visión «normal» del pobre. Es decir, que viera al pobre como un peligro patente o latente para el feliz desarrollo de la sociedad moderna; que contemplase al pobre como un enemigo real o potencial de la paz, la tranquilidad y la seguridad ciudadana; que funcionasen en su cabeza esos estereotipos de la propaganda biempensante donde el pobre es un vicioso, un desalmado, un vago, un farsante y un ganapanes.
Por el contrario, el laico vicenciano tiene que hacer la experiencia de un conocimiento comprensivo de los pobres y necesitados de hoy. Esos que ya no aceptan su situación de manera resignada y fatalista, sino que están convencidos de que tienen un lugar en el banquete del mundo. Porque, ciertamente, los pobres, en muchos casos, son personas conscientes de su dignidad y de sus derechos. No desean piedad, sino justicia. Quieren ser protagonistas de su propia promoción, no objetos o basureros donde se descargan las conciencias. Los pobres son pobres, pero no tienen que ser obligatoriamente tontos.
Y el laico vicenciano tiene que captar la sensibilidad del pobre que aspira a ser aceptado tal como es, sin prejuicios ni previas etiquetas que lo identifiquen con un determinado estrato social. Aspira a que se tenga en cuenta su propia persona. Desea unas relaciones humanas en las que sea escuchado y respetado6.
Una apertura dócil a las exigencias de los pobres
Si el laico vicenciano analiza profundamente las necesidades y la pobreza que se detectan en nuestra sociedad, si tiene una sensibilidad «distinta» ante los pobres, inexorablemente será receptivo a las exigencias de los pobres. Y será un creyente lúcido y clarividente para captar que las exigencias de los pobres no están «fuera de tono», sino que entran en la más pura lógica del binomio «laicado vicenciano-sentido de justicia y solidaridad».
No le pillará desprevenido al laico vicenciano que los pobres hoy le exijan una lucha constante por la liberación, por la promoción y por el cambio social. Tampoco le extrañará que el clamor de los pobres sea un grito, a veces agrio, que reclame la defensa firme de los derechos inalienables de tantos hombres y mujeres pisoteados. Incluso le parecerá obvio que esos pobres le urjan por boca de Vicente de Paúl: «Hay que socorrer a los pobres sabiendo que lo hacemos no por simple conmiseración, sino por justicia». Aún más, no se escandalizará si los pobres rechazan la caridad cuando lo que reclaman es justicia.
Y, naturalmente, el laico vicenciano se dará cuenta de que sólo hay una vía acertada para abrirse a las exigencias de los pobres: la solidaridad. Esa actitud eficaz vertebrada por un conocimiento cercano y real de las situaciones de marginación, por una encarnación sin fisuras en el mundo de los pobres, por una responsabilidad más comprometida en la lucha contra los mecanismos marginadores, por un sentido del compartir lo que es y lo que se tiene, lo que se sabe y lo que se puede. Y todo ello, sin medida.
No basta una preciosa declaración de intenciones. La solidaridad no se declara, se vive. En esa línea que han marcado los obispos españoles en el documento «Testigos del Dios Vivo»: «Es preciso aumentar los esfuerzos para estar con los pobres y compartir sus condiciones de vida, sentirnos llamados por Dios desde las necesidades de nuestros hermanos, hacer que la sociedad entera cambie para hacerse más justa y más acogedora en favor de los más pobres»7.
Sería extraño que el laico vicenciano no descubriese en estas palabras el más resonante ecp de aquella lucha que Vicente de Paúl llevó a cabo para concientizar a la sociedad de su tiempo en favor de la justicia y la solidaridad. O aquel infalible dogma de que los pobres son nuestros «amos y maestros».
La interpelación «parcial» del Evangelio
Ante este clamor de los pobres no cabe otra actitud que un serio examen de conciencia delante del Evangelio del Señor Jesús. Sobre todo, cuando se constata que en las realidades de injusticia y de insolidaridad estamos implicados los cristianos como cómplices silenciosos o consentidores indiferentes.
Porque estos pobres concretos de nuestra sociedad son signo claro de que todavía Dios no reina entre nosotros como Padre de todos. Y unas Asociaciones laicales vicencianas tienen que tener la osadía de someterse a una despiadada autocrítica. Deben poseer la valentía de preguntarse si su seguimiento de Jesús de Nazaret no es excesivamente abstracto, ilusorio y conformista. No pueden dejar en el aire una interrogación punzante: ¿cómo puede ser creíble el mensaje de fraternidad de Jesús de Nazaret, que anunciamos, si no estamos encarnados en la «pasión de la humanidad», compartiendo las angustias de los pobres, defendiendo sus derechos y comprometidos en sus aspiraciones por una vida digna y libre? Aún más, las Asociaciones laicales vicencianas tienen que revisar urgentemente dos cuestiones insoslayables: qué Evangelio leen y escuchan, y desde qué instancias leen el Evangelio de Jesús de Nazaret, ¿desde la atinada y seráfica neutralidad o desde la radical «parcialidad» por los pobres? Porque aquí está la clave de una verdadera fundamentación, en justicia y solidaridad, del laicado vicenciano.
Una Buena Noticia para los pobres
Así pues, hay que arrancar de la causa a la que Jesús dedicó su tiempo, sus fuerzas y todo su ser: el Reino de Dios, la justicia del Reino de Dios como núcleo central de su mensaje y como la pasión que anima toda su actuación.
Por eso, el laico vicenciano tiene que sentirse interpelado por un Evangelio que es, ante todo, Buena Noticia liberadora para los pobres. Y tiene que concientizarse de algo esencial: cuando Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios, se dirige a los pobres como los primeros que deben escuchar este anuncio como Buena Noticia. Ellos son los primeros destinatarios y beneficiarios del Reino de Dios. Toda la actuación de Jesús parte de esta convicción: «El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4,18).
El Reino de Dios pertenece, según Jesús, a los desposeídos, a los hombres y mujeres que se caracterizan por la necesidad. Se trata, según toda la tradición bíblica, de los indigentes, los indefensos, víctimas de la opresión de los poderosos, incapaces de defender sus derechos frente a los abusos de los fuertes y violentos, hombres sin prestigio ni recursos, gentes a las que nadie hace justicia, personas para las que no hay sitio ni esperanza en las estructuras sociales y en el corazón de los hombres.
El carácter privilegiado de los pobres no se debe a sus méritos, a sus virtudes, ni siquiera a su mayor capacidad para acoger el mensaje de Jesús. La pobreza, por sí misma, no le hace a nadie mejor. La única razón es que son pobres y abandonados, y Dios, Padre de todos, no puede reinar entre los hombres sino haciendo justicia a los que nadie se la hace (Sal 72,12-14; 146,7-10)8.
No es extraño constatar que el mismo escándalo que producía a los judíos piadosos esta preferencia de Jesús por los pobres, escandaliza también hoy a los llamados cristianos piadosos. Las frases más radicales de Jesús en favor de los desheredados siguen siendo causa de indignación para los honorables. O son «decentemente» traducidas por los ortodoxos de turno. No quisiera pensar que también esta postura de Jesús indigna y escandaliza a los miembros del laicado vicenciano.
La revolución de Jesús
A finales de la década de los años sesenta estallaba en los Estados Unidos de América un movimiento llamado «la revolución de Jesús». Sin embargo, poco tiene que ver la lectura del Evangelio que hacía aquel movimiento yanqui, con la verdadera «revolución» que Jesús llevó a cabo. Aquel movimiento, con su sabor a cocacola y su pentecostalismo circense, era todo lo contrario a lo que un laico vicenciano debe entender por la «revolución de Jesús». Porque resulta que Jesús transtorna todas las categorías culturales soteriológicas de las religiones paganas e implanta una forma totalmente nueva de ser y de actuar de cara a Dios y a los demás.
Jesús de Nazaret ofrece, mediante sus obras y palabras, el desmantelamiento de toda conciencia de poder, de egoísmo, de prepotencia, de la que resultan sacrificados los pequeños, los desheredados, los marginados. Pero lo que Jesús ofrece y lo que constituye el centro mismo de su obra es la inauguración de una nueva realidad. Jesús no ofrece un modelo económico, social o político. Pero sí ofrece una dinamización definitiva que entraña un futuro, precisamente cuando todos pierden la esperanza y caen en el fatal desencanto.
Lo que la gente observaba en Jesús era que la vida se había visto transformada de un modo extraño e inexplicable, y que esa transformación no se había producido por los medios normales, al mismo tiempo que los resultados subvertían la realidad imperante (perdón a la adúltera y a la pecadora pública; «las prostitutas y los publicanos os precederán en el Reino de Dios»; «es más difícil que un rico entre en el Reino de los cielos que un camello entre por el ojo de una aguja»; «bienaventurados los pobres…, los que lloran…, los hambrientos y sedientos de justicia…, los no-violentos…; etc.»).
El Nuevo Testamento, en sintonía con los Profetas, nos certifica que la «revolución» esperada se cumple en el Mesías «servidor». Clara expresión de lo dicho resulta la parábola de Lucas 14,15-24, en la que el anfitrión decide que su banquete se abra a pobres y lisiados, a cojos y ciegos, porque su casa debe estar llena de marginados y olvidados como signo de lo que es el Reino. Todo el movimiento liberador de Jesús se resume con total sencillez: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia» (Lc 7,22).
La salvación, «únicamente» para los pobres
Por si al laico vicenciano le queda alguna duda en el sentido de que «Jesús se pone sistemáticamente del lado del pobre», ahí está, como un resumen de todo su proyecto, la primera bienaventuranza en San Lucas: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios» (Lc 6,20). Y Joachim Jeremías explica: «Las lenguas semíticas omiten con frecuencia el adverbio restrictivo «únicamente», aún en casos en los que, para nuestra sensibilidad lingüística, no podrían omitirse. Y, por tanto, con bastante frecuencia habrá que suplirlo en la traducción. Así ocurre aquí también. La primera bienaventuranza afirma: La salvación está destinada «únicamente» a los mendigos y a los pecadores»9.
Como alguien ha comentado, palabras intolerables. Aunque ya podemos suponer que los «pobres» a quienes Jesús ofrece en exclusiva la salvación deben ser entendidos en un sentido amplio: «Los que sufren opresión y no se pueden defender, los desesperanzados, los que no tienen salvación»10. Ciertamente, los «pobres» como categoría socio-económica serían solamente un caso particular (igual que los pecadores serían otro caso particular), pero es precisamente este caso particular de los «pobres» el que interesa al laico vicenciano para dejarse interpelar radicalmente por el Evangelio en su misión de justicia y solidaridad.
La interpelación urgente de una Iglesia «preocupada» por los pobres
El «Documento de Base» de las Voluntarias de la Caridad dice: «Miembros de la Iglesia, queremos estar atentas a la ‘voz coral’ de la Iglesia. Esta voz nos interpela. Su voz es múltiple, puesto que es la del Pueblo de Dios en camino. Nosotras nos referimos esencialmente a las encíclicas, a las declaraciones de los obispos, que tratan en especial de las orientaciones de la Iglesia en materia de justicia social»11. Ciertamente, esta convicción vale también para los restantes movimientos laicales vicencianos. Porque, en definitiva, su identidad eclesial les tiene que hacer conectar con «la Iglesia, que es la Iglesia de todos, pero que quiere ser particularmente la Iglesia de los pobres», como decía Juan XXIII en su radiomensaje del 11 de noviembre de 1962. Aunque notemos —de ahí las comillas del título— que una Iglesia «preocupada» por los pobres no es todavía una Iglesia de los pobres.
El laico vicenciano, pues, se siente integrante de ese «nuevo sujeto colectivo», responsable de la transformación del mundo, que el magisterio pontificio cultiva y alienta desde hace años con documentos como: «Rerum Novarum», «Quadragessimo Anno», «Mater et Magistra», «Pacem in Terris», «Ecclesiam suam», «Populorum Progressio», «Octogessima Adveniens», «Evangelii Nuntiandi», «Redemptor hominis», «Laborem exercens», «Sollicitudo rei socialis»…
Y tampoco puede ser ajeno, en España, a aquellos documentos episcopales que conforman a este «sujeto» en una evolución progresivamente enriquecida: «La Iglesia y el orden temporal a la luz del Concilio» (junio de 1966), «La Iglesia y los pobres» (julio de 1970), «Orientaciones pastorales sobre el Apostolado Seglar» (noviembre de 1972), «Sobre la Iglesia y la comunidad política» (enero de 1973), «Actitudes cristianas ante la situación económica» (septiembre de 1974), «El grave problema del paro» (noviembre de 1981), «Crisis económica y responsabilidad moral» (septiembre de 1984), «Testigos del Dios Vivo» (1985), «Constructores de la paz» (1986), «Los católicos en la vida pública» (1986), «El seglar en la Iglesia y en el mundo» (1987)…
Sin mencionar la lista de los documentos diocesanos, que sería interminable, y las ponencias, comunicaciones, experiencias, trabajos y conclusiones del Congreso de «Evangelización y hombre de hoy», de septiembre de 1985.
Sin embargo, hay que admitir que la inmensa mayoría —casi la totalidad— de los documento aludidos responden más a la preocupación y concientización de la Iglesia en general por la caridad, la justicia, la solidaridad y los problemas sociales y humanos. Y, dentro de esa generalidad, el laico tiene que verse interpelado como el resto de la comunidad cristiana. Pero no abundan, ni mucho menos, los documentos o las referencias explícitas a la actuación de los laicos en su dimensión extraeclesial. Y, casi siempre, el apartado referido a los laicos suele englobarse en una serie de llamamientos urgentes a la transformación de las realidades temporales, sin llegar a trazar un perfil específico y particular de la tarea del laicado en esta dimensión.
No obstante, podemos apuntar algunas «líneas de fuerza» subrayadas con más insistencia en determinados documentos. Lógicamente, tiene que ser una selección subjetiva, aunque resulta significativa para el laicado vicenciano.
La «caridad reestructuradora» de la realidad social
Es obligado arrancar del decreto conciliar «Apostólicam Actuositatem», el decreto del Vaticano II especialmente dedicado al Apostolado seglar12. Y aquí se encierra una perspectiva nueva que está en la base de lo que después ha venido a ser un nuevo estilo eclesial de ser cristiano.
Porque, después de urgir al laico cristiano a «ordenar todo el universo hacia Cristo» (A.A.2), a «restaurar todo el orden temporal» (A.A.5) y a «perfeccionarlo sin cesar» (A.A.7), el Concilio le exige una caridad de tipo reestructurador, y descalifica su posible sustitución por la simple caridad asistencial. El siguiente párrafo del capítulo octavo del decreto conciliar es taxativo: «Cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las causas, y no sólo los efectos, de los males, y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos» (A.A.8).
La urgencia de un compromiso solidario con la justicia
Ciertamente, este «aldabonazo» eclesial vertebra la totalidad de los documentos pontificios y episcopales postconciliares. Pero hay tres documentos que forman un trípode especial en este tema: la carta apostólica «Octogéssima Adveniens» y la carta encíclica «Populorum Progressio», ambas de Pablo VI, y la reciente carta encíclica «Sollicitudo rei socialis», de Juan Pablo II.
Naturalmente, en las tres cartas hay una interpelación acuciante a todos los creyentes y personas de buena voluntad. Y, desde luego, ahí se incluye el laico. Pero también hallamos un requerimiento particular para el seglar cristiano, miembro de algún movimiento que tiene en su punto de mira la justicia y la solidaridad con los condenados de la tierra.
Y no está de más que el laico vicenciano tome buena nota de algunos de esos requerimientos. Por ejemplo, cuando en la «Populorum Progressio» se lee: «En los países en vías de desarrollo no menos que en los otros, los seglares deben asumir como tarea propia la renovación del orden temporal… A los seglares les corresponde, con su libre iniciativa y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que viven. A nuestros hijos católicos de los países más favorecidos, pedimos que aporten su competencia y su activa participación en las organizaciones oficiales o privadas, civiles o religiosas, dedicadas a superar las dificultades de los países en vías de desarrollo. Estamos seguros de que ellos pondrán todo su empeño para hallarse en primera fila entre aquellos que trabajan por llevar a la realidad de los hechos la justicia»13. «Todos los cristianos querrán ampliar su esfuerzo común y concertado a fm de ayudar a superar las ambiciones y las injusticias, a abrir a todos los caminos de una vida más humana en la que cada uno sea amado y ayudado como su prójimo y su hermano»14.
O cuando Juan Pablo II escribe en la «Sollicitudo rei socialis»: «Quiero dirigirme a todos, hombres y mujeres sin excepción, para que, convencidos de la gravedad del momento presente y de la respectiva responsabilidad individual, pongamos por obra —con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los bienes, con la participación como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones económicas y políticas y con la propia actuación a nivel nacional e internacional— las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial por los pobres… En este empeño deben ser ejemplo y guía los hijos de la Iglesia, llamados, según el programa enunciado por el mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret, a «anunciar a los pobres la Buena Nueva…». Y en esto conviene subrayar el papel preponderante que cabe a los laicos… A ellos compete animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia»15.
La «presencia» en la vida pública
Tal vez sea ésta una de las mayores preocupaciones de la Iglesia en la actualidad. Por lo menos, en nuestro país. Y en abril de 1986, los obispos españoles daban a la luz pública un documento importante, dedicado, en su mayor parte, al laico católico y su forma concreta de «animar» las realidades temporales. Ciertamente, este documento —»Los católicos en la vida pública»— es, entre otras cosas, fruto de una carencia: los cristianos dispuestos a comprometerse prefieren hacerlo en tareas intraeclesiales. La tercera ponencia del Congreso de «Evangelización y hombre de hoy» llamó la atención sobre el hecho de que el mayor movimiento seglar en España no es el del compromiso temporal, sino el de los catequistas (200.000). La ponencia calificaba el hecho, en su primera redacción, como «síntoma enfermizo». Más tarde, por el cedazo de la censura, lo suavizó con la expresión de «síntoma de una desproporción»16.
El documento pide a los laicos que se comprometan en la vida pública, que su presencia sea más efectiva y no simplemente testimonial, que su fe sea realmente «confesante» por el compromiso socio-político, que participen en la vida asociativa, que asuman públicamente la responsabilidad en los diversos campos de la sociedad, haciendo hincapié en el compromiso a favor de la justicia17.
Hay que subrayar que el documento dedica dos amplios números a la «caridad política». En uno de ellos clarifica posibles equivocaciones y lanza al laico por el camino arriesgado de esta forma de vivir la «caridad»: «No se trata sólo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres»18.
Sin compromiso con la justicia no hay santidad
No quisiera olvidarme de una «línea de fuerza» recuperada de la mejor tradición evangélica y eclesial por el creciente Sínodo sobre los laicos. En su mensaje fmal se dice: «El Espíritu nos lleva a descubrir más claramente que hoy la santidad no es posible sin un compromiso con la justicia, sin una solidaridad con los pobres y oprimidos. El modelo de santidad de los fieles laicos tiene que incorporar la dimensión social en la transformación del mundo según el plan de Dios»19.
¡Cuántas resonancias específicamente vicencianas contiene este breve y conciso texto sinodal! Quiero suponer que no habrá constituído ninguna sorpresa para el laico vicenciano. Y, por supuesto, a partir de este imperativo de santidad, ya no hay lugar para coartadas maniquéas.
La iluminación desde las raíces
Creo que fue Charles Péguy el que dijo que «la historia ha de entenderse hacia atrás, pero que debe vivirse hacia adelante». En definitiva, es aquella archirrepetida pedagogía del Concilio Vaticano II: afirmarse en las raíces para encarnarse más en el mundo de hoy.
Por eso, no está de sobra que los movimientos laicales vicencianos retornen, de vez en cuando, a sus raíces para revitalizarse en una dirección correcta. Pero una vuelta a las raíces no como mera documentación histórica, sino como inspiración dinámica, profética y creativa. Lo que el teólogo alemán Johann Baptist Metz llama «memoria subversiva».
Ciertamente, las cuatro Asociaciones vicencianas (Voluntarias de la Caridad, Sociedad de San Vicente, Juventudes Marianas Vicencianas y Asociación de la Medalla Milagrosa) tienen una común savia de Vicente de Paúl. Sin embargo, hablando con propiedad, no tienen las mismas raíces específicas. Como dice Miguel Lloret, «es evidente que la referencia a San Vicente de Paúl no puede ser la misma para las Voluntarias de la Caridad, fundadas personalmente por él, para la Sociedad de San Vicente, puesta bajo su patronazgo por su fundador Federico Ozanam, y para las Asociaciones Marianas, sugeridas de las Apariciones de María a Catalina Labouré en 1830 y del mensaje que le fue confiado»20.
Las Voluntarias de la Caridad se miran en el proyecto de Vicente de Paúl
Vicente de Paúl confió su proyecto fundamental a un grupo de mujeres de Chatillon-les-Dombes, en 1617. Hoy, más de 200.000 mujeres, en 34 países del mundo, intentan vivir ese proyecto condensado en un lema rotundo: «Contra las pobrezas, actuar juntos». Y su mejor traducción de fidelidad dinámica a las raíces sería una especie de «manifiesto» entresacado de su «Documento de Base». Ahí se encuentra quintaesenciado el «revolucionario» proyecto laical de Vicente de Paúl, en un momento —a raíz del Concilio de Trento— en que la teología y la pastoral de la Iglesia iban por otros derroteros y no querían saber nada del laicado.
Así pues, éste sería el «manifiesto»: «Somos fieles a la intuición profética y al dinamismo innovador de Vicente de Paúl. Esa intuición profética que le hizo captar que la lucha contra las pobrezas y las injusticias debe tener como objetivo la satisfacción de las aspiraciones fundamentales de la persona humana, tanto materiales como espirituales: que la justicia es uno de los preliminares y una de las exigencias fundamentales de la Caridad; que es necesario el compromiso en una acción organizada y comunitaria; que la Caridad no tiene fronteras; que las mujeres deben estar presentes, igual que los hombres, en los problemas de la sociedad. Y afirmamos la coherencia de nuestra acción social y pastoral al lado de los más necesitados: nuestra preocupación por estar en la lucha por la justicia y la solidaridad a través de tres niveles complementarios como son la acción individual, la acción colectiva y la actuación sobre las estructuras o, lo que es lo mismo, la asistencia seria del necesitado, la promoción integral del marginado y la denuncia de las causas generadoras de injusticia y desigualdad. Afirmamos también nuestra voluntad de colaboración con todos los que participan en la lucha contra las pobrezas, los sufrimientos y las injusticias, en el respeto recíproco de las responsabilidades de cada uno; nuestra atención a las realidades sociales, religiosas y políticas de cada comunidad humana; nuestra parte esencial en la participación y desarrollo de la persona humana. Y sentimos el impulso de Vicente de Paúl al sumergirnos en su fe y en su experiencia y al dejarnos imantar, como él, por la infinita creatividad del amor»21.
Federico Ozanam inspira a los de su Sociedad
«La cuestión que divide a los hombres de nuestros días no es una cuestión de formas políticas, es una cuestión social. Se trata de saber si se impondrá el espíritu de egoísmo o el espíritu de sacrificio: si la sociedad será una gran explotación en provecho de los más fuertes o una entrega de cada uno al bien de todos y, principalmente, al servicio de los más débiles. Hay muchos hombres que tienen demasiado y que aún quieren tener más; y hay muchos más que no tienen lo suficiente, que apenas tienen nada y que están dispuestos a exigirlo si no se les da. Entre estas dos clases de hombres se está fraguando una lucha terrible: de un lado, el poder de la riqueza, de otro lado, la angustia de la desesperación. Y entre estos dos bandos irreconciliables tenemos que estar nosotros para intentar amortiguar el choque. Ese papel de mediadores nos lo facilita nuestra juventud y nuestra pertenencia a la clase media, y nos lo exige nuestra condición de cristianos. He aquí la posible utilidad de nuestra Sociedad de San Vicente».22
Este amplio párrafo podría pasar por hijo de cualquier pensador actual de cierta avanzadilla. Pero se trata de la intuición profética de un joven pensador y luchador que, en 1833, en París, fundó una organización internacional de laicos con el nombre de «Sociedad de San Vicente de Paúl» y, por supuesto, a la sombra inspiradora del pensamiento y de la obra de Vicente de Paúl. Se trata de una figura clave en el laicado moderno, pero que, tristemente, no es demasiado conocida en España. Se trata, en fin, de alguien que ha sabido captar, formular y vivir, como pocos, el auténtico espíritu vicenciano.
Resumidamente, hay que destacar una serie de puntos focales que concentran el proyecto de Federico Ozanam y que tienen que estar en la base de la Sociedad de San Vicente hoy y aquí. Puntos tales como:
- La convicción de que la mejor manera de expresar la fe es la dedicación a los pobres de Jesucristo.
- La obsesión fundamental de que no estamos en este mundo, más que para cumplir la voluntad de Dios en la dedicación al servicio de los pobres.
- La fidelidad a Dios en Jesucristo debe tener una irradación social.
- El «acercamiento de las clases», no la destrucción de una clase por otra. Pero siempre desde una postura de neta «opción por los pobres».
- La toma de partido por las clases populares, por los «bárbaros». Federico Ozanam escribe: «Esas masas tiernamente amadas por la Iglesia, porque representan la pobreza que Dios ama y el trabajo que Dios bendice…, sacrifiquemos nuestras repugnancias y nuestros resentimientos y vayamos hacia ese pueblo… Ayudémosle no sólo con la limosna que ata al hombre, sino también con nuestros esfuerzos para lograr instituciones que, al independizarlos, los hagan mejores. ¡Pasémonos a los bárbaros!» («Le Correspondant», 10 de febrero de 1848)23.
Y como el artículo citado escandalizó a muchos católicos timoratos, Federico Ozanam volvió a escribir, pero esta vez a un amigo: «Al decir ‘pasémonos a los bárbaros’, estoy pidiendo que en lugar de esposar los intereses de una burguesía egoísta, nos ocupemos del pueblo que tiene demasiadas necesidades y no suficientes derechos, que reclama con razón una parte más amplia en los asuntos públicos, garantías de trabajo y contra la miseria. Es en el pueblo donde veo suficiente fe y moralidad para salvar a la sociedad, y que las clases altas han perdido» (10 de febrero de 1848).
Las Asociaciones Marianas y su nexo con los frutos sociales del mensaje de 1830
Tal vez, esta raíz resulte un poco forzada o, por lo menos, un tanto extrapolada. Sin embargo, como hipótesis discutible de trabajo, hay que remitirse a dos coordenadas:
- Las Apariciones de la calle del Bac son consideradas como una de las más bellas pruebas de la ternura de Dios hacia los hombres. Y, por tanto, su mensaje es un llamamiento a renovar la fe en un amor desinteresado y servicial.
- Las Asociaciones surgidas de este mensaje, especialmente la Asociación de las Hijas de María (1847), se proponen un doble trabajo de «santificación y apostolado social». El Papa León XIII, con ocasión del cincuentenario de su fundación, hablará de las «grandes y numerosas ventajas que procura a las familias y a la sociedad civil, esta piadosa Asociación que se distingue tanto por la piedad como por la caridad». Es interesante observar que el apostolado social, como se decía entonces, formaba parte del programa y se diversificaba en distintos compromisos, por ejemplo, en responsabilidades dentro de las actividades de educación y de caridad.
Paralelamente, es oportuno citar un acontecimiento clave: la Asociación de las Hijas de María y el sindicalismo naciente. Porque esta Asociación —con una Hija de la Caridad llamada Sor Milcent, a la cabeza— está en la gestáción y nacimiento de los sindicatos de «l’Abbaye», allá por el año de 1902. Y si esta Hija de la Caridad pudo realizar esa obra «atrevida», fue con la colaboración de las Hijas de María —primitiva denominación de las actuales «Juventudes Marianas Vicencianas»— como militantes y elementos indispensables de la primera hora. Una de estas Hijas de María, Luisa Gateblé, fue pionera. Hace falta leer la historia de esta obrera para comprender la audacia de su lucha sindical: fue la primera que se atrevió a pedir vacaciones a su patrón para una docena de trabajadoras de su fábrica.
En la base de todo esto se encontraba el empeño de la Asociación por una formación social y comprometidamente sindical. Con una plataforma concientizadora: la carta encíclica «Rerum Novarum» (1981) que ya había empezado a extender su influencia por los círculos más inquietos del catolicismo24.
Hacia una dinámica del laicado vicenciano
En las intervenciones sesudas y clásicas, llega un momento en que el orador adquiere complejo de farmacia. O sea, que el respetable auditorio está harto de solemnes declaraciones y quiere «recetas» prácticas.
Esa misma sensación tengo yo. Porque supongo que también ahora la inmensa mayoría de este auditorio espera el capítulo correspondiente a las conclusiones prácticas. Bueno, pues resulta que tampoco yo puedo ofrecer una especie de catálogo que diga: «Cómo ser laico vicenciano luchador por la justicia y la solidaridad, en quince días». Lo siento.
Lo que sí se puede hacer es una cala en tres dimensiones interrelacionadas entre sí. Sin duda, dinamizarán la misión del laico vicenciano precisamente en el único camino verdadero: el de la justicia y la solidaridad. Que no es poco.
La «diaconía de la caridad» como praxis de amor
Hay que empezar por aquí. Porque en no pocos ambientes sigue aún vigente una imagen de la caridad que vela el genuino rostro del amor cristiano. Por otro lado, muchas veces, ante la opinión pública —quizá mal informada—, los laicos vicencianos pueden dar la impresión de ejercer la caridad como forma de tapar la boca a los pobres que reclaman justicia.
Es decir, nos falta vertebrar coherentemente la íntima relación entre caridad, justicia y derechos humanos.
Y este es el primer paso: el «servicio caritativo» como praxis de amor. Con una serie de rasgos esenciales: saber que el pobre está habitado por Dios; que el pobre es «sacramento de Cristo»; que es «amo y maestró»; que no somos dignos de servirle.
Una «diaconía» así, exige expresar el amor sobre la misma realidad, todo lo opuesto a «mis pobres», expresión de posesivo egoísta y manipulador. E implica una actitud oblativa, gratuita, desinteresada. Recordemos cómo Vicente de Paúl decía a las Hijas de la Caridad —y es asimilable a los laicos vicencianosque tenían que llegar a ser «mártires de la caridad», porque tenían que gastar y desgastar su vida, como en un holocausto, en el servicio de los pobres.
La praxis del amor en la justicia
Se puede decir que la meta de las Asociaciones laicales vicencianas sería verificar en su vida y en su misión la plenitud de integración entre amor y justicia. Y es que ésta parece ser la eterna asignatura pendiente. El laico vicenciano no puede perder de vista unos principios fundamentales: que el amor da a la justicia profundidad y sentido, y que la justicia da al amor realismo y concreción; que la justicia del amor consiste en la autenticidad, y que el amor de la justicia consiste en el reconocimiento del otro en su totalidad de derechos y libertades integrales.
Pero es particularmente importante que el laico vicenciano sepa concretar, en esta dirección, esos tres famosos niveles complementarios con que están en la raíz vicenciana: la asistencia, la promoción y la denuncia de las estructuras injustas. Y concretarlos con este hilo conductor: el amor en la justicia.
La praxis de la solidaridad como síntesis del compromiso social
Si pudiera quedar alguna duda sobre el imperativo de la solidaridad, ahí está la carta encíclica de Juan Pablo II, «Sollicitudo rei sociallis», que debería erigirse en columna vertebral de la misión del laico vicenciano. Porque el nuevo frente que propone la encíclica para la ética social cristiana puede resumirse en la palabra «solidaridad». Esta es la categoría-síntesis de la ética social. Porque la praxis de la solidaridad coincide con el ejercicio del compromiso social cristiano.
Si el laico vicenciano quiere hacer la prueba, que se asome, concretamente, a los números 39 y 40 de la encíclica25. Allí encontrará la trama de la solidaridad:
- Una solidaridad en cuanto pedagogía para descubrir en el «pobre» un «igual» en el banquete de la vida.
- La base de la solidaridad radica en la empatía, es decir, en entrar en los sentimientos del otro, en encarnarse en la condición del otro, en anonadarse hasta el abismo del otro. De lo contrario, la pretendida solidaridad se convertirá en burocracia o en ayuda a distancia y el «otro» se transformará en un «cliente».
- La cúspide de la solidaridad es el compartir. Y, por tanto, la solidaridad se realiza haciendo que todos los seres humanos participen del conjunto de los bienes disponibles, sin acaparar unos a costa de la privación de otros y sin introducir en la distribución medidas discriminatorias contra los más débiles y humillados.
- La solidaridad es el cauce más apropiado para hacer creíble la identidad cristiana, porque solamente a través de la solidaridad se expresa la verdad de la perícopa de Mateo 25: «Tuve hambre y me dísteis de comer…». Y, así, es el único y auténtico criterio de moralidad cristiana. Porque la praxis solidaria ejercida con los necesitados, se transforma en el juicio definitivo de Dios.
Y aquí vuelve a sonar con fuerza toda la radical doctrina vicenciana sobre el «juicio de los pobres»26.
Viejas y nuevas tentaciones
Como complemento a todo lo dicho, pido la venia para aludir —sin ánimo inquisitorial, por supuesto— a una serie de peligros, tentaciones, ídolos o como se les prefiera llamar, que pueden perdurar desde antiguo o que se pueden infiltrar ahora mismo, a la chita callando, en los Movimientos laicales vicencianos. Desde luego, no están todos los que pueden ser, pero sí son los que están.
El espiritualismo
Es curioso que, en una hora como la actual, en la que los grupos eclesiales son urgidos al compromiso social, también reciben constantes reclamos a un falso «intimismo espiritual». Parece como si, para muchos, la experiencia de lucha por la justicia y la solidaridad fuese un camino acabado en su identidad cristiana. Y, naturalmente, tienden a «evadirse» de los conflictos y de las tareas esforzadas por la construcción del Reino, y se refugian en una «privatización de su fe». En ellos abunda la espiritualidad de «fuga mundi» más o menos convenientemente maquillada para que no se note demasiado. Hoy vuelven a sonar, en los grupos laicos, conceptos de «santificación», de «impregnación trascendente de la sociedad», de «salvación» que, en realidad, no son nada más que invernaderos de espiritualismo desencarnado, rodeos para no complicarse la vida con el herido en el camino. Y denotan un divorcio entre la fe y la vida, una vieja dicotonomía entre la fe y la solidaridad.
No estaría mal el acuerdo de lo que, en 1968, decía el pastor Visser’t Hooft, en su discurso a la Asamblea Mundial de las Iglesias, en Upsala: «Un cristianismo que haya perdido su dimensión vertical, se habrá perdido a sí mismo. Pero un cristianismo que utilice las preocupaciones verticales como medio para rehuir responsabilidades ante los hombres, no será ni más ni menos que una negativa de la Encarnación… Es hora de comprender que todo miembro de la Iglesia que rehuya en la práctica tener responsabilidad ante los pobres, es tan culpable de herejía como el que rechaza una de las verdades de la fe».
El autoaislamiento
No son pocos los grupos que en el nuevo contexto social tienen miedo a perder su identidad. Entonces, surge la tentación de replegarse a los «cuarteles de invierno», de encerrarse en posiciones o «reservas» de mayor comodidad, ignorando la nueva sociedad y asilándose de cualquier contaminación perturbadora.
Y con ello, aunque sea inconscientemente, se fomenta la atmósfera de «ghetto», la negativa al diálogo y a la colaboración con quienes son «distintos». Es, en realidad, el camino más fácil para el espiritualismo.
El narcisismo
Vicente de Paúl, en alguna ocasión, habló de que le «preocupaba —¡cómo no! — la Compañía, pero que le preocupaban muchísimo más los pobres».
Bueno, pues la tentación que puede rondar al laico vicenciano es al revés: que le preocupe mucho más, casi obsesivamente, la cantidad, el ser los mejores, la Institución, el éxito a cualquier precio. Y, naturalmente, las fuerzas se gastan no en la lucha por la justicia, sino en tener un gran andamiaje institucional que, a la larga, se vuelve totalmente estéril.
La «prudencia»
Por supuesto, entre comillas para ser también prudente. Solamente me voy a fijar en la clasificación que hace Jesús Espeja de los Movimientos apostólicos y comunidades de vida cristiana, en España, tomando como baremo indicador la recepción del nuevo aire conciliar y su consiguiente puesta al día.
Así, el autor habla de «movimientos o grupos que se centran sobre todo en un compromiso vital de tipo religioso», «movimientos que se centran de modo especial en lo carismático-contemplativo» y «movimientos que se centran en un compromiso religioso formulado en líneas generales». Y este último apartado lo subdivide, a su vez, en tres grupos: los del «trabajo bien hecho» (Hermandades, Opus Dei, Acción Empresarial…), los de «espiritualidad familiar y promoción de la familia», y los de «caridad asistencial» (Cáritas, Frater, Voluntarias de la Caridad de San Vicente de Paúl, Sociedad de San Vicente…). Pero, a continuación, señala lo más importante: hay un cuarto grupo compuesto por los laicos comprometidos en la lucha por la justicia y la solidaridad, y el autor dice: «Al cuarto grupo, auténtico protagonista de la recepción del Concilio y acompañante, como poco, del nuevo sujeto colectivo en gestación, se le incorporarán progresivamente algunos movimientos del anterior sector: Cáritas, con apasionados altibajos, Hermandades y Frater, con cierta lentitud… Lástima que sus antiguos compañeros del tercer grupo no supieran acompañarlos y algunos, incluso, iniciaran la lucha contra el nuevo talante conciliar…»27.
Es decir, que en dicho estudio, no se apunta el paso decisivo de los laicos vicencianos. El análisis puede ser todo lo subjetivo que se quiera, pero ésa es la visión de un observador externo. ¿No le habrán dado pie a dicho juicio negativo los mismos movimientos laicales vicencianos con el excesivo culto de la «prudencia»? ¿Es que sigue en vigor aquel chascarrillo antiguo que proclamaba algo así como «para ser dama de beneficiencia, hay que ser buena pero con prudencia»?
La falta de organización, coordinación, colaboración e inserción
Nadie puede negar que una de las raíces más netamente vicencianas es la organización y coordinación de la caridad. Ahí está, para demostrarlo, el nacimiento de las Voluntarias de la Caridad con la repetida frase de Vicente de Pata: «He aquí una gran caridad, pero mal organizada». Y nadie puede negar tampoco que la colaboración en la lucha contra las pobrezas y la inserción en los planes de pastoral social nacional, diocesana o parroquial es casi un dogma aceptado, al menos teóricamente, por todos.
La tentación es querer funcionar la margen de esa pastoral social y recluirse, con cierta altanería, en «nuestra pastoral», dando la impresión de buscar la competencia con la diócesis o la parroquia. La tentación es actuar «por lo libre», como francotiradores.
Los obispos españoles, en su documento «Testigos del Dios Vivo», lanzan una seria advertencia contra esta tentación: «A pesar del reconocimiento de la acción generosa de tantos cristianos, a nadie debe extrañar si decimos que el momento actual de nuestra Iglesia requiere intensificar y coordinar mejor las formas organizadas de ejercer la caridad en favor de los pobres y de los necesitados. Lo requiere la misma naturaleza de la evangelización…, lo requiere también el sufrimiento de tantos hermanos nuestros…, lo requieren los «nuevos pobres» de la sociedad moderna»28.
Conclusión
Después de todo lo expuesto, no quiero dejarme en el magín lo que, en alguna conversación, me decía Clara Delva, anterior Presidenta Internacional de las Voluntarias de la Caridad: «Lo malo de un cuerpo es que la cabeza vaya muy por delante de los pies. Resulta algo monstruoso. Y un poco o un mucho de esto puede suceder en nuestros grupos laicales vicencianos».
La solución, añado yo, sería no que la cabeza diera un paso atrás, sino que los pies avanzasen dos pasos e hicieran espabilar a la cabeza.
- A.I.C. (Asociación Internacional de Caridades de San Vicente de Paúl), Contra las pobrezas, actuar juntos. Documento de Base, Bruselas 1980, p. 1.10/80/1.
- Ibi., p. 1.10/80/2.
- Carta Pastoral de los obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastian y Vitoria, Los pobres: una interpelación a la Iglesia, Idatz, San Sebastián 1981, p. 5.
- Ibi., p. 10.
- Ibi., p. 11.
- Cfr. Celestino Fernández, Diaconía de la caridad. Bases para un auténtico dinamismo de una Asociación de Caridad, Justicia y Caridad 233 (1987), p. 13.
- Conferencia Episcopal Española, Testigos del Dios Vivo, Edice, Madrid 1985, n.° 59.
- Cfr. Carta Pastoral de los obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, o. c., p. 12.
- Joachim Jeremías, Teología del Nuevo Testamento, Sígueme, Salamanca 1977, p. 142.
- Ibi., p. 138.
- A.I.C., o. c., p. 2.22/80/1.
- Cfr. Concilio Vaticano II, Constituciones. Decretos. Declaraciones, B.A.C., Madrid 1968, pp. 581-629.
- Pablo VI, Populorum Progressio, n.° 81, Ocho grandes mensajes, B.A.C. Minor, Madrid 1975.
- Ibi., n.° 82.
- Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, edición popular de Cáritas Española, Fundación AGAPE y Secretariado de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, Madrid 1988, n.° 47.
- Congreso Evangelización y hombre de hoy, Edice, Madrid 1986, p. 184.
- Cfr. Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, Los católicos en la vida pública, Edice, Madrid 1986.
- Ibi., nn. 60 y 61.
- Sínodo de los obispos 1987, Mensaje de los padres sinodales al Pueblo de Dios, Vida Nueva 1.606/7 (1987), p. 68.
- Miguel Lloret, El laicado vicenciano, en AA.VV., Renacimiento del laicado vicenciano, La Milagrosa, Madrid 1988, p. 85.
- A.I.C., o. c., pp. 2.31/80/1-2.32/80/5.
- Lettres de Fréderic Ozanam, Tomo I, Blond et Gay, París, p. 239.
- Federico Ozanam emplea la frase «pasémonos a los bárbaros» (los proletarios) en el sentido como se comportó la Iglesia en su tiempo con los bárbaros del norte, a quienes dedicó durante siglos lo mejor de sus energías evangelizadoras, sin añorar nostálgicamente su situación de privilegio en las ruinas del decadente y explotador imperio romano.
- Cfr. Miguel Lloret, Dimensión social del mensaje de 1830, Anales de la C. M., Madrid, enero 1988, pp. 17-25; Para vivir un año plenamente mariano, Ecos de la Compañía 1988, enero pp. 1-9, febrero pp. 46-53, marzo pp. 85-94.
- Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, o. c., pp. 78-81.
- Cfr. José María Ibáñez Burgos, Vicente de Paúl, realismo y encarnación, Sígueme, Salamanca 1982, pp. 243-292.
- Jesús Espeja, Movimientos apostólicos y comunidades de vida cristiana, en AA. VV., Catolicismo en España. Análisis sociológico, Madrid (Inst. de Sociología Aplicada) 1985. Citado por Alberto Rodríguez Gracia, Del laicado cristiano y la acción caritativa: a los veinte años de la «Apostólicam Actuositatem», en Corintios XIII 37 (1986), p. 91.
- Conferencia Episcopal Española, Testigos del Dios Vivo, o. c., n.° 60.







