El Señor Vicente relee su vida: “Todo entregado a Dios”

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Bernard Kock, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 2008.
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1618: se pasa una página grande… Después de una larga preparación, había encontrado confirmación de mi camino: «entregado a Dios tras los pasos de Jesucristo, para el servicio de los pobres»1. Este movimiento de entrega, prometido en 1615 o 1616, había coincidido con la desaparición de las tentaciones contra la fe que me habían atormentado durante tres o cuatro años…Ahora, gracias a la confirmación por los acontecimientos, los ánimos de la Señora de Gondi y la generosidad de las damas de Châtillon, yo veía casi con claridad este resorte de mi vida cristiana y apostólica:

«El pobre pueblo se condena por no saber las cosas necesarias para la salvación y por no confesarse»2.

«Trabajar por la salvación de la pobre gente de los campos, ahí está el capital de nuestra vocación, y todo lo demás es accesorio. […] Es expresar la vocación de Jesucristo […]. Lo principal de Nuestro Señor era trabajar por los pobres.
Nuestro Señor está en los pobres.
Sirviendo a los pobres, se sirve a Jesucristo
3«.

De mis experiencias de Folleville y de Châtillon, conservaba un objetivo, de doble cara: salvar las almas y aliviar los cuerpos, pero sobre todo por medios precisos: en primer lugar la importancia de un tiempo fuerte de despertar, para una parroquia, con la llamada a la confesión general. Luego la importancia de actuar varios a la vez: con otros sacerdotes y con los laicos. Evangelizar es también proponerse hacer o rehacer un tejido humano, impregnar de fe y de oración toda la vida, la vida del oficio, y la vida caritativa. Por último yo retenía la importancia de vivir de Dios, con Dios, ya que, en verdad, es él quien obra. Aquello, con toda seguridad, no era una conversión brusca, ya lo habéis visto: mi larga preparación me había dado verdaderamente pie para pasar a las obras: una profunda armazón espiritual y una corriente viva de la gracia divina, a la que la súplica, la oración nos abre así como el olvido de sí… En una palabra, para ser misionero de verdad, hay que «vaciarnos de nosotros mismos para revestirnos de Jesucristo»4.

Sí, tenía ya los fundamentos doctrinales de mi vida y de mi acción, que después he ido desarrollando ampliamente:

– Unir la contemplación y la vida concreta, activa. Había conocido a los Cartujos, la sola Orden que no había necesitado de reforma, y que, en la contemplación, unía el apostolado mediante la publicación de libros, y a mí me gustaba particularmente la fórmula: «Cartujo en la casa, apóstol en la campaña»5.

 – Creados a semejanza de la Trinidad, unidad de tres personas que se comunican todo, tenemos que vivir entre nosotros esta comunicación6.

– Constituidos en el cuerpo místico de Cristo por el Bautismo7, tenemos que continuar su encarnación. En pos de él, estamos «destinados a representar la bondad de Dios para con estos pobres enfermos»8.

Comprendo también la importancia de una buena base humana, mi aptitud en las relaciones y mi conocimiento del derecho, de los procesos y de la gestión, que yo utilizaba primero para con mi familia, descubro que es muy útil para el bien de los pobres. E incluso, comienzo a ver una significación providencial en mi carrera a los beneficios; sin desinteresarme de mi familia, comprendo ahora el sentido del dinero: Sin él, los pobres no pueden nada, y no se puede nada para ellos… El dinero es su vida… Para servirles, es necesario poder vivir sin pedirles nada, y más aún, hay que poder ofrecerles recursos y remedios… De aquí en adelante, voy pues a continuar buscando rentas! Pero no será ya para gratificar a mi familia. Será para poder ayudar a los pobres, pues el dinero, «el bien de la casa, […] es el bien de Dios, el bien de los pobres»9. Y pues, «estamos obligados a tener algún bien, y hacerle producir para subvencionar todo»10.

  1. Asociación de las fórmulas de S. V. IX 26; 534X, 124; Comb17; 352; 550.
  2. S. V. I,115, 1631, a François du Coudray.
  3. S. V. XI, 133, 135; E. S. 73, 75; -S. V. X, 610; IX, 252.
  4. S. V. XI, 343; E. S. 73, 307. –Cf. S. V. XI, 2; 312; XII, 107-108; E. S. 860, 269, 524.
  5. Ab. ¿ ?; S. V..
  6. S. V. XIII, 31,34-35. Cf. 198, 260.
  7. S. V. XII, 271; E. S. 690.
  8. S. V.332; Comb. 686.
  9. S. V. XI, 30; D; 824. Cf. S. V. 316-317; S. V. XIII, 695.
  10. S. V. 143; E. S.. 559.

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