En medio de tantas ocupaciones, he puesto todo el interés en seguir fiel al estudio, especialmente en teología. Hubo en particular que hacer frente a las teorías de Baïus después de Jansenio y Arnaud1. En efecto, en 1637 yo había tenido que adoptar postura, pero fue sobre todo a partir de 1648 cuando el jansenismo provocó un conflicto doctrinal mayor2. Le di también importancia siempre a la formación catequística, constituyendo el catecismo a los niños y a los adultos una parte esencial de las misiones3.
Y por supuesto, me proponía animar la vida espiritual de los laicos como de las Hijas de la Caridad y de los misioneros.. Sí, «entreguémonos mucho a esta práctica de la oración, por ella nos llegan todos los bienes. […] Si permanecemos en la caridad, si nos salvamos, todo por Dios y por la oración«4, he dicho recientemente, el 10 de agosto 1657. Y ya conocéis la frase que se ha hecho famosa: «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo; él podrá decir con el santo apóstol: lo puedo todo en Aquél que me sostiene y me conforta»5. Por mi parte, contemplaba siempre más a nuestro Señor Jesús, sus sentimientos, sus palabras, sus actos, sus virtudes, actualizándolo sin cesar, tratando de ver la vida del mundo como él mismo la miraba… Los acontecimientos alimentaban así mi oración…
En 1641, el Obispo de Annecy nos pide que juntemos un Seminario a la casa de los misioneros, y el superior, el Sr. Bernard Codoing, precipita la obra, a finales del año. Fue el primer Seminario Mayor6. El 29 de diciembre, es Mons. Jean-Jacques Olier quien abre también un Seminario Mayor, cerca de París, en Vaugirard. En 1646, lo trasladará cerca de la iglesia de San Sulpicio, de la que fue párroco, y se llamarán «Sulpicianos» a los sacerdotes que había reunido para destinarlos a la formación de los sacerdotes.






