1652 me veía de nuevo emprender negociaciones con Mazarino. En efecto, a primeros de julio yo le informaba de mi intromisión entre él y el duque de Orléans, con vistas a una reconciliación, acompañada de una dimisión de Mazarino1. Eso no dio resultado, había que suponerlo! Y el 11 de septiembre, habiéndose serenado por fin las cabezas en París, le escribí entonces que todo París deseaba la vuelta del rey, pero que no había que ejecutar castigos. Y eso es lo que se observó poco más o menos2. Pero aquel mismo mes de septiembre, fui apartado del Consejo de Conciencia! «Creo que no perdí nada de particular al ser libre de este enredo» como me lo escribió el 2 de octubre, el Obispo de Cahors, Alain Solminihac, quien me conocía bien. Añadía: «pero la Iglesia pierde con ello mucho; así sería de desear que siguierais en el empleo»3.
Otros combates me esperaban. La querella jansenista estaba en pleno apogeo después de 1651 y cuántas cartas he escrito…Por último el 9 de junio de 1653 se publicaba la Bula papal que condenaba las Cinco Proposiciones de Jansenio. Yo la creía suficiente para ahogar el conflicto doctrinal, pero muy al contrario y desdichadamente, se envenenó4.
No os he hablado aún del enorme problema de los mendigos… El Estado quería internarlos en un vasto hospital general para protegerse de ellos. Yo he estado siempre a favor de las soluciones de talla humana familiar y siguiendo este estilo habíamos abierto en este verano de 1653 el hospicio del Nombre de Jesús, y digo «nosotros» pues Luisa de Marillac ha reflexionado mucho. Se alojaron cuarenta ancianos pobres –veinte hombres y veinte mujeres, en edificios separados. La casa vivía de las donaciones, pero también del trabajo de los válidos, que se guardaban un cuarto de lo que ganaban5. ¿Qué podíamos hacer frente a esta voluntad política de conjunto?
A partir de este año 1655, yo me encontraba inmovilizado por mi mal de piernas con periodos cada vez más largos… Y las pruebas se multiplicaban por todas partes… En 1656, era la peste que se declaraba en Roma en primer lugar. Nuestros cohermanos no titubearon en entregarse6. Luego fue Génova donde los cohermanos, más numerosos, se pusieron también al servicio de los enfermos, a partir de julio y durante meses. Un primero sucumbió, luego un segundo… En 1657, perdí a un antiguo discípulo en misión y sobre todo a un amigo: Jean-Jacques Olier moría el 2 de abril, de resultas de un ataque de apoplejía. Última señal de gratitud, yo iba a dirigir una alocución de consuelo a sus hijos7. Y la peste continuaba en Génova… Desde el mes de agosto, me veo en continuos trances, como lo traicionan mis cartas8…






