El señor Pilé (…1630-1642)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Noticias de los Misioneros .
Estimated Reading Time:

Noticia sobre el Sr. Pilé, sacerdote de la Misión, entró en la Congregación en el mes de setiembre de 1631 y falleció en San Lázaro el 7 de octubre de 16….

«San Lázaro, 1 de enero de 1643.

«Señor,

«La gracia de Nuestro Señor esté siempre con vos!

«No dudo de que el asunto de la presente os cause primero dolor y tristeza ya que sólo es para anunciaros la pérdida que hemos tenido de nuestro buen Sr. Pilé, pérdida que he sentido tan vivamente como ninguna, pues le consideraba como la suerte y la bendición de la Misión. Tenemos razón sin embargo para consolarnos en la seguridad que nos queda de que no le hemos perdido más que de vista, ya que la santa vida que ha llevado y la feliz muerte que ha tenido son señal de que se halla en el cielo y que, por eso, nos es más adicto y más capaz de hacer bien a la Compañía que nunca. Las dos conferencias que hemos tenido sobre el tema de sus virtudes dan un suficiente testimonio de ello, como podéis ver por el compendio que os enviamos. Pero, antes de comenzar el discurso, os pido que penséis que aunque yo dejara constancia de cuanto se ha referido aquí, de viva voz o por escrito, no llegaríais a conocer toda la vida de este gran hombre, ya que no hemos podido todavía informarnos de muchas cosas notables que se podrían decir de él, en particular de lo ocurrido antes de pertenecer a la Compañía. Todas sus acciones son otras tantas piedras preciosas que merecen ser recogidas cuidadosamente y conservadas, y esto es lo tratamos de hacer, con la ayuda de Dios, con el tiempo y mediante la asistencia divina. En el presente, me contentaría con mostraros algunas, con el fin de que con esta parte podáis juzgar del todo. Y para proceder con orden y la sencillez ordinaria de la Misión, comienzo por deciros que el Sr. Pilé se llamaba Jean y que era natural de Ferriéres, diócesis de París, sus padre y madre eran virtuosos y temerosos de Dios; lo que se demostró cuando tuvieron un cuidado muy especial de educarle en la virtud y en el temor de Dios. Desde su infancia dio señales de la elección que la Providencia divina quería hacer de él; porque, sintiendo desde entonces su corazón ardiendo por consagrarse a su servicio de una manera particular, no deseó buscar los medios; y, viendo que la ciencia no era una pequeña ayuda para la virtud, quiso hacer acopio de ella. y, como sus padres no querían que estudiara, resolvió marcharse a París para tener ocasión. Y al ver que un día su padre se iba con una carreta cargada de mercancías, se coló sutilmente debajo y se ocultó entre la hierba, por miedo a que le vieran y no fue devuelto; tanto que fue a París donde halló medio de entregarse al estudio. En él empleo fielmente el tiempo que le fue dado, creciendo en ciencia y en virtud. Frecuentaba los sacramentos huyendo de las malas compañías, complaciéndose tan sólo en Dios, que le destinaba para ser su ministro, le infundió grandes sentimientos del estado eclesiástico, en el que entró ardiendo en deseos de trabajar por la salvación del prójimo. ordenado sacerdote se alistó en San Nicolás de los Campos, donde fue todo una buen ejemplo. El Sr. Valemand, doctor de Sorbona y hombre de santa vida, habiendo visto el celo con el que este buen siervo de Dios se entregaba a la salvación de las almas y que no pedía nada mejor que trabajar, le hizo  su vicario en nuestra Señora de las Virtudes, donde no trabajaba menos que antes, haciendo funciones de párroco, lo que hizo que el propio Sr. Valemand, quien no podía, por muy justas razones, residir siempre, descansaba por completo en él. Entretanto, quiso Dios disponer de su señor tío, párroco de Ferrières, a quien sucedió. Oh, fue allí donde el buen siervo de Dios supo ver la obligación que tenía un pastor de procurar la salvación de las almas que tiene a su cargo. Quién podrá decir la devoción y el fervor con que desempeñaba las funciones de párroco, no abandonaba ninguna, sea en el púlpito, sea en el confesionario, sea en otras partes, y en todo Dios le daba gracia y bendición, particularmente en dirigir las conciencias. Y cuando su debilidad comenzaba ya y no le permitía predicar o dar el catecismo se lo mandaba dar a los buenos hermanos Recoletos u otros religiosos, a quienes informaba de cómo hacerlo con sus parroquianos. Todo su cuidado paternal y sus raros ejemplos no impidieron que en los primeros años fuera calumniado, puesto a prueba o perseguido por sus propios feligreses, en especial por cierto justicia del lugar y por los religiosos mismos, los cuales le entablaron un proceso por haber establecido la Cofradía del Rosario; en lo cual no se puede creer lo que sufrió y resistió. Otro sin su virtud lo habría dejado todo; pero él, como buen pastor, persistió, y salió victorioso de sus enemigos, y lo que es más, les conquistó el corazón de manera que no tenía a nadie que no le quisiera y le estimara como a un hombre de Dios ; es verdad que, al tratar de ganárselos, perdió la salud y se ganó una enfermedad de cuerpo que le ha hecho padecer y languidecer hasta la muerte; pero, como recompensa, ha tenido más salud y fuerza de alma. Lo que se ve por las raras virtudes que ha puesto en práctica con más perfección.  Entre otras cosas era amante de la limpieza en la iglesia, no pudiendo permitir ninguna suciedad. Se le ha visto ocuparse por las tardes en arreglar la iglesia y los ornamentos. También tenía un gran cuidado por que el servicio divino se realizara con la decencia requerida. Se ocupaba del canto en persona, Y no podía sufrir ninguna inmodestia en la iglesia. Nada más que le veían llegar, todo el mundo se ponía trabajar. Por último se podía decir con todo derecho: zelus domus Dei comedit me.

«Su casa era una hospedería para los pobres transeúntes a quienes recogía Todo su gozo era ver a los religiosos allí, en particular a los Recoletos, a los que recibía como a ángeles que Dios le enviaba. Era hermoso verle salirles al encuentro a recibirlos con los brazos abiertos, y con tal expresión que se hubiera dicho que se los llevaba en brazos. Por último, hacía con ellos  todos los oficios de un huésped muy cortés y caritativo. Les daba por lo general un hombre para conducirlos por las casas a pedir limosna, les hacía guardar las provisiones en sus casas, sirviéndoles de verdadero padre.

«Nuestro Señor le había concedido un sentimiento maravilloso para los pobres. pedía limosna general dos veces a la semana, pero no daba nunca limosna corporal sin acompañar la espiritual con alguna palabra de edificación. Una vez que se enteraba de algún enfermo, se veía a este caritativo pastor dejarlo todo y hasta el descanso para ir a auxiliarle, y si su indisposición no se lo permitía, al no tener más que un vicario, encargaba a un segundo, aunque no estuviera obligado a ello, y con uno fuera suficiente, pues no dejaba a otro lo que el podía hacer por sí mismo. Por último, si por el trabajo se conoce la excelencia del obrero, no hay más que jijarse que la parroquia de Ferrières  era en un principio como un erial, y cuando la dejó, se veía tan bien cultivada como las mejores. En una palabra, podíamos decir que era un pastor bonus .

«Me llevaría demasiado lejos si quisiera señalaros aquí  las particularidades de la santa vida  que llevó siendo párroco; y a pesar de todo se consideraba un siervo inútil, de hombros demasiado frágiles para llevar una carga tan pesada como es la de una parroquia; de manera que se deshizo de ella al fin, temiendo los juicios de Dios. Pero antes de abandonar, hizo dos cosas; la primera, como si pudiera decir: Quid potui facere vineae meae et non feci? Y así mandó dar la misión, en la que todos los parroquianos hicieron confesión general. Se estableció la Cofradía de la Caridad, y se suavizaron todas las diferencias, incluso una gran parte de los antiguos religiosos también la hicieron. La segunda, es que proveyó el curato con un buen sucesor: fue con un hermano suyo a quien había educado y hecho estudiar para este fin; de esta manera tenía motivo de vivir tranquilo pues ha sido y es aún una de las mejores parroquias que yo conozca.

«El Sr. Pilé, habiendo así provisto su curato, se resolvió a entrar en nuestra Compañía; y aun siendo de edad y débil, e incluso aunque yo pusiera obstáculos para recibir entre nosotros a párrocos que llevaban bien sus parroquias, su virtud y santidad junto con su insistencia y perseverancia en pedirlo tuvieron tanta fuerza sobre mí, que después de hacerle postular por largo tiempo, le recibí al fin en el número de nuestros misioneros. entró en nuestra Compañía en el mes de setiembre del año 1630, con el deseo de consumar en ella el resto de su días en los ejercicios de la Misión. Pero quiso la divina sabiduría, que quería que nos predicara con su paciencia, detener el curso y la impetuosidad de su celo por su debilidad que le ha seguido afectando, que le impidió realizar las funciones que había deseado. No obstante ha dado alguna misión, como vamos a decir, hablando de las virtudes que le hemos visto practicar, desde que hemos tenido la suerte de verle entre nosotros, que eran raras y eminentes. Entre otras hemos advertido las siguientes.

«La primera es el amor que tenía a Dios, tal que le hacía palpitar y como sin aliento, aspirando noche y día por él. No hacía más que hablar de su grandeza y de los privilegios que acompañan a los que le sirven. Qué fiel se muestra con los que no tienen otro afán que agradarle, cómo quiere a los que le aman y glorifica los que le glorifican. Quien quería alegrarle no tenía más que hablarle de Dios. Este amor le volvía muy afecto a las cosas que se refieren al servicio divino, teniendo un alto sentimiento de todas órdenes de la Iglesia, experimentando un singular placer en todas las ceremonias, rúbricas, canto llano, música. No podía deplorar bastante la ignorancia y escándalo de los sacerdotes, y su negligencia en observar las rúbricas, en practicar las ceremonias y tener limpias las iglesias. Decía a menudo: ‘Pienso que ya no hay fe en el mundo’. Los predicadores no predican las virtudes evangélicas; el pobre pueblo tiene hambre de la palabra de Dios, y se le deja morir de hambre, sin auxilio: parvuli petierunt panem, et non est qui frangat eis.

«Era muy exacto en recitar el breviario; de manera que hallándose enfermo, no podía vivir contento, si no lo decía, y aunque sus achaques fueran tales que se había podido dispensar, sin embargo lo recitaba, con frecuencia en perjuicio de su salud y con tanta devoción que lloraba a veces. Tenía siempre algún versículo de David en los labios, en particular éste que se le había oído decir con frecuencia Domine, dilexi decorem domus tuae. Mostrando bastante con ello cuánto estimaba las cosas de nuestra religión. Cuando realizaba la principal, que es la santa misa, era con tanta devoción que repartía amor de Dios a todos los que le veían. Se le ha visto también con frecuencia llorar de devoción al celebrarla. Sólo faltaba cuando se lo impedía la enfermedad. Se le ha visto en el altar tan débil y con tales opresiones de estómago, que se pensaba que iba a rendir el alma. El dolor que tenía al tomar las medicinas era porque le impedían celebrar. Un mes antes de su muerte se le vio servir a la misa, cuando apenas se podía sostener. Tenía una gran devoción al Santísimo Sacramento del altar, haciendo casi de continuo actos de fe sobre este misterio y aspiraciones fervorosas, diciendo a veces en lágrimas: ‘Salvador mío, no os conocen, no se tiene fe’, etc.…

«De esta gran caridad nacía también un deseo tan grande por la salvación de las almas, que estaba preparado a dejarse triturar por la salvación de una sola. Y en efecto, cuando se trataba de ir a misiones y sus achaques se lo permitían, Dios sabe si se ahorró algún esfuerzo. Y, aunque necesitara más de algún descanso que de trabajo, él se superaba en todo.. Él dio tres o cuatro misiones en las que los enviados con él  dijeron que no habían visto nunca a un misionero trabajar así. Era el primero en el confesionario, y se habría sentido muy contento de pasar allí el día entero sin comer, si la obediencia no hubiera moderado su celo. En la cuarta misión, las fuerzas del cuerpo le faltaron del todo, de manera que fue preciso reanimarle. Fue entonces cuando comenzó a quejarse, diciendo que era inútil en la casa, que sólo había traído molestias, en eso consistía su lenguaje ordinario por entonces. ‘Ay, dijo un día llorando a uno de nuestros hermanos, mirad las almas de nuestros hermanos que caen en el infierno por falta de instrucción, mientras que yo estoy sin hacer nada’!

«En cuanto a su devoción y a la firmeza de su vocación, es algo difícil de explicar, nos haría falta él para decir sus sentimientos. Estaba como fuera de sí mismo cuando se le hablaba; lo que se puede ver por una respuesta que dio a uno de nuestros hermanos clérigos, el cual al preguntarle qué tal estaba, el Sr. Pilé le respondió que estaba inútil, que era una carga en la casa. El otro, muy distante de su pensamiento, le dijo: «Qué, señor, ¿querríais marcharos?» Esto le cayó como una puñalada; nunca se le podía no tocar en un lugar más doloroso. ‘He, hermano, le dijo con lágrimas en los ojos, quiera Dios que no se me ocurra; si me echan de la casa por una puerta, yo volveré por la otra, aunque tenga que morir en el dintel de la puerta’. Amaba y apreciaba todo cuanto pertenecía a la Misión, pequeño o grande; pero tenía una sensibilidad especial por el seminario, se alegraba cuando podía prestar algún servicio como escribir con letra grande el nombre de nuestros hermanos, transcribir escritos, pegar imágenes en cartón, etc …Y cuando el difunto Sr. de la Salle, por entonces director del seminario, le empleaba en oír las confesiones de los seminaristas, lo hacía con un gozo indecible. Se le ha oído decir muchas veces: ‘Si tuviera un poco de salud, me presentaría para ser admitido en el número de los seminaristas, para servir allí y obedecer, como el más pequeño de todos; y, al no poder, con gran dolor mío, trato de suplir en él con estos pequeños servicios’.

«Decía a menudo a nuestros hermanos del seminario: ‘Oh, qué suerte la vuestra tener una ocasión tan hermosa para perfeccionaros! Nosotros no lo hemos tenido este tiempo deseado. Ánimo pues, hermanos, todo depende de vosotros’. Un día uno de nuestros hermanos encomendándose a sus oraciones le dijo que hacía todos los días la ronda, queriendo decir que rezaba por todo en particular, comenzando por el más antiguo de la Compañía hasta el más nuevo’. Quien quería alegrar al Sr. Pilé debía hablarle de los frutos que se hacen en las misiones y de los buenos obreros de la Compañía; pero quien quería entristecerle era anunciarle la salida de alguno, Ay, dijo un día a este propósito, en qué piensan, pobres de ellos. En cuanto a mí, pienso que son ciegos. Se equivocan mucho en tener éxitos en otra parte como en la Misión. ¿No saben muy bien que al salirse son como los peces fuera del agua, y como miembros separados del cuerpo, que no pueden ya participar en las influencias de la cabeza? Oh, qué compasión inspiran! Pero cuando le decían que alguien acababa de ser admitido en la Compañía, su corazón se sentía tan encantado y transportado de satisfacción, que no podía, por enfermo que estuviera, dejar de exteriorizarlo: en su cuerpo que saltaba de júbilo, en su rostro que de pronto se iluminaba, en sus manos que alzaba y juntaba, en sus brazos que abrazaban cordialmente a su nuevo hermano, en sus ojos que se llenaban de lágrimas de alegría, y sobre todo en su lengua que no podía moderar la abundancia del corazón y profería palabras tan fervientes y tan poderosas, y con tanta vehemencia y vivacidad que parecía que el Espíritu Santo estaba en su boca, en forma de lengua de fuego. ‘La Misión, decía él, es el espíritu de los primeros cristianos, es una vida totalmente apostólica, es el soberano y último medio que Dios ha encontrado para reformar su Iglesia, y tal parece que su bondad, su sabiduría y su omnipotencia se hayan agotado en esa obra maestra de sus manos. Oh, qué grandes designios tiene su Providencia sobre la Misión! Oh, se verán cosas grandes! Oh, qué felicidad es ser misionero! ¡Qué afortunado me siento al ser del número y a la ve desdichado al no poder se útil sino de carga’! Decía otro tanto y más cuando le hablaban de estas cosas, pero en particular en el lecho de la muerte, como no podía dejar de hablar a todos los que venían a verle, sino con mayor ardor y vehemencia que nunca, de manera que parecía no tener palabras y fuerza que para esto, y lo mejor era que lo decía como lo sentía en el corazón, de manera que se cuidaba de no decir nada contra la sencillez  y por exageración. Por último, ya sabéis que no acostumbro a exagerar las cosas, pero os puedo asegurar que me sería imposible poder expresar los profundos pensamientos que tenía de la Misión, y que todo lo que he dicho no es nada al lado de lo que queda por decir; así que es mejor contentarme por ahora con admirarle y dejaros pensar. Os diré tan sólo que cuanto más iba así realzando la grandeza de nuestro Instituto y exagerando los bajos sentimientos de sí mismo, tanto más me parecía grande en santidad y útil para toda nuestra comunidad; de suerte que yo no podía evitar decir con frecuencia bien alto: ‘El Sr. Pilé, con su no hacer, y sólo con sufrir hace más por Dios, y ha hecho por la Misión, que yo y toda nuestra compañía actuando y trabajando sin cesar’.

«Su humildad era muy grande y muy profunda. Lo que acabamos de decir de la baja estima que sentía de su persona, es una señal bastante clara, pues era tal, y lo he dicho varias veces, que yo tenía como una gran bendición tenerle en nuestra Compañía, aunque no podía persuadirse de ello, de manera que ha vivido siempre con el bajo sentimiento de sí mismo, diciendo, en cada ocasión, que era inútil en la casa, que se tenía por indigno de estar en ella; que servía de carga y que no merecía el menor de los buenos oficios que se le prestaban, ni siquiera en la enfermedad. No se contentaba con tener esta humildad de corazón y en la boca, trataba por todos los medios de ponerle por obra, ofreciéndose así en las cosas más bajas y como de los menores de la casa. Entre otras cosas, se ha visto que fue un día enviado para ayudar al hermano Alexandre, que era por entonces despensero; lo que hizo de tan buena gana que el hermano nos ha dicho que no ha visto nunca una sumisión de voluntad y de juicio parecida. obedeciéndole como si no fuera más que un joven, él que era antiguo sacerdote y de edad. Rogó también un día con insistencia a uno de nuestros hermanos de la cocina que le avisara de sus faltas. Ayudaba con frecuencia al cocinero en todo lo que podía y en los ministerios más humildes y bajos. Se molestaba en enseñar el canto a los pequeños escolares, aunque le fuera algo incómodo. Su humildad se ha visto también en que no decía su parecer sobre cualquier materia que fuese, especialmente si era de ciencia, teniéndose por ignorante. Dijo un día a uno de nuestros hermanos que era incapaz de hacer ninguna función de Misión, a causa de su insuficiencia, y que no era capaz de dirigir a un grupo de ordenandos, lo que hacían entonces nuestros simples hermanos clérigos. Se contentaba con preparar las sillas de los Srs. ordenandos, diciendo que ése era todo el servicio que les podía prestar, aunque en verdad fuera bastante capaz y experimentado en estas materias y, lo que es más destacable es que al decir eso de palabra, lo sentía de corazón, en lo cual consiste la verdadera humildad.

«Su obediencia no era menor que su humildad. Nunca hacía nada sin permiso, por mayor que fuera en la casa, quería tener orden de los superiores para las menores cosas. Tomaba con indiferencia todo lo que se le daba, aunque estuviera bien o más preparado, y aunque no fuera de su gusto y sintiera aversión. Cuando los pequeños escolares le pedían algo, se inquietaba sobre si tenían permiso. Esta gran obediencia hacía que tuviera una maravillosa condescendencia para con sus iguales y hasta con sus inferiores. Nunca contradijo a nadie; le llevaban a la conversación que querían con tal de que fuera edificante, y dejaba con agrado y prontamente que tenía para dedicarse a otro que le pedían; y lo que es más perfecto era que obedecía en todo con sumisión de juicio, y eso toda su vida, y en particular en su muerte, testigos los actos heroicos de los que nos vamos a ocupar, de suerte que se puede decir de él factus est obediens usque ad mortem.

«Su paciencia ha sido heroica. Nunca ha manifestado la menor señal de impaciencia. Siempre alabó a Dios en sus sufrimientos, que eran con frecuencia tan duros que daba pena a todo el mundo. y se hubiera dicho, en cada instante, que iba a entregar el alma, y a pesar de todo eso, , no dejaba de estar alegre y siempre igual a sí mismo. Este pobre hombre no podía levantarse por la mañana sin aumentar su indisposición ni vestirse solo sino con gran trabajo; y ni por esas dejaba de asistir a la oración, lo más frecuentemente que podía, aunque sintiera verdadera necesidad de descansar, ya que no dormía apenas por la noche debido a su tos. Por último su celo le obligaba a hacer más de lo que podía, por eso mismo se le ha visto  con frecuencia caerse en la subida, no pudiendo sostenerse ni levantarse. No se contentaba con las cruces que Dios le enviaba, se infligía penas a sí mismo, macerando su carne, a pesar de sus grandes achaques, con ayunos u otras austeridades, como se puede deducir de una disciplina ensangrentada que se halló en su lecho después de su muerte. Por último era un hombre de dolor y a la vez un espejo de paciencia, y aunque haya parecido  siempre así a todos, hay que confesar que en el lecho de muerte lo era de una manera particular. Parece que la paciencia estaba como en su trono, o como triunfante de las penas y de los dolores. Sus males eran mayores que nunca y su fuerzas menores, pero su paciencia iba en aumento, ya que no sólo soportaba  de buena gana y con resignación a la voluntad de Dios, sus sufrimientos [233], sino que se alegraba con ellos y deseaba sufrir más por Nuestro Señor y por el prójimo. Es lo que le hacía decir con tanto afecto: Domine bonum mihi quia humiliasti me. Bendito seáis, Dios mío! Oh, qué bueno sois! Absit mihi gloriari nisi in Cruce Domini Nostri Jesu Christi! etc.

«La virtud de la pobreza estaba en él en un grado soberano. No tenía ningún apego a las cosas de la tierra. Se complacía en ser tratado como pobre, en servirse de las cosas más pobres, llegando a recoger todo lo que encintraba que podía servir para algo, como un trozo de cartón, de madera, un poquito de hilo de aguja. En lo que respecta a las cosas de su uso, era muy cuidadoso de conservarlas, remendando él mismo sus hábitos y su breviario, en el que siempre había algo que arreglar. Tenía gafas, un cristal de ellas se había roto. Jamás se le pudo persuadir de que se pusiera otras.  Había renunciado de tal forma a la propiedad de las cosas de que se servía que tomaba a pecho darlas , por pequeñas que fuesen, aunque fuera por otra parte muy liberal, o bien había que pedir permiso. He oído que lo ha practicado, incluso en el lecho de muerte. Un sobrino suyo, que es nuestro hermano Bonichon, habiéndole pedido algunos pequeños manuscritos de devoción para aprender a perfeccionarse, este pobre hombre se los negó, diciéndole que se los os iba a llevar al superior, y que se los pidiera después él mismo. No era menos concienzudo en recibir lo que querían darle. Quería tener permiso para aceptar un pequeño libro, una estampa de papel o cosa parecida. Y si bien estas cosas parecen pequeñas, ajuicio de los hombres, el espíritu con que las hacía las convertía en grandes a los ojos de Dios y de los ángeles.

«Tenía una gran sencillez, no rústica o ingenua, sino de paloma y santa; era una sencillez que perfeccionaba a sus otras virtudes. Su caridad era sencilla, su humildad [234] sencilla, su obediencia sencilla, y así de las demás; pues no había ninguna mezcla de respeto humano, disimulo, artificio o fineza. Es lo que hacía, que aún siendo muy juicioso, se dejaba llevar como un niño; se creía cuanto le insinuaban, incluso por broma, y se ponía a hacer todo lo que se deseaba de él; hacía a menudo la recreación con los pequeños escolares y conversaba sencillamente con ellos como si fuera un niño como ellos. Esta sencillez le hacía amable y amado de todos, pero principalmente de Dios, quien sin duda se comunicaba de ordinario con él de una manera particular, ya que cum simplicibus est sermocinatio ejus: sí que no hay que sorprenderse, si parecía siempre recogido, ferviente y no aspirando más que a Dios.

«Su diligencia era maravillosa, y como su indisposición le hacía débil y delicado, y el trabajo le cansaba, nunca se le vio ocioso; siempre en acción, tenía por una de sus máximas, que la ociosidad era la madre de todos los vicios, como dijo un día a uno de nuestros hermanos, que le preguntaba por qué trabajaba tanto. Cuidaba de los misales y breviarios, escribía las ceremonias y demás cosas de la casa. iba incluso al jardín a trabajar, y echado en tierra arrancaba las malas hierbas, llevaba leña y agua a la cocina, lavaba la vajilla, y lo hacía tan bien que los que lo veían quedaban edificados, y cuando sus achaques le obligaron a guardar cama, encontraba qué hacer, leyendo, escribiendo o cosiendo, y sobre todo rezando, en particular haciendo oraciones jaculatorias, con tanta frecuencia y ardor, que impresionaba, inflamaba a los que lo veían.

«Por lo que se refiere a la castidad, la ha tenido en un grado muy eminente, y creo que ha usado de todas las precauciones  para conservarla intacta. Los pequeños escritos[235] sobre este asunto que se han encontrado después de su muerte, en su bolsa, ofrecen una prueba suficiente. Parece ser que los practicaba  puntualmente aunque fueran bien difíciles de ponerlos en práctica; son cierto medios soberanos para conservar la castidad. Lo que muestra bien que nuestro hermano Alexandre, enfermero, no tenía mala razón en decir en plena confianza que había advertido en su cuerpo las señales de una castidad virginal. . y sin embargo su temperamento natural parecía ser del todo contrario e ello, de donde se sigue que ha necesitado combatir grandes combates y lograr grandes victorias para impedir que este tesoro le fuera robado.

«Su mortificación no sólo se vio con respecto a los movimientos carnales que reprimía tan bien sino también con respecto a todos los demás, tanto interiores como exteriores. ¿Se ha visto a un hombre así de mortificado como él, en su vida, en el oído, en el gusto y demás sentidos, sobre todo en la lengua, en el juicio y en su voluntad? Os dejo pensándolo. Mas, para conocer mejor la excelencia de esta virtud  en él, hay que pensar que era por naturaleza, pronto, vivo, colérico y ávido  de oír y saber, y no obstante dominaba bien todas sus inclinaciones y pasiones que ha parecido  de naturaleza pacífico, dulce, indiferente y bonachón. Y con todo, no era más que por virtud y por gracia como adquirió a fuerza de mortificarse. En una palabra, vale decir que su vida no ha sido sino una perpetua mortificación, como si Dios se hubiera complacido en verle así usando bien de las mortificaciones como otro Job. No se contentó con las ordinarias sino que le dio las extraordinarias. Y fue particularmente cuando después de darle, por un lado, un gran conocimiento del valor y belleza de las almas y de las grandes necesidades que tienen de auxilio de la misión,  y por otro, un deseo insaciable e increíble de trabajar incesantemente para ganarlas, le quitó casi al mismo tiempo de ejecutar estos santos designios dándole una enfermedad del cuerpo que le atormentaba casi de continuo, y otra mayor que es una persuasión que tenía de ser inútil y una carga en la casa, que provenía de su gran humildad, según lo hemos dicho ya. Para representaros de alguna manera esta mortificación heroica, hay que imaginarse  a un hombre hambriento a quien le dan a ver continuamente una mesa cubierta de todas clases de buenas carnes que él no puede tocar, porque está debidamente encadenado. Su mortificación era así, e incluso mayor, al menos por la demasiada duración, Así y todo, aunque su humildad le haya dejado hacer algunas pequeñas quejas amorosas por sus penas, podemos decir de él lo que el Espíritu Santo dijo de Job:  In his omnibus non peccavit, sino que se purificó tanto como el oro en el crisol; ya que en todo se resignaba a la voluntad de Dios, lo que no pudo ocultar, a causa de los actos frecuentes  que se le ha visto hacer con tanto fervor.

«Aunque ya haya hecho mención de su gran devoción, no puedo sin embargo dejar de decir al menos una palabra. Es increíble qué devoto era en todas las cosas santas que la Iglesia aconseja o aprueba, como el agua bendita, agnus Dei, rosario, reliquias, indulgencias y semejantes, como también en los santos y en los ángeles, pero señaladamente en tres: -1º en su ángel de la guarda a quien honraba todos los días de una manera particular y tenía una gran confianza en él, lo que no podía ser si no hubiera impetrado a menudo por su intercesión el efecto de las oraciones que le dirigía de ordinario; y es probable que le miraba con los ojos del espíritu, como hacía san Francisco al suyo con los ojos del cuerpo, y que le hablaba familiarmente y con gran reverencia; -2º en la santísima Virgen y más aún… pero me sería imposible expresarlo: habría que haberle oído a él mismo hablar de ella. Lo que él decía era capaz de dar esta devoción a los demás, en particular cuando era sobre la concepción inmaculada, del gran poder que ella tenía ante su Hijo, y de los grandes milagros que ha hecho a favor de tanta gente. Lo principal era que la imitaba en sus virtudes y exhortaba a los demás a hacerlo. Creo que esta devoción ha sido una de las principales causas de su castidad, de la que ya hemos hablado, , y que la virgen le concedía todo lo que le pedía. Por ello tenía una gran confianza en Ella, particularmente en el lecho de muerte, como yo mismo lo advertí varias veces, entre otras, cuando pronunciaba estas palabras In te, Domine, speravi, non confundar in aeternum, quia non solum sperantem sed etiam desperantem adjuvas. -3º Pero su principal devoción era a la pasión de Nuestro Señor, pues pensaba en ella cada día y casi a todas horas, y lo hacía con un sentimiento de compasión, de admiración y gratitud, y con frecuencia no podía por menos de dejarlo ver al exterior por las aspiraciones, suspiros y lágrimas.. Esto es lo que le hacía decir con frecuencia, que quien no agradece a nuestro Señor Jesucristo todos los días por su pasión, se pierde el día. Era también por eso que en la última enfermedad, besaba y volvía a besar con tanta frecuencia  y tan dulcemente, hasta con lágrimas, el crucifijo que tenía siempre cerca en su lecho. Quién podría contar los hermosos coloquios que le hacía entonces, de corazón y de palabra, quién podría expresar el sentimiento con el que le decía: O bonne Jesu, qui mortuus es pro me, quis mihi tribuat ut moriar pro te! Salve, crux pretiosa, suscipe discipulum Christi, ac per te me recipiatqui per te moriens me redemit. Yo no habría acabado nunca si quisiera contaros aquí todas sus virtudes. Basta con que os diga que no sólo no me acuerdo de haber visto nunca  ningún vicio ni oído decir que tuviera alguno, sino que siempre he advertido virtudes en él, y todos le miraban así como yo, como un espejo de devoción, de paciencia, de humildad, de obediencia, de caridad y de toda clase de virtudes. Sobre lo cual no puedo omitir la estima que de él tenia el Sr. Parmentier, párroco de la Queue, hombre de virtud segura, quien le ha conocido muy especialmente, el cual no hablaba de él nunca sin admiración, diciendo de ordinario con ardor: ‘El Sr. Pilé es un hombre de Dios, es un tesoro escondido, es un santo’.

«Parece que con esto es suficiente para levantar el edificio de las virtudes de este gran hombre de Dios; pero nos ha faltado echar los fundamentos. Queda todavía una virtud eminente, que era en él tan viva y resplandeciente por encima de todas las demás, que las vivificaba y hacía resplandecer maravillosamente, es le viva y grande fe que siempre ha tenido en un grado soberano, de modo que parecía, al oírle y verle hacer, que tocaba y palpaba los misterios de la fe. No tenía ninguna dificultad en creer las cosas incluso que no eran de obligación, como la historia de los santos, sus milagros y todo lo que los libros de devoción contienen. Era la viva y grande fe que tenía de la grandeza y bondad de Dios, que le hacía sufrir con tanta alegría y obrar con tanto fervor. Era la fe grande de la justicia divina, que le hacía temer tanto sus juicios y castigos. Era ella la que le hacía sentir tanto horror al pecado y celo por la salvación de las almas. Era ella la que le hacía temer tanto dar cuenta a Dios, en particular por las almas a él encomendadas. Era ella le que le hacía decir con tanta frecuencia y con lágrimas y suspiros:

«Oh, qué espantosos son los juicios de Dios, qué afortunado si no hubiera sido párroco! Por último era esta fe la que le hacía practicar con tanta altura todas las virtudes que hemos subrayado en él. Y lo que me ha parecido más admirable es que esta fe operaba gracia, incluso en el alma de los demás, como algunos de nuestros hermanos lo han experimentado, al acudir a él en sus tentaciones, a los cuales decía: ‘Haced o decid esto o aquello, y os veréis libres’, y la caso sucedía así como lo había dicho. Y yo mismo lo he visto en algunas cosas, en particular un día de gran pena a causa del proceso que los Srs. de Saint-Victor nos habían iniciado, por nuestro establecimiento en San Lázaro, de manera que yo estaba a punto de dejar del todo esta casa para no pleitear. Consulté sobre esta materia a varios grandes personajes en todos los aspectos, los cuales no pudieron con todas sus razones persuadirme aguantar y defender nuestra causa; pero una vez que me dirigí al Sr. Pilé para pedirle consejo, él no hizo más que decirme buena y fríamente: ‘Señor, eso no es nada y nos agobiéis, es la voluntad de Dios’. Tan pronto como me dijo eso, no podréis llegar a creer qué consuelo más grande sentí e inmediatamente me resolví a emprender el asunto, de suerte que ya no he tenido ni agobio ni dificultad, como si Dios mismo me lo hubiera revelado y ordenado: tan viva y eficaz era su fe.

«Esta gran fe no impidió que a la hora de su muerte no se haya visto tentado de infidelidad, pero esta tentación le fue permitida por Dios para hacerle más firme en su creencia, como un poco de agua arrojada al fuego bien encendido no sirve más que para encenderlo más. El acta que hizo luego es una prueba bastante fuerte y auténtica, ya que, un poco antes de perder la voz, al ir a verle, y decirme él su tentación, le pregunté si no creía en todo lo que Dios había revelado a su Iglesia, y de repente me dijo con una extrema fuerza de espíritu: ‘Renincio a todas las sugestiones del maligno espíritu; quiero morir como buen cristiano’, y exclamando, hizo este acto ‘Oh, Dios mío,  creo todas las verdades que habéis revelado a vuestra Iglesia, renuevo todos los que he realizado en mi vida y en caso de que no tienen las condiciones requeridas, renuevo todos los de los apóstoles, de los confesores, mártires, etc.’

«Cuando he dicho que esta fe tan grande  le causaba tan gran temor de la justicia divina, no os debéis imaginar que haya tenido por ello falta de esperanza, pues era en él muy grande. de lo cual no hay por qué sorprenderse, ya que la misma fe de la que hacía tantos actos le servía siempre de escudo para resistir a los asaltos de la tentación, y a la vez de antorcha para ver claramente la inmensidad de la misericordia de Dios, el valor infinito de la muerte y pasión de Nuestro Señor, y la verdad infalible de las promesas que ha hecho a los pecadores penitentes; además de que, su gran caridad, estando unida a su gran fe, era una señal infalible de que su esperanza era igualmente grande. Como al ver por la noche una gran claridad, y se siente calor es signo evidente de que la llama es también muy grande, así, habiéndoos mostrado la gran llana de su fe y el gran ardor de su caridad, se concluye infaliblemente que la llama de su esperanza era grande en proporción, y aunque no hubiera otra prueba que la esperanza que tenemos de las continuas victorias que ha ganado combatiendo contra el temor hasta la muerte, sería más que suficiente para ver la grandeza de su esperanza, ya que de otra manera no habría podido subsistir como lo ha hecho; y no sólo subsistía ella sino que se incrementaba sin duda a medida que era contrariada, así como la llama de un gran fuego bien encendido crece al se agitada por los vientos. Y eso ha sido porque así lo ha querido Dios ejercitar, para hacerle ganar una corona más rica. Y aunque esta grande esperanza haya estado en él toda su vida, ella ha parecido y brillado al final,  en los diversos actos bien señalados que él ha hecho, en particular cuando le hablábamos del paraíso, allí donde él debía ir bien pronto, y nosotros nos encomendábamos a sus oraciones, cuando estuviera en el cielo. Pues él nos respondía resuelta y simplemente que no dejaría de pedir por nosotros y por toda [241] la Misión y nos lo prometía como si hubiera tenido revelación de entrar en el cielo nada más morir. Oh qué hermosas peticiones prometía presentar a la divina Majestad para toda la Compañía! Por último dio a entender que su esperanza iba creciendo a medida que él preveía acercarse la recompensa, como crece el movimiento de la piedra crece en velocidad, cuanto más se acerca a su centro.

«Esto es, señor, el compendio de la vida del Sr. Pilé, que parece sin duda bien largo, pero yo lo encuentro pequeño, tanto porque no os he hecho ver todas sus virtudes, ya que sería imposible, como por haber quedado encubierto  lo más grande y excelente debido a su profunda humildad y añadiendo que sólo Dios lo puede conocer; y nosotros no le conoceremos más que en el cielo, en particular esa plenitud de gracias y el espíritu con el que hacía todos sus actos de virtud. Como quiera que sea, esto es una parte de lo que hemos podio recoger de su vida. Tal vez esperabais que os diera una narración de su muerte, pero no tengo otra cosa que deciros que ya lo habéis visto en el espejo de su vida, pues su muerte fue tal como fue su vida; que si ha habido alguna diferencia  es pues que su vida ha sido como el inmenso cuadro, y su muerte la coronación; pues puedo decir que en los diez o doce últimos días ha hecho y rehecho actos interiores y exteriores de todas las virtudes que hemos expuesto, en especial de fe, de temor, de esperanza, de caridad, de contrición, de humildad, de obediencia, de paciencia, de resignación y de conformidad con la voluntad de Dios, e incluso que ha hecho intensiva en su muerte ,o que ha hecho extensivo en su vida; quiero decir que si ha hecho en su vida muchos actos de virtudes, por ejemplo de tres grados lo poco que ha hecho en su muerte era de diez grados. Para deciros no obstante algo más particular respecto de la fe de este hombre de Dios, sabréis, señor, que unas tres semanas antes de morir, le trajimos de los Bons-Enfants[242] a San Lázaro, a causa de un gran y continuo sopor que se advirtió en él, aparte de su mal ordinario del pecho y de los pulmones. Tres o cuatro días después de llegar, comenzó a guardar cama, y después fue disminuyendo cada vez más en fuerza y creciendo en dolor, por que le oprimía el mal del pecho más que nunca, y de tal forma que en pocos días no pudo de ninguna manera tenerse en pie, ni ayudarse de sus miembros, y lo que es más, comenzó enseguida a escupir de los pulmones. Mantenía con todo aún el espíritu fuerte, los ánimos altos y la palabra libre, y lo que es más admirable es que hablaba y rezaba a menudo con más viveza y vigor que antes, en particular cuando se le anunciaba que era entonces cuando Dios quería poner fin a sus penas temporales para ir a gozar de las alegrías eternas. Fue entonces cuando comenzó como un cisne a cantar más dulcemente que antes. Oh, quién pudiera expresar el sentimiento que tenía en su corazón, mientras pronunciaba este versículo de David: Loetatus sum in his quae dicta sunt mihi: In Domum Domini ibimus, y quién pudiera expresar con qué espíritu ha hecho todos estos actos de virtud, tanto interiores como exteriores, que ha producido en este último paso, principalmente cuando le di el santo Viático y la extrema unción. Ya que cuantos actos hacía de fe, de esperanza, de caridad, de contrición, de humildad, de  sencillez, de obediencia y de conformidad con la voluntad de Dios, eran otros tantos dardos encendidos que atravesaban los corazones de los asistentes y les hacían derramar lágrimas. Era un segundo san Andrés, pues, como este gran apóstol murió en cruz, allí siguió dos días antes de morir, durante los cuales predicaba a los pueblos y rogaba a Dios por la conversión de sus almas; el Sr. Pilé murió en cruz, quiero decir con los dolores agudos de su enfermedad y, durante sus sufrimientos, ha edificado a todos los misioneros con los buenos discursos que les ha hecho y con los [243] mismo ejemplos de paciencia y otras virtudes que les ha dado. Yo iba de ordinario dos veces al día a visitarle, en especial las últimas semanas de su vida, pero debo confesar que no era tanto para consolarle, animarle y disponerle a bien morir, que para ser yo mismo consolado, animado y dispuesto a bien vivir.

«Y en efecto, no volvía nunca de verle sin que tuviera el corazón inundado y embalsamado de devoción. Me sentía encantado de admiración al ver en él cosas tan contrarias y tan extremas en un mismo sujeto y en un mismo instante, al ver una paciencia tan grande con un gran sufrimiento; tanta fuerza de espíritu con tanta debilidad de cuerpo; una voz tan fuerte, sobre todo cuando hablaba de Dios, con una incomodidad del pulmón tan grande; tanta vigilancia y atención a toro lo que se le decía, en un sopor tan extraordinario: pues, a la primera palabra  que se profería para disponerle a la muerte, al momento abría los ojos y la boca para decirnos que su corazón no dormía, aunque su cuerpo estuviera tan adormecido, sino que vigilaba siempre con la lámpara encendida, listo para recibir al Esposo a quien esperaba con tanto deseo. Todavía me embelesaba más ver en él una humildad tan profunda con una caridad tan grande, un temor tan grande con una esperanza tan perfecta; una de tan forme con una tentación tan fuerte; tanta contrición con tanta inocencia; tanta devoción con tanta desolación;  tanta paciencia en medio de tantos dolores, por último tanta resignación a la voluntad de Dios con tantos motivos de mortificación interior y exterior.

«Pero lo que me enternecía más el corazón de devoción era verle y oírle cuando se  encomendaban a su oraciones y le pedían su bendición, en particular cuando era yo quien se las pedía. Al principio se excusaba diciendo que era a él a quien correspondía hacer esta petición, pero después obedecía  con sencillez, diciendo: ‘Para confusión mía, me veo obligado a hacer esto’.

«Y de repente comenzaba a hacer oraciones tan admirables y nos deseaba tantas bendiciones y nos daba tan buenos consejos, nos hablaba tan bien de la Misión y nos anticipaba tantas gracias, y eso con tanto fervor, sencillez y humildad que nos parecía estar oyendo a un santo del Paraíso, de manera que no podíamos contener las lágrimas, especialmente cuando, para concluir, levantaba la mano y formaba la señal de la cruz para dar la bendición, que yo recibía de él como si Nuestro Señor mismo en persona me la hubiera dado; y me parecía que recibía en ese mismo instante efectos en mi alma..

«Esto es cuanto os puedo decir de su enfermedad que duró unos quince días, hacia el final de los cuales, después de hacer los deberes de un perfecto cristiano y rendido homenaje al soberano Señor de corazón y de palabra, y de obra, comenzó a perder la voz, y por fin entró en la agonía, si bien bastante tranquila, y durante la cual acabó su vida, y rindió su último suspiro, todavía más dulcemente, casi sin darnos cuenta, a no ser por una breve aspiración que hizo, diciendo: ‘Oh, Dios mío’! breves palabras, pero enfáticas y enérgicas. Oh, cuántas cosas hermosas están contenidas en esta palabra ‘Oh’! quién pudiera explicarlas! Estas bellas palabras han parecido a algunos de nosotros tan admirables que han dicho que había motivos de creer que en ese último instante, este hombre apostólico veía ya a Nuestro Señor y le tocaba incluso, por lo cual estaba tan traspasado, que se vio obligado a exclamar como santa Tomás: Dominus meus et Deus meus!. Así entregó su alma, la cual sin duda voló al cielo, sin necesitar el Purgatorio después de su muerte, pues había sido tan purgada durante la vida. Falleció en el mes de octubre, la antevíspera de Saint Denis, un martes, día dedicado a los ángeles de los que había tenido una gran devoción, y fue sepultado en el coro de San Lázaro, con una misa mayor y solemne, cuyo celebrante yo tuve la dicha de ser. Nosotros no henos dejado de decir, aparte de ésa,  tres misas por el descanso de su alma, y cada hermano ha hecho tres comuniones y dicho tres rosarios. Os ruego también que mandéis hacer los mismo en vuestra Comunidad.

«Esta es, Señor, la vida y la muerte de este bueno y verdadero misionero, pero más bien de este santo que pide ahora por nosotros, como podemos creerlo piadosamente. Hay mucho que aprender y que aprovechar para toda clase de personas que componen nuestra Congregación. los viejos aprenden a no dispensarse de la regla; los jóvenes a someterse; los enfermos a animarse y tener paciencia; los sanos a no fingir que trabajan; los espirituales, a perfeccionarse; los sensuales, a entrar en confusión al ver aun anciano y achacoso mortificarse. Los que no están firmes en su vocación o que, a la primera tentación o descontento, proyectan salirse, verán aquí la importancia que se ha de dar a la gracia que Dios les ha dado de ser misioneros, los que murmuran que son incapaces en la predicación, confesión y de más funciones de la misión, a causa de su debilidad o incomodidad del cuerpo o del espíritu, o porque los dejan en casa para dedicarse a otras cosas que no les gustan, aprenderán aquí que es una gran presunción imaginarse que Dios necesite de su talento, como si él no pudiera convertir a las almas de otra manera, y que la obediencia, la mortificación, la oración, la paciencia y virtudes semejantes ganan mejor a las almas que los grandes sermones y toda la industria de los hombres. Hemos visto con claridad todo eso en el Sr. Pilé, como ya he dicho que ha hecho más él solo sufriendo que todos nosotros trabajando. Lo que tenemos que hacer es imitarle en sus virtudes y pedir por él, o más bien pedirle a él mismo, al menos en particular, ya que la Iglesia no nos permite todavía actuar de otra manera. Al hacerlo debemos esperar por su intercesión grandes favores del cielo en esta vida, para ir después a gozar con él de la gloria en la otra. Que Dios nos conceda esa gracia, por los méritos de Nuestro Señor y de su santa Madre, en el amor de los que soy, Señor, vuestro muy humilde y obediente servidor. «VICENTE DE PAÚL. «Indigno sacerdote de la Misión»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *