- SEGUIMIENTO DE JESÚS POR LOS POBRES (1618-1660)
Sobre los acontecimientos de 1617, el historiador J. M. Román destaca cómo pocos episodios de la vida del Santo han merecido, por parte suya, tan larga serie de alusiones en sus conferencias a Padres y Hermanas. Concluye el autor, que «si Vicente vuelve tantas veces sobre uno u otro de los episodios de aquel año es, sin duda, porque habían quedado grabados en su conciencia corno decisivos para su biografía personal y para la historia de sus dos Con-gregaciones»49. De este modo, Folleville y Cháti-llon-les-Dombes tienen para Vicente el alcance de acontecimientos fundantes de una nueva realidad que, como veremos, es marcada por el seguimiento de Jesús, traducido en el servicio a los más pobres.
Vicente ya no es el joven que busca su propio interés, sino que es alguien que escucha la invitación al seguimiento a través de acontecimientos concretos. A partir de 1617, su principal misión será una prolongación de la experiencia de Folle-ville y Chátillon-les-Dombes. Dar continuidad a esos dos episodios fundantes, significaba, en su contexto, trabajar en una doble dimensión: la espiritual, manifestada en la predicación de la Buena Noticia, en la instrucción de los pueblos rurales y en la administración de los sacramentos; y la dimensión humanitaria, traducida en la asistencia y promoción de los necesitados. Sin estas dos vertientes, que son dos caras de la misma moneda, Vicente sabe que no responde a la llamada del seguimiento.
Por otra parte, como hemos dicho en el primer capítulo, el seguimiento es una tarea de toda la vida y, por eso, como subrayaremos en seguida, en su vida se opera una progresiva identificación con la persona de Jesucristo. Seducido por el deseo de asemejarse a su maestro y Señor, él intentará desprenderse de todo lo que le impida cumplir plenamente la voluntad de Dios.
2.1 Configuración y vida «en Cristo»
Al intentar dar un nuevo sentido a su existencia, Vicente no es todavía un santo, como su primer biógrafo, en algunos pasajes, parece sugerir. Él inicia una nueva etapa y, ahora, como todos los cristianos conscientes de sus deberes, sabe que tiene la ardua tarea de configurar su vida con los criterios evangélicos. Un objetivo nada fácil para quien estaba dotado de un «mal humor» y de un «espíritu agresivo».
2.1.1 Del temperamento repulsivo a la mansedumbre
Como nos relata Abelly, en casa de la señora del General de las galeras, Vicente se «dejaba llevar un poco de vez en cuando de su temperamento bilioso y melancólico»51. Un carácter que en nada le favorecía en el trato con los pobres ni en las relaciones comunitarias con otros sacerdotes, sus compañeros de misión52. La señora de Gondi sufre con el temperamento colérico de su capellán y teme que se marche. Vicente reconoce que necesita cambiar. En retiro, en Soissons, 1621, evoca la ayuda divina en esa lucha contra su naturaleza. Él mismo, años después, habla del empeño que puso en librarse de tales modos:
Me dirigí a Dios —dijo— y le rogué con insistencia que me cambiara aquel humor seco y repulsivo, y me diera un carácter manso y benigno; y por la gracia de Nuestro Señor, con un poco de atención que puse por mi parte para reprimir los hervores de la naturaleza, he quitado un poco de mi humor agresivo.
En ese proceso de transformación le sirve de ayuda y ejemplo san Francisco de Sales, un hombre que fue para Vicente el «más manso y afable» que él había conocido54.
2.1.2 Desprendimiento de los lazos familiares
Un episodio revelador de la personalidad de Vicente y de su determinación de seguir a Jesús libre de todas las ataduras ocurrió en 1623. Pasando cerca de su tierra, al regresar de una misión, Vicente visita a sus parientes. Allí permanece ocho o diez días, lo suficiente «para hablarles del camino de su salvación y apartarles del deseo de poseer bienes»55. A la hora de marcharse, se compadece de sus pobres parientes y llora durante el camino. Siente el deseo de ayudarles a mejorar su condición y de «darles a este esto y aquello al otro». Mientras viaja, se imagina repartiendo «lo que tenía y lo que no tenía». La nostalgia le invade ya llegado a París. La tentación de dedicarse privilegiadamente a los suyos permanece, como él nos cuenta:
Estuve tres meses con esta pasión importuna de mejorar la suerte de mis hermanos y hermanas; era un peso continuo en mi pobre espíritu. En medio de todo esto, cuando me veía un poco más libre, le pedía a Dios que me librase de esta tentación; se lo pedí tanto, que finalmente tuvo compasión de mí; me quitó estos cariños por mis parientes; y aunque andaban pidiendo limosna, y todavía andan lo mismo, me ha concedido la gracia de confiarlos a su providencia y de tenerlos por más felices que si hubieran estado en buen acomodo.
De esta forma, a partir de 1623 Vicente se independiza totalmente de sus lazos familiares, obedeciendo al mandato del Señor que invita al seguidor a dejar padre y madre por causa del reino. Ahora, libre de toda atadura, está dispuesto a dar continuidad a la misión de Cristo, evangelizador de los pobres.
2.2 Participación en la misión de Jesús al servicio de los pobres
Habiendo descubierto su vocación y empeñándose con más determinación en progresar espiritualmente, Vicente reconoce que la única forma de ser fiel al llamamiento de Jesús es dedicarse a los más pobres. Nos parece que el seguimiento, en ese contexto, no podría ser radicalmente vivido de otra forma.
Los estudiosos del siglo XVII señalan que la mayor parte de la población, particularmente la rural, estaba condenada a vivir en la pobreza. Sabemos, por ejemplo, que las pésimas condiciones de vida (las epidemias, las guerras, la falta de higiene, de alimentos) contribuían a que la media de edad en esa época fuese tan sólo de 35-40 años. Vicente conocía personalmente esta cruel realidad. Él sabía, además, que el pueblo estaba abandonado espiritualmente, pues, corno en otros tiempos de su vida, gran parte del clero perseguía sus honrosos beneficios y no se comprometía con el pueblo. Él mismo se había dado cuenta de que algunos sacerdotes no sabían cosas básicas como, por ejemplo, la fórmula de la absolución. En una sola frase solía resumir esta realidad: el pobre pueblo pasa hambre y se condena por no saber las cosas necesarias para la salvación. Otro acontecimiento le serviría de señal de que debía dedicar su vida en favor de los más desfavorecidos.
2.2.1 Objeción de un calvinista en Montmirail (1620)
Las extensas tierras de la familia Gondi fueron, a partir de 1617, el horizonte inmediato de la acción misionera de Vicente. Ayudado materialmente por la noble familia, y con la colaboración de otros misioneros, lo encontramos en diferentes aldeas instruyendo a los campesinos mediante las misiones y aliviando sus miserias por medio de la fundación de las caridades.
En 1620, durante una misión en Montmirail, a petición de la señora de Gondi, Vicente instruye a tres hugonotes que parecían dispuestos a la conversión. Pasada una semana de intensa formación, a dos de ellos «Dios abrió los ojos del alma y tocó el corazón para conocer la verdad y así abrazarla». Pero el tercero, «rebelde a toda la argumentación», afirma que la Iglesia de Roma no está conducida por el Espíritu Santo, porque ella abandona a los pobres. Con una argumentación simple, apoyada en los hechos, el hugonote denuncia las causas que motivan su increencia:
No lo puedo creer, porque, por un lado, vemos a los católicos del campo abandonados a pastores viciosos e ignorantes, que desconocen sus obligaciones, y la mayor parte de ellos no saben lo que es la religión cristiana; y, por otra parte, vemos las ciudades llenas de sacerdotes y de frailes que no hacen nada (quizás en París haya hasta diez mil), y que abandonan a la pobre gente del campo en una ignorancia espantosa, y por ella se pierde. Y ¿querría usted persuadirme que esto está guiado por el Espíritu Santo?: no lo creeré nunca.
Vicente se siente afectado por la objeción del hugonote. Intenta justificar, contra-argumenta, pero reconoce que aquel tiene su parte de razón. La objeción del calvinista puso en evidencia la idea que desde 1617 le venía royendo el corazón. La Iglesia de los pobres, la Iglesia de Cristo parecía olvidada. Era necesario emprender un trabajo profundo en la evangelización del pobre pueblo.
En el año siguiente, Vicente, en compañía de algunos sacerdotes, trabaja en una misión en un pueblo llamado Marchais, cerca de Montmirail. En la misión, según nos describe Abelly, el calvinista asiste a «las predicaciones y a la catequesis, y vio el esmero con que se instruía a los que estaban en la ignorancia de las verdades necesarias para su salvación». Impresionado por la dedicación de los misioneros, se acerca a Vicente y le dice:
Ahora sí que veo que el Espíritu Santo dirige a la Iglesia Romana, porque se preocupa de la instrucción y de la salvación de los pobres aldeanos. Estoy dispuesto a entrar en ella, cuando le plazca recibirme.
Para Vicente, la conversión del calvinista quedó como una de las referencias históricas más importantes. La evangelización de los pobres, la acción misionera, la vivencia de la itinerancia como los primeros seguidores, son los mejores argumentos que prueban la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. Más tarde, Vicente recuerda este episodio para motivar a sus misioneros a la misión y comenta: «¡Qué dicha para nosotros los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como trabajamos por la instrucción y la santificación de los pobres».
2.2.2 Fundación de la Congregación de la Misión
El episodio de la conversión del hugonote se quedó grabado en la mente de Vicente. Con él, Vicente confirmaba su convicción de que el abandono espiritual de los pobres, la ignorancia y la falta de celo de muchos sacerdotes eran las dos grandes plagas de la Iglesia. Posteriormente, una vez más, la realidad es interpretada como una llamada de Dios, una invitación a trabajar no sólo en la instrucción de los campesinos, sino también en la reforma del clero.
El reto del contexto viene al encuentro del deseo de la señora de Gondi, que pretende dar a la actividad misionera ocasional de Vicente y sus compañeros un carácter permanente. En los dominios de la noble familia, Vicente, año tras año, se dedicaba preferentemente a la predicación de misiones y, desde 1619, había sido nombrado a invitación del esposo de la referida señora, Felipe-Manuel Gondi, capellán general de las galeras, una «vasta parroquia que nunca había tenido titular»67. A sus pobres feligreses, en 1623, ya les había predicado una misión. Ahora, a petición de la señora, se trataba de dar carácter institucional al proyecto y, de esta forma, garantizar la evangelización de los pobres que vivían bajo sus dominios.
La buena señora pide a Vicente que lidere un grupo que lleve a buen término sus proyectos. Vicente tarda en decidirse. En retiro, pide a Dios que «le quite el gusto y la prisa» y duda que esa sea verdaderamente la voluntad de Dios. Procura el consejo de su maestro, Andrés Duval, que le responde: «el siervo que conoce la voluntad del Señor y no la cumple recibirá muchos azotes». En la voz de su maestro y amigo reconoce el mandato divino que estaba buscando. Ahora, con nueva determinación, proyecta preparar intelectual y espiritualmente un equipo de sacerdotes con vistas a formar “una compañía que tenga por herencia a los pobres y que se dé enteramente a ellos”.
El 17 de abril de 1625, Felipe-Manuel Gondi, Margarita de Silly, su esposa, y Vicente de Paúl firman el contrato que dotaba de un capital social (37.000 libras) la nueva institución, cuyos moldes aun no estaban ben definidos. De esta forma, bajo el lema lucano: pauperibus evangelizare misit me, nacía la Congregación de la Misión.
2.2.3. Desarrollo de las Caridades
La Cofradía de la Caridad, fundada en 1617, en pocos años se consolida en casi todas las diócesis de Francia. En general, todas ellas adoptaron el reglamento estipulado en Chatillon, en 1617. Pero muy pronto, se impuso la necesidad de dar una respuesta a los problemas de la institución en crecimiento. Era necesario que alguien las visitase, que velase por poner orden o motivar a sus miembros. Además, surgían nuevas formas de pobreza, a las cuales las Damas de la Caridad no siempre estaban en condiciones de socorrer. Algunas de ellas, de noble linaje, estaban inicialmente muy interesadas en la obra, pero en la práctica, se avergonzaban de llevar por sí mismas la olla a los enfermos y de recorrer las calles donde eran conocidas, haciéndose reemplazar en tal menester, juzgado vulgar, por sus sirvientes. Otras, más absorbidas por sus obligaciones familiares y sociales, delegaban en sus criadas la misión de visitar a los enfermos. De este modo, se fue imponiendo la convicción de que sólo los pobres podían socorrer a los pobres.
Sin que nunca se hubiese programado, el reducido número de jóvenes que apoyaban a las Damas de la Caridad se fue gradualmente independizando. Ellas estaban bajo la dirección de Luisa de Marillac. En 1633, con esta mujer, Vicente de Paúl funda la Compañía de las Hijas de la Caridad, «las pobres jóvenes, completamente entregadas a Dios para el servicio de los pobres», las aldeanas, «religiosas» sin velo, sin hábito y sin votos solemnes, motivadas para el servicio de los pobres.
La nueva Compañía ha tenido que luchar para ser reconocida en la Iglesia. Su configuración novedosa rompía los moldes de las instituciones femeninas hasta entonces existentes. Vicente con Luisa fueron constantes en esa cruzada, porque estaban convencidos de ser esa la voluntad de Dios. Una y otra vez, dirá san Vicente: «fue Dios quien comenzó esta obra; por tanto, esta obra es de Dios».
Nelio, CEME







