El seguimiento de Jesús en san Vicente de Paúl (IV)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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1.3 Las duras pruebas – la «conversión» (1610-1616)

En las páginas que siguen intentaremos descri­bir sucintamente los acontecimientos que provo­can un cambio de actitud en la vida de Vicente. Los autores suelen hablar de esta fase bajo el título de «conversión». Al contrario de algunos autores que sitúan el momento del viraje en un aconteci­miento concreto27, nosotros juzgamos, en sintonía con otros autores, que la «conversión» de san Vicente fue un proceso gradual.

1.3.1 «Dios sabía la verdad»

En París, casi sin dinero, Vicente alquila una ha­bitación que comparte con un juez, paisano suyo. Cierto día, Vicente se siente indispuesto y tiene que quedarse en casa. En ausencia del juez, Vicente pide ayuda a un joven para conseguir las medicinas que necesitaba para su recuperación. Pero el mancebo de la botica, sin escrúpulos, aprovecha la oportuni­dad para enriquecerse rápidamente apropiándose indebidamente de los ahorros del juez. Sobre el enfermo recaen las sospechas. Difamado pública­mente y víctima de un monitorio, Vicente, según el primer biógrafo, no se defiende, sino que se limi­ta a decir mansamente que «Dios sabía la verdad»

Meses después de lo sucedido, en febrero de 1610, Vicente, en tonos melancólicos, escribe a su madre, quejándose de su mala suerte y alimentan­do aún el deseo de favorecer a la familia.

…la estancia que aún me queda en esta ciudad [París] para recuperar la ocasión de ascenso (que me han arrebatado mis desastres), me resulta penosa por impedirme marchar a devolverle los servicios que le debo; pero espero de la gracia de Dios que él bende­cirá mis trabajos y me concederá pronto el medio de obtener un honesto retiro, para emplear el resto de mis días junto a usted. […] Me gustaría también que mi hermano hiciese estudiar a alguno de mis sobri­nos. […] que se imagine que el presente infortunio puede presuponer una suerte en el porvenir.

Vicente es un san Pablo en el camino de Da­masco. El joven que por iniciativa suya se había ordenado y que en sus diez arios como sacerdote había experimentado sucesivas frustraciones, toda­vía seguía esperando de Dios los medios para «obtener un honesto retiro». Pero la desgracia, o la Providencia, se encargaría de arruinar los ambicio­sos proyectos del joven.

Si la llegada a París le había reavivado las espe­ranzas de concretar sus primordiales anhelos, el episodio del juez le insinuaba un cambio de actitud. Pero su corazón no está aún predispuesto para acoger y obedecer a la voz de Dios. Sin esperar y sin que alguna vez él lo hubiese programado, será en el disfrute de los tan anhelados beneficios donde Vicente descubrirá la trivialidad de sus pro­yectos. En este sentido, París proporcionará a Vicente los elementos necesarios para el cambio de actitud y, además, el descubrimiento de su vocación, su forma peculiar de seguir a Jesús.

1.3.2 «El honroso beneficio»

Retornemos al año de 1610, año en el que Vicente escribe a su madre. En la capital, en el mismo día en que ponían fin a la vida de rey Enri­que IV, 14 de mayo, Vicente firmaba un contrato por el que recibía la abadía de San Leonardo de Chaume, en la diócesis de Saintes, con todos sus títulos, rentas y obligaciones. Inicialmente le pare­cía que el negocio resolvería su problema existen­cial, pero la abadía resultó ser una ruina y una fuente de procesos y litigios contra diversos detentadores y usurpadores de los dominios de dicha abadía. Pasados seis años, Vicente se desprenderá de la ruinosa adquisición sin haber alcanzado su deseado beneficio.

En el mismo año de 1610 lo encontramos tam­bién empleado como limosnero y capellán en el palacio de la ex-reina Margarita de Valois. Vicen­te estaba entonces en la fuerza de los treinta años y su trabajo se limitaba a celebrar la misa en su turno y distribuir limosnas. El mundo extravagan­te de la reina Margot, «la típica vieja coqueta dis­puesta a reformarse», favorecía la ociosidad. En este contexto, el joven que había corrido en busca de la fortuna, entra en crisis.

1.3.3 La «noche oscura»

Es Vicente en persona quien nos lo cuenta: un célebre doctor, que por «no predicar ni cate­quizar, se vio asaltado, en medio de la ociosidad en que vivía, por una fuerte tentación contra la fe». El doctor experimentaba impulsos violentos de blasfemar contra Jesucristo y se sentía incli­nado a poner término a su vida. Vicente lo escu­cha y le aconseja. Cumplidas las orientaciones del capellán, «Dios tuvo piedad al fin de este desdichado doctor, quien, estando enfermo, fue liberado en un momento de todas sus tentaciones».

Vicente no nos cuenta todo. Según la versión de Abelly, el hombre sólo se quedó libre cuando Vicente pidió a Dios que traspasase a su propia alma las tribulaciones del pobre hombre. En len­guaje sanjuanista, diríamos que la «noche oscura» anegó el alma del samaritano que anduvo, aproxi­madamente hasta finales de 1613, acosado por duros asaltos contra su fe. Para librarse de ella, prosigue Abelly, puso en práctica los medios que creyó más apropiados: el primero fue escribir en un papel el símbolo de la fe y ponerlo sobre su corazón. Convino con Dios en que cada vez que se llevase la mano al pecho renunciaba a la ten­tación, aunque no pronunciase una sola palabra. El segundo remedio consistió en la práctica de la caridad, visitando y consolando a los enfermos del hospital de San Juan de Dios. Vicente sólo quedó libre de la tentación cuando, bajo la inspiración de la gracia, tomó la firme e irrevocable resolución de «honrar aún más a Jesucristo, y de imitarlo con mayor perfección que hasta entonces y fue entre­gar toda su vida, por su amor, al servicio de los pobres».

El relato edificante de Abelly debe ser leído con reservas. Hemos de reconocer que no sabemos lo que realmente ha pasado al capellán Vicente durante esos tres o cuatro años. Juzgamos, sin embargo, que Abelly se sirve de un hecho real idealizándolo con la intención de destacar las virtudes del candidato a los altares. Para nuestro objetivo, importa subrayar que su actitud pos­terior nos hace creer que este fue un tiempo de cambio fundamental. Vicente fue sometido a una crisis de fe, que le purificó las intenciones y le obligó a reorientar su vida. La prueba le propor­ciona la experiencia que fundamenta su doctrina posterior. La tentación «contra la fe» fue superada cuando él toma la resolución de entregarse al servicio de los pobres.

Otros factores contribuyeron a ese cambio. La lectura de la Regla de perfección del capuchi­no Benito de Canfield y la orientación espiritual del gran maestro, Pierre de Bérulle, fueron deci­sivas.

1.3.4 Conversión y vocación

Como ocurre en la vida de la gran mayoría de los santos, también en la de Vicente podemos veri­ficar cómo se halla fraccionada en dos mitades. En la primera, anteriormente descrita, Vicente espera que Dios le ayude a hacer lo que él ha planeado por su cuenta y riesgo, sin preocuparse por saber de antemano si es eso lo que Dios quiere o no. Durante esta etapa, Dios no era la fuerza motriz que, como veremos más adelante, condicionará todas sus actitudes.

Recordemos aún, antes de adentrarnos en la fase clave de su vida, que la «conversión» y «voca­ción» son realidades correlativas. La conversión, entendida como irrupción de la gracia divina que gradualmente transforma el corazón del hombre, exige una ruptura con el pasado y postula un nuevo modo de vivir y pensar. Bajo la acción del Espíritu Santo, el sujeto es llamado a un «nuevo comienzo», para lo cual su voluntad debe estar animada por el deseo de descubrir y cumplir la voluntad de Dios en su vida.

Con el pasar de los años, Vicente de Paúl aprenderá a escuchar la llamada al seguimiento en los acontecimientos concretos de su vida. Com­prenderá que seguir a Jesús significa, sobre todo, someterse a la divina voluntad. En la segunda etapa, una vez superado el umbral del egoísmo, su deseo de vivir en conformidad con los planes de Dios o, como él tantas veces repite, vivir en «acti­tud de confianza en la Providencia», se traducirá fundamentalmente en un amor incondicional al prójimo, particularmente a los más necesitados. Pero antes de adentramos en esa etapa final, vea­mos los acontecimientos del año central de su vida.

Nelio, CEME

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