El seguimiento de Jesús en san Vicente de Paúl (III)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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CAPÍTULO SEGUNDO: El seguimiento de Jesús en la vida de san Vicente de Paúl

El objetivo del presente capítulo es intentar definir las distintas fases en el proceso de segui­miento de Jesús en la vida de Vicente de Paúl. Para eso, en el primer punto describimos los orígenes y los principales acontecimientos reveladores de sus primeras ambiciones. Destacaremos también los episodios que provocaron un cambio de actitud en su vida, como el descubrimiento de su vocación. En el segundo punto, intentaremos describir su deseo de configurarse con Jesús tanto como su determinación en servirlo en la persona de los más desfavorecidos.

  1. LOS ORÍGENES Y LA LLAMADA AL SEGUIMIENTO (1581-1617)

Para el estudio de la trayectoria de vida de Vicente de Paúl se impone, en primer lugar, la necesidad de establecer una distinción entre dos etapas. La primera, de 1581-1617, comprende todo el período de su infancia y de los diecisiete primeros años de sacerdocio; a la segunda, de 1618 a 1660, corresponde la etapa de la madurez creadora y sus años últimos de vida.

Por ahora, nos ocuparemos de la primera etapa. En ella, en términos generales, Vicente es autosu-ficiente y elabora sus propios proyectos en vista de sus necesidades y de sus deseos mundanos. Cierta­mente que era un joven piadoso, que confiaba, a su manera, en Dios, pero, como casi todos los sacerdotes de la tradición pretridentina, vivía obsesionado por los beneficios inherentes al ejerci­cio de su ministerio. A través de los acontecimien­tos imprevistos e imprevisibles, Dios fue transfor­mando el corazón del joven sacerdote. Con el avanzar de los años y en la sucesión de fracasos, Vicente fue descubriendo la voz de Dios que le invitaba a cambiar de actitud. La «purificación pasiva» que Dios realiza en el hombre mediante el lenguaje del silencio o bien a través de los aconte­cimientos, opera en Vicente el tránsito de la auto­suficiencia a la dependencia total de Dios. Veamos la primera etapa.

1.1 La infancia en su tierra

Mientras que los grandes reformadores reli­giosos del principio del siglo xvii —Bérulle, Olier, Francisco de Sales— son de origen aristócrata, san. Vicente procede de un medio pobre. Gracias a sus humildes orígenes él será un hombre más sensible al drama de los pobres, valorará el trabajo como forma de escapar a la miseria y, como los campesinos, aprenderá a entregarse confiadamente en las manos de Dios después de haber cumplido con su misión.

Vicente nació en 1581 en un pueblecito lla­mado entonces Pouy, en el sur de Francia. Él es el tercer hijo de una familia de campesinos que con­taba con cuatro varones y dos mujeres. Sus padres, a pesar de pertenecer al escalón más bajo de la sociedad, eran campesinos modestos, pequeños propietarios que, según nos cuenta Abelly, cum­plían el mandato divino de «ganar el pan con el sudor de su rostro».

Es en su familia y en sus vecinos donde Vicen­te tiene el primer contacto con los pobres. Como subraya J. Morin, es su primera «mirada de pobre sobre los pobres», que él conservará para siempre y condicionará su vida. Ya anciano, a las Hijas de la Caridad, les propone como ejemplo la actitud de las aldeanas de su pueblo que:

Vuelven de su trabajo a casa, para tomar un ligero descanso, cansadas y fatigadas, mojadas y llenas de barro; pero apenas llegan, tienen que ponerse de nuevo a trabajar, si hay que hacer algo; y si su padre y su madre les mandan que vuelvan, en seguida vuelven, sin pensar en su cansancio, ni en el barro, y sin mirar cómo están arregladas. Así es como tie­nen que hacer las verdaderas Hijas de la Caridad.

Sus coterráneos son las referencias de las que en diferentes circunstancias él se sirve para ejemplifi­car una actitud de total confianza en Dios:

¿Habéis visto jamás a personas más llenas de con­fianza en Dios que los buenos aldeanos? Siembran sus granos, luego esperan de Dios el beneficio de su cosecha; y si Dios permite que no sea buena, no por eso dejan de tener confianza en Él para su alimen­to de todo el año. Tienen a veces pérdidas, pero el amor que tienen a su pobreza, por sumisión a Dios, les hace decir: «¡Dios nos lo había dado, Dios nos lo quita, sea bendito su santo nombre! Y con tal que puedan vivir, como esto no les falta nunca, no se preocupan por el porvenir.

Hasta los quince años, Vicente permanece en su pueblo, junto con su familia, donde, según su propio testimonio, fue «pastor de ovejas, de vacas y de cerdos». Después, logra escapar a la fatali­dad del medio consiguiendo, por influencia de terceros, permiso de su padre para estudiar en la ciudad cerca de su pueblo, Dax. Como Abelly hace notar, ciertamente que su padre también pensaba en «las modestas ventajas que podría sacar para su familia» con los estudios del hijo.

1.2 Primeras ambiciones (1596-1609)

La nueva etapa de su vida es bastante variada y rica en acontecimientos: estudiante, preceptor, sacerdote y viajero. No obstante la variedad de situaciones, hay un deseo que permanece: huir de la pobreza a que estaría condenado si permanecie­ra en su pueblo y conseguir un «honesto retiro» que le garantice una vida cómoda.

Como tantos otros y a pesar de su poca edad, Vicente sabe que la forma más fácil de alcanzar un lugar privilegiado en la sociedad es ingresar en el estamento clerical. Con este objetivo, ingresa en 1595 en el colegio de los Franciscanos. Al mismo tiempo que estudia, es también encargado de la formación de los hijos de su bienhechor, el juez de Pouy, el señor de Comet.

1.2.1 Ordenación

Cinco años después, en 1600, el joven pide y recibe el sacramento del Orden de manos del viejo obispo Frainois de Bourdeilles. Vicente cuenta sólo con diecinueve o, a lo máximo, veinte años. El hecho de haber sido ordenado tan pronto, en Perigueux, por el anciano obispo de ochenta y cuatro años, que moriría apenas un mes después de la cere­monia, y no en su diócesis, Dax, tiene su expli­cación. En su diócesis, corrían ya ciertos aires de reforma. El nuevo obispo había puesto un progra­ma de restauración cristiana y sacerdotal inspirado en el concilio de Trento. Vicente, impaciente, sabien­do las novedades introducidas por el nuevo obispo, Mons Dussaul, no dudó en recurrir al casi mori­bundo obispo franciscano. La ambición del joven le hace pasar por encima de todas las normas.

Antes de la aplicación de los decretos conciliares en Francia, era una práctica común la ordena­ción de personas mal preparadas. En una etapa posterior de su vida, consciente de las responsabi­lidades del ministerio y empeñado en la reforma del clero, reconocerá que «si hubiera sabido lo que es el sacerdocio, cuando tuve la temeridad de en­trar en ese estado, como lo supe más tarde, hubie­ra preferido quedarme a labrar la tierra».

1.2.2 Los primeros proyectos

Vicente es ahora un pastor de la Iglesia y, como tal, desea tener sus ovejas. Fue nombrado párroco de un pueblo, Tilh, cercano a su aldea natal. Pero la suerte no acompaña al joven sacerdote, que ve arrebatada su parroquia por un candidato más tenaz. Vicente sufre la primera frustración.

Con la intención de obtener el disputado cura­to de Tilh, en 1601, el joven cura va a Roma, donde ve al Papa Clemente VIII y visita la tumba de los Apóstoles. Según su propio testimonio, el ambiente de la Ciudad Eterna le «conmueve hasta las lágrimas». Sin embargo, los proyectos poste­riores nos llevan a concluir que esas lágrimas no fueron las de una sincera conversión, como fueron las de san Pedro arrepentido. En adelante, aún muy joven, es todavía notoria la vulgaridad de sus ambiciones y el deseo de autoafirmarse.

El viaje a Roma es breve. En Francia, retorna los estudios teológicos en Toulouse y, pasados cua­tro años, obtiene un triple certificado: el que le acredita siete años de estudios, el de bachiller en teología y el que le autoriza a explicar el segundo libro de las Sentencias de Pedro Lombardo.

1.2.3 Un proyecto «cuya temeridad no me permite nombrar»

Con los certificados en las manos, el joven sacerdote ya no aspira a una parroquia rural como antes, sino a algo distinto, reservado a pocos, algo raro que él más tarde ni osará referir. Esa aspira­ción, probablemente un obispado, se desvanecerá como la primera.

Entramos en una etapa de su vida que ha sido motivo de largas especulaciones por parte de los estudiosos. El hecho es que en 1605 Vicente desa­parece de la escena y sólo reaparece dos años más tarde, en 1607. En este año, y en el siguiente, en dos cartas dirigidas a su bienhechor, justifica su ausencia: había intentado recuperar la herencia dejada a su nombre por una anciana y, en un viaje, de regreso de Marsella, por el mar, los piratas lo capturan y lo venden como esclavo.

En 1608, dato cierto, Vicente está de nuevo en Roma, viviendo a la sombra de Mons. Montorio de quien espera un «decoroso beneficio». Mientras tanto, aprovecha para estudiar y, lo más importan­te para su vida, entra en contacto con piadosas asociaciones que se dedicaban a los cuidados de los pobres. La cofradía de la Caridad del hospital del Santo Espíritu y la cofradía parroquial de San Lorenzo en Dámaso, serán sus referencias a la hora de fundar su primera asociación caritativa.

A finales de ese año, sin haberse beneficiado de la promesa de Mons. Montorio, Vicente entra por vez primera en París. El cambio de escenario no significa un cambio de actitud, pues en los prime­ros años de su estancia en la capital, Vicente man­tiene sus viejos proyectos. Pero, otra vez, los desdi­chados acontecimientos se suceden para desgracia del joven Vicente. Como subraya Redier, él era entonces «un muchacho apurado, sin excesivos escrúpulos en materia de dinero». Por eso, la acusación de robo que, como veremos, recayó sobre él, demuestra que, si «se osaba sospechar de él, era que no debía de haber dado todavía prue­bas de gran virtud».

Nelio, CEME

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