- SEGUIMIENTO E IMITACION
Hemos visto que ya en el Nuevo Testamento el seguimiento de Jesús Fue vivido e interpretado de diferentes modos, Posteriormente, simplificando la variedad de esas modalidades, hubo dos formas de responder al atractivo de la llamada: por un lado, la del pequeño grupo que se mantuvo fiel al seguimiento viviéndolo de un modo similar al del estilo de Jesús (los carismáticos itinerantes); y, por otro, constituido por la mayoría de los creyentes “sedentarios» que en su vida intentaban vivir conforme al ideal de las bienaventuranzas o, más concretamente, imitando las actitudes y sentimientos de aquel a quien llamaban Cristo. Por lo tanto, hay una continuidad y fidelidad al seguimiento vivido a semejanza de Jesús con sus discípulos, pero también una discontinuidad y adaptación de la categoría a las nuevas circunstancias.
Sin embargo, en el nuevo contexto a todos los miembros de la pequeña Iglesia era propuesto el ideal del seguimiento llevado hasta el extremo que consistía en dar la vida, imitando a Jesús. Las cartas de Ignacio de Antioquia reflejan esa comprensión: todo aquel que imitaba la muerte trágica de Jesús era el discípulo perfecto del Señor. Aceptar el martirio era por consiguiente la forma perfecta de seguir a Jesús.
En los siglos posteriores, el tema del seguimiento sufrió una transformación: la coyuntura histórica favoreció una distinción entre aquellos que optaban por una vida «más perfecta» por la imitación de los rasgos peculiares del Jesús histórico, mediante la práctica de los consejos evangélicos y los restantes creyentes, a los cuales se les proponía solamente la observancia de los mandamientos para alcanzar la vida eterna.
2.1 Perspectiva histórica
Con el fin de las persecuciones a los cristianos, en el siglo lar, se opera una gran transformación en la historia de la Iglesia naciente. El cristianismo, bajo el poder de Constantino, pasa a ser la religión del imperio e ingresan en la «pequeña grey» hombres y mujeres sin que hayan pasado por un proceso de adhesión personal a Cristo. Con las conversiones en masa, la Iglesia gana en cantidad, pero pierde en calidad. De este modo se produce el divorcio entre fe cristiana y seguimiento de Jesús o, como dice D. Bonhoeffer, la gracia se «abarata», es decir, se convierte en «gracia sin seguimiento de Cristo, gracia sin cruz, gracia sin Jesucristo vivo y encarnado».
En este contexto encontramos los orígenes de la vida religiosa-«9. Los cristianos fervorosos huían de la ciudad y procuraban una vida en la soledad del desierto (los anacoretas), lejos del mundo corrompido y corruptor. La divisa que el abad Arsenio oye en el secreto de su corazón, «huye de los hombres y te salvarás»», ejemplifica la nueva forma de concebir el seguimiento de Jesús. Por eso, en la nueva coyuntura, el monacato se presenta como prolongación del martirio: el monje es el nuevo mártir que se retira al desierto a tener un combate con el mal espíritu.
La vida religiosa embrionaria es, por consiguiente, una forma radical de seguir a Jesús. Pero, en ella predominaban los elementos voluntaristas y la perfección evangélica –el seguimiento de Cristo, la «gracia cara»— aparecía como una proeza al alcance de un pequeño grupo.
Gradualmente, en el occidente, se tiende a desarrollar una teología que subraya el seguimiento desde la ejemplaridad de Cristo: por la ascesis y las prácticas voluntarias de sufrimientos el seguidor participa de la pasión redentora de Cristo. Tenemos como ejemplo las formas de vida religiosa que surgieron en la Iglesia en los siglos XII-XIII. Ellas vivieron el seguimiento entendiéndolo sobre todo como imitación del Jesús histórico3‘. Por la práctica de los consejos evangélicos, los miembros de las nuevas órdenes mendicantes, los franciscanos y los dominicos, intentan reencarnar el modo como Jesús vivió: pobre, humilde, obediente al Padre, itinerante y anunciador del reino de Dios. Su género de vida, más que una actualización, es una reproducción del Jesús histórico. Su vida pobre y sencilla era también una forma de denunciar los desvíos de la Iglesia jerárquica.
En los siglos posteriores como en los primeros, la imitación y/o el seguimiento de Jesús fue (y sigue siendo) la norma última de la variedad de formas de vida que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia. En algunas épocas se ha destacado más un aspecto que otro; unas veces imitar y seguir tienen un sentido convergente, otras, más bien complementario.
Sin embargo, en diferentes ocasiones se ha criticado la vida religiosa por considerarse como forma privilegiada y casi exclusiva de vivir la radicalidad evangélica. Además se critica la excesiva importancia que se ha dado a la imitación en detrimento del seguimiento. Pero, ¿el seguimiento no es también imitación?
2.2 La imitación como seguimiento
Se malentiende el seguimiento cuando es concebido y vivido en una perspectiva de imitación literal, como una repetición estereotipada de los comportamientos externos de Jesús. Pero eso no significa que la imitación sea una actitud totalmente irrazonable por parte del seguidor. A este propósito, san Agustín se preguntaba: «¿qué es seguir sino imitar?» y, más recientemente, Charles de Foucauld solía afirmar que «el efecto del amor es la imitación». D. Bonhoeffer, uno de los principales artífices de la puesta en circulación del vocabulario del seguimiento, termina el libro sobre el tema apelando a la imitación.
Los estudiosos del tema subrayan que la imitación sólo puede ser entendida desde la clave de la filiación. El Espíritu Santo es quien nos confiere el espíritu de filiación mediante el cual llamamos a Dios nuestro Padre. Por él reconocemos al otro como hermano y por su gracia consideramos a Cristo corno modelo para nuestras vidas36. Es, por lo tanto, la filiación que conduce a la imitación, a la vida según la imagen filial y no viceversa. Pero ¿cuál es el contenido de la imitación?, ¿qué es lo que el seguidor debe imitar?
2.3 Forma de ser de Jesús y forma de ser del seguidor
Como ya hemos visto, en el proceso de seguimiento e identificación con la persona de Cristo, el acento «no recae en la reproducción de gestos materiales, sino que queda fundamentado en la adopción (conformación) de las actitudes espirituales del Señor». Eso significa que lo que el seguidor es llamado a imitar es, por consiguiente, la forma de ser de Jesús. En otras palabras, lo que se trata de imitar es su ley interior, su espíritu, su actitud fundamental de auto-donación en favor de los demás hasta la muerte. Como lo ha subrayado el teólogo K. Rahner «la verdadera «imitación de Cristo» consiste en hacer que la ley interior de su vida actúe en cada situación personal». Esta imitación «es digna de vivirse, no cuando se reduce al mero intento de repetir su vida (sin lograr más que aguadas copias de ella), sino cuando realmente se la prolonga».
Con Jon Sobrino, veamos la estructura de la vida de Jesús que el seguidor debe reproducir.
2.3.1 La Encarnación
La Encarnación es el primer elemento de la estructura de la vida de Jesús. Por encarnación se entiende la «actitud kenótica», el libre tránsito de la «forma Dei a la forma serví», que se caracterizampor el gesto del Hijo que se «desapropia de su voluntad para someterse humildemente al querer del Padre hasta morir en la cruz». Ella nos remite a la dimensión histórica de todo el seguimiento, pues Jesús al encarnarse ha asumido la historia de un pueblo, su cultura, sus aspiraciones, su forma de vida. Esa es la dinámica que todo creyente debe inexorablemente asumir, «como forma esencial del seguimiento, para llegar a la plena comunión de vida con su Señor. En ella se hace presente el Reino aquí y ahora».
Refiriéndose al tema, Jon Sobrino destaca la vertiente excluyente de la encarnación: Jesús optó por la vía de la pobreza, excluyendo otras vías, la del poder y de la riqueza. Los evangelios no dejan lugar a dudas: Jesús asumió un lugar junto a los más pobres y marginados. Más aún: se puso al servicio de ellos, como lo manifiesta el discurso programático en la sinagoga de Nazaret. Como Jesús, el seguidor es llamado a encarnarse porque esa es «la condición fundamental para asemejarse a Jesús». La encarnación, además, debe ser llevada a cabo con el espíritu que caracterizaba la acción de Jesús, la búsqueda continua de la voluntad de Dios, el amor manifestado de tantas maneras, en especial para con los más desfavorecidos. Las bienaventuranzas son una síntesis reveladora de ese espíritu. Todo aquel que deja a su padre y a su madre por causa del reino, está llamado a revestirse de ese espíritu.
2.3.2 Misión
La misión de Jesús se desarrolla en el horizonte de la llegada del reino de Dios. Por causa de ese reino, que Dios quiere para el mundo y para cada hombre, Jesús predica, hace milagros, acoge pecadores… Su actividad es un signo que manifiesta, aquí v ahora, el reino de Dios.
Ya en el discurso programático de la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16-20) Jesús expone sus «prioridades pastorales». Él se presenta como aquel que lleva a cabo la profecía de Isaías (61,1-2), el ungido por el Espíritu, que tiene por misión anunciar la Buena Noticia a los más desfavorecidos, liberar al hombre de sus cadenas y elevarlo a la condición de hijo de Dios. Su misión implica, consecuentemente, la denuncia de las diferentes formas de ideología que oprimen estructuralmente al hombre. Jesús fue, por eso, la voz incómoda para los poderes establecidos: político, religioso, económico.
La misión da sentido a su vida y él se consagra a ella hasta el límite de su existencia. Ya hemos dicho en las páginas anteriores que la misión de Jesús es también la misión del seguidor. En la historia, esta misión sólo puede ser llevada a cabo bajo la acción del Espíritu Santo. Sólo por el Espíritu el seguidor podrá actualizar, en su contexto, la misión salvífica de Jesús.
En síntesis, la tarea fundamental del seguidor es asemejarse a aquel que le llama y le sirve de modelo. Cristo es la imagen perfecta de Dios que el discípulo ha de tener siempre ante sus ojos, pues el que lo sigue está también «predestinado a reproducir la imagen del Hijo, por lo tanto, a ser como Cristo» (cfr. Rom 8,29). Ese proceso de identificación, como hemos señalado, no consiste en la repetición de los actos, gestos, palabras de Jesús, sino más bien, en la reproducción de la dinámica de la encarnación que se traduce en una actitud de servicio a los demás, particularmente a los más desfavorecidos, animada por el amor.
Por otra parte, si el Hijo de Dios ha asumido forma humana para que la humanidad tenga «una vida en plenitud», es decir, para que participe de la vida divina, el llamado tiene, consecuentemente, como misión fundamental prolongar la labor del Hijo en el momento que le es dado vivir. Por lo tanto, en un contexto concreto, bajo la acción del Espíritu Santo, el seguimiento se hace efectivo cuando el hombre procura «vivir como él vivió» (1 Jn 2,6), «haciendo lo que él hizo» (Jn 13,15), «amando corno él amó» (Jn 13,34), «perdonando corno él perdonó» (Col 3,13). En síntesis, el hombre es seguidor de Jesús, cuando se predispone a «dar su vida por los hermanos corno él la dio por nosotros» (1 Jn 3,16). Eso es reproducir la forma Christi o, dicho de otro modo, eso es seguir a Jesús, porque se rehace, en la historia, su estructura de vida.
Nelio, CEME







