El seguimiento de Jesús en san Vicente de Paúl (I)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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CAPÍTULO PRIMERO:  El seguimiento de Jesús

El tema del seguimiento de Cristo ha sido tra­tado en numerosos estudios en las últimas déca­das. Nuestro objetivo no es ni hacer una síntesis de lo que se ha escrito, ni un análisis minucioso del tema en cuestión, sino presentar las líneas fun­damentales de la reflexión teológica, considerando algunos de los datos exegéticos, en el intento de cimentar una plataforma que nos permita analizar la experiencia espiritual de la persona en estudio. Por eso, partiendo del Nuevo Testamento, en el primer punto, analizaremos las dos etapas del segui­miento de Jesús: la prepascual y la pospascual. Seguidamente, veremos sucintamente cómo se ha vivido el tema del seguimiento en la tradición espiritual v finalizaremos el capítulo con la pre­sentación de los rasgos fundamentales de la forma de ser de Jesús que todo seguidor está llamado a reproducir.

  1. LAS DOS ETAPAS DEL SEGUIMIENTO

En el estudio del tema del seguimiento, en un primer momento es imprescindible distinguir lo que algunos autores llaman las «dos etapas diver­sas de un único proceso de identificación con la persona de Cristo». La primera, cuyo tratamien­to pertenece a la exégesis sinóptica, remonta al hecho histórico, prepascual. Evoca la praxis de los primeros llamados, su «marchar detrás» o «ir en pos» y la actitud de total desprendimiento, como medio necesario para la adhesión a la comunidad de los discípulos, teniendo a la vista el anuncio del reino de Dios. La segunda etapa nos remite a la reinterpretación del seguimiento a la luz del mis­terio pascual, cuando la comunidad creyente va no tenía la posibilidad de relacionarse directa­mente con el Jesús histórico, ni seguir viviendo en la itinerancia de los doce. Ella, sin embargo, se comprendía a sí misma como la comunidad de los seguidores. En este contexto san Pablo reinterpreta el seguimiento como vida «en Cristo». Detengámonos más despacio en cada una de esas etapas.

1.1 El seguimiento prepascual en los sinópticos

Los evangelios describen la primera relación seria y profunda que Jesús establece con determinadas personas a través de la metáfora del seguimiento.

Los diferentes relatos evangélicos, aunque redactados desde la experiencia pascual, tienen por base un hecho histórico: la llamada de Jesús y su forma peculiar de vida. Según algunos autores ellos están formulados según  esquema fijo y uniforme, teniendo como modelo de fondo el de a vocación de Eliseo. A continuación, veamos más detenidamente los diferentes aspectos de la invitación al seguimiento y las consiguientes implicaciones para el sujeto que es elegido.

 

1.1.1. La llamada de Jesús, un hecho de gracia.

El primer aspecto que juzgamos importante subrayar en el análisis del seguimiento, es la forma como Jesús llama y el modo como lo elegidos se relacionan con él. En la tradición judaica era el alumno, el discípulo, quien escogía al maestro. Entre el rabí y el discípulo se establecía una estrecha relación cuya finalidad última era la adqui­sición de conocimientos por parte del discípulo. En este caso, no se trata de seguir a alguien, sino de aprender, pues cuando el discípulo alcanzaba un nivel de conocimientos similar al del maestro, él mismo pasaba a ser maestro.

En los evangelios, Jesús se presenta como un rabí cuyas características son radicalmente distin­tas a la tradición rabínica. En primer lugar, no son los discípulos quienes lo escogen, sino que es él quien tiene la absoluta iniciativa de llamar y esco­ger. Jesús aparece como el nuevo Elías que invita a los discípulos que él quiere (cfr. 1.Re 19, 10-21)5. En diferentes pasajes, se evidencia la forma sobe­rana de la llamada de Jesús, que no admite de­moras ante la proximidad del Reino: A Pedro y Andrés, en el lago de Galilea, les dijo: «venid en pos de mí» y ellos «le siguieron» (Mc 1,17-18; Mt 4,19-20). Más adelante, dirige una segunda invitación a otros dos hermanos, Santiago y Juan: «los llamó» y ellos «se fueron en pos de él» (Mc 1,20; Mt 4,22 y Le 5,1 1). Por consiguiente, Jesús se presenta con la autoridad de los profetas y, como subraya M. Gesteira, «con la llamada a su seguimiento, Jesús parece estar asumiendo el puesto que corresponde a Dios: en ningún momento dice: «Dios os llama», «Dios os dice» o «seguid-imitad a Dios», sino «yo os digo» o «seguidme»» «.

Por lo tanto, Jesús surge como un rabí peculiar cuya llamada es «un hecho de gracia»:, una invita­ción divina dirigida a algunos en particulares. En los pocos casos en que es el candidato quien soli­cita unirse a su grupo, Jesús manifiesta su libre ini­ciativa rechazando la propuesta (cfr. Mc 5,18) o respondiendo disuasivamente (cfr. Lc 9,57).

 

1.1.2 Vinculación a la persona de Jesús

En los distintos relatos sobre el seguimiento, los evangelistas ponen de manifiesto la estrecha vincu­lación a la persona de Jesús que llama. En la tradi­ción rabínica, el centro no es la persona que trans­mite conocimientos, sino la tarea, el aprendizaje de la ley. Al revés, en la «escuela de Jesús», la vin­culación al maestro es fundamental y sólo desde ella se entienden las exigencias del seguimiento. En este sentido, todos los evangelistas coinciden en lo mismo: se trata de un seguimiento personal. Él es «a la vez el sujeto que llama y el objeto del seauimiento»9. Más aún, él mismo es el contenido del seguimiento: «Sígueme, ven detrás de mí». Corno subraya D. Bonhoeifer, «eso es todo… Al lado de Jesús no hay otro contenido»»’. Por lo tanto, ser discípulo no es un «estado transitorio», sino algo que se prolonga por toda la vida, pues sobre él nunca se sabe demasiado y, siendo su alumno, el hombre nunca podrá independizarse como en la tradición rabínica. En este contexto se entienden las palabras de Jesús dirigidas a los suyos:

“vosotros no os dejéis llamar rabí, porque uno solo es vuestro maestro; y vosotros sois todos hermanos» (Mt 23,28).

Uno de los rasgos característicos de esta vincu­lación es la exclusividad: al lado de Jesús no caben otros maestros. En las escuelas rabínicas, el alum­no podía y debía cambiar de maestro o compati­bilizar a varios, pero con Jesús hay una exclusi­vidad total: «uno solo es vuestro maestro […] uno solo es vuestro preceptor» (Mt 23, 8.10). Esta incompatibilidad no sólo se entiende en relación a las personas, sino también en relación a otros vín­culos o valores, incluso, como veremos más ade­lante, la propia vida (cfr. Le 14,26; Mt 10,37ss).

 

1.1.3 Las condiciones para ser seguidor de Jesús

En lo que se refiere a las exigencias del llama­miento, nos sorprende su radicalidad que implica renunciar a todo lo que pueda interponerse entre Jesús y el que ha sido llamado. No se trata sólo de una renuncia a los bienes materiales o a un modo de vida común». Jesús exige total libertad por parte del escogido. Por eso, le pide que renuncie a sí mismo, a sus lazos familiares y a todo lo que lo ata a un pasado.

En este contexto, encontrarnos la respuesta de Jesús al que le pide tiempo para sepultar a su padre antes de seguirlo: «deja que los muertos entierren a sus muertos» (Lc 9,59; Mt 8,21-22). Ella es entendida por algunos estudiosos como el pasaje más radical de todos en lo que se refiere a las exi­gencias del seguimiento. El padre, en el mundo judío, representa la tradición, el modelo que el descendiente debe tener como referencia. El reto de Jesús es una invitación a dejar esa tradición, a independizarse. Todas las exigencias y el «estar con» son medios necesarios para el anuncio de la Buena Noticia y se «explican desde la dimensión escatológica del Reino que irrumpe corno don y que no consiente disculpa ni demora alguna» (cfr. Lc 14,15-24 y 9,59-62).

1.1.4. Llamados para una misión

La elección y la vinculación exclusiva e incon­dicional a la persona de Jesús tiene por finalidad liberar al discípulo de todas las formas de ataduras con vistas a la misión. De hecho, la terminología usada por los evangelistas pone de manifiesto una doble vertiente: por un lado la «estática relacional», es decir, la cercanía o proximidad en relación al que llama; y, por otro, la vertiente dinámica, el movi­miento, el seguir en su sentido real». «Seguir a alguien» significa, por una parte, vivir en la pro­ximidad física, es un «estar con» o estar «junto a». El Evangelio de Marcos dice de forma explícita que Jesús llamó a los discípulos «para estar con él». Pero su invitación a compartir una vida en común tiene una finalidad: la proclamación y actualiza­ción del reino de Dios. Por eso, asociado al «estar con», san Marcos añade: «para enviarlos a predicar» (Mc 3,14). Por lo tanto, el seguimiento de Jesús se traduce no sólo en una comunión de vida, sino también en la participación de la misma misión.

El pequeño grupo de los seguidores son llama­dos a vivir en compañía de Jesús en función de la misión que tienen. El anuncio de la llegada del reino de Dios es la razón de ser de la nueva comu­nidad. Ellos asumen un estilo de vida común, viven en la itinerancia con vista a anunciar la Buena Noticia al pueblo «sedentario». Su modo de vida, ya «es un signo de la presencia de Dios y de su potencia transformante»15.

1.1.5 Participación en el mismo destino

Hay aún que reseñar un rasgo muy significa­tivo en la peculiaridad del seguimiento de Jesús. En las escuelas rabínicas, el discípulo se limitaba a escuchar las enseñanzas del maestro y la relación entre ellos cesaba con la muerte o una vez con­cluida la actividad docente. Al revés, la relación existente entre Jesús y sus discípulos no sólo supo­ne una comunión con su persona y con su misión sino también en su destino. Por eso, los evangelios destacan la relación directa entre el destino de Jesús y el destino de los que son llamados. Todo el que acompaña y participa en la misión de Jesús debe estar predispuesto para aceptar el trágico des­tino del maestro. Esta participación en el mismo destino se hace más evidente después de la con­fesión de Pedro, cuando Jesús se dirige a los dis­cípulos y a la muchedumbre diciendo: «si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga» (Mc 8,34 y par).

Seguir a Jesús es, por tanto, cargar con la cruz, rehacer el trayecto que él ha hecho; es subir a Jeru­salén (Mí: 10,38; 16,4; Mc 8,34; Lc 9,23). A este propósito concluye Manuel Gesteira: «se trata de la participación en sus pruebas (cfr. Le 22,25) y en su destino, a la que se une la promesa de participar en el banquete del reino»16.

1.2. Interpretación pospascual del «seguimiento de Jesús»

Después de la pascua, la comunidad de los dis­cípulos ya no podía mantener el mismo carácter de seguimiento, porque el hombre que los había seducido e instruido va no se encontraba del mismo modo entre ellos. Sin embargo, la comunidad permanecía unida a él y se auto-definía como la comunidad de los «seguidores de Jesús». En este contexto, seguir a Jesús ya no significa vivir en la itinerancia, sino más bien, en un sentido global, vivir en relación con el Señor resucitado.

Han tenido un papel importante en la transi­ción de la concepción de la categoría de segui­miento los antiguos seguidores, fieles a su misión ambulante con las mismas características que en el tiempo de Jesús. Ellos fueron los «transmisores de la tradición sobre Jesús y animadores de los grupos cristianos, siendo su estilo de vida un signo para esos creyentes «sedentarios». Gracias a ellos la categoría de seguimiento no desaparece, sino que es actualizada a la luz del misterio pascual.

Por otro lado, si en tiempos prepascuales, no se hablaba de «conversión a Jesús», sino más bien de seguirle para convertirse al reino por él anunciado, ahora, el creyente, iluminado por el Espíritu, en el seno de la comunidad, tiende a identificar la conversión al reino corno conversión a Jesús. Se da lo que Senén Vidal llama «concentración cristológica del motivo del seguimiento»’8. El predicador se convirtió en predicado, Jesús resucitado pasa a ser considerado el Reino mismo realizado en la histo­ria. Veamos más detenidamente como se concibió el seguimiento en la nueva realidad.

1.2.1 En el corpus paulino

San Pablo, a semejanza de un creciente núme­ro de creyentes, no había tenido el privilegio de «estar con» y «caminar con» el Jesús histórico. Por eso, a diferencia de los sinópticos, él no utiliza nunca los términos «seguir», ni «discípulo» refe­rido a él o a otros seguidores de Jesús. Ante la nueva realidad en la cual ya no es posible «estar con», sino «estar en»20, Pablo desarrolla el tema del segui­miento usando los términos imitación y/o imita­dores, que no están presentes en los evangelios.

Lo primero que nos llama la atención en cuan­to al uso del referido vocabulario es que el propio Pablo se propone como modelo a imitar (2 Tes 3,6-9). Sin embargo, una lectura más detenida nos permite concluir que él sólo se presenta como ejemplo en la medida en que se considera un refle­jo de Cristo, su imitador: «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo» (1Cor 11,1). Para él, Cristo es siempre la referencia última, el modelo por excelencia, mientras que él es sólo en un segundo grado. En la nueva realidad, el creyente es invitado, por el Espíritu, a vivir en íntima comu­nión con el Señor glorificado y a predisponerse a caminar teniendo siempre corno meta la identifi­cación con Cristo. Esta meta es ahora común a todos los bautizados y no un ideal de unos pocos. El nuevo seguidor es llamado a imitar el hombre perfecto, la imagen de Dios, que nos hace, en Espíritu, «hijos de la luz» (fres 5,5; Ef 5,8).

En el corpus paulino, esta idea surge de dife­rentes formas, pero cada una sirve para destacar un matiz del contenido de la imitación. En la introducción al himno de Filipenses, por ejemplo, Pablo invita a los cristianos a que se apropien de los sentimientos de Jesús23 y, dirigiéndose a los Gálatas, les dice: «hijitos míos, a los que vuelvo a dar a luz entre dolores hasta que Cristo se forme en vosotros» (4,19). En este sentido, la vida cris­tiana aparece como una progresiva conformación con Cristo. El bautizado debe identificarse con Cristo asumiendo la forma de siervo, la forma Christi, como forma consustancial.

Otro texto importante que expresa la nueva forma de seguimiento es el pasaje en la Carta a los Romanos 8,29: «porque a los que conoció de antemano, también los predestinó a ser copias de la imagen de su Elijo». Es decir, la vida cristiana se presenta como una respuesta al designio de Dios Padre que consiste en reproducir la imagen del Hijo por inhabitación del Espíritu. Por lo tanto, identificarse con Cristo, conformase con él y repro­ducir su experiencia filial es el nuevo modo de seguir a Jesús.

Este proceso de cristificación es esencialmente pneumatológico, pues es el Espíritu del Señor resucitado quien transforma al seguidor de Jesu­cristo en hijo del. Padre a imagen del Hijo y hace del seguimiento una «imitación» de la vida y des­tino de Jesucristo.

1.2.2 El seguimiento en el apóstol Juan

Es el apóstol Juan el que hace la síntesis entre la literalidad sinóptica y la traducción paulina de seguimiento. A diferencia de san Pablo, Juan cono­ció al Jesús histórico, convivió con él y lo acom­pañó en su vida errante e insegura. Por eso, como en los sinópticos, encontramos el verbo «seguir» con cierta frecuencia, así como el término «dis­cípulos». Pero, la peculiaridad del término «seguir» en la literatura joánica, es que sobrepasa la lite­ralidad terrena, propia de los sinópticos, y es utilizado en un sentido espiritual, teológico. Este nuevo significado se comprende, ya que Juan se dirige no sólo a los discípulos de la primera hora, sino también a los de la Iglesia naciente, a los discípulos que no han tenido el privilegio del con­tacto con Jesús. Juan procura, pues, actualizar la llamada de Jesús. Ahora, no sólo son discípulos los que vivieron codo a codo con Jesús, sino también todos aquellos que creen en él por su testimonio.

En Juan, seguir a Jesús es «no caminar en la oscuridad» del pecado y de la muerte, sino con aquel que «es la luz del mundo» (cfr. Jn 8,12). Es, sobre todo, «creer» en el enviado del Padre (cfr. Jn 13,44); es «permanecer» en el amor de aquel que nos amó primero.

Para Juan el discípulo es invitado a seguir la «Palabra personificada», seguir su ejemplo ha­ciendo lo mismo que él ha hecho (Jn 13,14-15): «amaos unos a otros, como yo os he amado»; en esto «os reconocerán corno discípulos míos, en que os amáis unos a otros» (Jn 13,34-35).

Nelio, CEME

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