Una de las grandes fuentes de enriquecimiento que procura un Cursillo Vicenciano Internacional es la comunicación —a través de los diversos testimonios— de experiencias vividas en el servicio a los Pobres. Las numerosas respuestas, impregnadas de creatividad, dadas a diferentes aspectos de la pobreza nos permiten una cierta toma de conciencia; comprobamos el amor y la abnegación con que las Hermanas sirven a los Pobres, y tenemos una idea de lo que hace la Compañía en el mundo entero. Al hacer el estudio sobre San Vicente, Santa Luisa y las primeras Hermanas, surge el sentimiento, muy profundo, de que su carisma es vivo, activo e inventivo hasta el infinito entre las Hijas de la Caridad de hoy. Nos sentimos orgullosas, con razón, por ser parte interesada en todo esto y damos gracias a Dios’ por ello, pero nunca podremos estar contentas de nosotras mismas: tendremos que seguir examinándonos y dejándonos provocar.
Vamos a reflexionar hoy juntas sobre lo que entendemos por servicio y sobre nuestra disponibilidad con relación a este servicio.
San Vicente y Santa Luisa han insistido siempre en el hecho de que nuestro servicio tiene que estar profundamente enraizado en la Fe, en el Evangelio. Para ellos, Cristo debe ser la «fuente y el modelo» de nuestra caridad. Quizá en este decenio de la evangelización, podría yo preguntarme en qué medida mi servicio es «evangelizador». ¿Cambia algo aportando la Buena Noticia de Jesucristo a mi pequeño rincón del mundo? ¿Mi manera de servir permite al Evangelio transformar los valores, las relaciones de aquellos entre quienes trabajo? ¿Creo que Jesucristo está ya presente, incluso en la novedad de las situaciones que encuentro hoy en el continente, cualquiera que sea, donde estoy destinada? ¿Trato de descubrirlo en los signos de los tiempos?
La Evangelii Nuntiandi, de Pablo VI, es uno de los documentos más estimulantes que hemos recibido en la Iglesia de nuestro tiempo, y merece la pena que lo leamos de nuevo. Dicho documento nos llama a «hacer nuevas todas las cosas», a «llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad» (E.N. 18). El Papa Pablo VI amplía la definición de la evangelización más allá del «anuncio de Cristo a aquellos que lo ignoran, de predicación, de catequesis, de bautismo y de administración de los otros sacramentos» (E.N. 17), a una definición más compleja, más rica y más dinámica: «Se puede decir que la Iglesia evangeliza cuando… trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos» (E.N. 18).
La nueva evangelización
El Papa Juan Pablo II ha llamado a este último decenio del siglo XX «el decenio de la evangelización» y nos ha invitado a captar y experimentar la novedad de Dios presente en la historia humana. La evangelización debe ser nueva en su ardor, nueva en su método, nueva en su expresión.
I – Nueva en su ardor, su celo
San Vicente decía: «Si la caridad es un fuego, el celo es la llama». Cuando los discípulos escuchaban a Jesús en el camino de Emaús «su corazón estaba ardiendo en ellos» (Cf. Lc. 24, 32). ¿Cuándo ha ardido mi corazón la última vez? El profeta Jeremías decía: «Había en mi corazón algo así como un fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía» (Jer. 20, 9). María, una vez que recibió la Buena Noticia de la Encarnación «se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo» (L.G. 56). Con frecuencia, debido incluso a nuestro servicio, nosotras podemos encontrarnos «quemadas» y reducidas a cenizas, «como tierra árida, agostada, sin agua» (Sal. 62). ¿Cómo volver a encender el fuego en nuestros corazones?
El ardor, o el celo por el Reino de Dios, no puede venir sino de una profunda experiencia personal de Dios: nosotras debemos estar enraizadas en Dios, dejarnos llevar por el fuego del Espíritu Santo que habita dentro de nosotros. No puede producirse ninguna transformación de la vida o de la sociedad si nosotras mismas no somos transformadas bajo la acción del Espíritu Santo. Como Hijas de la Caridad hemos establecido en nuestras vidas las estructuras necesarias para el diálogo con Dios, para la oración personal y comunitaria. Hemos de esforzarnos por mejorar la calidad de nuestra oración, poner atención en aquello que la nutre: los tiempos de silencio, nuestro día de retiro mensual, la lectura espiritual. A veces, cuando tenemos que hacer frente a las exigencias del servicio, esto parece ser una pérdida de tiempo, pero debemos estar dispuestas a «perder tiempo con Dios», para desarrollar nuestra relación con El, porque la calidad de la evangelización de nuestro servicio depende en gran medida de la profundidad de nuestra relación con Dios y de la manera en que le estamos «totalmente entregadas».
Nuestras Constituciones nos dicen también que las Hijas de la Caridad han de «contemplar a Cristo a quien encuentran en el corazón y en la vida de los Pobres, donde su gracia no cesa de actuar para santificarlos y salvarlos» (Cf. C. 1.7). Nosotros no tenemos el monopolio de Dios. En cierto sentido nosotras llevamos a Dios a los Pobres; en otro sentido Él nos precede y no seremos capaces de reconocer su presencia más que si estamos ya al mismo diapasón por la calidad de nuestra relación personal con El y nuestra capacidad de reflexionar en la Fe sobre los acontecimientos que surgen en nuestros encuentros con los Pobres. Podemos evangelizar a los Pobres, pero hemos de estar igualmente dispuestas a ser evangelizadas por ellos, por su paciencia, su Fe, su actitud de compartir.
II – Nueva en su expresión
Los dos polos de la Evangelización son Dios y el mundo. Lo mismo que un sentido profundo de Dios, debemos tener un sentido profundo del mundo de hoy, estar en contacto con la situación real de esta parte del mundo en la que servirnos, conocer las fuerzas que trabajan en ella y ver cómo se ve influida por lo que llega de otras regiones.
Jamás hubo en otros tiempos semejante novedad. En cada uno de los cinco continentes se están produciendo cambios profundos. Nosotros somos testigos de la extrema pobreza del Tercer Mundo, resultado de la explotación, de los desastres naturales y de las guerras, y fuente de una afluencia creciente de refugiados. Vemos la extensión y el carácter a menudo militante del Islam. En los países llamados «avanzados», tenemos el desarrollo de una tecnología nueva, con sus corolarios de desempleo, de secularización y alienación. Nos vemos obsesionados por los azotes de la droga, del sida, del aborto, de la eutanasia. El núcleo familiar se ve amenazado y vemos cómo crece el fenómeno de la familia monoparental y el de los niños abandonados. La nueva realidad de la caída del comunismo nos provoca a emprender una nueva evangelización de estos países, con frecuencia sumergidos actualmente en conflictos nacionalistas y en un caos económico. Estamos llamadas a leer estas realidades a la luz de la Fe, a comprender la acción de Dios en cada situación y a ver qué respuesta concreta podemos aportar como Hijas de la Caridad, según nuestro carisma. ¿Cómo revelar el Rostro compasivo de Cristo de una manera que llegue realmente al corazón de los hombres y mujeres del mundo moderno, especialmente las víctimas de las formas actuales de pobreza y de injusticia?
Dirigiéndose a un grupo de obispos españoles, el 7 de octubre de 1991, el Papa decía:
«Se trata de una «nueva» evangelización para proclamar el Evangelio de siempre, pero de una forma «nueva». Es «nueva» porque el ambiente social y cultural en que viven los hombres a quienes hay que evangelizar exige muchas veces una «nueva síntesis» entre fe y vida, «fe y cultura»».
III – Nueva en sus métodos
¿Cómo pueden hoy las nuevas culturas ponerse en contacto vivificante con el Evangelio? El Papa Juan Pablo II ha demostrado claramente que los antiguos métodos no eran ya adecuados. Las nuevas situaciones nos provocan y constituyen una llamada a toda nuestra creatividad: «El Amor es inventivo hasta lo infinito». Debemos imaginar un porvenir que pueda ser diferente, y trabajar en ese sentido, sabiendo que los caminos de Dios no son los nuestros y que «Él tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar» (Ef. 3, 20).
San Vicente siempre sirvió a las gentes según la necesidad del momento en que los encontraba. Si las personas mueren de hambre, su primera necesidad es la del alimento. Para ellas el pan o el arroz es «buena noticia». Pero mantenerlas siempre dependientes de nosotros podría responder a nuestra necesidad más bien que a la suya. Estar en relación con las necesidades reales de aquellos a quienes servimos, es saber cuándo debemos ir más lejos, ser «formadores» tanto como «actores». Dar a la gente el sentido de su propia dignidad puede ser un paso importante para la evangelización. Si en algunos de nuestros países los Pobres parecen haber perdido la Fe en Dios, es a menudo porque han perdido la te en ellos mismos. La mejor cosa que podemos hacer en su favor es ayudarles a estimarse a sí mismos; ése es un pequeño paso a partir del cual pueden creer que son amados por Dios y que tienen valor a sus ojos. Por nuestra actitud con relación a ellos, somos signos del amor de Dios que los acepta tal como son, incondicionalmente y sin juzgarlos, cree en ellos, espera en ellos, los ama con una paciencia infinita. De esta manera, se ven llevados a creer en el Amor incondicional de Dios hacia ellos y a aceptar ese Amor. Solamente cuando estén convencidos de esta verdad podremos provocarles suavemente, como lo hizo Jesús a menudo en su tiempo con aquellos que encontraba (Cf. la samaritana junto al pozo, la mujer sorprendida en flagrante delito de adulterio).
Cuando tenemos la oportunidad de ayudar a las personas a reflexionar de manera más explícita sobre la Palabra de Dios, el método del grupo reducido parece ser hoy el más eficaz. Se puede llevar a las personas a franquear el foso entre Fe y vida, reflexionando sobre su vida a la luz del Evangelio y partiendo de ella, para sostenerse mutuamente en su esfuerzo por vivir los valores evangélicos en su existencia personal, familiar y social. Muchas Hermanas reflexionan en la fe, con los Pobres, sobre las injusticias que son causa de la pobreza y están en solidaridad con ellos trabajando por promover una alternativa cristiana, bajo la dirección de la Iglesia. Esto no es fácil, y, como sabemos muy bien, muchos de los que han abierto el camino hacia una transformación cristiana de la sociedad, han tenido que sufrir. Los mártires de hoy son mártires por la justicia.
En muchas Conferencias episcopales, la Iglesia se ha comprometido a la opción por los Pobres como a uno de los medios más importantes de encarnar los valores del Evangelio en la cultura de hoy. Nosotras, como Hijas de la Caridad, no tenemos que hacer esa opción, puesto que es nuestra «razón de ser»:
«Ustedes fueron fundadas únicamente para servir al mundo de los desheredados, de los «pequeños». Yo les exhorto, más que nunca, a compartir la miseria del mundo contemporáneo» (El Papa Juan Pablo II a la Asamblea General, 27 de mayo de 1991).
No podemos subestimar el poder de evangelización de nuestro servicio. El mundo de hoy, que pone el acento en el crecimiento económico, tiene poco tiempo para dedicar a los miembros no productivos de la sociedad. Al dar la preferencia a los que son mentalmente enfermos o minusválidos, a los ciegos, a los ancianos, a los niños no deseados, a las víctimas del sida, a los presos, etc., proclamamos alto y claro esta Buena Noticia de que cada persona tiene su dignidad y su valor, porque cada persona, aun cuando sea inútil a los ojos del mundo, es un hijo de Dios:
«Me ha enviado… a anunciar a los Pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos…» (Lc. 4, 18-19).
Al tratar de responder a las nuevas pobrezas, nos hemos comprometido a través de la Asamblea General de 1991 a «examinar nuestras prioridades y proseguir con audacia y creatividad la revisión de nuestros servicios». Todas somos responsables de ello, las que están en vanguardia darán a conocer la situación al Consejo Provincial que, después de un diálogo y un discernimiento, tomará las decisiones. Estas decisiones son con frecuencia dolorosas, especialmente si significan el cierre de una casa o el retirarse de un servicio en el que muchas Hermanas han entregado su vida. La disponibilidad exigida por nuestro voto de pobreza es costosa, pero solamente mediante la poda brotará una vida nueva. En todas nuestras Provincias hay Hermanas que se han gastado al servicio de los Pobres y que son ahora enfermas o ancianas. Su corazón sigue estando junto a aquellos a quienes han servido y todavía pueden «orar, amar, sufrir». Ellas son, para las Hermanas en servicio activo, inspiradoras y fuente de fortaleza y para la Compañía «fuerza orante» (Documento Inter-Asambleas).
Unidad de vida
La llamada a hacer frente al reto de las pobrezas de hoy comporta riesgos como en tiempo de San Vicente. Al estar inmersas en el mundo de los Pobres, podemos ahogarnos en él. Si nos exponemos al mundo para transformarlo con los valores del Evangelio, él a su vez puede transformarnos con sus valores de secularismo. La sal puede perder su sabor. Esto nos lleva a la necesidad de una oración personal profunda y de un estilo de vida equilibrado que supone un tiempo adecuado de descanso y de expansión. Necesitamos también esta unidad interior y esta humildad, que nos hacen capaces de aceptarnos a nosotros mismos, con nuestras cualidades y nuestras limitaciones. Cuanto más estemos inmersos en el mundo de los Pobres, tanto más necesitamos del apoyo de una Comunidad en la que nos queramos, oremos y seamos capaces de discernimiento, una Comunidad que reflexione en común sobre los acontecimientos y haga concretos sus objetivos misioneros en un Proyecto Comunitario realista.
Los diferentes aspectos de nuestra vida de Hijas de la Caridad están unidos entre ellos:
- nuestra relación personal con Dios y la entrega total que le hacemos de nosotras mismas;
- nuestra vida de Comunidad en la que participamos plenamente, que nos sostiene en nuestra Fe y hace que nuestra mirada sea más profunda;
- nuestro servicio, la misión especial que la Compañía nos ha confiado, allí donde evangelizamos en su nombre, según su carisma.
Como conclusión, es bueno reflexionar de nuevo en el texto profético de Madre GUILLEMIN sobre la vida religiosa, escrito en 1964:
«La religiosa está llamada a pasar:
- de una situación de posesión a una situación de inserción;
- de una postura de autoridad a una postura de colaboración;
- de un complejo de superioridad religiosa, a un sentimiento de fraternidad;
- de un complejo de inferioridad humana, a una franca participación en la vida;
- de una inquietud de conversión moral, a una inquietud misionera».
Hay que esperar que, desde el tiempo de Madre GUILLEMIN, hemos hecho algunos progresos por lo que se refiere a estos «pasos», pero se nos recuerda sin cesar que, en nuestra inserción en pleno mundo, la sal perderá su sabor si no conservamos nuestra identidad; pues bien, ciertamente, el corazón de esta identidad consiste en ser como Cristo para los Pobres:
«La regla de las Hijas de la Caridad es Cristo» (C. 1.5).
Si Cristo es la fuente y el modelo de nuestra Caridad, entonces, con cualquier cosa que hagamos, pondremos nuestro mundo, o al menos nuestro pequeño rincón del mundo, en contacto con el poder vivificante del Evangelio.







