El pobre, en el corazón de san Vicente (IV)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. LA «SACRAMENTALIDAD» DEL POBRE

Es la visión y la lección más profunda de este corazón. Y es el santo y seña de toda su experiencia espiritual. Ya he dicho anteriormente que Vicente de Paúl no es un mero activista, aun­que tuviera una tremenda actividad. Es un hombre de fe y la mirada de su corazón fue siempre una mirada de fe. Sin esta mirada, Vicente de Paúl no hubiera llegado muy lejos.

Y esta lección forma parte del más original, vivo e irrenunciable patrimonio de la espiritualidad vicenciana de todos los tiempos. Y, desde luego, su raíz hay que buscarla, una vez más, en el capítulo 25 del evangelio de san Mateo: «Cada vez que hicisteis un servicio a un hermano mío de esos más humil­des, más marginados, a mí me lo hicisteis». Por tanto, a la luz de la fe, Vicente de Paúl descubre que los pobres, antes que destinatarios de sus servicios y desvelos, son la presen­cia latente y patente en el mundo del Señor crucificado.

En este punto, la antología de textos de san Vicente es tan amplia y tan variada como incisiva. Sólo citaré lo que les dice a las Señoras de las Cofradías de la Caridad: «El mismo Cristo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona… ¿Y qué amor podemos tenerle nosotros a Él, si no amamos lo que Él amó? No hay ninguna diferencia, señoras, entre amarle a Él y amar a los pobres de ese modo; ser­virles bien a los pobres, es servirle a Él…».

  1. EL SEÑORÍO DEL POBRE

Una de las cosas que más sorprende a un auditorio poco o nada familiarizado con la espiritualidad vicenciana es esta lec­ción. Incluso, no llegan a entenderlo porque se sale de lo normal. Pero en el corazón de Vicente de Paúl es una de las convicciones más arraigadas. Su fórmula: «Los pobres son nuestros amos y señores» encierra unas vivencias que marcan toda su andadura.

Podría haberles llamado «hermanos», «amigos» o «personas iguales». Pero cuando el corazón descubre el misterio, brotan de él expresiones como: «Los pobres son los grandes señores del cielo; a ellos les toca abrir sus puertas …»; «Reconozcamos delante de Dios que son ellos nuestros señores y nuestros amos, y que somos indignos de rendirles nuestros pequeños servicios»; «Dios os pide particularmente que tengáis mucho cuida­do en servir a los pobres, que son vuestros señores. Sí, hermanas mías, son nuestros amos»; «Así pues, padres y hermanos míos, nuestro lote son los pobres, los pobres… En eso es en lo que nos ocupan nuestras reglas: ayudar a los pobres, nuestros amos y señores… Se trata de algo inaudito».

EL MAGISTERIO DEL POBRE

Es otro atrevimiento del corazón de Vicente de Paúl. Llamar «maestros» a los pobres, puede resultar un desvarío o un exa­brupto. Pero el corazón de Vicente de Paúl lo considera un rasgo importantísimo de su encarnación en los pobres.

Cuando el corazón de Vicente de Paúl descubre la «eminente dignidad de los pobres», descubre también que los pobres se constituyen en «maestros» porque con su «necesidad y sus acontecimientos» nos indican cuál es el querer de Dios. Descu­bre que los pobres son «maestros» porque nos dan una serie de «enseñanzas» básicas: nos introducen cerca de Dios; nos remiten sin cesar a Jesucristo; nos interpelan con su sufrimiento; nos invitan a una pobreza más radical; nos muestran la «mordedura» de la pobreza; nos evangelizan mediante su paciencia y su capa­cidad de acogida.

LA LECTURA DE LA VIDA DESDE EL REVERSO DE LA HISTORIA

El padre de la teología de la liberación, Gustavo Gutiérrez, dice que «no es lo mismo leer el Evangelio y la realidad con ojos de rico que con ojos de pobre». Porque si uno lee el Evangelio y la vida desde el reverso de la historia, desde la realidad de los pobres, se despertarán en él unos juicios, una sensibilidad y unas acciones totalmente diferentes a los que la sociedad y el sistema considera como «normales».

Es lo que hizo Vicente de Paúl. Leyó la vida, los signos de los tiempos, los avatares de su país, las luchas interminables, el lugar de la Iglesia, el Evangelio… con los ojos de un corazón habitado por los pobres. No hace falta que subrayemos a qué conclusiones llegó, cuál fue su mentalidad, cómo fue su expe­riencia y cómo transcurrió su vida.

CONCLUSIÓN

Supongo que todo lo dicho está requetesabido por todos los aquí presentes. Supongo también que, a lo mejor, el auditorio esperaba teorías nuevas o aseveraciones originales sobre un tema tan fundamental. Yo, modestamente, me he ceñido a mostrar un poco, sólo un poco, la centralidad del pobre en la experiencia de Vicente de Paúl. Y lo he hecho como el homenaje de cariño y agradecimiento de un hijo a su padre en el 350 aniversario de su muerte. Y ya sabemos que, en estos menesteres del amor, los hijos se dejan llevar más del corazón que de la cabeza.

Por eso, quiero terminar con aquel pasaje del libro 2° de los Reyes donde se nos cuenta la despedida de Elías y Eliseo. Cuan­do Elías es arrebatado al cielo por un carro de fuego, su discípu­lo Eliseo se queda muy triste y le pide una cosa a Elías: «Dame dos tercios de tu espíritu». Es lo que yo pido a san Vicente de Paúl para todos vosotros y para mí.

CEME

Celestino Fernández

 

 

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