A las tres de la mañana del 28 de julio se fue al cielo desde Andújar P. Arnáiz. Salvo un corto destino en Limpias, toda su vida la pasó Andalucía, más de treinta y dos años en Andújar, donde era una verdadera institución. Tal vez por esto era tan poco conocido por nuestra juventud y por gran parte de nuestros Padres. En cambio, para los que le trataron era un recuerdo vívido, grato y permanente. A todos recordaba y en todos encontraba alguna faceta interesante. Austero, regular y siempre comprensivo, ha sido de los compañeros siempre queridos. A él se podía acudir en todo momento y para cualquier necesidad. Contagiaba a todos con su humor, optimismo y santidad. «Charlar con el P. Arnáiz era como salir de ejercicios», testimoniaba un amigo el día de su entierro.
Llegó a Andújar tres días antes de terminar el siglo, y el día 2 de enero comenzó su labor en una escuela-colegio que él reformó y de la que fue, a veintitrés años de edad, su director. Quiso comenzar a cero. En una larga charla con el superior decidieron despedir a todos los alumnos e iniciar una nueva selección. Los colegiales tenían que defenderse de los golpes y pedradas con los que les recibían nuestros antiguos vecinos. Tampoco los sacerdotes quedaban libres de injurias al pasar por las calles. No olvidemos que eran tiempos de anticlericalismo. A los pocos años llamaban al buen P. Arnáiz «la alegría de la corredera».
Desde el principio exigió que pobres y ricos asistieran juntos a las mismas clases y aunque los pudientes pagaban una pensión, no tenían privilegio alguno sobre los necesitados, que todo, incluso el material y alguno la comida, recibían gratis. De sus clases salieron decenas de sacerdotes y religiosos, y muchos médicos, abogados, maestros, etcétera. Y, cosa rara, ninguno ingresó en nuestra congregación, aunque fueron numerosas las jóvenes dirigidas por él que ingresaron en nuestras Hermanas. Para todos fue una gran satisfacción celebrar con el P. Arnáiz las Bodas de Oro de su sacerdocio y de su llegada a nuestra ciudad, ocasión que aprovecharon las autoridades locales para dar su nombre a una amplia calle de nueva construcción cercana a nuestra casa.
Después de reponerse durante unos meses de una embolia fue destinado con el cargo de asistente a nuestro colegio de Limpias para suavizar el paso de la autoridad del P. Doroteo Gómez, que anteriormente había sido visitador de Cuba, al P. Atienza. Fue escogido por su amistad con ambos Padres, y en su realización supo colmar las esperanzas que en él habían puesto los superiores. Durante la famosa gripe del 18, el señor Obispo de Santander rogó al superior de Limpias que, por caridad, se hicieran cargo de la asistencia espiritual de la ciudad de Laredo. El Padre Arnáiz se ofreció voluntario, y allí permaneció durante todo el período de contagio.
Durante su destino en Cádiz se dedicó a la asistencia espiritual de las Hermanas, a la erección y cuidado de centros de Hijas de María, ministerio éste que le gustó desde su juventud. Todo ello sin abandonar la enseñanza en los centros de nuestras Hermanas. Pero donde puso su cariño y su total dedicación fue en la fundación de un colegio-asilo para niñas, de donde salieron muy buenas vocaciones. Al trabajo de las clases y de dirección en este colegio achacaba él su segunda embolia, que le apartó definitivamente del apostolado de la enseñanza.
En Sevilla ayudó al P. Arnao en la fundación y edificación de aquella casa, que más tarde, nombrado ya superior, tuvo que arreglar. Allí estaba el año 36. Queipo de Llano liberó la ciudad, pero Triana estuvo en poder de los rojos, que encarcelaron inmediatamente al P. Arnáiz. A los gritos de «a éste no se le toca, que es de los nuestros», proferidos por los trianeros, se organizó una pequeña manifestación en su apoyo. Naturalmente, le pusieron en libertad. No en vano se veían al otro lado del río los primeros legionarios de África.
Contento el P. Tobar del arreglo que hizo el P. Arnáiz en la casa de Sevilla, le envió a Málaga para que acomodara dignamente a nuestros Padres, que vivían en condiciones penosas. El compró la actual casa, claro que sin ayuda de la procura provincial, exactamente como hizo los gastos de Sevilla. Siempre supo agenciarse bienhechores para todas sus obras apostólicas.
No podía faltar otro gesto delicado en Málaga. El señor Obispo quiso que el P. Arnáiz aceptara para la congregación la parroquia que aún tenernos en la ciudad. Agradecido, la aceptó con los debidos permisos, pero renunciando él al cargo de párroco y superior. No le satisfizo mucho al señor Obispo, pero, edificado, se sometió.
Su dedicación a las Hermanas durante más de treinta años fue total y desinteresada. Dio ejercicios en todas las provincias españolas, si exceptuamos las cuatro gallegas, León y Asturias. En cambio, en otras repitió varias veces. Son muchas las Hermanas que recuerdan con agrado sus retiros, ejercicios y dirección. También él, en su ancianidad, gustaba citar nombres y destinos de Hermanas que le habían edificado y ayudado a lo largo de la geografía nacional.
Su desinterés era total. Dejó su herencia, hace muchos años, a la apostólica de Tardajos, y los últimos ahorrillos de su ancianidad los entregó para comprar objetos de culto para la nueva apostólica de Andalucía.
Se holgaba hacer regalos, pero siempre rosarios y medallas. Jamás un objeto profano.
Durante los últimos años fue probado con la ceguera, pero como el el viejo Tobías supo conservar el humor y el optimismo. Su vida se desarrollaba en la iglesia y en la huerta, donde se entretenía preparando planteles de moscatel y frutales para las nuevas generaciones. En este su segundo destino de Andújar, ha sido el confesor, consejero y la alegría de la comunidad. Siempre dispuesto para la broma y el humor. Muchas veces no sabíamos si éramos nosotros los que le gastábamos una broma o era él quien, fino, nos la devolvía. Tenía frases y golpes bien logrados.
Un consejero le preguntó por unos Padres jóvenes: «Son buenos. Tiran a puerta, pero no meten gol». No era de esos viejos para quienes
lo MOTO es mala. Comprendía a todos y más a la juventud. Les concedía un amplio margen de confianza, pero también era claro en sus juicios y en su apreciación.
Otra característica suya era la gratitud. Le gustaba recordar los beneficios recibidos. ¡Y qué alegría le producían! No olvidaba dar las gracias por cualquier cuidado o atención recibida. Estando en la agonía preguntó por él Sor Asistenta de la Provincia de Granada. «Déle las gracias. Dígale que yo estoy bien. ¿Cómo está ella?». Recordó que estaba reponiéndose de una enfermedad.
Durante el funeral, nuestra iglesia estaba como los días grandes. Ofició el señor Arcipreste, antiguo alumno de los años jóvenes del P. Arnáiz. El féretro fue transportado a hombros hasta el cementerio, que dista más de media hora de nuestra casa, que con este calor andaluz del mes de julio no fue pequeña muestra de afecto. Nuestra pena fue que no asistieran a su entierro los apostólicos, entonces en sus casas, a quienes tanto y por quienes tanto oró y se sacrificó. Esperamos que le olviden jamás. Con dificultad encontrarán mejor modelo.








One Comment on “El Padre Narciso Arnaiz”
En más de una ocasión acompañé al Padre Arnáiz en su visita a las Hermanas de la Caridad y a visitar (posiblemente para confesarla), a ilustre señora de Andújar. Eran los años 60-65. Yo, apostólico en aquellos años, le servía de Lazarillo y sí, era de conversación amena a pesar de su muy avanzada edad. Estaba de vacaciones en mi cuidad cuando murió, hecho que lamenté profundamente.