El Padre Mariano Maller. Capítulo 8

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Autor: Desconocido .
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Capítulo VIII: De cómo los santos saben cantar la palinodia

Es cosa chocante lo que le ocurrió al P. Maller con San Antonio María Claret y sus misioneros. El santo frecuentó nuestra Casa de Leganitos siendo confesor de Isabel II y Arzobispo dimisionario de Santiago del Cuba. Ni el santo ni sus hijos fueron simpáticos al P. Maller. Tropezó con ellos en Barbastro, en Barcelona, en Orán, en Chile y, acaso, en otras partes. A través de sus cartas se refleja un fondo de celotipia, procedente, acaso, del amor que tenía a San Vicente y a la propia Congregación, temeroso de que la incipiente Congregación claretiana, que tenía los mismos fines misioneros que la de los Paúles y Reglas muy parecidas, pudiera disputarle el campo y el favor de los pueblos.

Mas el mismo amor que tenía a la doctrina vicenciana le libró de este poco noble sentimiento, prevaleciendo en él el “utinam omnes prophetent et det eis Dominus spiritum suum” de Moisés, de San Pablo y también de su Padre y Maestro, San Vicente de Paúl. La virtud terminó por sobreponerse a la pasión. Esta lucha y esta victoria se reflejan en varios párrafos de su correspondencia.

En Barcelona el Obispo había confiado a los Claretianos los ejercicios al clero y las misiones, sin acordarse de los Paúles; el Padre Maller anota el hecho con cierto deje de amargura, nostálgico de cuando la “Casa santa y santificante” de Tallers o la de la Torre de la Santa Virreina eran el Centro de los ejercicios espirituales para el clero o de las misiones del Principado Catalán. Y así escribe: “Los misioneros del señor Claret han ofrecido al Obispo de Barcelona dos ternas, y nosotros no podemos darle una sola. El mismo ha anunciado que los ejercicios a ordenandos se harían en Casa de los de Claret, sin contar para nada con nosotros, y no lo extraño. Somos allí pocos y mal avenidos. “Humiliemus capita nostra Deo“. Sin embargo, el apuro tal vez no dure más que uno, dos o tres años, allí y en las demás Casas de la Provincia. Hágase la voluntad de Dios”. (Al P. Arnáiz, 28-VIII-76.)

Esta misma nostalgia le asalto en Barbastro en 1870 cuando, pasando la visita a las Hermanas, observó que los Claretianos habían ocupado, el puesto que habían dejado los Paúles al sobrevenir la exclaustración de 1835 y recorrían misionando los mismos lugares que durante un siglo habían éstos misionado.

“Aquí, en Barbastro –escribe- hay misioneros del Corazón de María (del P. Claret) que hacen misiones con mucho fruto, y Dios les recompensa con muchas vocaciones en abundancia. Me causa espanto su prosperidad, no por cierto, por envidia. ¡Dios me libre!, sino porque temo que sea castigo por la mala dirección que estoy dando a las casas; y, sin embargo, no sé qué otra cosa podemos hacer que lo que estamos haciendo, excepto que quizá podríamos hacer algo más de lo que .hacemos.” (Al P. Arnaiz, en Elizondo, M-II-75.)

En 1777 topó con ellos en el Oranesado, donde sus trabajos eran muy estimados. Ocho años después los encuentra de nuevo en Santiago de Chile y hace de ellos un bello elogio: “Además de. los nuestros -escribía- el 16 de octubre de 1808- hay aquí Capuchinos, Redentoristas, Picpucianos (o de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, de los que están en Miranda de Ebro), Jesuitas y los del P. Claret (Hijos del Corazón de María). Estos últimos son todos españoles, muy fervorosos, dados casi exclusivamente a las misiones. En la Casa que tienen en la ciudad hay doce o catorce sacerdotes y algunos Hermanos legos”.

En este momento tienen tres ternas de misioneros en campaña y pueden enviar otra tema más. Son muy fervorosos y ejemplares y muy estimados del pueblo.” La alabanza es completa y generosa. Por estas fechas ya estaba de vuelta de un pensamiento que le remordía en lo íntimo de su  conciencia, y que tanto su humildad como su delicadeza de conciencia le empujaban a echarlo fuera. Cosa parecida la ocurrió con su santo fundador San Antonio María Claret.

También los santos pueden equivocarse.

También los santos pueden tener sus apreciaciones equivocadas, pues no gozan del don de la infalibilidad; pero .cuando se equivocan, saben reconocerlo. Algo de esto le ocurrió al P. Maller con respecto a la santidad del P. Claret. En la Comunidad se conservaba el recuerdo de este santo varón y se comentaban sus virtudes y su extraordinario celo por la. salvación de las almas.

No eran pocos los que pensaban que seria elevado a los altares, opinión que no compartía el P. Maller. No le había tratado con la intimidad de loe mas antiguos y acaso no lo conocía a fondo, y le parecía que su santidad no era de las de tipo canonizable.

En 1917 yo mismo oí decir a uno de nuestros más antiguos que el P. Maller aseguraba que el P. Claret no subiría a los altares. Cuando oí esto al P. Jesús Bernal creí que eran cosas de leyenda o cuentos de viejo; mas revolviendo los papeles del P. Maller, con grande sorpresa mía y con no menor alegría, me encontré con éste delicioso párrafo de la carta que escribe al P. Valdivielso el 16 de octubre de 1885 desde Santiago de Chile, en que demuestra que

“También saben cantar lo palinodia.

Parece ser que el señor Claret está haciendo prodigios; por lo cual no se tardará en introducir la causa de su beatificación. En fin, todo sale bien para él y sus humildes hijos, a quienes Dios bendice. Esto me obliga a retractarme, como lo hago, de lo que dije delante de usted, y me parece que también delante de algunos de esa casa, que me parecía (y entonces así lo pensaba) que no llegaría a ser beatificado.

En esta aserción confieso que fui temerario, y le pido perdón a usted y a cuantos hubiere escandalizado con mi modo de hablar. Diga esto a los que acaso se habían escandalizado, que no recuerdo quiénes habrán sido. Yo pienso que se acerca mi muerte y no quisiera comparecer ante el tribunal de Dios con esta carga en la conciencia.”

¿Don profético? ¿intuición? ¿providencia?

Hay otra tradición que yo oí contar en mis años mozos a viejos misioneros contemporáneos del P. Maller con tantas garantías de autenticidad como la anterior; sólo que le falta el respaldo de los documentos. Eran aquellos tiempos de un rabioso anticlericalismo y de un gran predominio de la masonería, en que las turbas, que salían de ver la Electra de Pérez Galdós, asaltaban los Conventos. Como nuestra Comunidad iba creciendo y se consolidaba en la gran Casa, que se alzaba sola y señera en las afueras del barrio de Chamberí, en lo que era entonces Casa de los Cipreses, y hoy calle de García de Paredes, era uno de loa puntos de mira en donde convergían las iras masónicas; lo que dio origen al proyecto de acabar de una vez con toda la Comunidad. Contrataron a un joven cocinero de un hotel, el cual, fingiéndose llamado por Dios, pidió el ingreso en la Congregación en calidad de Hermano Coadjutor. Como estaba ducho en el arte culinario le pusieron, como era de esperar, ayudante de cocina; circunstancia que, como provocada y esperada, aprovecho para llevar a cabo su criminal proyecto, echando un día veneno a toda la comida que iba a servir a la Comunidad compuesta de varios centenares de Padres, estudiantes, novicios y hermanos. Ya todos estaban de pie, junto a sus platos, para dar la bendición de la mesa, que había de hacer el P. Maller, en calidad de Superior y Visitador. Terminada la bendición manda que nadie se mueva ni se siente a la mesa, y hace traer a un gato al que le pone unas cucharadas de sopa; quedando el pobre animal allí mismo muerto al poco rato de haberla comido, salvándose la Comunidad de una muerte segura, gracias a lo que con seguridad, podemos llamar inspiración de Dios.

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