El Padre Mariano Maller. Capítulo 5

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Autor: Desconocido .
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Capítulo V: Historia esquemática

El P. Maller era el hombre reservado por la Providencia para sacar a la Provincia de su ruina y ponerla en los caminos de la prosperidad. Desde que llegó a Madrid se captó las simpatías de todos los de dentro y de los de fuera, prosiguiendo la formación de futuros misioneros que edificaban a todos, los ejercicios al clero de Madrid y de Toledo, las santas .Misiones, etc. Hasta empezó y puso la primera piedra de un templo a San Vicente de Paúl con limosnas de la Reina y de los socios de las Conferencias. De esta época encontramos en su correspondencia los siguientes datos:

La Revolución de 1868 cortó los vuelos que iba tomando la Provincia bajo su sabia dirección y los misioneros hubieron de tomar el camino del destierro, refugiándose novicios, estudiantes y profesores en la Casa del Berceau, de donde era Superior el famoso. P Lacour. La Comunidad española la presidían los PP. Valdivielso, Oriols, Arnáiz (Nicolás y Eladio), Lladó etc. El P. Maller y otros se encaminaron a París. La Casa de Mallorca siguió en pleno rendimiento.

La de Arenas de San Pedro logró sostenerse durante un año. En Madrid quedaron como capellanes de las Hijas de la Caridad los PP. Borja, Pla, Gómez (Inocencio), La Torre; en Valencia, los PP. Esteban y Marcelino del Río; en Barcelona, los PP. Bosch, Fábregas, Alabau y Rivas, y en Haro, los PP. Serrato y Herreros. En 1870, los del Berceau, a consecuencia de la guerra franco-prusiana, para que los franceses fugitivos de París pudieran albergarse, hubieron de dividirse en tres direcciones.

El primer grupo se encaminó, hacia Filipinas, capitaneados por los PP. Valdivielso y Orriols, y lo componían los PP. Miguel Pérez, Vicente Matamata, Espelt, Lacanal y Aniceto González con los estudiantes Martín, Casado, Torres y Miralda y el Hermano López, que se repartieron por las Casas de Manila, Cebú, Nueva Cáceres y Jaro. El Obispo de Jaro les pagó el flete.

El segundo grupo se encaminó hacia Cuba, y lo dirigía el P. Sainz. Componíanlo los PP. Robles, Atienza, Rojas, Espinosa, López, Vila, Madrid, Villanueva y Mejías, ordenados el año anterior  por Mons. Delaplace, Vicario Apostólico de Tchekiang.

El tercer grupo se componía de dos sectores estudiantes y seminaristas. Estos gobernados por el P. Arnáiz (Eladio), se instalaron en la casa del párroco de Murguía, D. Gregorio de la Puente mientras que los estudiantes, gobernados por el P. Nicolás Arnáiz y camuflados de profesores, organizaron en Burgos un Colegio que prosperó hasta el centenar de alumnos. En 1871 murió aquella lumbrera que fue el P. Nicolás Arnáiz, teólogo del Obispo de Badajoz en el Concilio Vaticano, sustituyéndole su hermano, que avanzó hasta Burgos con los seminaristas. El Gobierno adivinó la clerecía de los profesores y disolvió el Colegio. La Comunidad se refugió en tierras navarras, dominadas por D. Carlos. Un vocal de su Junta de Guerra, D. Dámaso Echevarría, puso a su disposición su hermoso palacio de Datue, en Elizondo, donde permanecieron hasta la restauración de la Monarquía, en 1876, en que se movieron hacia Madrid. Con este paso empezó, la Segunda restauración. No se pudo recobrar la Casa de Leganitos, por lo que se hubo de comprar en 18.000 pesos, al sacerdote Muñoz, la finca de los Cipreses, en donde, a medida que se iba transformando la casa de los colonos en diversos departamentos, se iban instalando los sacerdotes, los estudiantes y los novicios, que iban siendo llamados de Elizondo por grupos. Desde 1875 a 1885 los novicios pasan de 11 a 65, y los estudiantes, de 9 a 70. Este aumento insospechado de vocaciones obligó al P. Maller a pensar en la construcción de la Casa Misión actual, grande y capaz, que ha presidido el engrandecimiento de la Provincia en la época moderna y ha sido la fuente que ha derramado la vida vicenciana por tierras de la Hispanidad. El P. Valdivielso fue la mano derecha del P. Maller en una obra que es como el remate de su gran obra de gobierno.

Las demás casas fueron renaciendo de sus cenizas. Así Ávila que heredó a Arenas de San Pedro; así Badajoz y así Teruel. Las de los Milagros, Palma de Mallorca y Barcelona cobraron nuevos bríos, mientras que el Seminario de Sigüenza, el Colegio de Murguía, la Apostólica y la Misión de Los Arcos y Tardajos en Burgos y por último, las Casas de Andújar y Alfranca en Zaragoza venían a nueva vida y se engarzaban en el Visitadorato del P. Maller. En una época revuelta y atormentada parecía que la Provincia tenía bastante con el trabajo de sobrevivir. Sin embargo, todavía tuvo arrestos para presidir y fomentar el crecimiento maravilloso de las Hijas de la Caridad por tierras peninsulares y por las islas Canarias, Cuba y Filipinas y para entregarse con éxito a las dos tareas primordiales de las Misiones y de los ejercicios espirituales.

Las Misiones tuvieron épocas de esplendor aun entre las revueltas. El P. Davíu salía a misionar en los pueblos de Mallorca con un Franciscano, cuando él era el único misionero en la Casa de los Venerables. Después de la primera restauración las reanudó el P. Bayó. La Casa Misión de Arenas de  San Pedro,  en sus seis  años de existencia -1862 a 1868-, dio unas cuarenta Misiones.

Desde 1878 a 1887 los PP. Sainz, Arana y Pastoriza misionaron 35 pueblos en la Diócesis .de Albarracín y 43 en la de Teruel. La más célebre de todas fue la dada unos años antes de la Septembrina, en Orense, por los Padres Faustino Diez, Inocencio Gómez, Nicolás Arnáiz y Eustaquio Santamaría. Hubo días en que el auditorio se compuso de 40.000 personas.

A continuación, mientras los otros misioneros proseguían las misiones por otros pueblos, el Padre Arnáiz dio loe ejercicios espirituales, en varias tandas, al clero orensano, presidido por el señor Obispo. No es posible detallar la historia misionera de un período tan accidentado. Basta escoger un año cualquiera: en 1877, dos años después de la segunda restauración, siete ternas, con sus Hermanos respectivos -en total, veintiocho misioneros-, salieron a misionar por tierras de Castilla, Extremadura, Cataluña, Galicia, Aragón y Baleares. Los diez, pueblos misionados en Toledo por los misioneros de Madrid arrojan en total 13.841 comuniones; los nueve misionados por la terna de Palma, 7.850; los diez de Ávila, 6.730; los nueve de Barcelona, 9.250, y los diez de Teruel, 5.914. Por fin, los diecisiete misionados por la terna de los Milagros, 142.200 comuniones. El año misional de 1877 arroja, pues, un balance de 202.538 comuniones.

Para sostener el fruto de las misiones se fundaban las Conferencias de Señoras y Caballeros y las Hijas de María. En Ávila solían fundar la Corte de María para los jóvenes, y los Luises para “los mozuelos”, como los llama el P. Sainz. También dejaban funcionando las Escuelas dominicales y las bibliotecas populares para difundir la cultura religiosa.

Si a las misiones agregamos los miles de sacerdotes y seglares que en Madrid, Badajoz, Mallorca y Teruel -por no citar más que los principales faros de la espiritualidad vicenciana- hicieron los santos ejercicios, se echará de ver que ni los trastornos internos ni los vaivenes de la política fueron parte a interrumpir la gloriosa tradición del siglo XVIII, en que nuestros mayores asentaron los cimientos de nuestros dos principales misterios.

Y como colofón de este período permítaseme citar en este orden del día, que es nuestra historia, los nombres gloriosos de los grandes misioneros, que se llamaron ‘Faustino Diez, Faustino Marcos, Juan Casarramona, Ramón Arana, Casimiro Arenzana, Azpilicueta, Berrueta, León Burgos, Desiderio Bonafonte y tantos otros que están pidiendo una pluma que cante sus gestas por los campos del apostolado popular.

En este esquema iremos insertando los hechos más importantes de la historia interna y externa de la vida del P. Maller, en la cual se reflejan no pocos acontecimientos de los hombres y de las cosas de España y de la provincia misionera española de San Vicente de Paúl.

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