El padre Mariano Bartolomé

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Anónimo · Source: Anales españoles 1966.
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Biografias PaúlesEl día 11 de este mes de agosto murió el P. Mariano Bartolomé. Desde hace un par de años su vida se ha ido extinguiendo por gra­dos. Casi todo el año 1965 se lo pasó en la Enfermería. Estos meses de 1966 comenzó un declive más pronunciado hacia el sepulcro. El, tan inteligente y agudo, fue perdiendo facultades; no se acordaba de las cosas y confundía el día con la noche. Sus últimas semanas se caracterizaron por el ansia de reflexión, que tanto le distinguía en la vida normal, y ahora se sentía incapaz de darse una respues­ta adecuada. Esto mismo agrió su fuerte temperamento, dotándole de cierto desasosiego interior y de una acritud que ya no podía dominar su virtud ordinaria. A los males que había padecido de siempre se le agregaron la urea, el mal funcionamiento del cora­zón y por fin una embolia cerebral que acabó con él.

Ha muerto un gran hombre, un misionero ejemplar y un experto director de almas. Porque esto ha sido el P. Bartolomé. Ricamente dotado por Dios, tenía un talento analítico de primer orden. Bien se puso de manifiesto, cuando desde sus últimos años de estudiante ya los Superiores le confiaron las cátedras de Filosofía, Matemá­ticas y Ciencias sociales en nuestros Centros de Estudios. El Padre Bartolomé era de los profesores que hacen despertar al alumno, para que aprenda a pensar. Y lo hacía con una lógica férrea, de la que era difícil evadirse con soluciones mentidas. Le conocimos en aquellos años de Hortaleza, cuando estaba en la plenitud de sus facultades mentales y de estudio. Era una delicia verle desen­trañar los sistemas filosóficos con una enorme claridad de ideas. Lo pudieron apreciar así los examinadores del Seminario de Tole­do, que entonces gozaba del privilegio de otorgar grados, cuando en una o dos convocatorias obtuvo la licenciatura v el doctorado en Filosofía. Cuatro o cinco horas debieron de durar aquellos exámenes. Pasaron de veinte los años que explicó casi todas las asignaturas del curso filosófico. Sus discípulos de aquellos años no le podemos olvidar.

Muchos y variados fueron los servicios que hizo el P. Bartolomé a la Congregación. Fue nombrado Rector del Seminario de Ávila, que entonces alcanzó un gran florecimiento. Con el actual Primado de España, que entonces regía la diócesis, tuvo un gran predica­mento. No se daba un paso sin la consulta al P. Bartolomé. El Clero abulense le recuerda con sentida veneración. Igualmente fue muy acusada su labor ministerial y doctrinal en Sucre, donde fue Rector de aquel seminario, también confiado a la Congregación. Por cierto que al regresar de América sufrió un naufragio que acaso influyó en su siquismo notablemente. Rara vez nos atrevíamos a hacerle hablar sobre el caso. Porque el P. Bartolomé daba interés a todo lo que trataba. Señalemos asimismo su don de con­sejo en favor de nuestra Provincia de Madrid, ya que durante los períodos de gobierno de los PP. Tobar y Ojea fue consultor pro­vincial. Cuántas cosas me imagino que habríamos sabido de sus iniciativas si nos hubiera dejado algunos apuntes de estos años. En el orden estrictamente sacerdotal no figuró el P. Bartolomé en misiones continuadas, es cierto; pero, eso sí, en las grandes oca­siones, en que había que echar mano de todos los misioneros dis­ponibles, el P. Bartolomé no rehusaba su aportación siempre valiosa. Ejercicios, Retiros y Conferencias le ocuparon su tiempo. Su pala­bra, abundante y pletórica de ideas, fluía raudal y movediza. Ponía entusiasmo y calor en todo.

Las Hijas de la Caridad de España tienen mucho que agradecer a Dios por haberles dado un Subdirector que tantos años llevó con mano sabia y prudente los asuntos de su dilatada provincia. Porque hay que decirlo claramente: en su papel sustituía a los dos Di­rectores PP. Tobar y Ojeda en la casi totalidad de cuestiones. Aparte de asistir a los Consejos, llevaba la administración financiera de los Bancos, el asesoramiento en las Obras de casas y fincas etc. Al final de la guerra, en 1939, tuvo que intervenir en la permuta de los edificios de la Casa de Jesús por los de Convalecientes. Toda la pru­dencia fue poca para las laboriosas operaciones, que este asunto supuso. A las veces mediaban fuertes presiones de conspicuos per­sonajes, que se interesaban demasiado en su propio provecho. Hasta el Consejo de Ministros hubo de tomar parte, cambiando una ley que no daba facilidades. Y como en este caso concreto, en otros cien, dada la envergadura de tipo nacional, que han tenido las Her­manas en nuestra patria hasta la división de la Provincia. Hay que suponer que casi la totalidad de sus medidas fueron acertadas; y eso sí, movido siempre del mayor deseo de procurar el bien de las Hermanas. No nos atrevemos a decir que nunca se equivocara. Es muy humano. Pero siempre, repetimos, hay que excluir de las mo­tivaciones prudenciales del P. Bartolomé la irreflexión o el poco interés. A su cargo corría también la formación espiritual de las Hermanas, a través de sus homilías dominicales, siempre densas de doctrina; de las conferencias semanales largas y de ancho conte­nido ascético-teológico y de los retiros cada mes. Aun en su período último se despachaba el buen Padre con charlas. Acaso la costumbre de someter a examen sus ricas ideas le incitaban a prolongadas prolijas explicaciones, no siempre fáciles para la comprensión de las jóvenes seminaristas.

Cuando llegó la división de la Provincia española de las Hermanas, y hubo directores para las ocho que nacieron, su cargo de sub­director quedó vacante. El P. Bartolomé empezó entonces a vivir de sus recuerdos. Hablaba con sus íntimos de sus años de acción, pero ya como de tiempos pertenecientes a la historia.

Le vimos decaer por la edad y por los achaques; contaba, al mo­rir, setenta y siete años. Nunca había tenido una salud fuerte; pasó muchos años con régimen de enfermo. Agradecía las visitas que se le hacían, especialmente cuando le visitaban las Hermanas de la Casa Central. Las últimas semanas fue perdiendo la memoria, aun que conservaba su capacidad de reflexión. Pero ya su inteligencia carecía del poder unificador. Inopinadamente le llegó la hora de morir.

No podemos silenciar las honras fúnebres que se le hicieron en nuestra Basílica al día siguiente, cuando, llena la iglesia de los Pa­dres de la Comunidad y de las casas de Madrid, de las Hermanas presididas por las dos Madres Visitadoras y de muchos amigos, que fueron del P. Bartolomé, toda se iluminó de luz, cuando procesio­nalmente penetró el féretro. Se celebró en castellano la misa can­tada por Padres y Hermanas en un acto verdaderamente comunita­rio. Acaso haya sido el funeral más solemne que hemos presenciado. El Rvdo. P. Prieto, que fue el Preste, acertó a trazarnos su figura sacerdotal y misionera, en la homilía que nos predicó. Al día siguiente se repitió la ceremonia en la Iglesia del Noviciado de 1-, Provincia de San Vicente con la misma pompa y fervor.

Descanse en paz el querido P. Bartolomé. Suplicamos a cuantos le conocieron una oración para él.

Madrid, 24 de agosto, Fiesta de San Bartolomé Apóstol.

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