El ella 20 de junio del presente año, a las seis de la tarde, moría en la enfermería de nuestra Casa Central el Padre Marcelino Menéndez, tan conocido y apreciado por todos.
Había nacido en la villa y puerto de Candás, cercano a Gijón, el 6 de mayo de 1888, en el seno de una familia cristiana y acomodada, pues parece que era dueña, al menos, de un barco de pesca. A su tiempo, ingresó en el Seminario de Oviedo, beneficiado con una beca, cuya conservación le exigía obtener en todas las asignaturas al menos un beneméritus o notable. El Seminario estaba dirigido por los Padres Paúles, cuyos buenos ejemplos, sin duda, le atrajeron y le movieron, al terminar sus estudios de Filosofía, a pedir el ingreso en la Congregación. Realizó este deseo en unión con su condiscípulo Vicente Monte, apenas terminado el curso 1908-9.
Ya de su tiempo de noviciado, y mucho más después de haber emitido los Santos Votos, lo que realizó el 29 de junio de 1911, se cuenta que aprovechaba los paseos semanales para ponerse en contacto con los muchachos de los alrededores de Madrid para catequizarlos, incluso dándoles algún regalito para tenerlos contentos, aunque no fuera más que darles a chupar un caramelo, sin soltarlo de su mano para que durara más. Para ese ministerio de la catequesis tenía una elocuencia y un atractivo muy singulares.
Su ordenación sacerdotal tuvo lugar en la iglesia de la Comunidad, hoy Basílica de la Milagrosa, el 29 de agosto de 1915, y pocos meses después, el 24 de noviembre, salía a misión formando parte de la terna de Madrid con los Padres Aniano Sedano y Domingo Villanueva, más el Hermano Soriano. Por cierto, que el relato de estas misiones en los pueblos de la parte sudeste de la Provincia: Santos de la Humosa, Anchuelo, etc., los presenta como bastante deficientes, si bien el mismo Padre Menéndez escribía a los estudiantes desde Carabaña que los mozos le habían paseado en hombros, como a un torero, por toda la plaza del pueblo. No deja de extrañar que, habiendo terminado una misión el 30 de diciembre, el mismo día, sin pensar en vacaciones de Navidad, abriera otra en el pueblo siguiente.
Sin embargo, terminado el curso de estas misiones, en octubre, salió destinado a la Orotava en la isla de Tenerife. Aquí continuó sus tareas misionales, aunque ya actuando él de Director, pues dada su poderosa personalidad era difícil que se sujetara a otra dirección. Por eso mismo, se le dio por compañero a un Padre de poca iniciativa y de espíritu tranquilo y contemporizador, como era el Padre Pallares, con el cual trabajó durante varios años.
Por este tiempo pasó Visita allí el Padre Atienza, y apunta sobre él: «Es observante y piadoso a su manera, aferrado a su juicio.» El señor Obispo de Tenerife, don Gabriel Llompart, estimaba mucho sus misiones y a él en particular, tanto que, según contaba el mismo Padre Menéndez, apenas hacía nada en su diócesis sin consultarlo con él. Cuando los dos volvieron a la Península, mantuvieron una correspondencia abundante.
La fecha de esta vuelta a la península del Padre fue el año 1924, en que lo destinaron a Écija. Aquí también le encuentra a poco al pasar visita el Padre Atienza, y apunta de él: «Bueno, listo y gran apóstol». Continúa su ministerio depredicación en misiones, novenas, etc… Del año 27 hay constancia de una misión predicada en Sanlúcar de Barrameda, muy elogiada en «La Unión», de Sevilla», cuyo cronista termina su relato de la misma pidiendo se le dedique al Padre una calle en dicha población.
En 1933 pasó a la residencia de Sevilla y luego, sucesivamente, a Gijón y a Oviedo, hasta que, en 1946, se le trajo a esta Casa de Madrid, donde habría de pasar los veinticuatro últimos años de su vida.
Nunca se negó al trabajo, especialmente al de las misiones. En cuanto se le encargada de participar en alguna de éstas, se llenaba de alegría y ya no sabía pensar ni hablar de otra cosa. En las misiones, como ya se ha indicado, su fuerte era la catequesis. Por eso, ordinariamente, se le encomendaban los puestos más abandonados.
Nunca hizo un viaje o excursión de simple recreo o diversión, como no fuera alguna vez con la Comunidad. Cuando se le invitaba a ello, siempre respondía: «Si es para trabajar, sí; si no, no.»
Su amor a la pobreza era extraordinario. Usaba la ropa hasta que se le caía a pedazos. El mismo se cortaba el pelo, por no gastar o molestar al Hermano. En los trenes, siempre iba en tercera clase, y aún le parecía demasiada comodidad. En la ciudad, para ir a los ministerios, si no era excesivamente lejos, iba a pie: de lo contrario, examinaba con cuidado qué medio resultaba más barato, prefiriendo siempre el tranvía o el metro a los autobuses, que son más caros, aunque le fueran a veces mucho más directos y rápidos. Todo el dinero de que podía disponer lo guardaba, como él decía: «Para mis pobres», que de ordinario eran nuestros estudiantes.
Su vida de piedad y observancia era, asimismo, extraordinaria. Hacía grandes esfuerzos por no perder un acto de comunidad. Se levantaba todos los días mucho antes de que tocara la campana. Para cuando sucedía esto, él ya llevaba al menos veinte minutos en la capilla, y eso después de haberse arreglado, afeitado, hecho la cama y aún barrido la habitación: todo ello, desde luego, hecho de la manera más silenciosa posible. Y prolongaba la oración hasta que tenía que salir para ir a la capellanía, o sea, al menos cinco cuartos de hora.
Con sus setenta y cinco años cumplidos, aún tomó parte, en 1963, en las misiones de San Juan de Ortega, de Fontiveros y de Motilla del Palancar. De la última en que tomó parte, precisamente la de Las Hurdes, realizada en el mes de marzo de 1966, contando, por tanto, setenta y ocho años, dice el cronista de la misma, Padre Veremundo Pardo: «El veterano de las misiones, Padre Menéndez, cayó enfermo en plena batalla. Le dije al subir a Las Hurdes que no subiera a Ladrillar, y se volviera a Plasencia, al Hospital. Me contestó que misionaba y después volvía, pero el médico le apreció una fuerte neumonía y se le llevó al Hospital de Plasencia, y allí está, mimado por nuestras Hermanas, hasta que pueda volver a Madrid.»
No obstante, pronto se repuso, y si ya no salió más a misión, no fue porque él no lo pidiera hasta última hora. Continuó, pues, desempeñando cuidadosamente su capellanía del Asilo de Rojas de Ancianas y confesando con máxima puntualidad en varias Casas de Hermanas y en el Colegio de Nuestra Señora de las Maravillas, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, hasta que hace algunos meses, habiéndosele hinchado las piernas, tuvo que recluirse en la enfermería. La enfermedad siguió su curso, a pesar de todos los remedios y, como se ha indicado acabó con su vida el 20 del pasado junio.
Se le enterró al día siguiente, domingo, y el lunes se le celebraron solemnes funerales, presididos por el Superior, Padre Cortázar, cuya homilía y elogio del difunto ponemos a continuación.
HOMILIA PRONUNCIADA EN LA MISA-FUNERAL DEL PADRE
MENENDEZ POR EL PADRE SUPERIOR
(Día 22 de junio de 1970)
Los textos litúrgicos de la misa de difuntos rezuman a la par tristeza y esperanza. Tristeza profunda por la muerte de un ser querido. Esperanza, porque al que muere en el Señor la Sagrada Escritura le denomina «bienaventurado».
Nuestros sentimientos en estos momentos, son también de tristeza por la muerte de nuestro querido hermano el Padre Menéndez y de esperanza porque abrigamos la fundada esperanza de que ha muerto en el Señor y es muy probable que ya se encuentre en el Cielo.
Es muy conforme al espíritu de la liturgia recordar las virtudes del difunto para imitarle. Me resulta difícil resumir en una breve homilía la vida larga y meritoria del Padre Menéndez. Sería interesante que la homilía fuese hoy participada, a fin de brindar a los miembros de esta comunidad la oportunidad de referir hechos y anécdotas edificantes, que nos descubran la figura rica y variada del Padre Menéndez. Reconozco que no es posible. Intentaré resumir los principales rasgos de su personalidad, tan recia como la tierra asturiana que le vio nacer. He tenido la dicha de vivir en esta Casa quince años en su compañía.
1º EVANGELIZADOR DE LOS POBRES.—El Padre Menéndez ha cumplido plenamente en su vida el lema de nuestra pequeña Compañía: «Evangelizare pauperibus.» Evangelizar a los pobres. El cambio del Seminario de Oviedo, siendo ya filósofo, a nuestro Seminario Interno en compañía del Padre Monte, posiblemente fue debido al deseo de poder dedicarse más de lleno a la evangelización de los pobres. Sus múltiples viajes por la Península y por las Islas Canarias no han tenido otra finalidad sino es predicar el Evangelio, enseñar el catecismo. Fue un catequista extraordinaria. Tuve la dicha de misionar con él en la Argentina hace diez años. ¡Cuánto aprendí en el largo viaje y en la estancia en Buenos Aires! En las misiones generales le cupo siempre en suerte el suburbio, el barrio pobre.
2º ESPÍRUTU DE PROBREZA.—El Padre Menéndez vivió evangélicamente pobre y ha muerto pobre. El dinero abundante que recibió bien en concepto de herencia, bien en concepto de donaciones, lo entregó en vida a obras benéficas y en especial para becas de «Futuros Apóstoles, C. M.». Porque vivió en pobreza evangélica se pudo acercar con naturalidad y eficacia a los pobres.
3º ESPIRITU DE TRABAJO.—Una de las manifestaciones actuales de la pobreza evangélica es vivir del trabajo diario y personal. El Padre Menéndez ha trabajado durante sus ochenta y dos años de vida, si exceptuamos los últimos meses, que no tuvo más remedio que retirarse a la enfermería. El no conoció el descanso ni las vacaciones. La frase de Cervantes en el Quijote: «Mi descanso es el trabajo» se puede aplicar al pie de la letra a nuestro buen P. Menéndez. Cuando se le preguntaba en los últimos años por su edad respondía con gracia: «Treinta y nueve años para trabajar.»
4º EXIGENTE PARA SÍ Y BENÉVOLO PARA LOS DEMÁS. Fue cumplidor de su deber, fiel al horario de Comunidad, ausIcto y exigente en sil vida personal, pero muy benévolo y compasivo para los demás. Así han sido los santos. ¿Quién de nosotros no ha experimentado alguna vez los efectos de su bondad, de su comprensión en la recepción del sacramento de la misericordia? Dice el Señor: «Con la misma vara con que midáis, seréis medidos.» El Padre Menéndez fue misericordioso y compasivo con los demás; es de esperar que el Señor lo haya sido con él.
5º CARACTER ALEGRE Y FESTIVO DE SU VIDA Y DE SU MUERTE.—El Padre Menéndez tuvo siempre la sonrisa a flor de labios, signo de auténtica y profunda alegría cristiana. Todo el que se acercaba a él salía confortado y animado. La enfermedad la soportó con paciencia y alegría. Su muerte fue serena, sentado en el sillón y no en la cama. En vida había dicho muchas veces: «El día que yo muera que haya fiesta en Casa y parleta en el comedor.» Entendió perfectamente el sentido alegre y festivo de la vida y, sobre todo, de la muerte cristiana, que no es fin, sino tránsito del tiempo a la eternidad y condición necesaria para el encuentro definitivo y pleno con el Señor.
En esta Eucaristía vamos a encomendar al Señor el alma del Padre Menéndez y nos vamos a encomendar a él, pues confiamos que se encuentre ya en el cielo.
Desde allí seguirá intercediendo ante Dios por la Congregación y por los pobres que tanto amó en vida. Así sea.
José Luis CORTAZAR
Anales españoles, 1970







