El P. Vicente Ferrer, Primer Visitador (IV)

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1928 · Source: Los Visitadores....
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CAPITULO IV

Es nombrado superior de la casa de Guiso­na.—Pasa visita a la casa de Barcelona (1765-1770).

Nombrado superior de la casa de Guisona, alió de Mallorca el 11 de abril de 1765. A pesar del dominio que sobre sí mismo ejer­cía por medio de la continua mortificación, y de ver la voluntad de Dios en la de sus Su­periores, sin duda que no pudo evitar el na­tural sentimiento que le causaría el alejar­se de aquella pacífica y dorada isla, vergel encantado del Mediterráneo, donde todo atrae y subyuga: los alineados almendros del lla­no, los algarrobos de oscuro y brillante fo­llaje, los rugosos olivos del monte con sus ramas de gris plateado, dulcemente inclina­das; los bancales que, sujetos con fuertes pa­redones, evitan que las tierras y los árboles sean arrastrados por las lluvias, y semejan gigantescos escalones por los que se sube hasta la cumbre de los enriscados montes o se baja de éstos hasta mojar los pies en las azules ondas del mar; el cielo, la calma, las doradas puestas del sol, y, sobre todo, el ca­rácter dulce y amable de los moradores de la isla, hacen que todos los que la visitan y viven en ella algún tiempo, queden prenda­dos y digan siempre bien de ella.

Desembarcado que hubo en Barcelona el P. Ferrer, y después de saludar a sus herma­nos los misioneros de la calle de Tallers, se dirigió a Guisona para tomar posesión de su nuevo cargo. Se encuentra Guisona a 14 ki­lómetros de Cervera, en terreno llano y fér­til, y es villa de relativa importancia en la comarca. Ya había allí desde el siglo XVII un convento de Agustinos descalzos. El funda­dor de la casa-misión de dicha villa había sido el canónigo de la insigne colegiata de Santa María de Guisona, D. Antonio Granó, y se había inaugurado en 1751, siendo su primer superior el sabio y virtuoso P. José Tort.

Por haberse quemado en 1909 durante la semana trágica el Libro de misiones de la casa de Guisona, que se encontraba en la de Barcelona, y extraviádose, y quizá perecido, los demás libros y documentos de dicha casa, apenas sabemos nada del tiempo que fue superior de ella el P. Ferrer. Seguramente que se dedicaría a la predicación en la iglesia de casa y en la de la villa, donde tenían que dar todos los años por Adviento una misión, a confesar, ayudar a bien morir, particular­mente a los pobres, y dar ejercicios, cum­pliendo de este modo las bases todas de la fundación.

De su modo de portarse en el cargo de su­perior podemos juzgar por lo que él mismo escribió y dijo en diferentes ocasiones. Para que haya paz en una familia o en una comu­nidad, dice en uno de sus tratados, se han de poner por fundamento dos cosas: la pri­mera, «que cada cual cumpla debidamente con su obligación, sin entrometerse en los ministerios ni encargos de los otros; sin esto, jamás habrá paz en una familia o comuni­dad, siempre habrá sinsabores, quejas y murm­uraciones». A esto debe añadirse una to­tal subordinación de los súbditos al superi­or, porque sin esto, todo será confusión y desorden. Lo segundo, que el superior, por su parte, procure contribuir a esta misma observancia con cuatro cosas: 1ª Con su ejemplo, yendo delante y cumpliendo él fiel­mente con su encargo 2ª Con su vigilancia y cuidado, velando y procurando que todos cumplan con su respectiva obligación. 3ª No ordenando ni mandando cosa que no sea jus­ta y razonable. 4ª Finalmente, poniendo particular cuidado que el modo de mandar, por lo común, sea dulce, suave y agradable; porque esto, ganando los corazones, anima mucho a los súbditos a cumplir con exacti­tud y gusto sus obligaciones».

Y en otra parte añade: «Si el superior quiere ser obedecido de todos los súbditos, es menester que sea prudente; porque si no lo es en el mandar, por más que haga, por más que grite, por más penitencias que pon­ga, no será obedecido; y así, un superior, cualquiera que sea, ha de tener esta buena cualidad de ser prudente en mandar las co­sas; pues, de lo contrario, no hará nada. Si da un oficio a uno que no lo puede hacer, porque es sobre sus fuerzas, y su caudal no llega a tanto, ya puede estar fuerte el supe­rior en querer que lo haga, que no lo alcan­zará jamás; y por eso, si quiere ser obede­cido, es menester que todo lo ordene con prudencia, mirando y distribuyendo los ofi­cios según el talento y las fuerzas de los sujetos».

Quería que el superior no se dejara «go­bernar de ninguno. Que escuche, esto sí, que es muy conveniente y lo debe hacer; pero no ha de dejar gobernar a ninguno. En una casa para que haya orden y paz, no ha de haber más que un superior, y que nadie mande nin­guna cosa sino el superior. Si todos manda­sen, todo andaría trastornado y no habría gobernar de nadie, sea quien sea. Bien que por esto no se quita el proponer con aquel modo que se debe hacer. Cualquiera que tenga al­guna dificultad o alguna cosa, porque el su­perior no lo sabe todo, y a veces también yerra, puede proponerlo con toda liber­tad». Tal era el concepto que tenía el P. Ferrer de lo que debe ser el superior.

Del 4 de agosto al 9 de septiembre de 1769 pasó el P. Ferrer, por especial comisión del P. ‘General, visita en la casa de Barcelona, dejando muy sabias ordenanzas que mere­cieron la aprobación del P. Jacquier, Supe­rior General de la Congregación. En ellas empieza recomendando «que los ejercicios de piedad establecidos en la Congregación, y Iodo lo divino tenga el primero y principal lugar en el corazón de todos; que todo se haga con devoción y espíritu, con puntuali­dad, integridad y diligencia, evitando así los conatos y esfuerzos de .cabeza que dañan la alud y secan el ‘corazón, como la negligenc­ia y costumbre, escollo el más frecuente y peligroso de los que están dedicados a Dios». Como la oración es el primer fundamento de la vida espiritual, se debe hacer con el ma­yor cuidado, lo mismo que la lectura, procurando «tenerla en mucho y emplear todos los días, según la costumbre antigua, a lo menos media hora», haciéndola «con atención y pausa, no por curiosidad, ni para instruir a los otros, que suele ser su polilla; si­no para aprovecharse a sí y remediar las ne­cesidades de la propia alma, como dice la Regla.» «Por ser las conferencias espiritua­les uno de los más eficaces medios que tie­ne la Congregación para conservar su espí­ritu», deben hacerse con el debido modo.

Recomienda luego con el mayor encareci­miento la limpieza y decencia en todo lo que se refiere al servicio del altar, como también en lo que mira a la observancia de los votos, dejando muy sabias y acertadas disposicio­nes. Habla después de la caridad fraterna, del cuidado de los enfermos y del celo, «par­te tan principal de nuestro Instituto, que no sería verdadero misionero el que no lo tu­viera, aunque fuese el más alto contempla­tivo, o el más austero penitente.» Hace, por último, algunas saludables advertencias a los Hermanos Estudiantes, Novicios y Coadjuto­res, y concluye diciendo: «A todos, final­mente, rogamos el no contentarse de una observancia puramente exterior y de un po­co de ruido en las funciones, que esto sólo no contenta a Dios, si no sale animado del fondo del espíritu y acompañado con la pu­reza de intención; juntemos, además, la alegría santa con la mortificación verdadera, y la libertad santa de espíritu con la puntua­lidad de la observancia; huyamos con dili­gencia la infidelidad a la gracia, el ocio en las cosas espirituales, la presunción y vana complacencia y la mortificación y delica­deza, que son cuatro peligrosísimos escollos, vil que no pocas veces naufragan almas por otra parte favorecidas y prevenidas de espe­ciales gracias y favores».

 

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