CAPITULO IV
Es nombrado superior de la casa de Guisona.—Pasa visita a la casa de Barcelona (1765-1770).
Nombrado superior de la casa de Guisona, alió de Mallorca el 11 de abril de 1765. A pesar del dominio que sobre sí mismo ejercía por medio de la continua mortificación, y de ver la voluntad de Dios en la de sus Superiores, sin duda que no pudo evitar el natural sentimiento que le causaría el alejarse de aquella pacífica y dorada isla, vergel encantado del Mediterráneo, donde todo atrae y subyuga: los alineados almendros del llano, los algarrobos de oscuro y brillante follaje, los rugosos olivos del monte con sus ramas de gris plateado, dulcemente inclinadas; los bancales que, sujetos con fuertes paredones, evitan que las tierras y los árboles sean arrastrados por las lluvias, y semejan gigantescos escalones por los que se sube hasta la cumbre de los enriscados montes o se baja de éstos hasta mojar los pies en las azules ondas del mar; el cielo, la calma, las doradas puestas del sol, y, sobre todo, el carácter dulce y amable de los moradores de la isla, hacen que todos los que la visitan y viven en ella algún tiempo, queden prendados y digan siempre bien de ella.
Desembarcado que hubo en Barcelona el P. Ferrer, y después de saludar a sus hermanos los misioneros de la calle de Tallers, se dirigió a Guisona para tomar posesión de su nuevo cargo. Se encuentra Guisona a 14 kilómetros de Cervera, en terreno llano y fértil, y es villa de relativa importancia en la comarca. Ya había allí desde el siglo XVII un convento de Agustinos descalzos. El fundador de la casa-misión de dicha villa había sido el canónigo de la insigne colegiata de Santa María de Guisona, D. Antonio Granó, y se había inaugurado en 1751, siendo su primer superior el sabio y virtuoso P. José Tort.
Por haberse quemado en 1909 durante la semana trágica el Libro de misiones de la casa de Guisona, que se encontraba en la de Barcelona, y extraviádose, y quizá perecido, los demás libros y documentos de dicha casa, apenas sabemos nada del tiempo que fue superior de ella el P. Ferrer. Seguramente que se dedicaría a la predicación en la iglesia de casa y en la de la villa, donde tenían que dar todos los años por Adviento una misión, a confesar, ayudar a bien morir, particularmente a los pobres, y dar ejercicios, cumpliendo de este modo las bases todas de la fundación.
De su modo de portarse en el cargo de superior podemos juzgar por lo que él mismo escribió y dijo en diferentes ocasiones. Para que haya paz en una familia o en una comunidad, dice en uno de sus tratados, se han de poner por fundamento dos cosas: la primera, «que cada cual cumpla debidamente con su obligación, sin entrometerse en los ministerios ni encargos de los otros; sin esto, jamás habrá paz en una familia o comunidad, siempre habrá sinsabores, quejas y murmuraciones». A esto debe añadirse una total subordinación de los súbditos al superior, porque sin esto, todo será confusión y desorden. Lo segundo, que el superior, por su parte, procure contribuir a esta misma observancia con cuatro cosas: 1ª Con su ejemplo, yendo delante y cumpliendo él fielmente con su encargo 2ª Con su vigilancia y cuidado, velando y procurando que todos cumplan con su respectiva obligación. 3ª No ordenando ni mandando cosa que no sea justa y razonable. 4ª Finalmente, poniendo particular cuidado que el modo de mandar, por lo común, sea dulce, suave y agradable; porque esto, ganando los corazones, anima mucho a los súbditos a cumplir con exactitud y gusto sus obligaciones».
Y en otra parte añade: «Si el superior quiere ser obedecido de todos los súbditos, es menester que sea prudente; porque si no lo es en el mandar, por más que haga, por más que grite, por más penitencias que ponga, no será obedecido; y así, un superior, cualquiera que sea, ha de tener esta buena cualidad de ser prudente en mandar las cosas; pues, de lo contrario, no hará nada. Si da un oficio a uno que no lo puede hacer, porque es sobre sus fuerzas, y su caudal no llega a tanto, ya puede estar fuerte el superior en querer que lo haga, que no lo alcanzará jamás; y por eso, si quiere ser obedecido, es menester que todo lo ordene con prudencia, mirando y distribuyendo los oficios según el talento y las fuerzas de los sujetos».
Quería que el superior no se dejara «gobernar de ninguno. Que escuche, esto sí, que es muy conveniente y lo debe hacer; pero no ha de dejar gobernar a ninguno. En una casa para que haya orden y paz, no ha de haber más que un superior, y que nadie mande ninguna cosa sino el superior. Si todos mandasen, todo andaría trastornado y no habría gobernar de nadie, sea quien sea. Bien que por esto no se quita el proponer con aquel modo que se debe hacer. Cualquiera que tenga alguna dificultad o alguna cosa, porque el superior no lo sabe todo, y a veces también yerra, puede proponerlo con toda libertad». Tal era el concepto que tenía el P. Ferrer de lo que debe ser el superior.
Del 4 de agosto al 9 de septiembre de 1769 pasó el P. Ferrer, por especial comisión del P. ‘General, visita en la casa de Barcelona, dejando muy sabias ordenanzas que merecieron la aprobación del P. Jacquier, Superior General de la Congregación. En ellas empieza recomendando «que los ejercicios de piedad establecidos en la Congregación, y Iodo lo divino tenga el primero y principal lugar en el corazón de todos; que todo se haga con devoción y espíritu, con puntualidad, integridad y diligencia, evitando así los conatos y esfuerzos de .cabeza que dañan la alud y secan el ‘corazón, como la negligencia y costumbre, escollo el más frecuente y peligroso de los que están dedicados a Dios». Como la oración es el primer fundamento de la vida espiritual, se debe hacer con el mayor cuidado, lo mismo que la lectura, procurando «tenerla en mucho y emplear todos los días, según la costumbre antigua, a lo menos media hora», haciéndola «con atención y pausa, no por curiosidad, ni para instruir a los otros, que suele ser su polilla; sino para aprovecharse a sí y remediar las necesidades de la propia alma, como dice la Regla.» «Por ser las conferencias espirituales uno de los más eficaces medios que tiene la Congregación para conservar su espíritu», deben hacerse con el debido modo.
Recomienda luego con el mayor encarecimiento la limpieza y decencia en todo lo que se refiere al servicio del altar, como también en lo que mira a la observancia de los votos, dejando muy sabias y acertadas disposiciones. Habla después de la caridad fraterna, del cuidado de los enfermos y del celo, «parte tan principal de nuestro Instituto, que no sería verdadero misionero el que no lo tuviera, aunque fuese el más alto contemplativo, o el más austero penitente.» Hace, por último, algunas saludables advertencias a los Hermanos Estudiantes, Novicios y Coadjutores, y concluye diciendo: «A todos, finalmente, rogamos el no contentarse de una observancia puramente exterior y de un poco de ruido en las funciones, que esto sólo no contenta a Dios, si no sale animado del fondo del espíritu y acompañado con la pureza de intención; juntemos, además, la alegría santa con la mortificación verdadera, y la libertad santa de espíritu con la puntualidad de la observancia; huyamos con diligencia la infidelidad a la gracia, el ocio en las cosas espirituales, la presunción y vana complacencia y la mortificación y delicadeza, que son cuatro peligrosísimos escollos, vil que no pocas veces naufragan almas por otra parte favorecidas y prevenidas de especiales gracias y favores».







