CAPITULO III
Le destinan tos Superiores a la casa de la Misión de Palma de Mallorca, donde se dedicó a dar misiones y ejercicios (1754-1765).
El 2 de diciembre de 1754 se embarcaba en Barcelona el P. Ferrer en compañía de su paisano el P. Artimbau, quienes, por orden del Visitador de la Provincia de Lombardía, Padre Testori, pasaban a formar parte de la comunidad de la Casa-Misión de Mallorca, para reemplazar a los PP. Puiggarony y Alaix, que habían fallecido el verano anterior a consecuencia de unas tercianas, contraídas al dar Misión en San Llorens, junto a Manacor. Cruzaron felizmente aquel mar en cuya lejanía tantas veces habían clavado la vista, subidos al cerro de San Juan o desde los peñones de La Palomera y Santa Ana de su pueblo natal. En las primeras horas de la noche del día siguiente entraban en la amplia y bellísima bahía de Palma. A la izquierda, entre las sombras de la noche, percibirían débilmente sobre el fondo oscuro de las copas de los pinos el esbelto castillo de Bellver, y allá, en el extremo de la ancha bahía, mirándose en las olas intensamente azules y besada por las inflamadas puestas del sol en incomparables atardeceres de Mallorca, la gigantesca mole de la catedral, que de lejos parece dominar toda la ciudad; casi tocando a ella, el palacio de la Almudaina, morada de los antiguos reyes de Mallorca, y más abajo, a la izquierda, la Lonja, uno de los más lindos monumentos góticos de España… Eran las diez de la noche cuando entraban en la retraída casa de la Misión que la veneranda morada que tan saludable influencia viene ejerciendo hace cerca de dos siglos en el clero mallorquín y en la conservación de la fe y piedad entre los fieles de la encantadora isla.
En los once años escasos que el P. Ferrer estuvo en Mallorca, dirigió a muchos ejercitantes, así eclesiásticos como seglares, y dio muchas veces los ejercicios a los ordenandos de la diócesis que los iban a practicar en aquella casa. Entre todos los medios que ha dejado Dios en manos de los hombres para detenerlos en la carrera de sus vicios y llevarlos a la felicidad eterna, el más poderoso y seguro, decía San Vicente de Paúl, es el de los ejercicios espirituales. Este es como el último remedio, añade el P. Ferrer, que, probados sin fruto los demás, frecuentemente tiene efecto; porque los ejercicios son un agregado de medios los más eficaces para desarraigar el vicio, plantar la virtud, «iluminar, desengañar, enfervorizar: en una palabra, para remediar cualquier alma y llevarla a un alto grado de virtud y perfección». En ellos se obran efectos maravillosos, prosigue, y en ellos se han formado los mayores santos. Por medio de los ejercicios «se ven, generalmente, mudanzas grandes en toda clase de personas: en eclesiásticos y seglares de todos estados, en sabios e ignorantes, en jóvenes y viejos, en ricos y pobres. Y a la verdad, si cuantos con algún cuidado los hacen, perseverasen toda la vida en los sentimientos que en ellos concibieron, y tuviesen constancia en aplicar los medios que en ellos propusieron, serían los ejercicios el pasmo del mundo y su más eficaz remedio».
Es tal la eficacia de los ejercicios para remediar y enfervorizar las almas, que con ellos unos remedian sus conciencias enmarañadas. «otros conservan la vida santa, y aun acrecientan el fervor; muchos, por este medio, aciertan en la elección de estado; algunos se disponen al sacerdocio o a la religión; otros se animan a cumplir bien y con perfección las obligaciones del propio estado y de sus oficios, y todos, finalmente, se preparan para una feliz y santa muerte».
San Vicente tenía y mandaba que las puertas de las casas de su Congregación estuvieran siempre abiertas a todo el que quisiera practicar en ellas los ejercicios espirituales. «Y esto mismo que el Santo hacía y encargaba —afirma el P. Ferrer, refiriéndose, sin duda, de un modo especial a las casas de la Misión de Mallorca y Barcelona—, lo continúan y observan sus hijos, admitiendo a los ejercicios indistintamente a todos los que dan muestras de quererse aprovechar, aun a los más desvalidos, viéndose frecuentemente en los refectorios de sus casas comer junto con los Misioneros personas de todos estados y dignidades, eclesiásticos, y aun tal vez religiosos, monjes y ermitaños, nobles, plebeyos, estudiantes, labradores, artesanos, marineros, soldados, etc., que verdaderamente es cosa de la mayor edificación, y que no da poco crédito a la virtud y a la religión católica».
Las palabras que allá por el verano de 1788 pronunció el P. Ferrer ante la comunidad de la casa de Barcelona, nos dan idea de su modo de portarse con los fieles, así en ejercicios como en misiones, para hacer fruto en sus almas: «Si nosotros queremos hacer fruto a los demás y que nos oigan con gusto cuando les predicamos, confesamos, exhortamos o dirigimos, hagámoslo como vemos que lo hacía Cristo Señor Nuestro, con mansedumbre, con suavidad, con buenos modos.»
Otro de los ministerios a que se consagró el P. Ferrer en Mallorca, fue el de las misiones. Las empezó, yendo casi siempre de director, el 4 de octubre de 1755 con el P. Rocamora. Hasta abril del año siguiente dieron siete. La primera en Sarriá, predio de D. Francisco Armengual, de la parroquia de Esporlas, predicando, como en las dos siguientes, el Padre Ferrer las doctrinas y el P. Rocamora las pláticas y los sermones. «Fue muy fervorosa, dice el Libro de Misiones de la casa de Mallorca; duró tres semanas, con gran concurso a las funciones; comulgaron 508 personas; se quitaron algunos abusos, y se introdujeron algunas buenas costumbres, especialmente la de decir Ave María al oir alguna palabra mala.» De allí fueron a Bañalbúfar, uno de los parajes más pintorescos de la isla, donde se cosecha el famoso malvasía. La misión duró– también tres semanas, logrando hacer las paces entre varias casas que vivían enemistadas. Misionaron luego el predio de Biniatzar, en la parroquia de Buñola, acudiendo mucha gente de dicha villa y de los predios circunvecinos, en los que estaban recogiendo la oliva. Procuraron quitar la costumbre de rondar por la noche, jugar en las tabernas de Buñola pasadas las nueve, sobre lo que se dio un bando con pena para los transgresores, y consiguieron poner paz entre la casa del conde Tugores y la poderosa de Vert.
El 23 de diciembre comenzó la misión en la villa de Campanet, situada en «elevada posición al borde de un mirador sobre extensa llanura». Fue fervorosísima, dice el citado Libro de Misiones; comulgaron 1.175 personas; el P. Ferrer predicó las pláticas y doctrinas, y el P. Rocamora los sermones y pláticas a los eclesiásticos; se puso fin a muchos pleitos y discordias; se quitaron abusos y se introdujeron santos ejercicios de devoción; se desterraron algunos escándalos y malas costumbres, particularmente la de ir por las noches a la taberna y decir palabras malas; se reforzó la asistencia a la oración mental cuotidiana en la iglesia, determinando asimismo decir una misa al amanecer para los que salen a trabajar; se estableció que los sábados se cantara la Salve y la Letanía de la-Virgen, como se había hecho durante la Misión, y que los días de fiesta hubiese misa cantada por la mañana; hicieron que se pusiera maestro para enseñar a los niños, y establecieron otras muchas cosas útiles para la villa.
Es de advertir que, hojeando el Libro de Misiones de la casa de Mallorca; en lo que se refiere al siglo XVIII, se ve que los hijos de San Vicente prestaron incalculables servicios a los moradores de aquella isla, no sólo bajo el aspecto moral y religioso, mas también bajo el aspecto de la cultura; pues mediante sus gestiones, se establecían, como en Campanet, maestros y maestras para instruir a los niños y niñas. Nada tiene esto de extraño, si se atiende al estado en que se hallaba entonces la instrucción primaria. «Nunca, como entonces, dice un eximio escritor, refiriéndose particularmente a Mallorca, fue tan marcada la separación entre la clase ilustrada y el vulgo: el mundo, según expresión felicísima, «se había partido en dos». El prurito de saber, era patrimonio de los ociosos, de los ricos, casi siempre de los aristócratas. La enseñanza, que se prestaba gratuitamente en los conventos, sólo era aprovechada por una parte muy exigua de la población. El número de artesanos que sabían leer y escribir resultaba limitadísimo, y mucho menor todavía el de labradores. De las mujeres del pueblo, ninguna había recibido instrucción, y aun en las clases media y alta eran frecuentes los casos de señoras que no podían firmar por sí mismas un documento».
El mismo día 23 de enero de 1756 en que concluyeron la misión de Campanet, empezaron otra en la próxima villa de Búger, también con excelentes resultados, aumentando entre aquellas buenas gentes la devoción a San Vicente de Paúl, a quien en agradecimiento a los favores recibidos habían dedicado ya una capilla que adornaban con esmero. Dieron a continuación misión en LluIfi, que resultó muy fervorosa, asistiendo también bastante gente de los pueblos circunvecinos y haciendo confesión general 1.215 personas. Con la misión se puso fin a muchos enredos y pleitos y se desterraron bastantes abusos. Acertó a venir un día a la misión un hombre que tenía encerrado a un enemigo suyo para quitarle la vida, y quedó tan compungido, que fue a poner en libertad a su contrario, y, perdonándole, se volvió a Llubí, pues era de fuera, a hacer una buena confesión y ponerse en paz con Dios.
Misionaron después Calviá, donde hubo más de mil confesiones generales, y de donde desterraron asimismo muchos abusos.
Pasado el verano, salieron de nuevo a misiones los PP. Ferrer, Rocamora y Ribas, predicando el P. Ferrer en éstas, como en las sucesivas, las doctrinas. Hasta fines de 1756 dieron misión en Andraitx, introduciendo la práctica de hacer todos los días un cuarto de hora de oración mental; S’Arracó, aldea de Andraitx, frente a la escarpada peña que forma la isla Dragonera; la industrial y deliciosa villa de Esporlas, donde entre otras cosas consiguieron que se pusiera maestro para los niños, y Santa Eugenia, situada al pie de una colina, y una de las poblaciones más piadosas de la isla.
En 1757 sólo dieron misión en Santa María y en Algaida; la primera fue muy fervorosa, gracias, sobre todo, a la asistencia de los de Marratxi, y en la segunda recibieron 1.700 confesiones generales y se arreglaron catorce pleitos, algunos de mucha consideración. Como durante el año últimamente citado y el siguiente de 1758 varios misioneros de la casa de Mallorca fueron a dar misiones en Menorca e Ibiza, tuvieron que suspender, mientras tanto, las de Mallorca; de modo que durante este tiempo, sólo dieron una misión en Vilafranca, cerca de Manacor, los PP. Ferrer y Gomis.
Durante el año 1759 dieron misión en San Quint, Sineu, población de origen romano, muy agrícola y comercial, donde predicó el P. Ferrer, además de las doctrinas, cinco pláticas a los eclesiásticos; hubo 2.500 confesiones generales, .y el día de la comunión general comulgaron 2.300 personas; antes de salir los Misioneros de tan rica e importante villa, dejaron establecida una maestra para enseñar a las niñas. Misionaron después la laboriosa villa de Muro, Pina y Petra, cuna del glorioso y venerable Fr. Junípero Serra, fundador de San Francisco de California.
En los años sucesivos, hasta el de 1764 inclusive, continuó el P. Ferrer saliendo a misiones, yendo casi siempre de director y predicando de ordinario las doctrinas, y en varios puntos también pláticas a los eclesiásticos. De los pueblos misionados por este incansable y celoso hijo de San Vicente, en los años a que nos referimos, son dignos de mención: Selva, Lluch, donde se halla el famoso santuario de la Virgen, situado entre breñas y en uno de los paisajes más soberbios de la encantadora isla; la alegre Lloseta, graciosamente reclinada en una ladera entre olivares; Inca, el centro comercial más importante del interior de Mallorca; Binisalem, linda villa rodeada de hermosísimos viñedos y almendrales; Artá, famosa por las cuevas que hay en su término; Valldemosa, por la cartuja y por los insuperables paisajes, embalsamados por los recuerdos de la Beata Catalina Tomás, como lo están por los del Beato Lulio los próximos de Miramar, uno de’los sitios más bellos del mundo; Sóller, en elicioso valle, repleto de hermosísimos hueros, donde se encuentran multitud de árboles frutales, señaladamente limoneros y naranjos; Felanitx, Campos, Buñola, Alaró y otros muchos pueblos que resultaría pesado el enumerarlos todos, como también los incalculables frutos que en estas misiones cosechó el P. Ferrer con los otros misioneros que le acompañaban. El Libro de Misiones, no obstante su laconismo, hace resaltar la multitud de confesiones generales que recibían, los innumerables pleitos y enemistades que deshacían, las muchas iglesias que hicieron que se restaurasen, y los muchos pueblos, aun de los más importantes, en que dejaron establecidos maestros para la niñez.
El tiempo que el P. Ferrer no dedicaba a las misiones y ejercicios, lo consagraba al estudio y oración. «Las misiones nos obligan a trabajar continuamente para habilitarnos en nuestras funciones», decía en cierta ocasión. Para hacer fruto, dice en otra parte, ha de tener el ministro evangélico «santidad de vida y mucho fondo de virtudes… La santidad ‘de vida es lo más esencial para hacer fruto y al mismo tiempo para no perderse uno en los mismos ministerios, en los que hay muchos y grandes peligros, y es muy difícil el librarse de ellos, si no hay gran fondo de virtud y santidad».
Además, es preciso dar buen ejemplo para que los fieles se aprovechen. En una de sus conferencias a la comunidad de Barcelona, dijo el P. Ferrer: «Si nosotros imitamos a Cristo Señor Nuestro en dar ejemplo en todo y las gentes nos viesen con una modestia muy singular por casa, en el refectorio, por los corredores, en la iglesia, por las calles y por las casas, si alguna vez tenemos que ir a alguna, se admirarían de vernos y se aprovecharían más ‘de lo que vieran en nosotros que de lo que les decimos…. Si cuando hablamos conservásemos una modestia singular, sin hacer niñerías en los movimientos y hablando coda asiento y madurez lo que conviene decir, ciertamente que la gente se admiraría y se aprovecharían de los sermones y de los ejercicios, Si en el hablar tuviéramos buen modo y les tratásemos, cuando les dirigimos, con mansedumbre y afabilidad, y con paciencia invencible que, aunque ellos hagan alguna cosa mal hecha, lo sufrimos con disimulo, es cierto que esto les aprovecharía más que todo lo que les decimos y harían como aquellos que veían a Cristo, que se admiraban de ver tan grandes ejemplos»..
Conviene también no desanimarse, afirma el P. Ferrer, al ver que a veces se hace poco fruto en las misiones y ejercicios. «No hemos de mirar si se aprovechan o no; procuremos hacer por nuestra parte lo que podamos, y lo demás dejémoslo para Dios que lo bendiga».
«El amor de Dios, dice en otra parte, es asimismo necesario para ejercer el ministerio de apóstol, y sin él no se puede desempeñar bien el oficio de misionero que nosotros tenemos; porque hay mucho trabajo, muchas incomodidades, somos murmurados, criticados, se halla frío, calor, lluvia, nieves, y si no hay amor de Dios que lo endulce y haga ligero, no se puede sufrir».
«También nos podemos tener por muy dichosos, decía el Domingo de Ramos de. 1789, de ser seguidos no más que de las turbas y de estar destinados para los pobres. Es menester que apreciemos mucho nuestra vocación, ya que está destinada principalmente para los–pobres; y esto se ve claro en las misiones, que los que nos oyen y se aprovechan, son los pobres, que los otros más bien nos critican.»
Aseguraba asimismo el P. Ferrer que, para que las misiones fuesen fructuosas, había que obedecer al Director, «sin tener afición más a una cosa que a otra, predicando tan de buena gana las doctrinas, como las pláticas o los sermones; porque si uno- no quisierahacer sino las funciones que tienen más honor, se vería bien claro que en aquello no busca a, Dios, sino que busca la honra y el aplauso de los hombres».
Guiándose por estas máximas que al fin de sus días inculcaba a sus hermanos, es como el P. Ferrer pudo hacer, sin mucho ruido, tanto fruto en las misiones, sobre todo por medio de la sencilla y clara explicación de la doctrina y por las confesiones generales.
En 1759 y 1762, respectivamente, se celebraron la duodécima y la décima tercera Asamblea general de la Congregación de la Misión, y en ambas fue elegido diputado para la Asamblea provincial, por la casa de Palma de Mallorca, el P. Vicente Ferrer.







