CAPITULO PRIMERO
Nacimiento de Vicente y estudios que hizo antes de ingresar en la Congregación de la Misión (1721-1743).
En los confines costeños de la provincia de Gerona con la de Barcelona, cerca de la desembocadura del río Tordera y al pie del cerro de San Juan, se encuentra, mirando al Mediterráneo, el mere nostrum por donde nos vino el Evangelio y la civilización, la comercial e industriosa villa de Blanes, la Blanda de los antiguos, tan castigada en distintas ocasiones por los normandos, sarracenos y franceses, y puerto de refugio de la poderosa armada de Felipe el Atrevido en 1285. Entre los edificios de la población se destaca su iglesia parroquial de Santa María, de principios del siglo XIV. Allí recibió, el 26 de octubre de 1721, las aguas del bautismo Vicente Pablo Ferrer y Puig, hijo primogénito del piadoso matrimonio Juan Bautista Ferrer y Margarita Puig, de Blanes. A unos cinco minutos de la estación y veinte de la risueña villa, cercana a la carretera que une a aquélla con Blanes, existe hoy todavía y es muy conocida una gran casa de campo de ricos labradores que se llama el Puig, o casa Puig. En ella nació el P. Vicente Ferrer. Según parece, su padre era hijo de la antigua casa labriega de los Puig. «Tenía esta familia especial fama de honradez y virtud», dice el Sr. Torres Amat. Cinco_ hijos concedió el cielo a este feliz y virtuoso matrimonio. Más adelante, en una de sus conferencias, confesaba el Padre Ferrer que era pobre e hijo de padres pobres. Pero en vista de la hermosa casa en que nació, es de creer que tal pobreza era relativa y más bien lo decía por humildad.
Recibió Vicente esmerada educación religiosa y aprendió de sus padres la piedad sólida y el constante amor al trabajo, en que tanto se distinguió durante toda su vida. Apenas contaba ocho años, era ya un perfecto modelo para los demás niños de la escuela de Blanes; su docilidad, su modestia, su aplicación, su piedad, llamaban poderosamente la atención de sus maestros y le auguraban un porvenir brillante. El párroco, enamorado de las buenas cualidades del niño, puso particular cuidado en disponerlo para la primera comunión y le, predispuso para la carrera que debía emprender a los once años. A esa edad le enviaron sus padres a estudiar gramática en la villa de Pineda, situada también en la costa del Mediterráneo, a unos nueve kilómetros de Blanes, camino de Barcelona, donde había uno de aquellos genios predilectos para la enseñanza que, como dice un autor, metían el latín con’ la disciplina en la mollera, tan adentro, que ya nunca se volvía a salir. Allí estudió durante cinco años, la lengua del Lacio.
En 1737 se dirigió Vicente a Barcelona para comenzar el estudio de la Filosofía en las aulas de los Clérigos Regulares Menores de San Francisco Caracciolo, que a la sazón se encontraban ya instalados en su convento de San Sebastián, situado entre el actual Paseo de Isabel II y la calle del Consulado. Además de otros ministerios, se dedicaban dichos religiosos, con mucho lucimiento, a la enseñanza de la gramática, retórica, filosofía y teología dogmática y moral. Concluidos los cursos de Filosofía, prosiguió, en 1740 y 1742, los de Teología dogmática y moral, respectivamente.
Con el fin de ser menos, gravoso a sus padres, se unió con otros dos compañeros de su tierra para hacer vida común, y habitaron en una casa de la calle de Fustería, próxima al convento de San Sebastián. «Uno de ellos, enamorado de las gracias que adornaban a Vicente, siguió sus pasos; mas el otro, algo holgazán y distraído en las cosas del mundo, procuraba, por su parte, distraer a los dos fieles amigos, no solamente de sus piadosas intenciones, si que también del cumplimiento de sus deberes». Pero ellos no le hicieron caso y siguieron constantemente el método de vida que se habían trazado, hermanando la piedad y el estudio. Ambos tomaron su director espiritual entre los Filipenses, y se pasaban todos los días festivos cuatro horas en la linda y retraída iglesia de San Felipe Neri, donde confesaban, comulgaban y cumplían sus devociones. Siempre se han distinguido los Filipenses de Barcelona por su asiduidad al confesonario, encontrando en ellos todas las clases de la sociedad guías sabios de sus conciencias, por la gravedad, modestia y exactitud de las ceremonias en las funciones sagradas, y por la limpieza, aseo y orden que reinan en su iglesia.
Vicente era tan humilde que, cuando en los argumentos quedaba vencido, se alegraba porque viendo triunfante a su compañero, quedaba también él vencedor del error. «Burlábanse algunos estudiantes de esta sencillez, pero al fin todos le respetaban, y al ver que en los argumentos jamás tiraba a confundir al contrario, sino a demostrar la verdad, le llamaban el Santo».
El silencio, unido a la soledad, dice un autor moderno, ha sido siempre un clima favorable para los progresos espirituales; por eso manifestó ya desde entonces Vicente Ferrer amor tan intenso al silencio, al retiro y a la soledad, y en poco tiempo adelantó tanto en el camino de la virtud. «Para adelantar en la perfección, debes regular tu vida, escribía Santa Catalina de Sena a una de sus discípulas. La primera regla es huir de la conversación de toda criatura, a menos que la caridad no exija otra cosa; ama a todos los hombres, pero no los busques, y, con las personas a quienes ames con amor espiritual, procura guardar la medida… Si no lo haces, vendrás fácilmente a distraer en provecho de las criaturas el amor que sólo a Dios se debe.»
Ferrer puso ya desde entonces en práctica lo que más adelante recomendó en su precioso tratadito de las Máximas fundamentales de la perfección. El que quiera 11.9.cer vida devota y perfecta, dice, ha de «observar y practicar inviolablemente cuatro cosas que son como las cuatro columnas de la vida espiritual, es a saber: La Oración mental cuotidiana. 2.’ Frecuencia de Sacramentos proporcionada. 3.’ Retiro competente según la propia profesión, a efecto de librarse de les peligros del mundo y poder comunicar más libre y frecuentemente con Dios. 4.’ Ocupación continua, útil y variada, aunque no sobrada… Sin este fundamento no se podrá levantar el edificio espiritual, o presto caerá».
Pero habiéndose apoderado de Ferrer una debilidad extraordinaria, su director espiritual tuvo que irle a la mano y poner coto a sus mortificaciones y retraimiento, mandándole dejar su extremoso silencio y obligándole a hablar con sus compañeros y con la patrona, que se quejaba de que pasaban muchos meses sin dirigirla siquiera una palabra.
De su aprovechamiento en los estudios dan testimonio los numerosos y sólidos escritos que de él nos han quedado.
En 1742 se le murió el padre. «Instóle la madre que se quedase con ella. Pero Vicente había ya pedido el hábito al prior de los cartujos de Montealegre. Exigió éste que hiciera unos ejercicios en la casa de la Misión, y de ellos resultó que pidió entrar en ella, viendo que los Misioneros eran cartujos en casa y apóstoles en la campaña» Por lo demás, no le era del todo desconocida la Congregación de la Misión; pues hablando más tarde a la comunidad de Barcelona en una conferencia sobre la observancia de las Reglas, dijo: «Me acuerdo que antes de entrar en la Congregación, muchas veces había oído a diferentes personas que decían: Al entrar en el Seminario, parece que se entra en un paraíso; aquello parece un cielo: aquella quietud de modo que no se oye una mosca, aquella soledad, aquellas paredes ya parece que dan olor de santidad. Esto lo había oído decir muchísimas veces.»







