El P. Teodoro Robredo

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: T. Mezquita · Source: Anales españoles, 1969.
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Día 14 de agosto de 1969. Víspera de la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen, entre diez y once de la mañana. El médico de cabe­cera, con toda serenidad, dirigía y observaba la respiración artificial, úl­timo esfuerzo para prevenir o, al menos, retardar el suspiro final. Un Padre Paúl, a su lado, leía con calma y en voz muy clara la recomen­dación del alma y demás oraciones de última hora. Otro Sacerdote Paúl, su confesor ordinario, le había administrado, hacía pocos días y a pe­tición del mismo enfermo, los últimos sacramentos.

Era difícil hacerse a la idea de que se nos iba. El Doctor confiaba. Días antes, sin embargo, la Hijas de la Caridad decían: «Se lo va a llevar la Santísima Virgen a celebrar su fiesta en el cielo». Así fue y ocurrió a la edad de 98 años, siete meses y siete días.

Dicen que nadie muere de viejo o a causa de la vejez. Cuando aI Padre Robredo le preguntaban qué enfermedad tenía, decía: «Una que nadie me puede curar: la vejez.» Descartada esta enfermedad, no sería fácil precisar de qué murió. Nuestro Santo Padre, San Vicente, diría que «al fin murió porque murió».

Estuvo en el hospital un mes justo, rodeado de atenciones y cariños. Había ingresado el día 14 de julio, pues nos alarmó una depresión re­pentina y falta de su característico buen humor. De pronto reaccionó al tratamiento y de nuevo nos alegró con sus típicas risas y el buen humor. Siguieron altibajos. Llegó el momento y el Doctor lo declaró difunto.

UNA INSTITUCIÓN

La historia y vida de nuestra Congregación en Filipinas es poco conocida en ANALES y de ello no culpamos a nadie. Ha llegado el momento de hacer un pequeño esfuerzo en honor del Padre Robredo, que entraña gran parte de la historia de la Congregación en Filipi­nas, a donde llegó jovencito, a los pocos meses de su ordenación sa­cerdotal, y donde pasó más de setenta y cuatro años de su sacerdo­cio. Ondeaba, a su llegada, sobre estos mares e islas la bandera espa­ñola reemplazada más tarde por la de la primera república filipina después por la americana, la japonesa, de nuevo la americana, hasta que al fin y en definitiva, llegó la hora de la independencia política de Filipinas. Todos estos cambios vividos por el Padre Robredo no eran historia para él. De todo hablaba con tanta espontaneidad y preci­sión que daba impresión de que lo estaba viviendo. Periodistas e his­toriadores venían a su cuarto a consultarle y precisar hechos y fe­chas. Cincuenta años de Profesor en diversos Seminarios y a la vez Colegios. de ellos más de treinta Rector y algunos de Vice-Rector. Con­sejero Provincial y Visitador Interino en circunstancias las más difí­ciles y definitivas para la Congregación en Filipinas. Educador de un Cardenal, de varios Arzobispos y Obispos y de miles de Sacerdotes se­culares y hombres célebres por todo el país. Diríamos, en fin, que el Padre Robredo entraña la historia de un siglo y es una Institución en Filipinas.

DATOS BIOGRAFICOS

El Padre Teodoro Robredo López nació en Villacián (Burgos), el día 7 de enero de 1971. Fueron sus padres, Pedro y Rosalía. Conocida su, inclinación al Sacerdocio estudió por un año con un «Domine» en Bergüenda (Alava). Ingresó en el Seminario Interno de la Congrega­ción de la Misión el día 27 de octubre de 1887, Fecha que había de recordar con cariño y celebrar con piedad todos los años de su vida. Dos años más tarde, el día 28 de octubre, pronunció sus votos perpe­tuos, que en la presencia de Dios y a los ojos de todo el mundo ob­servó con religiosa escrupulosidad durante el resto de su vida. Su des­prendimiento fue total, sin compromiso de ningún género. La men­sualidad que la Congregación da a cada uno para gastos pequeños y limosnas, lo repartía religiosamente dentro del mismo mes ara pobres, generalmente vergonzantes que venían a «visitarle». A la hora de la muerte, todo su capital estaba en dos sobres; uno con unos pocos pesos, extraviado entre papeles y del que ciertamente no tenia noticia, creyendo que ya estaban distribuidos para los pobres o las misiones, y otro, que había puesto en manos de un Padre para que fuera dando limosna a los pobres vergonzantes que vinieran a «visi­tarle».

En la Casa Central de Madrid hizo los estudios de Filosofía y Teo­logía junto con las ciencias naturales y eclesiásticas correspondientes.

El 22 de diciembre de 1894 recibió el Subdiaconado. El 9 de marzo del siguiente año, el Diaconado, y, por fin, el Sacerdocio, el día 30 de marzo del mismo año 1895. No hubo cantamisas, ni visitas a su pue­blo natal, ni viajes por la madre patria, que solamente conocía por los libros y cuyo amor había de llevar arraigado en su alma para toda la vida. Antes de los tres meses de ordenación, el día 21 de ju­nio, se embarcaba para su destino, FILIPINAS, junto con los Padres Emilio Martínez, Francisco Sánchez, Leandro Zaro y el Hermano Pa­blo Blasco, que murió en Filipinas el mismo año de su llegada. Des­pués de más de un mes de travesía llegaron a Filipinas el mismo día de Santiago Apóstol, Patrón de España. El día 10 de agosto salía de Manila para su primer destino, el Colegio-Seminario de Nueva Cáce­res (Naga), donde había de permanecer durante quince años ocupan­do sucesivamente puestos de responsabilidad como Secretario y Pro­curador del Colegio Seminario, ames de la tarea diaria de las clases. Con toda esa larga y bien probada experiencia pasó el año 1910 al Seminario-Colegio de Jaro (Iloilo), corno Vice-Rector, breve entrena­miento para ser nombrado, al fin de ese curso, Rector del Colegio Se­minario de Calbayog (Samar), puesto que ocupó durante catorce años, o sea, hasta el año 1925. Son muchos los personajes tanto seglares como del clero secular que hasta ahora se sienten agradecidos al Padre Robredo, inolvidable Profesor y Rector bajo cuya dirección se abrieron camino en la sociedad culta del país, entre ellos, Su Eminen­cia Julio Cardenal Rosales. De Calbayog pasa al Seminario de San Pablo (Laguna), en calidad de Vice-Rector. De aquí salió para sus únicas y bien merecidas vacaciones a España el día 19 de marzo de 1930 y aquí regresó a los ocho meses justos. De su felicidad en este Seminario y del aprecio que en él gozaba su reveladoras las mismas páginas de sus NOTAS DE MI VIAJE A ESPAÑA:

«Después de celebrar en honor del Patriarca San José, cuya fiesta celebra la Iglesia en este día, y poner el largo viaje que iba a emprender —cerca de 20.000 kilómetros— bajo su pro­tección me despedí de los Padres Seminaristas y de algunas otras personas amigas. Todos me desearon feliz y próspero viaje y manifestaron el deseo de vernos pronto de nuevo en este Seminario, como de veras se lo prometí, si a ello me ayu­daba Dios y la Santísima Virgen oía sus oraciones.»

Dios le ayudó y la Santísima Virgen oyó las oraciones de tantos amigos. A su regreso de España escribía:

«Después de unos días de descanso y de cambiar impresio­nes con los Padres y amigos de Manila, a San Pablo, lugar ele mi partida y de mi destino y a donde llegué el día 19 de noviembre a las 10 de la mañana y a los ocho meses exactos de haber salido de dicha población, con toda feli­cidad y sin percance alguno. Aquí se repitieron con más afecto, si cabe, los abrazos y saludos de Padres y Semina­ristas. Estos tenían preparada una veladita con asistencia de los padres, y muchos amigos celebraron el mismo día por la noche. Dios nuestro Señor le devuelva con creces tanta atención y bondad, ya que yo sólo pude hacerlo con cua­tro palabras de agradecimiento y satisfacción al verme de nuevo entre ellos.»

Sus días, sin embargo, en medio de los Padres y Seminaristas que con tanto entusiasmo le recibieron, estaban muy contados. Pocos me­ses después le encontramos de Superior de la Casa Central de Manila, y en noviembre del mismo año 1931 fue nombrado Consejero Provin­cial, sin negarse por eso a formar parte del Claustro de Profesores del Seminario Mayor Archidiocesano de Manila, instalado entonces en nuestra misma casa Central.

Siempre dispuesto y preparado para todo, no se resistió a dejar la Casa Central para ser instalado Rector y Superior del Seminario y Comunidad de Lipa (Batangas), continuando, no obstante, como Con­sejero Provincial, a pesar de la distancia de 84 kilómetros de Manila y los sacrificios que le imponían las malas vías de comunicación.

En Lipa le esperaba un largo reinado, con días angustiosos. Allí le cogió la invasión japonesa. Días malos de verdad y llenos de histo­rias trágicas. Diciembre de 1941 a febrero 1945.

En Manila ocuparon los japoneses nuestra Casa Central. Los Pa­dres que pudieron se escaparon y vivieron ocultos con familias par­ticulares o en casas de Hermanas, como Capellanes, los demás hubie­ron de convivir con oficiales japoneses y como refugiados en la propia casa de la que se habían hecho dueños los japoneses. Eran bien tra­tados por éstos. Así las cosas, en febrero de 1945, los americanos co­menzaban la liberación de Manila. Los dueños improvisados de nues­tra Casa Central comprendieron que llegaba el momento de perder los derechos de propiedad y por los mismos medios de que ellos se habían valido para adquirirlos. Creyeron que debían despedirse a tiem­po de los verdaderos dueños a quienes habían venido tratando como refugiados y al mismo tiempo con relativa deferencia y consideración. ¡Despedida trágica! Tuvieron a los Padres y Hermanos tres días ama­rrados, sin comer, y, al fin, los atravesaron con la bayoneta. Era el día -9 de febrero de 1945. Los cadáveres los arrojaron al estero, desagüe de la ciudad, que bordea nuestra propiedad, donde permanecieron has­ta que, huidos los japoneses, fueron encontrados, y sus cuerpos, ya desfigurados, fueron sacados de aquellas inmundicias por los coherma­nos Paúles que, ocultos en otras partes de la ciudad, habían logrado sobrevivir a la inaudita salvajada japonesa. Así se recuperaron los cadáveres de los 6 Padres y 4 hermanos, entre ellos el del Visitador, Padre José Tejada. Fueron 18 los Paúles víctimas de la crueldad ja­ponesa en Filipinas. (Cfr. ANALES, febrero 1946, pág. 58.)

La guerra terminó dejando al país deshecho y a la Familia Vicen­ciana huérfana, pues en el Padre Tejada los Padres habían perdido su Visitador y las Hermanas a su, tal vez, más querido Director en Fi­lipinas.

Apenas se divulgó la noticia de la muerte del Padre Tejada, fue deber del Padre Robredo, primer Consejero Provincial, ponerse al fren­te de toda esta Familia Vicenciana en calidad de Visitador interino de los Padres y Director de las Hermanas. Tomó oficialmente pose­sión del cargo el día 4 de abril de 1945, permaneciendo en dicho pues­to hasta el día 1 de noviembre de 1946, en que toma posesión el Pa­dre Zacarías Subiñas.

Relevado del cargo más importante de la provincia, quedó defini­tivamente en la Casa Central, Superior de la Comunidad algunos años y Procurador doméstico hasta fínales del año 1957, ayudando en otros.

Al cumplir los sesenta años de vocación, recibió una carta del Muy Ho­norable Superior General, Padre Slattery, encomiando precisamente ese amor al trabajo, siendo con ello un excelente modelo para los jóvenes.

Poco a poco, la exigente edad iba poniendo sus limitaciones: pero hasta el mismísimo momento de llevarle, bien contra su voluntad, al hospital, siguió en todo vida de comunidad, sin excusarse de acto al­guno y sin admitir en el refectorio ninguna clase de singularidad, sin aceptar ninguna dieta, ni tampoco privarse de nada. Fue siem­pre el despertador de la Comunidad y agitaba la campana a las cua­tro en punto de la mañana o apretaba los timbres eléctricos a las cuatro y media, según la exigencia de los tiempos, con tal fuerza, que el celo rayaba en pasión.

Entrado ya el año 1969, se apoderó de él tal decaimiento que su habitual simpatía iba envuelta en tonos al parecer pesimistas y en verdad realistas. «Esto se acaba» repetía con frecuencia. Parecía que de lejos avistaba la muerte, que venía galopando, Llegó el día 14 de agosto de 1969.

VUELTA A LA PATRIA

El desprendimiento y entrega del padre Robredo era total. Cuan­do se desprendió de los suyos y dejó el pueblo natal para entregar se a la Congregación lo hizo con la convicción de que era para siempre. Cuando, recién ordenado sacerdote, salió de España, cre­yó que nunca más volvería a pisar su suelo. Villacián, porción bur­galesa, sería para él toda la vida «tierra sagrada donde yo nací», y para España entera llevaba constantemente la cantinela en su corazón: «Yo te prometo consagrarme a ti y dedicarte mis cari­ños—mis cariños más fervientes—, mis cariños y mi fe». En sus NOTAS DE MI VIAJE A ESPAÑA a los treinta y cinco años de ha­ber salido, dejó escrito:

«A pesar del balanceo del barco y del frío, todo el mundo estaba en las toldillas con los ojos fijos hacia la Patria y tanto más fijos cuanto más nos íbamos acercando a Bar­celona. Al divisarse las montañas que la circundan y mucho más al percibirse claramente las torres de sus iglesias y los palacios y las calles y… el puerto, un espontáneo grito salió de nuestras bocas y de nuestro pecho: ¡VIVA ESPAÑA! ¡VIVA NUESTRA QUERIDA ESPAÑA! Para conocer el in­menso gozo que uno siente en tales ocasiones, es preciso haber vivido fuera de España por muchos años.»

Inesperadamente y cuando tan feliz se sentía en el seminario de San Pablo (Laguna) concedieron al padre Robredo y otros dos pa­dres unas breves vacaciones a la patria. Ocho meses justos fuera del seminario. De ellos, 33 días dentro del barco LEON XIII, que les llevó de Manila a Barcelona y otros 33 días exactos de Barcelona a Manila en el FULDA. Antes y después, días de espera en Manila. Los pocos meses restantes fueron muy aprovechados para visitar a parientes desconocidos en España y viajes de compromiso a París y Roma. El compromiso era ineludible, pues venía como peregrino de Filipinas a las celebraciones centenarias de las Apariciones de la Santísima Virgen a Santa Catalina Labouré. Volvamos a sus «NO­TAS DE MI VIAJE»:

«La reunión de los peregrinos españoles se verificó en Irún en la noche del día 8 de julio (1930). A la peregrina­ción española nos unimos los filipinos encabezados por Mons. Reyes, Obispo de Nueva Cáceres (Naga). La peregri­nación constaba de unos 800 seglares, unas 100 Hijas de la Caridad y unos 25 Sacerdotes, la mayor parte Paúles… Llegamos a París el día 10 a las 7 de la mañana. A su de­bido tiempo nos dirigimos hacia la famosa Capilla de las Hijas de la Caridad, donde tuvieron lugar las Apariciones hace un siglo y ahora lugar de cita para todos los peregri­nos. Una vez reunidos, el P. Director de la Peregrinación dirigió una alocución a los concurrentes, dando gracias a la Santísima Virgen por nuestro feliz arribo e indicando el programa a seguir durante los días siguientes: Por la ma­ñana, Misa de Comunión, Sermón y cánticos en español. Por la tarde, Exposición del Santísimo, Santo Rosario, plá­tica y cánticos a la Santísima Virgen en español, despidién­donos siempre con el consabido beso a la célebre silla don­de la Santísima Virgen estuvo sentada y que es muy sen­cilla, por cierto. Los ratos libres, más un día que nos die­ron de Jauja, los pasamos en visitar otros monumentos, ya religiosos, ya profanos de que abunda esta inmensa urbe. El último día de nuestra estancia en París, día 13, tuve la satisfacción de celebrar la Santa Misa en la Capilla de las Apariciones y después de haberse despedido toda la pere­grinación de la Virgen Milagrosa, no sin antes haber pe­dido su bendición para nuestra querida Patria, a las 8 de la noche, cuando París se engalanaba para celebrar su fies­ta oficial (La Bastilla) el día siguiente, tomamos el tren para Lourdes, donde llegamos al mediodía del 14 de julio».

Continuamos copiando de las ‘sabrosas «NOTAS DE MI VIAJE»:

«CAMINO DE ROMA. A Mediodía del 15 la peregrina­ción se volvió para España; nosotros (el grupo filipino) nos detuvimos en Pau para tomar el tren de las 4 p.m. El día siguiente y hacia el mediodía llegamos a Ventimilla, ciudad que separa la nación francesa de la italiana. En Génova nos detuvimos un día para descansar y ver la ciudad y su puerto, rival de Marsella y Barcelona. El 18 de julio entrá­bamos en la Ciudad Eterna, donde permanecimos hasta el día 24. Días memorables que difícilmente se borrarán de nuestra memoria, sobre. todo la Santa Misa que celebra­mos sobre el Sepulcro de San Pedro, y el día en que besa­mos la mano y recibimos la bendición del Sumo Pontífice y Jefe supremo de la Iglesia Universal, Su Santidad el Papa Pío XI.

«NOTAS DE MI VIAJE…» rebosan erudición. Aprovechó bien el padre Robredo cada minuto del día y cada paso que dio de aquí para allá por Francia, por Italia y sobre todo por España, y lo más curioso es que todo se le quedó como fotocopia imborrable en su memoria. Hablaba de todo lo que vio como quien lo está viendo al presente. Con frecuencia y con toda naturalidad decía en su conver­sación: —,«Ahora, cuando estuve yo en España».

—»¿Cuándo fue ese, ahora, padre Robredo?

—»Pues… hace ya más de treinta arios.»

El amor a sus parientes era verdadero y bien ordenado, que ni le era obstáculo para cumplir con todas las exigencias de su voca­ción, ni necesitaba de minuciosos regalitos para exteriorizarse. Nada trajo de Filipinas para sus parientes, sino la más inesperada sor­presa de su presencia para unos y otros y nada se llevó a Filipinas como recuerdo de su viaje, sino la determinación de consagrarse al deber en favor del pueblo filipino en el lugar y ministerio que le colocara la Divina Providencia. En todo mostró una naturaleza hu­mana muy sana y perfecta, y un espíritu de fe muy grande:

«¡Qué alegría volver a pisar la casa paterna después de 43 años; pero también qué tristeza al no encontrar ningu­na persona conocida! Todas habían desaparecido y excepto el hermano Juan, todas las había llevado la implacable parca. Persuadido estaba de ello; pero al no verlas, sentí una profunda tristeza y amargura, si bien mezclada con la satisfacción de verme con los sobrinos, quienes me reci­bieron con afecto y trataron con cariño. Al día siguiente, después de Misa, estuve con toda la familia y el Señor Cura en el Camposanto, rezando un responso por mis pa­dres, hermanos y paisanos. Pobre dejé a la familia y pobre la he encontrado después de 45 años; pero si pobres en bienes materiales y de fortuna, muy ricos en bienes espi­rituales y muy resignados con la voluntad de Dios, que es lo más importante aun en este mundo».

Después de unas vacaciones cortas, pero muy bien aprovecha­das, no se nota en el padre Robredo ni la menor vacilación en re­gresar a Filipinas. Seguimos copiando de sus «NOTAS DE MI VIAJE»:

«Llegó por fin la hora de dar la última despedida y el último adiós a la Patria, como todo llega en este mundo. A la memoria se agolpaban el día de nuestra llegada y los muy pocos, pero bien aprovechados, meses de estancia en ella. Había visto lo más importante de la Patria: Sus dos exposiciones de Barcelona y Sevilla, conjunto y síntesis de sus grandezas presentes y pasadas; recorrido y visto casi todas sus provincias, muchos de sus monumentos y, sobre todo, sus incomparables catedrales, sus montes y sus valles, sus ríos y sus carreteras; en una palabra, la Pa­tria que no conocía más que en los libros. He visto con mis propios ojos y palpado/ con mis manos en París ya el lugar dé las Apariciones de la Santísima Virgen en 1830, ya los restos y reliquias de mi amado Padre San Vicente de Paúl. Saludado y recibida la Bendición de mi Superior General en la Casa Madre de la Congregación de la Misión… Lour­des con todas sus bellezas y grandezas y los recuerdos re­ligiosos que encierra. Pero sobre todo, Roma, la Ciudad Eterna, a donde vuelven los ojos todos los cristianos y en particular los sacerdotes, porque allí reside su Jefe, Padre y Pastor. He tenido la dicha de besar su mano y recibir su bendición en su propio palacio y de celebrar la Santa Misa en la Cripta y sobre el Sepulcro del Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, en el Vaticano. Todo esto, como en cinta cinematográfica, pasaba por mi imaginación durante las últimas horas de nuestra estancia en la Patria. Por todo lo cual di infinitas gracias a Dios en la última misa que celebré en España el día de nuestro embarque (13 de octubre de 1930), así como también le pedí que protegiera y amparara el viaje que en su nombre íbamos a emprender».

PROFESOR Y SUPERIOR

Toda la vida de profesor del padre Robredo podría sintetizarse en lo que dijo al Presidente de Filipinas, excelentísimo Carlos Gar­cía, al imponerle la MEDALLA DEL MERITO el día 26 de mayo de.1.961; «Señor Presidente, he sido profesor en Filipinas durante cincuenta años, sin perder ni Un día de clase ni recibir ni un cénti­mo de salario». En mayo de 1955, al despedirse en la casa central de un padre recién llegado a Filipinas y que iba destinado al seminario mayor de Cebu, le, dijo: «Yo he estado cincuenta años de profesor si usted está la mitad ya puede darse por satisfecho». Aquel padre se siente satisfecho de haber estado seis años en dicha labor tan pesada como meritoria. La obligación de profesor estuvo en el padre Robredo unida siempre a algún otro cargo de especial responsabilidad en los respectivos colegios-seminarios donde trabajó y más de la mitad del tiempo a la responsabilidad suma de rector del seminario y superior de la comunidad a la vez. Verdad es que le tocó ser superior en los tiempos aquellos en que el superior Man­daba y 10s súbditos obedecían, y el padre Robredo mantuvo el prin­cipio intacto. Aparte de esto mantuvo la práctica de la justa distri­bución del trabajo sin que jamás él pensara en evadir su parte, y la exacta observancia de las reglas y orden prefijado. Todo marchaba como una máquina, de manera que para él la rutina de cada día era reloj automático. No conocía el favoritismo y de ningún modo la venganza. No entendía de retribuciones singulares por tra­bajos extraordinarios o especiales.

VISITADOR INTERINO EN LOS DIAS MAS CRITIOOS Y TRAS­CENDENTALES PARA LA PROVINCIA.

No fue cuestión de elección ni de nombramiento. Reconoció el padre Robredo la obligación ineludible de ponerse al frente de la familia vicenciana. No había lugar ni tiempo Para honores. Urgía poner manos a la obra y ver cómo sostener la familia Vicenciana y el rumbo que se le debía dar en este nuevo período de la posgue­rra. Nada de fondos materiales. Los bancos insolventes. El dinero japonés, papel mojado. «¡Oh, qué días—le oí decir muchas veces—, no teníamos nada, nada (recalcaba)… Escribí a todas partes pidien­do ayuda. Mire usted, los padres de Puerto Rico fueron los que nos ayudaron, hasta lápices nos enviaron. Créame usted, yo lloraba de emoción cuando recibí la primera ayuda de Puerto Rico. De está casa central—continuaba—quedaron solamente las paredes acribi­lladas de balazos y las baldosas del piso todas rotas y hoyos por todas partes. ¡Figúrese usted, fue esto un cuartel!»

Peor aún fue la falta de personal. Desde antes de la guerra sin poder venir ningún padre de España, y durante la guerra murieron dieciocho. Humanamente era imposible continuar con la responsa­bilidad de los seminarios diocesanos, mayores y menores. Escribió a los correspondientes señores obispos, exponiendo (tata dificultad para que ellos buscaran la solución más conveniente para sus respectivas diócesis. Los señores obispos, por su parte, encontraron la respuesta fácil, todos vinieron a contestar lo mismo: Ahora más que nunca dejamos el seminario en manos de los padres paúles y estamos dispuestos a aceptar cualquier solución excepto la de aban­donarlo.

En busca de la solución escribió el padre Robredo a todas las casas mandando al superior que se discutiera el asunto en comuni­dad y que en un término dado enviaran la respuesta a Manila y, a ser posible, cada padre su opinión en particular, para estudiar el asunto en el consejo provincial y buscar la solución más convenien­te. Sugería él la posible solución discutida de antemano en el con­sejo de proponer al superior general que dispusiera de los padres españoles, y se hicieran cargo de todo esto los paúles americanos. Como se ve, ya antes del Vaticano II creía el padre Robredo en la eficacia del diálogo y en los valores conocidos y ocultos que cada miembro de la familia puede aportar al bien común.

La buena voluntad y cooperación de todos se manifestó muy ge­nerosamente. En busca de la solución final envió al padre Juguera por Europa y América para hablar personalmente con el superior general y el personal que en un caso u otro fuese necesario tratar. El asunto era urgentísimo.

Todo bien ponderado, pareció mejor que continuaran en Filipi­nas los paúles españoles, a pesar de ser esto colonia americana y el inglés la lengua predominante y prácticamente la única que ha­bían de usar los padres en sus clases y apostolado y amén de otros muchos pesares. Una vez más se cumplió el principio de que las cosas crecerán hasta llegar a su madurez y perfección al amparo de los mismos medios de que el Señor se valió para darles la exis­tencia.

Mirando a un futuro un tanto tardío, pero seguro, el padre Ju­guera, usando de los poderes que le había dado el Visitador de Filipinas, vino a un acuerdo con el Visitador de Madrid y en conse­cuencia se mandó todo un curso de diez estudiantes teólogos a ter­minar los estudios de Teología a Estados Unidos, con el fin de que después de ordenados pudieran venir ya a Filipinas con el inglés aprendido. Fue el que se dio en llamar en frase de uno de sus pro­fesores, el famoso curso de «pocos; pero listos». El tiempo y el sentir humano han demostrado la veracidad de la expresión.

Mientras tanto, no andaba el padre Robredo ocioso por estas islas. Visitó personalmente todas las comunidades de padres y her­manas y los señores obispos concernientes para estudiar en su pro­pia salsa y buscar solución a cada uno de los múltiples problemas, sin que le arredraran las dificultades de los viajes a causa de las deficiencias en los medios de transporte y sobre todo la pobreza .en que se vivía y que le impedía hacer los viajes más rápidos y seguros. Ni se acobardó cuando en uno de dichos viajes bajó rodan­do por la escalera improvisada que le subía al barco,rompiéndose tres costillas.

Relevado del cargo más encumbrado en la provincia, el padre Robredo siguió siendo el padre Robredo característico e incon­fundible.

Su fe católica era sana, sin vacilaciones ni compromisos y se ex­teriorizaba entre otros modos en su amor incondicional a la Iglesia y al Sumo Pontífice.

El amor patrio fue durante su larga vida sangre de su sangre que no le desapareció ni con una transfusión de sangre que hubo de recibir de un «American boy». Durante los largos años de su ve­jez, cuando ya no podía leer, tuvo siempre un muchacho a su lado que le leía toda clase de revistas y periódicos que llegaban de Es­paña, especialmente el ABC aéreo.

Con todo ese amor a España gastó su vida trabajando en Filipi­nas y para bien de los filipinos. Ni vacilaciones ni regateos, se dio todo y para siempre. Suspiraba por la grandeza de Filipinas con más sinceridad aún qué el autor de la famosa frase: «Esta nación puede volver a ser grande».

Llegó el año 1961 y el padre Robredo cumplió los noventa años de edad. Año de glorias humanas en testimonio de valores eternos. La Iglesia, España y Filipinas le distinguieron con sus respectivas y muy significativas medallas.

UN VIEJO SIMPÁTICO

Todos queríamos al padre Robredo y todos admirábamos el buen humor con que llevaba su vejez. «Es un viejo la mar de simpático. ¡Qué vejez tan envidiable!» Expresiones que se caían naturalmente dé los labios de unos y otros. Pasarse el rato con él era útil y agra­dable. Gozaba las historias y se reía a mansalva con los chistes, pero que no fueran verdes, pues éstos ni los contaba ni los quería oír. Los progresos de la Congregación aquí y allá y los éxitos per­sonales de cada uno de sus miembros le inundaban visiblemente de gozo.

Llegó el año 1969 y el día 7 de enero toda la Comunidad celebraba, con gran alborozo, su cumpleaños. Eran ya noventa y ocho. Na­die sospechaba entonces que pronto iban a menudear los altibajos en las fuerzas corporales y debilitársele su prodigiosa memoria. El día de San José, celebrando la santa misa, al llegar el Evangelio dijo con su determinación característica: ‘»No puedo más», y se retiró del altar. Así como el poder celebrar la Santa Misa a diario era su mayor alegría, esta imposibilidad de hacerlo era su mayor pena. Bajaba, sin embargo, todos los días a la iglesia a oír misa y comulgar. Su fuerza de voluntad superó de nuevo todas las dificul­tades y a fines de mayo reanudó la celebración diaria del santo sa­crificio, para no dejarlo hasta el mismo momento en que hizo el sacrificio grande de ingresar en el hospital para no salir más. Her­manas y enfermeras le visitaban con frecuencia y le servían con muchísimo gusto y todas repetían espontáneamente: «¡Qué viejo más simpático!». La penúltima noche fue terrible. Era difícil suje­tarle a la cama, remedio, por otra parte, de absoluta necesidad; pero él demostraba su voluntad de imperio, y energía física no le falta­ba. Forcejeaba. De cuando en cuando se calmaba repentinamente, juntaba las manos en actitud de orante y se quedaba por un rato en oración muy consciente. Nadie creía que estaba en víspera del paso final. El lo venía presintiendo gradualmente. Desde hace va­rios meses repetía con sonrisa y resignación al par que con un deje de pena: «Esto se acaba». «¿Por qué dice eso, padre Robredo?». «Por­que sí, porque lo veo». Comulgaba todos los días en el hospital, pero pocos días antes de su muerte llamó al padre Subiñas y le pidió le administrara los últimos sacramentos. La última noche de­bió de ser mala para él; quieto en la cama sin molestar a nadie, pero con la respiración fatigosa. Llegó su hora y las hermanas re­petían: «Ya se veía, la Santísima Virgen se lo iba a llevar al cielo a celebrar su fiesta».

LOS FUNERALES

Apenas se esparció la noticia, varias hermanas fueron a su cuar­to y sin dilación comenzaron a amortajarle. Entrelazado en las ma­nos el Santo Rosario, bendecido por San Pío X y cuyas cuentas ha­bían pasado por sus dedos miles de veces durante los cincuenta úl­timos años su vida que venia usando el mismísimo rosario. Lo naba casi sin interrupción. Decía él que las cuentas al principio es­quinudas se habían suavizado y hasta habían cambiado de color.

Dos días completos estuvo el cadáver en la iglesia. Empezaron a llover telegramas y conferencias telefónicas. Su gran discípulo el cardenal Rosales no toleraría que nadie le quitara el privilegio de oficiar en los funerales. Lo hubiera hecho con mucho gusto el car­denal Santos de Manila; pero comprendió que debía ceder al de Cebú.

El determinó que la misa sería concelebrada con otros obispos. La iglesia llena de Clero, Hijas de la Caridad, discípulos y simpati­zantes. La misa resultó solemne e impresionante. Su Eminencia Julio Cardenal Rosales, Celebrante principal, nos sorprendió a todos con la siguiente:

ORACION FUNEBRE

«BEATI MORTUI QUI IN DOMINO MORIUNTUR» — «Bienaven­turados los muertos que mueren en el Señor» (Apocalipsis 14:13).

Hoy la Congregación de S. Vicente de Paúl llora la muer­te de uno de los miembros más venerables y beneméritos de la comunidad, que después de estos servicios fúnebres va a bajar a la tumba para pagar su tributo a la madre naturaleza y para comparecer ante su Divino Creador.

La guadaña de la muerte ha tronchado la vida de un sa­cerdote de S. Vicente de Paúl, que pasó toda su vida apos­tólica en el país haciendo el bien, siguiendo fielmente el ejemplo del Divino Maestro—»pertransiit benefaciendo», (Act. 10:38.)

¡El padre Robredo ha muerto y por su muerte muchas almas se afligen y lloran porque están embargadas y sumidas en los sentimientos de un intenso dolor!

Estas almas son las almas de las personas ilustres y dis­tinguidas de la sociedad filipina que han brillado y siguen brillando en el firmamento de la Iglesia y del Estado donde han desempeñado y están desempeñando cargos de alta responsabilidad en el país.

Todos estos personajes en algún tiempo se han cobijado bajo la influencia benéfica de la ciencia y virtud del sa­cerdote difunto.

Modestia aparte, el que tiene el uso de la palabra debe al finado una inmensa deuda de gratitud, porque puedo decir con franqueza que lo poco que soy y lo poco que tengo se lo debo a este sacerdote de feliz memoria.

Fue Rector y profesor del Seminario de Calbayog, mi ciudad natal; en dicho Seminario se han sembrado en mi tierna inteligencia y corazón las semillas de las virtudes y de las ciencias, hasta recibir allí mismo la sagrada orde­nación sacerdotal.

El padre Robredo sintiendo vocación al sacerdocio ingre­só en la Congregación de los PP. Paúles y se matriculó en uno de los Seminarios de España. Completados los requi­sitos reglamentarios fue ordenado sacerdote de la Con­gregación. Obedeciendo a la voluntad de sus superiores, fue destinado a Filipinas, que entonces estaba bajo la do­minación española, y llegó al país en 1895, a la edad de 24 años, dejando a su amada patria, a los queridos seres, tal vez para no volver a verlos ya jamás.

En Filipinas fue designado por los superiores sucesiva­mente como Profesor y Rector en varios seminarios que fueron los teatros de su celo apostólico y de sus activida­des educadoras. Entonces estos Seminarios eran Colegios al mismo tiempo, donde la juventud estudiosa que no sen­tía vocación para el sacerdocio podía tener la oportunidad de cursar estudios preparatorios para otras profesiones civiles. De estos centros docentes han salido un sinnúmero de personajes ilustres que se han distinguido por su saber y prudencia en la Iglesia y el Estado. Sobre todo han sa­lido millares de sacerdotes que hoy trabajan con amor y celo apostólico en la viña del Señor para conservar pura e intacta la semilla de la fe cristiana que sus hermanos misioneros españoles plantaran en nuestras playas. De entre estos personajes se cuentan con honor y distinción el Ar­zobispo de Zamboanga, Presidente de las Conferencias Episcopales y varios Arzobispos y Obispos, amén de los muchos altos funcionarios en nuestro gobierno de Filipinas.

A causa de la vejez se acogió al retiro al que tenia pleno derecho y vino a permanecer en Manila en el Convento de San Marcelino, donde entregó su alma al Creador a la avanzada edad de 98 años.

Como se ha dicho, vino a Filipinas a la edad de 24 años, y estuvo en el país por espacio de 74 años haciendo el bien—»pertransiit benefaciendo»—, dando ejemplo de vida completamente entregada al servicio del Señor y de las almas.

Durante este largo período de tiempo pudo presenciar la revolución contra España, la guerra entre España y América y la invasión japonesa durante la última guerra mundial.

La Santa Sede no estuvo ajena a los servicios meritorios rendidos por el sacerdote difunto en los Seminarios. Así que en 1961 mereció del Santo Padre la condecoración con la medalla «Pro Ecclesia et Pontífice». El gobierno espa­ñol, deseando hacer justicia a los súbditos dignos de mérito, se ha dignado condecorar al benemérito sacerdote con la medalla de la Reina Isabel la Católica. El gobierno filipino, en reconocimiento de los servicios rendidos a nues­tra Patria, le honró con la Medalla del Mérito, impuesta personalmente por el Excmo. Sr. Presidente de la Nación.

El padre Robredo ha muerto, y su vida ha dejado tras si una estela luminosa, radiante de brillantes ejecutorias sacerdotales, para la mayor gloria y extensión de la Iglesia.

El P. Robredo ha muerto. En estos tristes momentos aquellas memorables palabras del poeta ascético: «Las flores se marchitan, las lágrimas se evaporan y una oración sube al cielo.»

Permitidme suplicar a los oyentes musitar una plegaria por su alma y escuchar aquellas consoladoras palabras del Divino Hijo lleno de poder y majestad. «Venid bendi­tos de mi Padre a tomar posesión del reino celestial que, os está preparado desde el principio del mundo». (Mat. 25 :34.)

Así sea.

T. MEZQUITA, C.M.

Tomado de Anales españoles, 1969

 

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