El P. Silvestre Ojea

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Anónimo · Source: Anales españoles, 1963.
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Biografias PaúlesEsta es la noticia escueta del hecho que ocurrió en la ma­drugada del 3 de septiembre pasarlo. Pero esta noticia es como un prisma, que se descompone en otras muchas, que entre todas componen su semblanza, que, si bien incomple­ta, trataré de esbozar aquí.

Su curriculum vitae es así: Nació el P. Oiea en la pro­vincia de Orense el 26 de febrero de 1892, de una familia cris­tiana, que tuvo la generosidad de dar varios hilos a Dios, y entre ellos, al M. R. P. José Ojea,  Director de las Hermanas de la Caridad de Méjico, el cual le precedió en tres años en su ingreso en la Congregación. Hizo sus estudios de Huma­nidades en el Monte Medo, a la sobra de la Virgen de los Milagros. Ingresó en el Seminario Interno el 17 de septiem­bre de 1907; dos años más tarde hizo los santos votos; estu­dió la Filosofía en Hortaleza y la Teología en Madrid, y an­tes de ordenarse fue destinado al Colegio de Limpias, reci­biendo las sagradas órdenes de manos del Obispo de Santan­der el 23 de septiembre de 1916 En 1921 vino destinado a Madrid para profesor de varias asignaturas tras en los cursos teológicos. En 1922 fue incorporado al claustro profesoral del Seminario Vicenciano de San Pablo de Cuenca, de cuya Casa de Estudios fue miembro fundador, y en su validad de pro­fesor de Teología inauguró el texto de Van Noorth. En 1953 fue enviado con el P. Julián Morales a Roma para tomar los grados de Teología, que se ganó con la brillantísima nota de «máxima, cum laude», logrando por iniciativa propia al mis­mo tiempo el doctorado en Filosofía. En 1925 se reincorporó al Teologado de Cuenca y en 1928, al ser nombrado el Pa­dre Adolfo Tobar Director del Seminario Interno, quedó como Superior al frente de la misma Comunidad. En 1932 fue nombrado Superior de la Casa de Estudios de Villafran­ca del Bierzo; en 1938 los teólogos pasaron a Murguía, y el P. Ojea con ellos, hasta que en 1942 el Teologado se reinstaló en Cuenca, de donde había sido desalojado por las in­temperancias de la República y de la revolución marxista. En 1942 el P. Adolfo Tobar le incorporó a la Secretaría Pro­vincial, de donde pasa al superiorato de la Casa de Estudios Filosóficos de Hortaleza, hasta que por fallecimiento del Pa­dre Tovar es nombrado Visitador de la Provincia de Madrid y Director de las Hijas de la Caridad de España. Por último, en 1955, expirado el sexenio de su Provincialato, es confir­mado en el de Director de las Hijas de la Caridad.

Hombre de trabajo.— De este esquema fácilmente se echa de ver que el P. Ojea fue un hombre de una gran capacidad de trabajo en su doble faceta de estudiante y de profesor. Como termómetro registrador de esta capacidad podemos utilizar el episodio de sus dos doctorados de Filosofía y Teo­logía, sacados en el Colegio Angélico de Roma en los dos cur­sos que van desde octubre de 1923 a junio de 1925. El P. Nie­to, C. M., en la crónica que publicó en los ANALES corres­pondientes al mes de enero de 1925, escribe estas líneas:

«Los señores Ojea y Morales siguen el segundo año de sus estudios en Roma para doctorarse en Teología, y en me­dio de los ya no pequeños afanes de este su deber, han ha­llado tiempo y energías para obtener, como de enseñanza li­bre, los grados de bachillerato y licenciatura en Filosofía, grados que consiguieron a Ultimes de noviembre». En junio de 1925 se doctoró en esta asignatura, sin menoscabo de la Teología, cuyos grados conquistó en buena lid, tan buena que tuvo resonancia en todos los medios culturales de Roma, y en el tomo XXXIII de nuestros ANALES (págs. 287-297), en donde su compañero de armas y fatigas, R. P. Julián Mo­rales, pregonó el resonante triunfo que el P. Ojea logró en la fiesta de Santo Tomás de Aquino, en que fue designado para defender la tesis pública delante de lo más selecto de la inte­lectualidad romana.

«Ha corrido la voz–escribe el P. Morales—que el defensor de la tesis de un español, y aunque por desgracia están lejos los tiempos de Suárez, Vázquez, Molina, Cano, Soto y mil más, todavía se repiten estos nombres con dejos de gloria en los estudiantes de Teología, por lo cual, al ver a un español creen que un nuevo paladín de la teología se levanta, sobre todo sabiendo, como en nuestro caso, que el defensor supo conquistar en ardua y legítima lid la primera nota en la Uni­versidad en los exámenes del pasado mes de junio, y que a la no pequeña tarea de los estudios teológicos ha añadido voluntariamente y a la par—aun privándose del muy justo solaz del tiempo de vacaciones—los abstractos estudios de Filosofía, en la cual, con gran aplauso y felicitaciones de sus profesores ha logrado la licenciatura».

Fueron invitados a poner objeciones el profesor de Teo­logía y Rector del instituto Anselmiano, R. P. Cummins, O. S. B.; el del Lateranense, R. F. Lazarini, S. J., profesor de Teología y Prefecto de Estudios de la Gregoriana, y el gran teólogo Mons. Lorenzo Jansens, Obispo titular de Betsaida, que estaban al frente de todo el saber de Roma.

El aula, a las cinco de la tarde del día 7 ya estaba abarrotada con numerosos representantes de los religiosos y Principales Colegios y Universidades de Roma, con los alum­nos de las tres Facultades del Angélico, y presidían todo el claustro profesoral, al cual agregaron no pocos de otras universidades, diez Obispos, entre ellos, Mons. Cieplak, que venía aureolado con e! martirio que le habían infligido los comunistas rusos, y los Cardenales Galli, Boggiani, Früh­wirth y Bisleti, Prefecto de la Congregación de Seminarios y Universidades.

Antes del P. Ojea desfilaron por la tribuna el regente del Angélico, el P. Hugón y el P. Barbado, todos ellos profeso­res del Angélico, explicando cada uno de ellos en magistrales discursos un punto doctrinal de Santo Tomás. Para dar más tiempo a las intervenciones el Padre regente indicó al P. Ojea que, omitiendo las razones de Escritura y Tradición, se limitara a exponer y explicar la tesis y los argumentos de conveniencia, cosa que el disertante hizo con claridad y suma serenidad en diez minutos, quedando así hora y media para la discusión.

La tesis era esta: In anima Christi eral scientia beata a primo instante Incarnationis. Entre las razones que adujo destacan éstas: Al Sumo Ser le corresponde una operación suma, y la naturaleza huma­na de Cristo habla sido elevada, en virtud de la unión hipostática al Sumo Ser, y por lo mismo a Cristo le correspon­día la operación suma de conocer por medio de la ciencia beata. Otra: A Cristo, «como causa de la salvación de los nombres», le corresponde tener lo que los hombres habían de tener en la gloria, ya que una cosa que está en potencia jamás pasará a acto si no es movida por otra que ya lo está; v. gr.: el agua fría nunca pasará a estar caliente si no se le aplica otra cosa que ya lo esté. Y esta otra: Cristo desde el instante de su Encarnación es Hijo natural de Dios y des­de este mismo instante se le debía la herencia, que es la que disfrutan los bienaventurados.

Los oyentes, que habían estado atentísimos al breve discurso, redoblaron su atención al levantarse el Dominico yu­goslavo Boskoviez, el cual opuso al disertante la objeción de que la «ciencia beata de Cristo es incompatible con sus padecimientos».

–Esto sería verdad—le replicó el P. Ojea—si en el alma Cristo no se admite la parte inferior y la parte superior: mientras Cristo padecía en su parte inferior la superior go­zaba de la ciencia beata.

Pero el caso es, instó el yugoslavo, que la forma simple que padece, padece toda ella a la vez.

La distinción entre la totalidad de la esencia y la totali­dad de la potencia sirve al P. Ojea para salvar la tesis; pero el yugoslavo no se rinde y argumenta que en la percepción del mal es la parte superior del alma la que padece y por lo mismo no es posible en Cristo la ciencia beata.

Pero aun en la parte superior del alma, replica el Padre Ojea, cabe distinguir la razón superior y la razón inferior.

Sin embargo replica el yugoslavo el percibir el mal moral por razón de la caridad pertenece a la razón superior. A lo que el P. Ojea, cerrando la discusión, le contesta que la caridad puede regularse o por la ciencia infusa o por la beta, algo así como entre nosotros en este mundo lo está por la gracia y en el otro lo estará por la gloria.

Todavía tuvo que refutar el P. Ojea tres objeciones que el polaco F. Hugo Ruchmiewicz, bachiller en Teología le ex­puso «extra formam»:

Primera. Cristo «en cuanto viador» no puede ver a Dios; Segunda: siendo más perfecto tener una cosa por mérito que sin él, no se puede atribuir a Cristo la ciencia beata desde el primer instante de la Encarnación; y tercera: Nada se pue­de afirman en Teología si no consta en la Escritura, y es cosa clara que sobre la ciencia beata nada consta en la Es­critura. Los textos de San Juan, que se alegan, nada prueban. La solución que a las tres objeciones dio el P. Ojea fue tan clara, brillante y contundente que por dos veces fue inte­rrumpido por estrepitosos y prolongados aplausos, aplausos que se renovaron cuando se levantó a objetar el F. Lazari­ni, S. J., Prefecto de la Gregoriana, el cual empieza negan­do la distinción entre razón superior y la inferior: luego si Cristo padeció tuvo que padecer todo El a un tiempo. Ade­más en Cristo, como Hombre, sólo hubo un entendimiento, y no es posible que a un mismo tiempo pueda tener pena y gozo. El P. Ojea le contestó poniendo de relieve la distin­ción entre distinción real y virtual, entre el objeto material y el formal, dando a cada término su conveniente explica­ción y aplicación al caso.

Por fin, el Benedictino P. Cummins, Rector del Anselmia­no, le objeta que la ciencia beata en Cristo implica admitir cosas contrarias o muy peligrosas, a menos que se admita en ello un milagro, a lo que el disertante, después de hacer las oportunas distinciones y el sentido en que las hace, contesta advirtiendo que al hablar de Cristo lo hace en cuanto hom­bre y que no hay peligro en admitir en Cristo el milagro de la ciencia beata, una vez admitido el portentoso milagro del Verbum carum factum».

Después de hora y media de pelea con adversarios de tal cuantía, bien merecía un aplauso el defensor de la tesis, y se lo dieron todos cerrado y entusiasta.

Todos eran luego a felicitarle. Cuando fue a besar la púr­pura al Cardenal Bisleti, éste le dijo:

—La púrpura, no; bese el anillo—y agregó—: ¿Es usted de España?

–Sí, eminencia.

Muy bien, por España; descanse usted. Ahora sólo le falta el birrete de doctor.

EI P. Lazarini, su contrincante, le dijo en correcto es­pañol:

Muy bien por los españoles

No diga usted—le replicó el P. Noval, O. P., profesor de Derecho en el Angélico—, no diga que lo ha hecho muy bien; diga que lo ha hecho divinamente.

Un argentino se acercó y le dijo:

–En nombre de la América latina reciba usted mi más entusiasta felicitación.

-Y yo—le replicó el P. Ojea—, en nombre de toda Espa­ña, manifiesto a usted mi más profundo agradecimiento a toda la América española.

Un mallorquín apenas sabía decir otra cosa que ¡»Estoy muy contento! ¡Estoy muy contento!» Al día siguiente, el Pa­dre regente, queriendo rendirle un público homenaje, le dijo ante todos los condiscípulos en plena clase que se congratu­laba con él, pues había sostenido un gran combate y en él había salido vencedor. E. P. Garrigou-Lagrange hizo otro tanto y dijo que le felicitaba «ex toto corde» porque había defendido la  ciencia beata de Cristo «more hispanico».

Por fin, todos los estudiantes de habla española, después de haberle felicitado en particular, se reunieron para hacer­te una felicitación colectiva, y los Dominicos españoles se reunieron para pedir al regente del Angélico que se solicitara al Cardenal Bisleti la concesión de la borla doctoral, pues se la había ganado con tan brillante disertación. El P. Mor­ales termina la crónica, de la que hemos tomado estas no­, con estas palabras que resumen la vida del P. Ojea y son su panegírico y la lección permanente de su profesorado:

«El P. Ojea, con su trabajo arduo, callado y constante nos enseña a todos lo que hemos de hacer en el lugar en que nos colocado la divina Providencia».

Hombre mortificado. La constancia en el trabajo fue acaso la característica más sobresaliente del P. Ojea. Sus treinta años de profesorado continuo y de puestos de responsabilidad lo están pregonando. La mayor parte de los misioneros actuales han pasado por sus manos, desde los que hemos traspuesto ya los umbrales de los sesenta hasta los más recientes, y todos le hemos visto fiel a su habitación, cuando no estaba metido en las clases o en las funciones pro­pias de su cargo. A todos se nos viene a la memoria cómo, cuando en 1921 le pusieron en una de las habitaciones de la parte norte del piso de los Estudiantes, llamadas «La Sibe­ria» por el mucho frío que allí hacía, se pasaba todo el in­vierno preparando sus clases, sin concederse descansos ni paseos, por otra parte tan legítimos, ni aun los domingos, ganándose con ello una cosecha espléndida de sabañones que se hicieron célebres. Esa fidelidad a su habitación se repitió con machacona insistencia en Cuenca, en Hortaleza, en Villafranca y en Murguía. En este punto puede tenérsele como un contrapunto y contrapeso de cierto misionerismo itine­rante y amigo de meter la nariz en todos los ambientes y espectáculos mundanos, que anda bordeando los peligros del santificantur, quia multum peregrinantur». No faltan quienes le acusan de que viajó menos de lo debido en la épo­ca de su Provincialato. Quizá tengan razón. Hay que decir, sin embargo, que este su afán por ser cartujo en casa no le impidió viajar a Irlanda para imponerse en el inglés y ser así más útil al Colegio de Limpias; ni tampoco tuvo inconve­niente en viajar a Filipinas y a la India ni recorrer las Amé­ricas de Norte a Sur para visitar a sus súbditos y enterarse de las necesidades de las Provincias filiales desparramadas por aquella inmensa geografía.

A pesar de los sinsabores y contratiempos que padeció, no se le oía quejarse ni murmurar de los que se los causaban. Dígase lo mismo de los largos y molestos achaques y enfer­medades que le sobrevinieron en los últimos años. Era muy mirado en no molestar y prefería el bien de los demás al suyo propio.

Hombre de Dios.—Esta vida de cartujo no se explica sin un gran contenido de espiritualidad. Cuando el P. Ojea fal­taba a la oración era para alarmarse, pues muy mal debía de estar cuando su puesto en la capilla se veía vacío. Y tal em­peño tenía en no omitirla nunca que en los dos días sema­nales en que la Comunidad se levanta a las seis, él renun­ciaba a esa hora de descanso para poder dedicar a la oración una hora íntegra que marcan las reglas. En la Misa y en el rezo y demás actos de religión su piedad raya en escrúpulo.

Su muerte.–Su faceta de gobernante no soy yo quién para enjuiciarla; pero ahí está a la vista la magnífica Casa de Estudios de Salamanca, que quedará como un hito que recordará a las generaciones venideras su provincialato.

Como había vivido así murió. Con paciencia, con humil­dad y con sencillez. Hasta los últimos años gozó de buena salud. En cuanto al palo, lo conservó íntegro, y por lo que hace a su color, el cuervo no llegó a despegar del todo de su cabeza, y si es cierto que en los últimos años el cisne em­pezó a aterrizar en ella, no tuvo tiempo de posarse del todo ni de tomar de ella perfecta posesión. Sus primeros achaques empezaron a asomar siendo ya Visitador. Ya en 1950, a conse­cuencia de una pulmonía y de una flebitis estuvo en la en­fermería desde el 16 de abril al 7 de julio. Se operó dos ve­ces de la rodilla estirpándole un hidroma, y de hernia umbilical el 26 de noviembre de 1953, prolongándose su estan­cia en la enfermería hasta el 11 de diciembre. En 1961 los sk.ds primeros meses los pasó también en la enfermería a consecuencia de una grave afección al hígado y a la prós­tata. Por fin, volvió a bajar a la enfermería en 1962, donde estuvo tratándose de varices desde el 18 de abril hasta el 11 de junio; el 9 de julio le operó de próstata el doctor Fraga Iribarne, hermano del ministro de Información. En una de esas curas el Hermano Benito García le hizo notar el mal es­tado de las piernas a consecuencia de las varices. El doctor Iribarne aconsejó que se trajese a un especialista de cardiolo­gía, indicando al famoso equipo del doctor Fariñas, compues­to casi todo él de canarios, el cual envió al doctor Cabrera, quien tras un diligentísimo reconocimiento, descubrió un enorme coágulo a punto de entrar en el torrente sanguíneo, que le hubiera producido una trombosis fulminante. El doc­tor Cabrera forcejeó durante dos horas hasta que logró ex­traérselo el 18 del mismo mes. «Hoy ha nacido usted otra vez», le comentó el doctor; pero desgraciadamente esta se­gunda vida le duró poco. El 19 de agosto le dieron de alta y con muy buen aspecto y apetito se incorporó a la Comu­nidad. Parecía rejuvenecido y hasta parecía haber recuperado su jovialidad. Para consolidar esta recuperación le acon­sejaron irse a Galicia y allá se fue el día 13 con su herma­no el P. José Ojea. Todo iba bien cuando el 31 llega a Ma­drid la noticia de que el P. Ojea estaba en coma a consecuen­cia de una infección de los riñones y un endurecimiento del vientre. Lo mismo los Padres que las Hijas de la Caridad se pusieron en movimiento. La Madre Visitadora se trasladó al Hospital de Santiago, donde yacía en trance agónico el P. Ojea, llevando con ella la ambulancia del Sanatorio de la Milagrosa para traerle a Madrid, vivo o muerto.

Su primo, el P. José Fernández Ojea, que residía en Car­tagena, se puso en camino para poder recoger su último aliento. Llegado a Madrid quiso sacar billete para el tren de La Coruña; pero en esta gestión encontró la oportunidad que le ofrecieron de ir en auto particular que iba a La Co­ruña y aceptó la oferta, sin saber que ella conducía a la muerte, que encontró en Arévalo, al chocar el auto con una camioneta que venía en dirección contraria, precediendo en veinticuatro horas a su primo en el viaje al cielo. Cuando al día siguiente el P. Silvestre Ojea le vio allí, le preguntaría:

—Pero ¿tú aquí?

—Sí—le contestaría el primo—; fui a verte y en Arévalo mi ángel se adelantó al tuyo y me trajo aquí primero.

Y cuando le explicó los detalles de la catástrofe, es posi­ble que el P. Silvestre repitiera la exclamación que en 1949 le oyeron los Padres de Hortaleza cuando por teléfono le anunciaron desde Madrid la repentina e inesperada muerte del P. Adolfo Tobar:

—iQué barbaridad! iQué barbaridad! Pero ¡qué barba­ridad!

Los sacramentos le fueron administrados por el P. López Quintas, que acudió desde Marín al igual que desde los Mila­gros lo hizo el J. Luis García.

También acudieron a Santiago los PP. Corcuera, Julián Tobar y Vega Fernando, que le encontraron con ánimo, al parecer recuperado y hasta dicharachero; pero, sobre todo, muy preparado para morir. Durante los dos últimos días que recobró el conocimiento en su cama fue un púlpito des­de donde predicó la paciencia, la conformidad con la volun­tad de Dios, en cuyas manos puso su vida, y la humildad, te movía a pedir repetidas veces perdón por los escándalos que podía haber dado a la Compañía y a todos aquellos ­a los que pudiera haber dalo motivos de disgusto, rogando al Superior, P. Corcuera, que transmitiese estos sus deseos a la Comunidad. Como la lucidez que tenía no permitía predecir un inmediato desenlace, los Padres regresaron a Madrid en la noche del día 2 de septiembre; pero al llegar a eso de las nueve, se encontraron con la noticia, más rápida que ellos, de que el P. Ojea había entregado su alma a Dios en las primeras horas de aquella madrugada. A las nueve de la noche de este mismo día llegó el cadáver, convirtiéndose el recibidor de los Visitadores en capilla ardiente. Inmediatamente este recibidor y los vecinos se llenaron de Hijas de la Caridad, que toda la noche se estuvieron reno­vando para velarle y rezar el santo rosario por su eterno des­canso Al día siguiente, a las diez la basílica se abarrotó de locas y toquillas, no sólo sus naves, sino el presbiterio y las tribunas. El coro de los estudiantes de Hortaleza y el de las seminaristas de Sanjurjo cantaran el funeral, en que ofició el R. P. Corcuera, y que fue presidido por el Consejo de las Provincias de las Hijas de la Caridad. Por fin, a las tres de tarde hizo la despedida del cadáver el R. P. Luis García, primer Consejero de la Provincia, y fueron muchos los Padres y muchas más las Hermanas que le acompañaron a su última morada, la cripta de los Padres Paúles, de San Isidro donde aguarda la resurrección de la carne. Ante una muerte y un entierro así casi da gusto morirse.

Terminamos estas notas, tomadas a vuela pluma, dando en nombre del M. R. P. Visitador y su Consejo, del P. Supe­rior, del P. José Ojea, de la Madre Visitadora y su Consejo, las más sentidas gracias por las muchas cartas y comunicaciones de condolencia, en número de más de 800, que les han llegado de parte de muchos Padres y Hermanas.

 

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