El P. Santiago Díez

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Elías Fuente · Source: Anales españoles, 1971.
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Edificante y edificador

Por estas calendas, era el Clero secular numeroso y llegado a mayoría de edad. Juzgó, pues, la superioridad que se debía dar responsabilidad en la administración y evangelización.

Al efecto, se puso en manos del Padre Attully y el Padre José Prodhan, éste de raza kondo y oriundo del pueblo de Padangui, la estación de este nombre de extensión dilatada y con gran cantidad de cristianos de dos razas.

El Padre Attully había dado muestras de hombre formal y cui­dadoso de los intereses de la diócesis. A las órdenes del Padre Díez, en Daringobadi, le había estado sumiso. Sólo una vez, por cuenta y en ausencia de él, con el dinero de la casa, compró una pareja de bueyes. Cuando el Padre Díez volvió, no llevó mal la adquisición, que les podía ser provechosa. Mas en seguida advirtió que uno de los bueyes era tuerto.

De carácter y temperamento muy distintos, los dos señores Curas casi desde el primer día no se avenían. El kondo, andariego, visitaba mucho los pueblos; el malayali, tranquilo por demás, de casa no salía. Los cristianos notaron pronto la diferencia de régimen. Y, sin tardar, empezaron los descontentos. Las capillas deleznables ne­cesitan cuidado continuo y reparación del techado anualmente, por­que la hormiga blanca come la hierba que lo cubre. Al empezar las lluvias, el lavado deja al descubierto los agujeros, por los cuales se filtra o cuela la gutta quae cavat lapidem, cuanto más las paredes de barro. Abandonadas a su suerte y al cuidado en vano pretendido de las propias cristiandades, porque el Padre Attully siempre fue amigo del ahorro, las capillas, en solos dos años, se derrumbaron.

Subieron las quejas de los pueblos hasta la curia. Una carta decía: «Enviemos, Sr. Obispo, un Padre español, aunque no sepa el kondo». La respuesta fue enviar al Padre Díez.

Ante la desolación, el Padre Díez no fue un Jeremías. En lugar de sentarse sobre los muros a llorar o murmurar, se arremangó, lleno de coraje, y de mil maneras se las apañó para lograr el dinero necesario para edificar, en cinco años, del 57 al 61 inclusive, ¡quince capillas de ladrillo y algunos cementerios! Lo de «que pague el Obispo», dio un giro razonable: «Sr. Obispo, ya he levantado las pa­redes y tengo colocado el maderamen de la capilla de X. ¡Si su Excelencia fuera tan amable que me diera los abestos para cu­brirla…!

Dióse a escribir cartas petitorias innumerables a España, Amé­rica y Filipinas. Debió de escribirlas con mucho arte, pues llegó a ponerse al frente de los recipientarios. Que se sepa, los centros que más le ayudaron fueron Comandante Aguado, de Teruel; Colegio San Vicente, de Barcelona, y Colegio Sagrada Familia, de Las Palmas. Sor Gloria, Sor Escolástica y Sor María Matilla merecieron muy mu­cho del edificante y edificador Padre Díez, como tantas otras insti­tuciones y personas, que permanecen en el anonimato, y cuyos nom­bres están escritos en el Libro de la Vida.

A Berhampur

A Berhampur, pasa el zarandeado Padre Díez en 1962. Esta es !a ocasión en que, como queda dicho, se da a aprender el télegu. Falta añadir que, pues no era de su gusto el destino, previendo la interinidad, pudo bien excusarse tal trabajo, que por cierto, le ha sido de poca utilidad. ¿Quién sabe si se acordó de la borrica?, y va de cuento:

El año 1947, allá por julio, estando él, accidentalmente en Surada, se presentó en este centro de la Misión un individuo télegu con una borrica a la venta. El Padre Díez pensó que le iba a servir como de perlas para el molino de aceite que tenía en Mondasoro, atándola como a una noria, vendados los ojos, para mover el artilu­gio. Entre los asistentes, sólo el maestro Sebastián pudo hacer de intérprete. En el chalaneo, el gitano le sugirió que le ayudara a bien vender y le daría un pro rato. El maestro, riendo, lo tradujo a los presentes, lejos de entrar en el juego. El Padre Díez adquirió la burra tan indómita, que él, tan acostumbrado a domar caballos, vióse obli­gado a cargar a la bestezuela unos sacos llenos de arena, y así con­ducirla a Digui. Por algún tiempo, logró su propósito; mas hete aquí que cuando ya parecía domesticada, la dejó un poco de libertad y no la vio nunca más.

Y, pues incidentalmente hemos tocado la tecla que ya ha tar­dado en sonar tratándose del Padre Díez, digamos aquí, un poco fuera de lugar, que él fue el gran amigo de la caballería y estupendo jinete.

No fue el primer introductor de los caballos al servicio del mi­sionero, título que pertenece al francés Padre Descombes, en 1883, por estas selvas del Ganjam o Phulbani. En cuanto a los españoles, el Pedre Teodoro Tajadura lo empezó a usar en Gourogoto, y dio lu­gar a un pequeño cisma principalmente entre los cristianos de Katinga, olvidados del Padre Descombes, o a pesar de él, ya que con­sideraban degradante e indigno el tocar a dichos animales, amén de tabú para las mujeres.

El Padre Díez venció todos los prejuicios estando en Darin­gobadi por el año 47 y su éxito animó a los Padres de Katinga. Para el Padre Díez la equitación era su «hobby».

Al Malabar

Desde que el Padre Conde, nombrado delegado para la Asam­blea de la C. M., en 1963, después de un año al frente del Teologado, trasladado a Alwaye, en Kerala, dejó su puesto libre, en la mente del Vicevisitador, Padre Arbizu, estaba como idea fija que el llamado a ocupar su puesto era el Padre Díez. No fue así, circunstancialmente, durante dos años. Al fin, en 1965, el Padre Díez, ya en tal puesto, desde junio, recibió su patente de primer superior de la casa de Alwaye, en septiembre del mismo año. Un año antes, había escrito a su inmediato antecesor: «Para mí, el haberse ofrecido usted a ir a ésa, ha tenido más mérito que venir a la India asimismo voluntario». Puede, pues, calcularse el suyo. Para matar el tiempo, se dio a apren­der la lengua de aquella región. Vivió en Kerala corno ermitaño, sin más desahogo que la actuación, esmerada, eso sí, que le merecían sus estudiantes.

Paso radical al frente

En 1967, ya está en Sirampur, avanzada de la Misión en Cuttack. Su gran apóstol de los años previos, desde el 63, Padre Fernando Ibiicieta, tras la persecución y expulsión oficial de la zona (algunos de sus catequistas fueron encarcelados y él confinado en Gu­nupur), con dolor inmenso, y obedeciendo a los superiores, pasó a Puri y luego a España, mientras amainaba la tormenta, aún definiti­vamente desgajándose de su querida grey que le amaba.

El Padre Díez fue juzgado el misionero más apropiado para ocupar semejante puesto, en delicadas circunstancias. El paso desde Kerala a Sirampur a sabiendas de que le esperaban trabajos ya tal vez demasiado fuertes para su edad, no hay duda que le agradó. Su breve apostolado en aquellas latitudes fue fructífero, mas breve por demás. Apenas si pudo darse cuenta de que aquella incipiente cris­tiandad necesitaba cuidados maternales, que sólo, en la actualidad, podía proporcionarle el Padre Kondo, Cirilo Prodhan, C. M.

Emergencia en Digui-Raikia

Los hombres están para las ocasiones. Y el Padre Díez era todo un hombre ya lo hemos dicho, sin miedo, que se acrecía en los peligros. Mas en estado de emergencia, no de guerra, vale más pre­venir que curar. El Padre Díez, como se esperaba, fue el pacificador de estos dos centros en rebelión contra los mandos. En semejantes situaciones, no faltan instigadores. El Padre Díez era probablemente el más a propósito para desenmascararlos a unos y dominarlos a otros, amenazándolos, camelándolos y recordándoles sus pecados y sus acto:3 virtuosos de otros tiempos. La diplomacia del Padre Díez no defraudó las esperanzas. Los ánimos se fueron aquietando. Se impuso el orden, la disciplina entre los escolares y maestros en los dos pensionados. Mientras tanto, volvió de sus vacaciones en Espa­ña el Superior de Raikia, Padre Echévarri, querido y respetado. Como él era de los duchos, su política afianzó las conquistas del Padre Díez, que le entregó los poderes. A Digui fueron enviados de Supe­rior y Asistente dos Padres nuevos. A éstos todavía les dieron algo que sentir ciertos elementos. Mas también en Digui volvió a estable­cerse la paz y la concordia.

Se precipitan los acontecimientos

Muerto el Padre Echévari, el Padre Díez volvió al frente de Raikia y su zona, con patente fija de superior.

Encomendados los centros de Raikia y Mondasoro por el Sr. Obispo al Clero Secular, el Padre Díez se retiró a Aligonda, donde pasó unos meses hasta que se instaló en Berhampur, como más a propósito para preparar la ida a España. Como el Padre Díez tenía nacionalidad india y el Gobierno de la India pone muchas objeciones a los del país para viajar al extranjero, por razones económicas de ahorro de divisas, los trámites para la documentación del Padre Díez llevó cosa de un año.

Al fin, que todo llega, pudo repatriarse y turistear por la piel de toro, que harto se lo merecía.

«Evidentemente me voy recuperando», escribía. No a todos !es parecía tan claro.

Un día, se sintió herido de muerte, con dolores atroces en el estómago o vientre. La operación quirúrgica se impuso con urgencia. Le cortaron más de un metro de intestino gangrenado.

Sabedor de que el Señor le llamaba para el Cielo, pidió y re­cibió los últimos Sacramentos.

El 20 de diciembre de 1970, entregaba, en Sevilla su alma a Dios.

De inteligencia clara, felicísima memoria y moral a toda prue­ba, cargado de merecimientos en tierras de misiones, en la de Cuttack de la India, pasó el Padre Díez a mejor vida. ¡Siervo bueno y fiel, goza el gozo de tu Señor! En intercede por nosotros, misioneros y misionados de tu bien amada y bien servida Misión-Diócesis de Cuttack.

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