El P. Lorenzo Jaureguizar

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Author: Simeón Obanos .
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El título me lo ha sugerido un sacerdote, al decirme, si se escribe sobre él, el mejor títu­lo sería: «Ha muerto un caba­llero».

Magnífico epígrafe para colo­carlo como final de sus días.

El Señor se ha llevado a la casa del Padre para hacerlo par­ticipar de su Pascua total, al P. Lorenzo Jaureguizar.

Celebró la Eucaristía a las seis y media de la mañana —orto jam sole—. Desayunó en compa­ñía del P. Provincial y lo invitó a ir con él a Manatí. Muchas gracias, P. Gascue, pero no ten­go ánimo. ¿Se sentía mal?

Unos momentos antes de las diez de la mañana del último día de abril, salió de la habita­ción, aturdido y tambaleándose, como queriendo pedir auxilio, sin poder hablar ya. Llegó has- ta un sillón de la sala, se sentó instintivamente, apoyó la pierna enferma en el sofá y quedó muerto, fulminado por un ataque cardíaco. Un sacer­dote le puso los santos óleos y le dio la bendición apostólica, papal. Dos días antes había confesado.

Así cayó el Caballero con las armas en la mano Sobre su mesa de trabajo, en su habitación, permanece fresca la tinta con la que tomaba notas para historiar los cien años de la Provincia de Puerto Rico. Ha sido honda pena y pérdida preciosa que no la haya podido relatar, dado su talento estudioso y crítico y gracia de escribir; hubiese sido una his­toria magnífica, interesante y ponderada.

Hace unos veinticinco años que trato al P. Jaureguizar, que hoy se fue al gozo del Padre. Nació en el Santurce bilbaíno, el día primero de agosto de 1914. Ha muerto, pues, a los cincuenta y nueve años. Joven aún. Murió en el Santurce puertorriqueño. Santurce español lo recibió y sirvió de cuna, y Santurce Puertorriqueño lo colocó respetuosamente

en otra cuna mayor, para darle cristiana sepultura, revestido de sus ves­tiduras sacerdotales.

¡Cuántas veces buscamos en la vida caballeros y qué difícil se hace encontrarlos! Aquel que haya tratado al P. Jaureguízar encontró siem­pre al caballero cristiano. De trato fino y delicado; de gran compren­sión humana; de sinceridad de vida; de compasión de las penas físicas y síquicas de su prójimo; de jovialidad anecdótica en la conversación. En él era algo innato, algo natural, como lo es que el agua salga de su ma­nantial. Se pudiera concordar o discordar de su opinión y criterio, pero jamás se daba por ofendido, tanto cuando fue Superior de Santiago de Cuba, como cuando ejerció de Provincial en Puerto Rico. Siempre el mismo.

Cuando la revolución de Cuba lo expulsó de la Isla, fue a Nueva York y se puso al servicio de una parroquia como organista.

Allí le sorprendió la carta del P. General nombrándole Provincial de Puerto Rico, sin haberse enterado, siquiera, que hubiese cesado del cargo el P. Marijuán. La carta no admitía renuncia. Creo firmemente que jamás le había pasado por su mente sana y limpia ser Superior Provincial. Se había disciplinado mejor para obedecer que para mandar, aunque no le faltaron dotes brillantes para ello: Inteligencia, discreción, prudencia y conocimiento de las personas. La discreción cristiana fue la norma de su vida, sin haberle oído crítica alguna, ni comentario contra nada, ni nadie.

Yo, en discurso que me encargaron que hiciese para celebrar sus bo­das de plata el año 1963, leí ante todos los miembros de la Congrega­ción: Oigan estas palabras de nuestro Visitador: «Podré equivocarme en mis actuaciones de Visitador, pero antes deseo fracasar totalmente en el cargo que hacer algo malo intencionalmente contra alguno de mis hermanos. No tengo conciencia de haberlo realizado hasta ahora».

Fue buen escritor, literato, músico, filósofo, buen católico y lector constante. Su preparación era muy sólida.

Durante su administración, la Provincia marcó nivel superior. Trató de dar auge y poner al día la provincia casi centenaria. Las obras reali­zadas están vivas dentro del marco estructural actual.

Padeció mucho, debido a sus frecuentes enfermedades. Pero jamás se le oyó queja alguna, siendo como el Job de la paciencia. Los superio­res le permitieron vivir dos veces con sus hermanos para ver si mejoraba de sus dolencias. La última vez volvió visiblemente mejorado. Sufrió va­rias operaciones fuertes y harto delicadas, y en una ocasión lo mandaron a Estados Unidos para que un especialista le operara y, aunque le operó, nada ganó.

Fue sacerdote de gran fe, y le vimos corno queriendo sensibilizar a Dios para vivirlo más ardientemente. La búsqueda de Dios constituyó en él una obsesión y sufría intensamente al pensar que no lo encontraba en su vida sacerdotal. Alguna vez le oímos hablar de su muerte, para encon­trarse con Jesucristo resucitado y vivirlo y gozarlo a plenitud. Muchas tardes lo vimos pasar ratos en presencia de Jesús Sacramentado conver­sando con su Dios. Y todos los días, recitaba a la Virgen Santa María el rosario, paseando por los pasillos, para que la Madre le hiciera vivir más realmente la vida del Hijo.

Como buen cristiano, a ninguno consideró enemigo suyo; por eso mu­rió rodeado de amigos y de admiradores.

La noche del 30 de abril, llena la Iglesia de Hermanas y de fieles, can­tamos las vísperas delante del cadáver. Todo el pueblo participó en ellas. Al día siguiente, primero de mayo, a las tres de la tarde, concelebramos el funeral. En él estuvieron presentes Su Eminencia el Cardenal Aponte, Monseñor López, Obispo dimisionario, cerca de ochenta hermanas de la Caridad para tributarle el último homenaje a quien había sido su Direc­tor y cuarenta y cuatro sacerdotes concelebrantes presididos por el Padre Gascue y unos veinticinco sacerdotes oyendo el Sacrificio. La Homilía la pronunció el P. Gascue, con la maestría propia en él.

El último responso quiso hacerlo el Cardenal, finalizando con estas palabras que son una apología: «El P. Jaureguízar fue siempre un sacer­dote respetuoso de la Jerarquía; un santo, y un buen servidor de sus hermanos». Ocho sacerdotes llevamos la caja al carro fúnebre que había de conducir los restos hasta la cripta de los PP. Paúles.

P. Jaureguízar, caballero a la usanza española, ya te has entrado en la plena vivencia de Dios a quien amaste y de Cristo a quien imitaste. Goza y descansa en paz.

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