Murió en la noche del 3 de julio. Con su muerte la Congregación ha perdido uno de los «grandes», porque el Padre José Cervera no era un misionero de los de «cartón». Sus apariencias eran humildes, casi demasiado sencillas, pero su espíritu pertenecía al grupo de los privilegiados. Un alma adornada con cualidades naturales y adquiridas, que distinguiéndole de los demás, le hacían vivir y moverse en la línea de lo extraordinario. Fue encontrado sin vida a espaldas de la rectoría, en la escuela parroquial. El P. Cervera venía sufriendo de alta presión y de corazón desde hacía ya más de diez años.
DATOS BIOGRAFICOS
El P. José Cervera nace en Nogueruelas, un pueblecito de la provincia de Teruel. Un pueblo humilde, edificad] sobre la sencillez y majestad de unas rocas. Este ambiente de majestad y sencillez, que le toca vivir en su infancia, se grava profundamente en su alma.
Estudia humanidades en el Seminario Menor de la Congregación, en Teruel. A los dieciséis años de edad ingresa en el noviciado. Se ordena sacerdote el 10 de julio de 1922. Enseña humanidades en la Apostólica de Tardajos. De Tardajos pasa a Puerto Rico. En Puerto Rico enseña en el seminario diocesano y ejerce el ministerio pastoral en campos y parroquias. En 1931 viene a Estados Unidos, a estudiar inglés. Los superiores de la Comunidad de la Milagrosa ven en el joven sacerdote algo que les agrada y el P. José Cervera se queda en Estados Unidos. En Nueva York trabaja en nuestra Parroquia de la Milagrosa. En 1938 toma parte en la fundación de lo que ahora es la Parroquia de La Santa Agonía. En 1938 pasa destinado a Los Angeles, California.
DIFICULTAD DE UN COMENZAR
Si todos los comienzos son humildes, los del P. José Cervera ocupan el último lugar en esta escala. Un ingreso total de siete dólares por semana. Con estos siete dólares tiene que hacer frente a muchas cosas: cubrir los gastos de iglesia y rectoría, responder a las exigencias de la Cancillería y tener en cuenta los intereses de la Congregación, que al ver el pobre porvenir de la nueva fundación propone esta solución: «Si no puede con la carga, ate los últimos cabos, entierre al difunto y vuélvase a Nueva York.»
En la ciudad de Los Angeles viven un millón de mejicanos. Esta población de habla hispana tiene su propia ciudad, dentro de la ciudad. El 90 por 100 reside en el Este de Los Angeles. Nuestra Señora de Talpa está en el corazón del Este de la ciudad.
Muchas veces los intereses espirituales de la Iglesia no coinciden con los intereses materiales de una Congregación religiosa. Este es uno de estos casos. Porvenir material para la Congregación no existe; pero los intereses de la Iglesia son enormes. La población mejicana necesita sacerdotes que hablen su mismo idioma, sacerdotes que les entiendan y se interesen por ellos. El clero nativo, ni les entiende ni les preocupa no entenderles. Los protestantes trabajan día y noche. El P. José Cervera sabe captar este momento y se queda donde le necesitan las almas y la Iglesia.
La iglesia es un edificio pequeño de la calle segunda. Con la llegada del P. José Cervera se hace demasiado pequeño, y empieza la vida del P. Cervera constructor: amplía el pequeño edificio, adorna el altar, repara los asientos… Tenía alma de artista. Tocaba muy bien órgano, componía música, entendía de pintura… Todo esto, decía él, graciosa y humildemente se terminó, cuando los superiores me dedicaron el cemento.
El título de la iglesia es: Nuestra Señora del Rosario de Talpa. La comunidad mejicana la llama «Talpita». Si los diminutivos en familia son sinónimos de ternura y cariño, «Talpita», en este caso, es símbolo de hogar. «TalpIta» es un rincón donde se les recibe con los brazos abiertos y el F. J. Cervera es quién abre las puertas.
LA GRAN OBRA
La bondad y el cariño hacen pequeñas todas las cosas, y la bondad y el cariño del P. José Cervera hacen pequeña a «Talpita». Sus muros son acogedores, pero no pueden abrazar a todos. Es necesario una nueva Talpa.
Los que vivimos en Los Angeles estamos acostumbrados a ver casas en medio de las calles. Trasladan las casas de un lugar a otro, por las carreteras, sobre ruedas. Esto es lo que hace el P. José Cervera. Encuentra un salón japonés en condiciones, le pone ruedas y lo traslada a unos terrenos que había comprado en la calle cuarta. Al traslado siguen muchas modificaciones, algunas ampliaciones noches sin sueño y no sé cuántos dolores de cabeza. «Talpita» siguen llamándola los mejicanos.
En la organización actual de la Iglesia, en las Diócesis de Los Angeles, toda iglesia de ciertas dimensiones necesita una escuela elemental. Talpa necesita una escuela. La construcción y el mantenimiento de una escuela parroquial en Estados Unidos corre a cuenta de la misma iglesia. Los mejicanos, al estar en deuda lo llaman estar «endrogado». Al P. José Cervera la nueva iglesia le había dejado endrogado. Lo prudente era esperar. Una cosa es cierta, hay que hacer algo por los niños. Algo que les una a la Parroquia, algo que les ocupe útilmente en los tiempos libres.
Al F. José Cervera le sobraban ideas, y echa mano de una un tanto extraña: organizar una banda sinfónica para niños y La Típica para niñas. Una banda musical que pronto se la conoce por toda California. En los desfiles marchan al ritmo de pasodobles. Muchas veces, recordando esta banda, nos decía: «Cuando desfilaban, aquellos pasodobles y el marchar gracioso de unas cuantas «mayorettes» encendían de júbilo a los espectadores.»
La construcción de una escuela parroquial no podía dilatarse demasiado. El P. José Cervera lo dilató lo menos posible. En 1950 empiezan las obras. Una obra con un presupuesto de 400.000 dólares. Una obra que empieza por buscar terreno firme, para los cimientos, en un terreno pantanoso y movedizo. Una obra que encierra en sus planes nueve clases, oficinas, librería, servicios y un salón- teatro de los mejores en la ciudad de Los Angeles. Una pieza maestra de arquitectura que acoge en sus aulas a 450 estudiantes.
Una escuela supone una facultad de profesores, en este caso una Comunidad de Hermanas. Una Comunidad de Hermanas necesita un convento. El P. José Cervera necesita un edificio más, un presupuesto más. El P. José Cervera, esta vez, se deja llevar de su corazón de hijo de San Vicente, y para su escuela trae a las Hijas de la Caridad. Este rincón pobre de Los Angeles iba a estar al cuidado de los hijos del Apóstol de la caridad.
Talpa, en la persona del P. José Cervera, abre sus brazos a toda clase de actividades. No hay actividad humana que en Talpa tenga su lugar. El alma de un pueblo tiene un rincón privilegiado en el corazón de los mejicanos. El Padre José Cervera sabe esto, y en Talpa se organizan las clases de baile. Bailes que aún hoy día ponen el granito más gracioso en las fiestas parroquiales.
En Talpa ha crecido de todo, porque el P. José Cervera ha sabido sembrar de todo. Diez asociaciones parroquiales y un ambiente espiritual que a quien pasa por aquí le habla de un gran sembrador.
Quizá muchos repartimos nuestra vida entre nosotros mismos y los demás. Esto es lo que no sabe hacer el Padre José Cervera. Su vida es para los demás. Jamás tuvo mundo propio. Donde hay un prójimo, donde hay una necesidad, ahí está su puesto.
LA GLORIA DE UNOS FUNERALES
La muerte del P. José Cervera fue un acontecimiento local. La prensa de Los .Angeles se hizo eco del triste suceso en sus ediciones en inglés y castellano.
Los días 6, 7 y 8 de julio los restos mortales del P. José Cervera recibieron aquello que él tanto había rehusado en vida: el homenaje público de una acción de gracias. Miles de corazones tuvieron que esperar este momento. Hasta que sus ojos se cerrasen, para no ruborizarle con algo que él se merecía y que su humildad rehusaba.
El lunes, a las ocho de la noche, los fieles rezaron un rosario por el descanso eterno del alma del Padre. El martes, a las nueve de la mañana, tuvimos la primera misa de funeral.
Miles de personas, más de tres mil, acudieron a rezar por el que había cuidado de sus almas y de sus cuerpos por espacio de 26 años. Todo fue solemne e impresionante. Aún recuerdo el rostro de Jacqueline Kennedy cuando llena de dolor acompañaba el cuerpo asesinado de su esposo. Llena de dolor, tuvo valor suficiente para no manifestarlo en forma de lágrimas. Este era el ambiente en la iglesia de Talpa. Todos, sobrecogidos de dolor por la pérdida del Padre, pero un dolor resignado, que no aflora en forma de lágrimas para no desvirtuarse.
Los caballeros del Santo Nombre hicieron guardia de honor, día y noche, de lunes a miércoles, al que había sido su guía espiritual.
El martes, a las cuatro de la tarde, rezaron un rosario las religiosas. Religiosas de todas partes se dieron cita para pedir para él el descanso de los Hijos de Dios. El mismo martes a las ocho de la noche, rosario para sacerdotes. El que tanto había trabajado por la Iglesia, en la Diócesis de Los Angeles, recibió el homenaje más merecido en la persona de sus sacerdotes.
El miércoles, a las diez de la mañana, fue el funeral que precedió al entierro. Presidió la misa de funeral Monseñor John J. Ward, Obispo Auxiliar de Los Angeles. Predicó, el Padre Willian Kenneally, C. M., rector del seminario diocesano de Camarillo.
Sacerdotes, religiosas y fieles acudieron a despedir los restos mortales del que había gastado su vida en el servicio de Dios. Más de 200 automóviles llevaron al cementerio cerca de un millar de personas a despedir los restos mortales del que había sido SACERDOTE, PARROCO Y PADRE.
Los Angeles, 24 de julio de 1964
P. Laurentino Díez, C. M.







