El P. Joaquín Calles

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Aurelio Ircio · Source: Anales españoles 1969.
Estimated Reading Time:

Biografias PaúlesEs una figura atrayente en sumo grado para todos los que le han cono­cido. Si es verdad que no ocupó los más relevantes cargos de gobierno, ni sonó su nombre en acontecimientos espectaculares, no lo es menos que la Congregación de que formó parte, y en particular la Provincia de Madrid, tie­ne con él una gran deuda de agradeci­miento por su inmensa labor, que no por haber sido en general más bien oculta, ha sido menos beneficiosa para su prosperidad tanto material como, sobre todo, espiritual. Sean estas líneas un pequeño tributo del reconocimiento al que es tan acreedor.

Primeros pasos y formación

Nacido en Vitigudino (Salamanca) el 16 de agosto de 1896, en el seno de una familia profundamente cristiana, pronto germinó en él la llamada de Dios a una vida de perfección, y así, recién cumplidos los doce años, ingresó en el Colegio apostólico de Tardajos, donde se fue formando en la piedad y en las letras humanas con notable aprovechamiento, según las pruebas que dio de ello después. Aprobados con lucimiento los cuatro años de latín y humanidades que entonces se acostumbraban, ingresó en el Seminario Interno de Madrid el 12 de septiembre de 1912. Las pruebas de sólida y ferviente piedad y de profundo espíritu sobrenatural que daría después en todos los hechos de que se ha conservado noticia, indicaban que aprovechó bien este tiempo de formación espiritual y de robustecimiento en la vocación. Así, terminados los dos años de prueba, los Superiores le consideraron bien preparado para los Santos Votos, que emitió para toda la vida el 13 de septiembre de 1914, pasando inmediatamente a cursar ]a filosofía en Hortaleza. En este pueblo, cercano a Madrid, no había propiamente Superior, sino sólo un delegado del Superior de Madrid, y aunque no todos los estudiantes conservaban de él muy grato recuerdo, parece que el P. Calles sí, pues se conserva una felicitación en verso que le dirigió más tarde con motivo de su onomástica. Y por cierto que no es esa la única poesía que de él se ha conservado.

Para el tercer curso de filosofía se volvía entonces a Madrid, y aquí continuaría además los cuatro cursos de teología y demás ciencias eclesiásticas. De todo este tiempo de su vida no tenemos noticias concretas, si no es el buen recuerdo que perdura en todos los que le conocieron de su amabilidad, finura y servicialidad. Y es indicio al menos de la afición que conservó a las ciencias ecle­siásticas el que, más adelante, para la Asamblea que se celebró con motivo del centenario de la Milagrosa, presentó no ya uno, sino dos estudios de teología y Sagrada Escritura, el primero titulado: «Ma­ría, Corredentora en la Medalla Milagrosa» y el segundo: «Luga­res históricos y textos bíblicos que en los dos Testamentos se pue­den acomodar a la historia y símbolos de la Medalla».

Las sagradas órdenes las recibió en el año 1921, de mayo a julio; el presbiterado, el 21 de dicho mes.

Villafranca del Bierzo y Paredes de Nava

Lo que no marchaba en él nada bien era la salud. Apenas orde­nado, se le destinó al Colegio de Villafranca del Bierzo, sin duda para reponerse. De allí escribía a los pocos días al P. Sierra con motivo de su onomástica: «He encontrado un médico que me ha hablado claro: mi tuberculosis es crónica; tengo el pulmón izquier­do, mejor dicho, tenía, herido de vértice; me dio el médico más de 200 botones y me puso unas diez inyecciones en menos de dos semanas y me encuentro muy mejorado.» Sin embargo, un año des­pués fue allá el P. Atienza a pasar la Visita canónica y le encontró en la cama, en la que llevaba más de un mes. En vista de ello, se le trasladó a Paredes, como Casa más tranquila y de clima más apro­piado para su enfermedad. Aquí comenzó a mejorar sensiblemente, pero antes de un año, por una de esas a veces extrañas permisiones de Dios, el Superior de la Casa se disgustó con él por una mala inteligencia de un hecho en que no había tenido ninguna culpa y le hizo pasar hasta hambre, cuando por su enfermedad necesitaba alimentación extraordinaria. En un mes pierde 13 kilos y le sobre­vienen vómitos de sangre.

Ávila

Se le traslada a Ávila, y allí comienza pronto un restablecimien­to progresivo que, aunque nunca le permitirá grandes esfuerzos, sobre todo el dedicarse a las misiones, sí le irá dando fuerzas para un trabajo constante en el confesionario y en la predicación de tri­duos y novenas y aun de ejercicios espirituales, lo que constituirá en adelante su ocupación de casi todos los días, junto con el cuidado de las Asociaciones. Y ya que no puede él dar misiones, se entu­siasma contando las que dan los que pueden, como la que en 1925 dieron en la misma ciudad de Ávila los grandes misioneros PP. Ar­nao, Zabala, Martínez Timoteo y Marín.

En 1929 se queja de que le han dejado, a pesar de su todavía precaria salud, con todo el trabajo de la Novena de la Milagrosa, que allí se celebraba con gran esplendor, pues hasta el Superior, Pa­dre Alpuente, a pesar de sus sesenta y tantos años, se había ido a las misiones. En 1931 es nombrado él Superior de la Casa y con­tinúa allí con los mismos trabajos y más preocupaciones.

En 1936 Ávila se convirtió en frente de guerra y hubieron de pasar buenos sustos con los bombardeos de la ciudad por los ro­jos; aun se dijo que si no cayó en su poder se debió a una protec­ción visible de su Patrona, la Virgen de Sonsoles. El P. Calles in­tervino en la ida de las Hermanas al frente de Talavera, y en cierta ocasión se libró providencialmente de caer en manos de los rojos por no haber podido, a causa de impedimentos de última hora, to­mar un coche militar en el que iba a ir a Toledo y que de hecho fue apresado por el enemigo. Días más tarde ya pudo ir a visitar a las Hermanas de Toledo con más seguridad.

En este tiempo cedió con gusto parte de la casa para instalar en ella las oficinas del Estado Mayor del General Saliquet. Y cedió asimismo a su súbdito el P. Elías Alduán, que tan brillante papel desempeñó como capellán de la Legión.

Una cosa hubo, sobre todo en estos primeros días de la guerra, que constituyó una verdadera tragedia para su exquisita sensibilidad, y fue el tener que confesar y asistir en sus últimos momentos a muchas personas condenadas a muerte, a la mayor parte de las cua­les conocía y aun había tratado y que en aquellos momentos se aferraban a él como una esperanza de salvación.

En una Visita canónica que por este tiempo pasó a la Casa el Padre Adolfo Tobar, anota que alguno se había quejado de que el P. Calles era demasiado absorbente en el trabajo, pero añade que «con escaso fundamento», y hace resaltar que por él sobre todo tenía la Casa excelentes relaciones con el señor Obispo y con los demás.

Al cumplir los seis años de Superior de Ávila se le propone para el mismo puesto en Málaga. Aunque él está dispuesto a obedecer y a sacrificarse, su conciencia le obliga a exponer el peligro que ello suponía para su salud. Por eso se desistió de sacarle de Ávila y, aunque desde entonces el Superior nombrado fue el P. Alduán, como éste apenas paraba en Casa continuó el P. Calles siendo el Superior efectivo durante más de un año.

Salamanca

No es fácil saber de dónde partió la iniciativa de fundar una Casa en Salamanca. El caso es que a primeros de octubre de 1938 encontramos allí al P. Calles cuidando de la restauración de la igle­sia de San Marcos, una relativamente pequeña pero graciosa iglesia románica, rotonda, abandonada desde hacía muchos años. Mientras procura su restauración y adaptación, que fue muy profunda, andu­vo buscando una casa conveniente. Para mediados de marzo ya te­nía las dos cosas, aunque al fin la inauguración de la iglesia se dejó para la fiesta del titular de la misma, 25 de abril, cuyo acto más saliente fue el sermón del mismo P. Calles. Naturalmente que él fue nombrado Superior, aunque al principio sólo le acompañaba el Hermano Lozano. La primera vivienda era un piso muy reducido, con apenas cuatro habitaciones, y no pudo encontrar otra mejor, a pesar de estar siempre a la mira, hasta octubre de 1941. Entonces se pasaron a un chalet, mejor acondicionado pero demasiado lejos de la iglesia. Muchas gestiones hizo y estuvo muy ilusionado con adquirir un terreno bastante extenso para poder levantar casa e iglesia. Incluso anduvo en tratos de fundar una escuela apostólica en Macotera; pero, por unas causas u otras, lo único efectivo fue el traslado al piso de la Ronda de Corpus, más próximo a la igle­sia, en el que habría de permanecer la Comunidad hasta que se levantara la gran Casa de Estudios en Santa Marta. Pero eso aún estaba lejos.

Como muestra de sus sentimientos íntimos, en especial respecto de la observancia, vaya aquí un trozo de la carta con que aceptaba la propuesta del P. Visitador y su Consejo de reunir una Asamblea de Superiores para ponerse de acuerdo sobre varios puntos de ob­servancia. Dice así: «¡Cuánto me alegro de tan feliz acuerdo de ese dignísimo Consejo! Lo creo providencial. Desde el primer mo­mento lo he encomendado a Dios y a San Vicente para que no sea una reunión más, sino un resultado práctico y feliz. Si me permi­tiera usted un desahogo, le diría que estoy sintiendo torturas de muerte : primero, porque siempre o casi siempre me ha tocado vivir en comunidades pequeñas donde, por amor a la paz, he procurado sufrir y callar mucho… ; pero me dolía que hubiera sujetos sólo dedicados a hablar mal de los demás. Usted sabe muy bien que si algo he dicho de algún compañero ha sido verbalmente y poco, y acaso haya sido mal informado; pero con ánimo de ofender y de­nigrar, nunca. Pues tengo noticias de que se me lleva y se me trae sin yo haber despegado mis labios. ¿Lograremos hacer campaña a favor de la caridad fraterna? ¿Hacia el respeto y la docilidad a los Superiores, sucesores de San Vicente? ¿Podremos hablar con liber­tad y santo respeto sobre los temas que usted apunta?»

Hortaleza

Un cambio notable se realizó en su vida el año 1944. Su fama, bien ganada, de hombre observante, profundamente piadoso y espi­ritual y habituado a la dirección de almas, movió a los Superiores a confiarle en dicho año la dirección del Seminario Interno de la Provincia. La reacción ante este nombramiento la expresó en las siguientes líneas: «Si fuera a fijarme en mi nulidad amplia y pro­funda, pues creo sencillamente que no tengo, sobre todo, la forma­ción profunda, hubiera puesto reparos atendibles en fuerza de mi inutilidad; pero al seguir leyendo la de usted, en la que me hace ver el destino con los ojos de la fe, no puedo menos de someterme a la voluntad de mis HH. Superiores, pronunciar el Fiat de mi con­sentimiento y ponerme en las manos del Señor, si es que en algo puedo yo realizar sus eternos designios. Todo lo espero de El.»

En un ministerio como éste es mucho más difícil que en cual­quiera otro poder juzgar con acierto de la valía y de los resultados positivos del trabajo de un hombre. Y en este caso se da además la circunstancia de que ahora el P. Calles tiene un contacto más personal y constante con el P. Visitador y por ello los asuntos más importantes los resuelven de viva voz, sin que, por lo tanto, haya quedado consignado por escrito nada de sus problemas y trabajos. Que los tuvo y graves no se puede dudar. Su salud se volvió a re­sentir gravemente debido sobre todo a esos problemas. En la única confidencia que este cronista recibió de él, a primeros de marzo de 1946 le confesó, aunque sin precisar mucho las causas, que llevaba quince días sin dormir nada. Así que a fines de ese mismo mes se le exoneró del cargo y, después de un descanso en la Casa Central, se le mandó a dar Ejercicios a las Hermanas del Norte. Precisa­mente por aquellos días se le cumplían los veinticinco años de sacer­docio, y en respuesta a una felicitación demasiado adelantada del Superior de la Casa Central, le dice que ese día terminará una tanda de Ejercicios en Murguía y por la noche comenzará otra en San Sebastián. Al mismo tiempo le dice que ha recibido varias peticio­nes de novenas, para que él le señale cuáles puede aceptar. En la misma carta le pide unos permisos de pobreza, que indican bien a las claras la suma delicadeza con que actuaba siempre en esta ma­teria.

Cádiz

Antes de que llegara la fecha de sus bodas de plata ya le había llegado la Patente de Superior de Cádiz. Claro es que no pudo mar­char para allá muy pronto porque tenía encargadas muchas tandas de Ejercicios, aunque al fin le quitaron algunas tandas y así pudo marchar a Cádiz para primeros de septiembre. Al mes siguiente ya dice que se encuentra muy contento y magníficamente aclimatado, dispuesto a trabajar con todas sus fuerzas, especialmente en el cui­dado de las Hermanas, en una de cuyas Casas de la ciudad dice que oyó con extrañeza que hacía seis años que no oían una plática de retiro, a pesar de que la Casa estaba fundada principalmente para eso. Para poder entregarse más de lleno a ese ministerio, encargó a otro Padre el cuidado de las Hijas de María. Lo malo fue que a ese Padre lo destinaron pronto a otra parte y así cayó todo el tra­bajo sobre él, con la agravante de que, si no salía a predicar, no tenían en casa para comer.

Al año siguiente sobrevino la gran tragedia de la explosión, se­gún dice él, de las minas de un torpedo, que destruyó parte de la ciudad. Y añade en la detallada narración que escribió del suceso que, si hubiese estallado otro torpedo que había cerca, según los técnicos, toda la ciudad hubiera quedado reducida a un montón de escombros. Acababa de retirarse a la habitación para acostarse y la onda explosiva le arrancó la puerta de la habitación y a él lo lanzó fuera hasta chocar con la barandilla de la escalera. A los otros dos Padres ancianos y al Hermano, gracias a Dios, no les había pasado nada, a pesar de los grandes desperfectos de la casa. Uno de ellos ni siquiera se había dado cuenta de nada. Provisto de un quinqué, se dirigió en seguida a visitar las Casas de las Hermanas, y aunque en las dos primeras: la Fundación Oviedo y el Colegio de Tavira, a pesar de los enormes desperfectos no había habido ninguna des­gracia personal, no fue lo mismo en las otras. La Casa Cuna la encontró reducida a escombros. Trepando por ellos ayudó, al menos alumbrando con su quinqué a los que trabajaban en el salva­mento de los heridos o atrapados por las ruinas. El mismo señaló un lugar en que sospechó que hubiera vivos, aunque los trabajado­res lo daban por imposible, y pronto salieron una joven seguida de .seis o siete niños más otros que acababan de morir. Más arriba encontró a dos Hermanas muertas y otra gravemente herida. Mien­tras reza un responso, le avisan que otra Hermana no se quiere de­jar lacar de entre los escombros, sin duda porque habiéndola sor­prendido la explosión ya dormida, se figuró que aquellos hombres que la querían coger eran los demonios, gritaba que no quería ir con ellos, sino con la Virgen Milagrosa. Al decirle que estaba allí el P. Calles, ya se calmó y pudieron sacarla muy mal herida. El Padre tuvo que salir de allí, pues se anunciaba la explosión de un gran bidón de gasolina, que al fin, gracias a Dios, consiguieron que no explotara. El continuó su camino visitando las demás Casas, aun­que en ellas no hubo víctimas, hasta las cuatro de la mañana en que volvió a casa.

Luego viene el problema de las reparaciones de la casa, para lo cual no tenía muchas reservas, por lo que tuvo que moverse mucho para procurárselas. Si bien consiguió hacer todo lo necesario y pagarlo al contado, cuando a primeros del año siguiente le encar­gan unos Ejercicios en Sevilla tiene que contestar que, si se mar­cha él de Cádiz, los Padres que quedan allí tendrán que morirse de hambre.

Por este tiempo tiene que sufrir bastante, tanto por mala inteli­gencia con algunos caracteres difíciles que tenía en la Comunidad, como por una caída que le estropeó bastante la pierna izquierda. También le produjo muchos quebraderos de cabeza el cuidado del Asilo de ancianos llamado Fundación Oviedo, cuya administración, por voluntad del fundador de la misma, la llevó siempre el Supe­rior de la Comunidad.

Sevilla

En octubre de 1952, al cumplir los seis años de Superior de Cá­diz, se le traslada con el mismo cargo a Sevilla, donde asimismo tiene como principal labor el cuidado de las Hermanas. Realiza ese trabajo casi solo, y aun peor, pues se encuentra de nuevo con uno de aquellos caracteres difíciles que tanto le habían hecho sufrir en Cádiz, llegando a considerarse incapaz de seguir conviviendo con él, por lo que presenta la renuncia de Superior. Después de varias reclamaciones, por fin consiguió que se lo quitaran y así pudo con­tinuar más tranquilo.

Por este tiempo comienzos de 1955 está en tratos para fundar una Casa de la Congregación en Jerez de la Frontera, pero no se llegó a ninguna conclusión. También le encomiendan pasar la Visita canónica a las Casas de Hermanas de la zona 18, y más tarde de otras provincias como Sevilla y Ciudad Real.

Apenas hubo sido nombrado Visitador el P. Vicente Franco, pa­rece que pensó levantar una iglesia buena en el terreno de la huerta adjunta a la residencia de Sevilla, la cual había de ser el monumento que la Provincia de Madrid dedicaría a San Vicente de Paul en el tercer centenario de su muerte. El P. Calles, por encargo suyo, co­menzó las gestiones, encargó los planos y aun los discutió con el arquitecto y con el P. Visitador y luego los presentó a la aproba­ción del Ayuntamiento. Comenzadas las obras, pronto se vio apu­rado por no tener dinero con que pagarlas y tiene que dirigir llama­das apremiantes a Madrid.

San Sebastián

Mientras tanto el tiempo corre y, antes de que termine la cons­trucción de la iglesia, llega la fecha en que se cumplen los seis años de Superior, lo cual lleva consigo el cambio. Es indicio de que la opinión de los Superiores era que el ministerio más apropiado para el P. Calles era el de las Hermanas, el que al tener que cambiarle siempre le destinan a una Casa en que éste sea el ministerio princi­pal. Por eso, ahora le nombran Superior de San Sebastián. Aunque recibió la Patente a primeros de agosto de 1958, no pudo salir hasta que llegó su sucesor y le pudo poner al corriente de los complica­dos trabajos y preocupaciones en que estaba implicado, sobre todo con la obra de la iglesia, que aún estaba a medias.

En San Sebastián continuó el mismo ritmo de vida y con ocu­paciones semejantes y también con graves problemas, preocupacio­nes y disgustos ocasionados sobre todo por algunos de sus colabo­radores. A poco de su traslado llegó a sus oídos el rumor de una murmuración que se corría contra él, lo cual le dio ocasión para sincerarse ante el P. Visitador con una carta que vamos a copiar, pues, aunque parezca en alabanza propia, la tenemos por absoluta­mente sincera y creemos nos dará a conocer su personalidad mejor que lo que por nuestra cuenta podríamos decir. El mismo relativo desorden con que está escrita es indicio de la impresión que le habían hecho aquellos rumores y de su mucha sensibilidad. Dice así:

«Muy Rble. P. Franco: La carta que Vd. me dejó al salir de San Sebastián se la agradezco muchísimo; pero los comenta­rios que se han hecho, me han producido una depresión enor­me: ésta es la causa principal de esta carta. No me explico lo que oigo, veo y observo, que me da miedo vivir. Esta es la razón de no pasar por Madrid, porque hubiera sido requerido e inte­rrogado y, por otra parte, en Sevilla se decía que me había qui­tado Vd. de Sevilla en unos momentos tan críticos; así que re­solví venirme por el aire.

Después de una vida pasada en la mayor austeridad y trabajo continuo, desde el 25 al 59, meterse conmigo, dando crédito a mentiras y calumnias, para echar por tierra el buen nombre de que he gozado entre las Hermanas y los Padres desde que vengo tomando parte en los ministerios y en los 28 años de Superior, si se exceptúan los dos años de Director ‘del Seminario Interno, a pesar de que mi lema fue siempre el «Ora et labora» en silen­cio, que tal vez esto haya dado lugar a esta persecución creyén­dome una nulidad, después de no tener ni 24 horas de descanso y sin vacaciones de ninguna clase en toda mi vida; todo esto me ha movido a dedicarle una hoja de trabajos extraordinarios a las Hermanas, después de los trabajos ordinarios y extraordinarios de las Casas donde he vivido : Ávila, Salamanca, Cádiz, Sevilla y ahora San Sebastián.

Y como creo que esta hora es la hora de la verdad, protesto contra esa mala voluntad que dice que se duermen las Herma­nas con mis pláticas, cuando es todo lo contrario, y, si tengo algún mérito, es el haber venido cinco años pedido a los Supe­riores por las Comisarlas de esta Zona, desde Sor Consuelo hasta Sor Felisa, y siendo ésta la sexta vez que los doy en Guipúz­coa: 40-42-44 46 55 y 59. Y sin repetirme una vez siquiera. Tengo yo suficiente amor propio para ello. 1.0 No tengo escritas las pláticas. 2. ° Poseo un fichero a base de 20 a 25 autores distintos de ejercicios y ascéticos. 3. ° He sacado de siete a ocho horas diarias de lectura y estudio durante los ejercicios, en lugar de dedicarlas al turismo. Sencillamente le digo, mi Rvdo. Padre, que no tengo envidia a ningún misionero que dediquen a esos ministerios. Y en cualquier plática que dirija a las Hermanas en Ejercicios, me apoyo en 12 ó 15 autores o maestros de vida espiritual. Por eso, antes de hablar, tengo siempre mi prepara­ción inmediata, con la ayuda de la gracia de Dios.»

La nota que acompaña a la carta contiene la lista de poblacio­nes —25— en que ha dado Ejercicios, con el número de tantas dadas en cada una de ellas, cuya suma total da el número de 385 tandas, lo que dice que da un promedio de 13 tandas por año. Sin duda que tan enorme trabajo habrá recibido ya una adecuada re­compensa.

Pero también ese enorme trabajo agotó sus fuerzas. A primeros de noviembre de 1962, después de algunos amagos o pequeños in­dicios de enajenación mental, le sobrevino un ataque gravísimo de trombosis cerebral. Estuvo varios días entre la vida y la muerte. Los médicos pronosticaban que, aunque saliese con vida, quedaría mal de la cabeza. De un encefalograma que le hicieron, dedujeron que tenía el cerebro deshecho. Sin embargo, los pronósticos no se cumplieron. Poco a poco se fue recuperando en el Clínica de la Milagrosa, de Madrid, a donde se le había trasladado. Ya repuesto bastante, aunque se le invitó a quedarse en Madrid —ya se había nombrado otro Superior en San Sebastián, él alegó que no se hacía a vivir en Comunidades muy numerosas y pidió volver a San Sebastián. Así lo hizo y continuó trabajando casi como antes, aun­que naturalmente no con tanto vigor.

No nos han llegado noticias muy concretas de sus últimos días. Parece que un día, al tomar el trolebús para ir a algún ministerio, mientras pagaba el billete dio el vehículo una arrancada algo vio­lenta que le hizo perder el equilibrio y caer hiriéndose gravemen­te. Llevado a una clínica próxima, se le atendió convenientemente y durante días pareció que iba a recuperarse. Pero al fin sobrevino una complicación, efecto sin duda de sus anteriores achaques, que a poco le llevó de esta vida a los brazos del Señor.

No dudamos que su vida de constante piedad, trabajos y sacri­ficios y las oraciones de tantas almas buenas que de él habían re­cibido inmensos beneficios espirituales, habrá hecho que su alma haya ido muy pronto a recibir del Señor con largueza el premio prometido.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *