Gerardo Conde, C.M. (1907 – 1981)

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Author: Timoteo Marquina · Source: Anales españoles, 1981.
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20 de enero de 1981: Acaba de morir en Madrid el P. Gerardo Conde, C. M. Así se me acaba de comunicar la noticia, en fórmula de costumbre y expre­sión aparentemente fría y estereotipada. Sin embargo no por esperada ha sido menos conmovedora y significativa. Qué cierto es que una muerte así («a la expectativa») y de un hombre así («en expectativa») conmueve, llena de gozo —¿por qué no?— y explica acertadamente el ser y el no ser de la vida aquí abajo.

Antes del desenlace final escuché reflexivamente (la frase es aún eco y meditación en mi interior): «La muerte tan lenta y otra de este hombre es un revulsivo espiritual a la vez que una bendición para todos.» Así fue, en efecto, y así se proclamó pocos días después con ocasión de su fervoroso funeral y entierro. «Pretiosa mors», como proclamó la liturgia.

Seguro estoy de ello, hacía ya más de tres años (desde su última opera­ción) que el P. Conde se había hermanado cordialmente y en fe (fidelidad) con la muerte. Desde entonces sobre todo, el recogimiento fervoroso y el desprendimiento más exigente se hicieron virtudes señaladas en él, espejo bien pulido para el resto de toda una vida larga, cumplida y comprometida. Bien recuerdo ahora con qué gozo espiritual y estético leyó por entonces en Tardajos (su retiro preferido por tantos motivos) el poema-oratorio del cardenal J. H. Newman El sueño de un anciano («The Dream of Gerontius»), que en previsión tal yo le había sugerido que leyera. Le impresionó profun­damente toda la obra, pero de un modo más piadoso y particular me señaló esta estrofa-oración:

«Condúceme, Luz bondadosa,
entre las tinieblas que me rodean.
¡Oh, condúceme! La noche es oscura
y me hallo lejos del Hogar.
¡Oh, condúceme!
No pido que me hagas ver
el horizonte lejano,
un solo paso es suficiente…

El sueño de un anciano, escrito por Newman ante la presencia inmediata de la muerte y cuyo fruto espiritual fue para él el destierro de todo temor servil, benefició e iluminó la fe, esperanza y caridad del P. Conde. Y esto de un modo radical. Me lo confesó, así como el deseo ferviente de hacerse cuanto antes con el libro Diálogos de la Vida Eterna, del P. Eugenio Escri­bano, C. M., para leerlo una vez más, pero ésta comparativamente con El sueño de un anciano. Ambas obras, verdaderas joyas literarias y teológicas, son el poema-canción del alma ante los novísimos: muerte, juicio y gloria. Newman, como el P. Escribano y el P. Conde —éste desde sus lecturas—, dejaron a la imaginación del «viator» o «ser de tránsito» en el camino que principia con la muerte y lleva con clarividencia y acierto a la Vida, la otra vertiente suprema. Para el P. Conde, en efecto, como para otros mu­chos, el escrito del cardenal Newman y el del P. Eugenio Escribano fueron un viático para la muerte.

Doloroso sin duda alguna y prolongado ha sido el paso final del P. Conde por esta vida. Sin embargo, bien iluminado y elocuente. Admiré en él su afán, cada día más insinuado, de pasar desapercibido, humildemente «a tien­tas», en silencio de gestos o emociones; de no dejarse sentir, de no ser nun­ca motivo de molestia para nadie, ni siquiera de desvelo. Muy al final ya, buscó el recogimiento, la semipenumbra de la habitación, pidiendo delica­damente que no se le perturbara a ser posible. Obedecía así al aviso de la Escritura: «Anda, entra en tu aposento y cierra la puerta por dentro; escóndete un breve instante mientras pasa la cólera.»

Era consciente, terriblemente consciente, de su fin, «ya llegado» a él des­de hacía días. Se dolía por ello, interiormente sobre todo, de que se ocupa­ran de él dejando otras ocupaciones, que se fuera a él dejando otras vías, que se le recordara olvidando otras memorias y obligaciones. Incluso (nos descubre el secreto su hermano Emilio), le había pedido al Señor a lo largo de todo el Adviento «no morir durante las festividades de la Navidad» para no ocasionar tantos trastornos y no obligar, por otra parte, a nadie a la tristeza y al compromiso.

Pensando yo frecuentemente en estos sus largos días y largas penum­bras finales de la vida, conociendo su espíritu y vida de oración, sus gozos interiores y sus «adivinaciones» (magia oriental en místico castellano), sus intuiciones ya del cielo prometido y logrado («intra in gaudium Domini tui»), le envié como postal de felicitación navideña (preanuncio-adviento de su «dies natalis») este breve poema que días después con su puño y letra tanto me agradeció. Sería mi último contacto espiritual y afectivo con él.

ORACION PARA LOS REZOS DEL P. CONDE

Ilumíname, Madre, el nuevo Umbral,
pues eres Puerta y Gozo de los Cielos.
Atrás quedó con años y desvelos
mi vivir para el Padre hasta el final.
Oh mi amparo, María, en el rezar,
Aurora del Dios íntimo que intuyo,
Refugio a donde voy —y ya me excluyo—,
libre, al fin, por mi fe y por mi esperar.

«Qualis vita ita rnors», y al revés también. El P. Conde se preparó, ensayó el trance final a lo largo de una vida transparente, ascética y llena de bien­aventuranzas (nirvana, en hindú).

Su espíritu, tan intimista y decantado, vagaba «libremente» por la natu­raleza de los seres y de las cosas —espejo del allá paradisíaco—, contactaba en fe y en efecto, a la vez que bebía en las fuentes inagotables de la divina Presencia. Uno recuerda, al percatarse de ello, a aquellos otros dos hindúes universales y en cierto modo también extraños a este mundo: Gandhi y Ra­bindranath Tagore. El P. Conde gustaba de la poesía, de toda literatura popular a la vez que intimista; paladeaba sentimientos, expresiones ajenas de la belleza, vivencias particulares o escondidas en los demás pero «adi­vinadas» por él. La «niñez» no se había desvanecido en él, afloraba a rau­dales, encantadoramente, evangélicamente: «Si no os hicierais como niños no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt., 18,2); «sed niños en malicia, pero hombres maduros en juicio» (Rm., 14,20). Por ello, en torno a él, en derredor del P. Conde, aquí como allá, en su tercera edad o en su primera y segunda edad, el oro: «dondequiera que haya niños existe una edad de oro» (Novalis).

La contemplación de la naturaleza, los viajes, las lecturas apasionadas de intimismo y una sensibilidad innata por lo bello, lo bueno, lo limpio y sencillo (aves, flores, silencio, fervor) forjaron a este hombre del despren­dimiento material y de la conquista espiritual. Por haber logrado él, bien pronto en su vida, esa «herencia de los pocos», ese «reino de minorías», fue y vivió como «poeta». De ahí que se haya distinguido por muchos años como un auténtico hombre «creador», hombre de «acción» en el sentido más vicenciano y evangélico. ¡Qué oportuna la segunda lectura del «oficio de lectura» del día 20 de enero, fecha de su feliz muerte y consumación: «No hay palabras para expresar la altura a la que sublima el amor. El amor nos pega a Dios. ¿Quién es capaz de poner de relieve su maravillosa belle­za? El amor, porque nada hay repugnante en el amor» (carta de San Cle­mente Romano, Papa, a los corintios).

Toda esta perfección le viene al P. Conde como fruto de su vivencia evangélica, de su empeño ascético y, circunstancialmente, de su estancia de muchos años en la India. Fue sin duda en su misión de Cuttack —a la que no abandonó ni en espíritu ni en entrega después de su regreso a España— en donde el P. Conde se decantó como «poeta», sacerdote y misionero paúl, a la vez que como hombre cabal. Vivió y murió como hombre verdadera­mente libre, sereno, juicioso y conformista en el sentido más espiritual, orientalista y evangélico. Esta apreciación es notoria y unánime en cuantos le han tratado y admirado, aquí y allá, últimamente y ayer. Sin fanatismos, con espíritu de superación, predicaba más con el ejemplo que con palabras (actitud también ésta del profetismo hindú-orientalista). Predicaba en toda ocasión, en todo y a todos el «aprender a ser y a comportarse» (las anéc­dotas y los casos para el recuerdo son numerosos y elocuentes).

El P. Gerardo Conde despreció siempre las alharacas del aplauso, del re­conocimiento y, sobre todo, las del halago. El silencio y la paz han sido, más que sus acompañantes constantes, su «alter ego». Un silencio y una paz escogidos no como refugio —ni mucho menos «subterfugio»—, sino como condicionamiento «sine quibus non» de laboriosidad interior o quehacer es­piritual, su verdadera cultura. Se dio en él la ilustración mejor del entimena de Max Scheler sobre el saber culto: «El saber culto es un saber del cual no hace falta acordarse.»

Su espíritu pacifista —hombre, por lo demás, alejado de toda clase de intrigas— fue también notorio en su vida de comunidad; es un obsequio generoso del que hemos disfrutado no pocos y un recuerdo ejemplar a tener en cuenta. Muchos testigos hay que podrían elocuentemente afirmar que ni su espíritu ni su temperamento «chirriaron» aun en los momentos más do­lorosos de sus últimos días. Menos de un mes había pasado entre su muer­te y su última visita, la que nos hizo a sus amigos de las comunidades vi­cencianas de Hortaleza. «Visita urgente y en plan de despedida», dijo, «por­que ya tengo firmada el acta de mi defunción». Nada de humor negro en él, sino todo lo contrario. Un deseo merecido y al fin logrado: «mori et esse cum Christo» (Flp., 1,23).

Fue el P. Conde un «idealista piadoso», también en el sentido más pleno y positivo. Algo que él se ganó y trajo consigo de igual manera de la In­dia (Cuttack). Allí aprendió a vivir la esperanza de la vida eterna muriendo cada día (el morir de necesidad pero no de hastío le rodeó durante muchos años). Aprendió su morir ejemplar y vicenciano a los intereses materiales, a las comodidades, a lo superfluo, a lo fácil y a lo vulgar, a lo rutinario. Es la gran lección que nos ha dejado dictada. La primera asignatura que le he visto también, y con verdadera emoción por mi parte, inculcar desde hace ya muchos años. Todo ello con interés y pedagogía evangélicos a la vez que vicencianos. Su enseñanza caló en muchos, conmovió a los más y llenó de admiración a todos. La razón de ello se mencionó ya: su obrar antes que hablar.

Indio hasta el final de la vida por educación y por modos, vivía como un faquir, inmune externamente al dolor, a la renuncia, al sacrificio; de una pasividad rocosa y de una fortaleza de roble; superando su cuerpo in­cluso hasta lo casi humanamente posible. Porque el «espíritu era fuerte», la carne se sentía contagiada de esa fuerza aun en los últimos años de su vida, cuando la carcoma física del mal se hacía más evidente.

Necesariamente me veo obligado ahora a confesar lo que antes de su muerte nunca osé hacer: Mi «tentación de la comparación», en la que tan­tas veces caí al ver en los medios de comunicación social a la Madre Te­resa de Calcutta. Los rasgos físicos, humanos y espirituales que la hermanaban con el P. Gerardo Conde se multiplican cada día en mi apreciación y observación devotas. Invito al lector mío y admirador del P. Conde a comprobar por sí mismo esta observación, a la vez que le suplico me dis­pense por el atrevimiento y caída en la tentación.

Conviviendo con él en plan de bondades y progresos en la virtud y en la ciencia, uno recordaba el reto del Mahatma Gandhi a sus discípulos: «Si no me obedecéis y creéis, me condenaré a un eterno ayuno.» No es que el P. Conde lo esperara todo de la pasividad, de la resignación, del cruzarse de brazos o del «esconder la cabeza debajo del ala» hasta ver o saber; del morir antes que arriesgarse a la lucha. Habiendo conocido, siquiera un tan­to, al P. Conde, se llega al convencimiento de que la espiritualidad comien­za a percibirse desde el instante en que se aspira a ella.

En sus modos y maneras, en su convivencia y entrega, en su espíritu de servicialidad apostólica, fue dulce y a la vez suave. No obstaba, sin embargo, para que de igual modo fuera un solitario. Detestaba, en efecto, a la masa y huía de su contacto y extorsión. Su corazón y su gozo estaban «en lo pequeño a los ojos del mundo»: En la limpia naturaleza, en la candorosa niñez y en la libertad del cielo azul y estrellado. Ahí estuvo afincada la escuela de sus docencias, su «morada de paz», como la de Rabindranath Tagore. Sé largamente y confidencialmente de sus estusiasmos con los niños, las aves, las plantas, los paisajes (paraíso suyo el de Valdelateja, en Bur­gos). Todo esto era su mundo, su escuela, su vivienda espiritual. En ella meditaba y se consolaba, sobre todo en los últimos de sus setenta y tres años, «haciendo objeto de su vida la unidad de alma con toda la creación y la comunicación con el Ser Supremo» (R. Tagore). Hermoso y fecundo logro de la plenitud de vida interior lograda no sin esfuerzo y al fin por el P. G. Conde. Esto sí que es enseñar «la verdad de la vida y de las cosas en medio de la única luz resplandeciente» (R. Tagore).

Qué bien le cuadra al P. Gerardo Conde, en este feliz y logrado remate de su vida, la glosa de San Agustín en Ciudad de Dios, según la cual el hombre «ad honorem» es el ciudadano probo que iniciado en la virtud per­manece a buen recaudo de un Dios que vela por la integridad de su gracia.

Muy seguro estuvo el P. Conde de la razón que tenían los antiguos maes­tros espirituales de la India cuando aseguraban, como un hecho positivo, que «es una muerte absoluta irse de la existencia sin haberse compenetra­do con la Verdad Eterna de la vida». Por estar tan seguro evitó ese tipo de muerte con una larga vida de fe, esperanza y ascesis en el amor.

Descanse en paz el maestro del Evangelio, de culturas elegidas con ver­dadera «sapientia», de servicios silenciosos pero eficaces. Descanse en paz el hombre de bondades múltiples y exquisitas. Descanse en paz nuestro «guru» querido y admirado. Descanse en paz el PROFETA DE LA POBREZA Y DE LA VIDA INTERIOR.

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