Pocos Padres y Hermanas fuera de la Provincia de Filipinas han conocido la ingente personalidad del P. Arana. Una mezcla de personalidad recia y amable, con una inteligencia moderna, pues le gustaba estar al día gracias a una insaciable curiosidad y capacidad casi ilimitada para leer todo aquello que pudiera caer en sus manos. Y eso a sus 87 años.
Los que hemos vivido con el P. Arana durante los últimos años de su vida, hemos podido comprobar sus dos características principales. El ser hombre de oración y su entrega total a la Comunidad.
Con qué frecuencia, aun a las altas horas de la noche, oíamos el ritmo de sus pisadas que, poco a poco, se perdían conforme se acercaba a la capilla del Seminario! Cuántas veces le hemos encontrado solo, delante del sagrario, con el rosario en las manos…! Cuántas veces, rendido por el cansancio y el peso de los años, ha dormido delante del Señor…, y es que al P. Arana le gustaba rezar. Había aprendido a través de su larga vida la necesidad de la oración. «Yo ya no puedo hacer ningún trabajo por la comunidad, decía, pero aún puedo rezar. Dios lo tendrá todo en cuenta.»
Fue una tarde calurosa de verano. Hace tres años más o menos. Una de las personalidades más famosas de la Televisión Filipina, el P. «Bob» como todos le llaman, estaba oficiando en la boda de una de sus muchas amistades. Al fondo de la Iglesia de San Vicente de Paúl, en Manila, se encontraba el P. Arana, rezando como de costumbre. Cuál no sería su sorpresa al ver que se le acercaba el P. «Bob» pidiéndole una bendición.
En el artículo que todos los días publica el P. «Bob», en uno de los periódicos matutinos de más tirada, escribió con el siguiente título: «Un hombre de oración.» Allí nos cuenta cómo le impresionó la figura del P. Arana, por lo que no dudó arrodillarse delante de él para pedirle la bendición.
Que lo digan si no nuestros estudiantes, uno de los cuales decía hace poco hablando con el P. Arana en español. «Padre, ¿por qué rezarás tanto si ya eres bueno?». «El ser bueno, le contestó, no nos pertenece a nosotros, pero el intentarlo sí. Yo ya no puedo trabajar, no puedo enseñar, no puedo escribir, apenas si valgo para algo…, rezar es lo único que puedo hacer, así que a rezar.»
Pero hay otra faceta, sólo atisbada por los que hemos vivido con él, mucho más notable y para nosotros quizá más ejemplar. Y es su amor a la Comunidad. No había detalle de la Comunidad, por insignificante que fuere, que no le interesase. Cómo le gustaba oír y leer las actividades de los misioneros, de los profesores, de los estudiantes…! ¡Cómo se interesaba, en una palabra, por la vida de la Comunidad!
Tempranito una tarde nos acercamos a la sala de recreo. Cuál no sería nuestra sorpresa al presenciar una escena que no se borrará de nuestra imaginación. Allá estaba el P. Arana, solo a sus 86 años, limpiando los platos y las tazas que nosotros, los jóvenes, habíamos dejado descuidadamente desde el recreo anterior. Detalle que podríamos multiplicar, detalles insignificantes, si se quiere, pero que reflejan esa actitud de servicio y de dedicación.
¿Y quién era el P. Arana? Estanislao Arana y Navarro de Riezo, dice su documento de identidad. Nació el 1888. Vino a Filipinas mucho antes de que la mayoría de nosotros hubiera nacido. Y no sabemos el porqué, todavía no se había ordenado de sacerdote, pues según los «records» oficiales consta que se ordenó en la capilla del Colegio de Santa Isabel de Manila, delante e la imagen del Cristo del tesoro, de quien era un ferviente devoto.
Ha sido una larga historia la que ha dejado atrás. Una historia que se puede resumir en sus 63 años de estancia en Filipinas y solamente apreciada por aquellos que han vivido con él.
Tenía el P. Arana un carácter envidiable. ¡Cuántas veces los estudiantes le tomaban el pelo! «Stanney», como familiarmente le llamábamos todos, no se cansaba de sus bromas, sabiendo como sabía que brotaban del cariño que todos le teníamos. ¿No crees tú, Stanney, que te faltan un poco al respeto?, le preguntábamos. «No, respondía, no es falta de respeto, más bien creo que es una manera de apreciar.» Stanney, le decían los seminaristas, ¿por qué no nos das unas copas y unos cigarrillos? Haremos un pequeño paréntesis. En cuanto a lo de fumar, no se lo que dirán los doctores modernos, pero según el P. Arana se lo recomendaron los doctores cuando él llegó a Filipinas para facilitar ciertas operaciones vitales. Cosa que él hizo por más de 63 años, sin que por eso le molestase lo más mínimo el cáncer. En cuanto a lo de las «copitas» solía tener en su cuarto una botellita de fundador que los demás Padres le iban regalando conforme se acababa, pues sabían que le gustaba tomar una copita después de las comidas. Volviendo al cuento, «¿por qué no nos das unos cigarrillos y una copita?», le decían los estudiantes. «Bueno, lo que me pidáis.» Después, siguiendo la broma, le decía yo: Pero Stanney ¿por qué me estás corrompiendo a los seminaristas dándoles de beber y de fumar? Y él me respondía con toda la tranquilidad. «Cuando me lo piden supongo que tendrán permiso.» ¿Pero no sabes que lo tienen prohibido? «Sí que lo sé, pero cuando lo piden tendrán razones para ello…». Era inútil seguir. Usaba una lógica que nosotros no hemos aprendido.
La mayor parte de su vida la pasó como capellán del veterano colegio de la Concordia regido por nuestras Hermanas. En el año 1963 se celebró el centenario de dicho colegio. Delante de nosotros tenemos una placa dorada en la que se dice, traducido al español, lo siguiente:
«La Asociación de las ex- alumnas reconoce con amor y admiración la labor admirable del Rev. P. Estanislao Arana, C. M., fiel y dedicado capellán del colegio de la Concordia durante más de 40 años. Y agradecen su ejemplo, su santidad personal y su dedicación al trabajo que ha contribuido, en gran parte, a la formación espiritual y moral de sus agradecidas estudiantes.»
«Como prueba de nuestra eterna gratitud le dedicamos esta placa en reconocimiento de su labor y como deber nuestro de gratitud.»
Firmado por el Presidente de la Asociación.
29 de septiembre, 1968.
Cuando debido a su larga edad los superiores le destinaron a esta casa, aún pudo continuar su trabajo de formación. Algunas clases, ayuda en la dirección espiritual y, sobre todo, en el trabajo callado de las confesiones.
Cuando algunas veces preguntábamos a los seminaristas si el P. Arana seguía bien las confesiones, sobre todo después de algunos de sus achaques, nos respondían: «Sí Padre, se acuerda bien de lo que le decimos y nos da muy buenos consejos.» Y así estuvo casi hasta que murió.
Un día por la mañana le encontramos en el suelo. El pobre se había querido levantar solo para asistir a la oración y se había caído al suelo. No podía levantarse más. ¿Y cómo iba a levantarse si se había roto la cadera? Después de unos días de observación en el hospital, los médicos nos aseguraron que su corazón podía resistir muy bien la operación. Y así fue. Una operación complicada por la edad, la anestesia y el clavo largo que le metieron. Todo salió bien. Fueron después las complicaciones las que se lo llevaron, pues resultó que tenía úlceras sangrantes en el estómago.
Una muerte envidiable. Dios lo dispuso así. En una tarde preciosa de junio, fiesta de San Pedro y San Pablo. Allí le habíamos ido a visitar como tantos días antes durante su enfermedad. Los Padres del Seminario menor de Valenzuela acababan de llegar. Los seminaristas volvían de la Universidad y decidieron pasar por el hospital. Parece que el P. Arana los estaba esperando. Pues apenas habían salido del hospital entregó su alma al Señor. Las Hermanas a quienes él tanto había servido estaban a su alrededor. El P. Cavanna, C. M., capellán del hospital, una vez más le dio la absolución y mientras respiraba los últimos alientos le hacía la recomendación del alma.
Y así se nos fue. Le sucedió algo parecido a lo que pasa todas las tardes en la ya famosa puesta del sol en la laguna de Manila. Sería poco más o menos la misma hora. Sólo que este día se marcharon juntos los dos, y el uno para no volver más. «Stanney», ¡descansa en paz!







