El día 13 de mayo de este año 1972 falleció santamente en la ciudad de Cebú (Filipinas) el R. P. Alvaro Santamaría. Su larga vida en estas bellas islas del Oriente, consagrada enteramente a la formación y santificación del clero, puede servir de modelo y de estímulo, sobre todo, a quienes hayan de dedicarse a este ministerio tan querido de San Vicente y de tanta importancia en la vida de la Iglesia. Por esta razón parece conveniente publicar en ANALES unas breves notas en que resalte el espíritu que le animó en su trabajo por la formación de buenos sacerdotes.
El P. Alvaro Santamaría había nacido en Los Tremellos (Burgos), el día 19 de febrero de 1895. Parece que su familia pasó poco después a residir en Tardajos, y allí ingresó en la Escuela Apostólica que ha sido plantel de tantos y tantos misioneros.
En los últimos años de su vida le oí referir algunos detalles de su infancia y, sobre todo, de sus primeros años en la Congregación. Cuando su memoria parecía ya flaquear, conservaba un recuerdo indeleble de sus primeros pasos en el camino de la vocación. Resulta verdaderamente edificante saber que en su familia todos los hermanos y hermanas se consagraron a Dios en la vida de comunidad, y que su padre sentía en ello un santo orgullo, poniéndose confiadamente en manos de la Divina Providencia cuando, estando él ya viudo, la más joven de la familia, hoy Sor Máxima Santamaría, residente en el Colegio de San Vicente de Paúl de Huelva, le pidió permiso para entrar en la Compañía de las Hijas de la Caridad. El Señor en su Bondad pagó con creces tan generosa disposición e hizo que nada le faltase al noble anciano hasta el día de su muerte, acaecida a sus noventa y un años de edad.
El P. Santamaría ingresó en el Seminario Interno en Madrid, el 16 de septiembre de 1910, y allí hizo sus estudios de Filosofía y Teología y recibió la ordenación sacerdotal el día 21 de septiembre de 1919.
Ni en el libro de destinos de esta Comunidad ni en ninguna otra fuente he podido verificar dónde estuvo el P. Santamaría entre 1919, fecha de su ordenación, y 1922, año de su llegada a Filipinas. Lo cierto es que por tres años, desde 1922 a 1925, estuvo destinado en este Seminario de San Carlos de Cebú:
En 1925 fue enviado al Seminario de San Vicente de Paúl de Calbayog, en la isla de Sámar. Allí había de permanecer nada menos que veinticinco años, hasta 1950. La vida de la Comunidad de aquel Seminario parece haberse distinguido por su tranquilidad. Según él refería, aun durante la segunda guerra mundial apenas si se interrumpieron las clases por breves intervalos al comienzo y al fin de la ocupación japonesa. Y el Delegado Apostólico, Mons. Piani, pidió a nuestros Padres que, a pesar de la escasez de libros de texto y de ser ellos pocos, mantuvieron abierto el Seminario, aun en sus departamentos de Filosofía y Teología.
Buen recuerdo debía conservar el P. Santamaría de aquellos años. Cuando algunos, acaso en broma, hablaban en su presencia de la dificultad o escasez de comunicaciones de la isla de Sámar con Manila y Cebú, o de otros detalles parecidos, solía él decir que un destino al Seminario de Calbayog era algo que había que merecer.
Durante este tiempo tuvo como discípulos a la mayor parte de los sacerdotes de las islas de Sámar y Leyte, muchos de los cuales viven todavía. Entre ellos se cuentan Mons. Lino Gonzaga, Arzobispo de Zamboanga; Mons. Cipriano Urgel, Obispo de Calbayog, y, sobre todo, S. E. el Cardenal Julio Rosales, Arzobispo de Cebú. Todos ellos, y más que nadie el señor Cardenal, han dado siempre muestras de un gran aprecio hacia el P. Santamaría, en atención, creo yo, a su humildad y fidelidad.
En 1950, y precisamente el día 7 de junio, llegó el P. Santamaría destinado de nuevo a este Seminario de Cebú. Una magnífica idea de nuestro señor Cardenal Arzobispo ha sido siempre la de procurar a sus sacerdotes la oportunidad de hacer un día de retiro cada mes, a más de los ejercicios espirituales de cada año. A este fin se reúnen en la Parroquia que es cabeza de cada Arciprestazgo los sacerdotes que pertenecen a esa demarcación dentro de la Diócesis, y pasan el día en los ejercicios propios de un retiro espiritual, a más de ayudarse en la solución de sus problemas y de aliviar su espíritu en una fraterna conversación durante las comidas y al final del retiro. Yo mismo he sido muchas veces testigo de la caridad que reina en estas reuniones, sin que para nada se mezcle en ellas esa crítica amarga y dura que tanto abunda en nuestros tiempos; y del respeto que estos sacerdotes muestran en todo hacia hacia el Padre que ha de recorrer distancias a veces considerables para darles el retiro.
Pues bien : para este ministerio fue escogido el P. Santamaría a su vuelta a Cebú. Los tres primeros años hubo de aprovechar los jueves, días en que no hay clase en el Seminario, para desplazarse a dar los retiros mensuales a los sacerdotes. Pero a partir del curso 1954-1955, libre ya de clases en el Seminario, se dedicó de lleno a este trabajo.
En vista de los buenos resultados que estos retiros daban, otros señores Obispos de Diócesis vecinas le pidieron que desarrollara la misma actividad entre sus sacerdotes. Y así, hubo de viajar regularmente a Calbayog, en la isla de Sámar; a Palo, en la isla de Leyte, y a Dumaguete, en la isla de Negros. Unas veces lo hacía en avión y otras en barco o en autobús, con frecuencia por carreteras en que abunda el polvo. Comía lo que le ofrecían, aunque sé por experiencia que en este punto los sacerdotes, haciendo honor a la hospitalidad filipina, suelen dar un trato excelente. Dormía donde y como podía, aun en los barcos y autobuses. Su norma de conducta parecía ser la de no pedir ni rehusar nada.
En su trato con los sacerdotes extremó siempre su prudencia para no hacer ni decir nada que pudiera crearles dificultades o inconvenientes en sus relaciones con los señores Obispos o entre sí.
Todo esto le atrajo la estima de los señores Obispos y de los sacerdotes, como yo mismo he podido comprobar repetidas veces en diversas Diócesis y Parroquias en mi calidad de Director Espiritual del Senatus del Sur de Filipinas de la Legión de María. Una prueba de este aprecio está en que se le conociera por el nombre de «Padre Varoy», que en lengua visaya cebuana es lo mismo que «Padre Alvarito», es decir, un diminutivo que es muestra de cariño.
El P. Santamaría solía atribuirse jocosamente el título de «Praelatus nullius» por encontrarse con frecuencia lejos de la Comunidad y no estar en estos casos en la necesidad de pedir los permisos ordinarios al Superior. En estos días que pasaba fuera de casa, decía él, no dependía de nadie y era verdaderamente «Prelatus nullius, sui ipsius et sui iuris». Claro que todo esto era únicamente una broma, pues siempre se distinguió por su espíritu de obediencia y sumisión a los Superiores. Y no faltó quien, también jocosamente, diseñara el escudo de la supuesta prelatura con el motto de «Ego et solus ego» —no había nadie como él— y, aludiendo a sus medios de locomoción —autobús, barco y avión— , la leyenda «Currens, navigans, volitans». En todo esto, que era una broma, había evidentemente mucho de verdad.
En atención a sus trabajos por el bien espiritual del Clero y en servicio de la Archidiócesis de Cebú y Diócesis vecinas, al celebrarse en enero de 1967 el centenario de la llegada de nuestros Padres a este Seminario, el Excmo. Sr. Arzobispo pidió y obtuvo de la Santa Sede para el P. Santamaría la cruz «Pro Ecclesia et Pontifice», queriendo de ese modo reconocer de una manera especial en su persona el trabajo realizado por la Congregación en la formación y santificación del Clero en las Diócesis que forman la Provincia Eclesiástica de Cebú.
En esta clase de actividades estuvo ocupado el P. Santamaría hasta octubre de 1968, sin dar muestras de cansancio ni quejarse de nada, a pesar de que su edad ya iba siendo avanzada.
Entonces, de acuerdo con sus Superiores, pensó en pasar unos meses de vacaciones en España. Es el descanso que de vez en cuando se da a todos los Misioneros de la Provincia.
Sin embargo, Dios tenía otros designios sobre él, al menos por el momento. La primera vez que salía a la ciudad para comenzar a arreglar algunos asuntos relacionados con el viaje, el coche del Seminario en que viajaba chocó con otro que venía en dirección opuesta. El P. Santamaría sufrió la fractura de los dos huesos de la pierna derecha, cerca del tobillo, y hubo necesidad de una amputación.
Aceptó este contratiempo no sólo con resignación, sino hasta con alegría, diciendo que su nuevo achaque era una corona y el premio que Dios le ofrecía por los muchos viajes que había hecho para dar los retiros a los sacerdotes. ¿No podría haber en esta actitud algo de vanagloria, propia de un anciano que veía en su nueva situación un medio para atraer hacia sí la atención y estima de los demás? Pensando las cosas en serio, y habiendo sido testigo de las molestias y limitaciones que su achaque le imponía, creo que se trataba de verdadera resignación y conformidad con la voluntad de Dios, que acaso muchos otros no seríamos capaces de imitar.
A pesar de sus años pronto aprendió a andar y a valerse con su pierna artificial, y el 10 de junio de 1969 salía para España en compañía del M. R. P. Leandro Montañana, entonces Visitador de la Provincia de Filipinas. En España viajó mucho, y hasta fue a Fátima y luego a París para celebrar allí ante San Vicente sus Bodas de Oro Sacerdotales. Todos o casi todos estos viajes los hizo acompañado del P. Agapito Sacristán, que habiendo pasado muchos años en Filipinas reside actualmente en la Casa Central de Madrid.
Como a todos los que viajaban con él les pagaba los viajes —al menos así lo hizo con los que con él fueron a París—, algunos llegaron a creer que el P. Santamaría disponía de cantidades poco menos que ilimitadas.
A este respecto conviene poner 1gs cosas en claro. Cuando daba los retiros, sobre todo mientras tuvo aún las clases, el Superior, considerando su trabajo como extraordinario, le daba para él algo del dinero que recibía por su ministerio. Además consta que algunos señores Obispos y Sacerdotes le hicieron algunos donativos. Todo o casi todo este dinero lo colocaba él, con permiso del Visitador, en acciones de diversas Compañías, sin entender demasiado el mecanismo de los dividendos. El sabía que las acciones, sobre todo en aquellos tiempos, producían dinero, aunque no sabía exactamente en qué proporción. Nunca supo lo que era especular con ellas, y pensó dedicar sus réditos a alguna buena obra, con permiso de sus Superiores.
Pero he aquí que un día se dio cuenta de que tenía más dinero de lo que él creía tener. Y según me dijo confidencialmente, esto no le pareció bien a él, que constantemente predicaba el desprendimiento a los sacerdotes. Y así se fue a Manila y bonitamente puso las acciones en manos del Visitador, indicando ser su intención que los réditos de la cantidad de que él hacía donación —unos 28.000 pesos— se distribuyeran a partes iguales entre esta Provincia, que entonces estaba construyendo el Seminario de Angono; la Apostólica de Tardajos, donde él hizo sus primeros estudios, y la Misión de Cuttack, en la India.
Por eso, y por haber hecho algunas otras limosnas, cuando fue a España disponía solamente de algunas cantidades que le habían dado para sus vacaciones, y al morir, como he podido comprobar en la Caja de la Procura Doméstica, donde él guardaba sus ahorros, disponía de muy poco dinero.
Tal coma él hablaba, debió disfrutar bastante de sus viajes por España y de la compañía del buen Padre Sacristán. Pero el 2 de noviembre del mismo año 1969 salía de vuelta para Filipinas, pasando por los Estados Unidos, en compañía del P. Montañana, con quien llegó a Manila el día 17 de noviembre.
Una vez más en Filipinas, volvió a este Seminario Mayor de San Carlos de Cebú. Y a pesar de que ya no podía trabajar, por más que él lo deseaba, fue deseo expreso del señor Cardenal Arzobispo que, en atención a sus largos años de servicio a la Diócesis, continuara viviendo entre nosotros a expensas del Seminario. Naturalmente, este rasgo del señor Cardenal fue para el P. Santamaría un consuelo en los días de su ancianidad.
Y así ha estado con nosotros por casi tres años el P. Santamaría, sin sufrir ningún achaque notable, fuera de una operación de cataratas en uno de sus ojos a finales de 1970. Ha sido para todos un ejemplo de todas las virtudes, sobre todo de piedad, sencillez y humildad. Generalmente ha gozado de buena salud, aunque su memoria iba fallando.
A últimos de abril se quejó de tener catarro. Como no había síntomas de ello y, por otra parte, parecía perder el apetito, se le sometió a un examen médico general. Todo parecía estar bien, y aun muy bien, excepto el funcionamiento del hígado, y se le diagnosticó una hepatitis infecciosa. La causa no aparecía muy clara y, desde luego, no parecía ser cáncer.
No quiso permanecer en el Hospital e insistió en volver al Seminario; entre otras razones, al parecer, para poder continuar diciendo Misa a una señora anciana y enferma amiga de la Comunidad.
Como a pesar de las medicinas que se le administraban no parecía mejorar, se le convenció de la necesidad de ingresar en el Hospital del Perpetuo Socorro, a cargo de las Hermanas de San Pablo de Chartres. Así lo hizo el sábado día 6 de mayo por la tarde. Nuevos análisis de la sangre revelaron que el hígado iba empeorando, excluyendo positivamente la existencia de cáncer. Se le administraron los últimos Sacramentos, y el martes día 9 por la mañana entró en coma a consecuencia de la atrofia amarilla del hígado. Ya no salió del estado de coma, y el sábado día 13 de mayo, a las ocho y media de la mañana, entregó su alma al Creador.
Durante los días que estuvo en el Hospital le visitaron repetidas veces el señor Cardenal Arzobispo y sus familiares, el señor Obispo Auxiliar y muchos sacerdotes, así como las Hijas de la Caridad del Colegio de la Inmaculada y del Asilo de la Milagrosa, y por supuesto, los miembros de esta Comunidad.
El cadáver fue embalsamado y, a ruego del señor Cardenal, el funeral se retrasó hasta el martes día 16, a las seis y media de la mañana. Todo este tiempo estuvo de cuerpo presente en la iglesia del Asilo de la Milagrosa. No se le trajo al Seminario por estar éste vacío, ya que los seminaristas se encuentran en vacaciones.
En la Misa exequial concelebraron Su Eminencia el Cardenal Rosales, Arzobispo de Cebú; otros cuatro señores Obispos, el M. R. P. Modesto López, Visitador de Filipinas; algunos Monseñores y varios Sacerdotes de los nuestros y de la Diócesis.
Inmediatamente después de la Misa se organizó la procesión al cementerio, en la que figuraban, a más de nuestras Comunidades de Padres y Hermanas, representantes de todas las Casas de Religiosos y Religiosas personalmente invitados por el señor Cardenal, algunos sacerdotes, a pesar de ser la hora en que suelen celebrar las Misas en sus Parroquias, y muchas personas amigas de la Comunidad y del P. Santamaría, que reposa, esperando la resurrección de los justos, en el panteón destinado a los Sacerdotes en el cementerio de la ciudad.
Descanse en paz el buen P. Alvaro Santamaría, que tanto trabajó en la formación y santificación del Clero, y sea su vida un ejemplo de entrega y fidelidad en el servicio de Dios.







