El objeto de la renovación

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Miguel Lloret, C.M., C.M. · Año publicación original: 1981 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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¿A qué van ustedes a comprometerse, una vez más, en este 25 de marzo? o más exactamente, ¿qué compromiso van ustedes a renovar? Las invito a que reflexionemos juntos sobre esta pregunta, con el mismo espíritu con que en la conferencia anterior hemos meditado en la significación del «Sí» que van a decir de nuevo al Señor. Nos situamos en el centro de este acto en el que no se trata tanto de dar «cosas» —aunque no dejan de ser necesarias e importantes algunas aclaraciones— como de darse una misma:

«Señor, en respuesta a tu llamada que me invita a seguir a Cristo y a ser testigo de su Caridad hacia los pobres, yo… renuevo las promesas de mi bautismo y me doy a Ti en la Compañía de las Hijas de la Caridad…»

Ese «Sí», del que ya dijimos que es esencialmente una respuesta de amor dada libremente al que nos ha amado el primero y se ha entregado por nosotros, queda así situado de golpe en referencia a los compromisos bautismales y a los caminos que nos proponemos seguir; con la ayuda de Dios, para ser verdaderamente cristianos en medio de nuestros hermanos y tomar parte con ellos en el advenimiento del Reino. Esos caminos pasan por nuestra pertenencia a la familia vicenciana, por la vocación y la misión que le son propias en la Iglesia, por el Espíritu que la anima con miras a que esa vocación y esa misión se realicen, por la regla de vida que ha de practicar. A todo eso es a lo que van ustedes a decir «Sí», mediante el don pleno y confiado de ustedes mismas y la renovación de un compromiso que, para cumplirse, no cuenta sino con la fidelidad del Señor, jamás desmentida:

«Concédeme la gracia de la fidelidad por tu Hijo Jesucristo y la inter­cesión de la Virgen Inmaculada.»

Así pues, no se puede esclarecer mejor el «contenido» de la Renovación que a partir del bautismo, a partir del bautismo vivido en conformidad con el carisma de los Fundadores. Y puesto que la Eucaristía es el punto de llegada y el de partida de la existencia cristiana, creo que nada mejor podemos hacer que aprovechar toda la reflexión que la Iglesia nos propone este año con motivo del Congreso Eucarístico Internacional de Lourdes. Ya ayer aludimos a ello: la Renovación de ustedes significa el acento de radicalidad con el que Jesucristo les pide y les brinda que entren y se unan a su actitud de «Servidor». Es la manera que tienen ustedes de dar testimonio de Él, de compartir su Pascua, de participar del Espíritu que le consagra. Son otros tantos términos que nos hacen pensar en la celebración eucarística, el acto por excelencia en el que se «hace memoria» de Jesucristo, en el que se proclama su muerte y su resurrección, en el que se entra —con toda la Iglesia y con toda la humanidad— en su propia consagración a través de la del pan y el vino.

Con tal motivo, no estaría de más preguntarnos en qué medida, hasta qué punto todos estos «jubileos» que estamos celebrando (centenario de los Congresos Eucarísticos internacionales, 4° centenario del nacimiento de San Vicente, 1500 aniversario de las Apariciones de la Santísima Virgen a Santa Catalina Labouré) nos proporcionan ocasión para ahondar en nuestras convicciones, para cambiar algo en nuestra vida. ¡Tendrían que dar a la «Renovación de 1981» un acento particular!: El hecho —que ayer recordábamos— de que la Renovación tenga siempre lugar durante la Misa, ¿no adquiere este año un significado más especial todavía? ¿No es tam­bién motivo de interpelación más fuerte el «Fiat» de María, cuando es­tamos intentando descubrir mejor el mensaje de 1830? La «vuelta a las fuentes» con la que soñamos, ¿no tendría que hacerse más efectiva al estar celebrando los «orígenes» del mismo San Vicente?

I. Del bautismo a la renovación

La forma en que se comprometen a vivir el bautismo en la Compañía, la expresan Vds. mismas en los términos siguientes:

«Según sus Constituciones, hago voto luir un año de servir a los pobres y de vivir en castidad, pobreza y obediencia al Superior general de la Congregación de la Misión.»

a) «Según sus Constituciones»

Las Constituciones son su regla de vida. Lejos de ver en ellas una «ley» externa a ustedes por poco que sea, se van a comprometer —no lo olviden— a hacer de esas Constituciones el punto de referencia de toda su vida y a asumirlas cada vez más. La forma en que van a tener que vivir el bautismo es esa: integrarse en el Pueblo de Dios a través de esa célula de la Iglesia que es la Compañía, ponerse bajo la acción del Espíritu Santo en la línea de su vocación y de su misión, reunidas todas en un mismo designio. Tienen que dar amplia entrada en ustedes al Evangelio, leído y vivido a través de San Vicente y Santa Luisa como Fundadores de las Hijas de la Caridad, o más exactamente a Jesucristo visto desde esa perspectiva, para, que pueda proseguir en ustedes el mandato que el Padre le encomendó de anunciar la Buena Nueva a los pobres.

Explicando, el 14 de junio de 1643, lo que todavía no era más que el «reglamento», San Vicente decía ya:

«Se os da esta copia para que podáis leerla por lo menos una vez al mes. Es necesario hacerlo así porque por esta lectura conoceréis la voluntad de Dios y os animaréis a ponerla en práctica.

¡Ah, hijas mías, que Dios os conceda esta gracia! Será para nosotras un medio para llegar a ser verdaderas Hijas de la Caridad. Hijas mías, si sois fieles a la práctica de esta forma de vida, seréis todas buenas cristia­nas… Sí, hijas mías, dad gran importancia a ser buenas cristianas por la práctica fiel de vuestras reglas; Dios será glorificado con ello y vuestra Compañía será la edificación de toda la Iglesia. Pensad que en estos últi­mos tiempos Dios quiere poner en su Iglesia una Compañía de pobres jóvenes del campo, como sois la mayoría de vosotras, para continuar la vida que su Hijo llevó en la tierra. ¡Ah, hijas mías! no os hagáis indignas de tal gracia. Ruego a Dios, Hermanas mías, que os de para ello una gran unión.

«Dios mío, nos damos a vos para cumplir el designio que tenéis sobre nosotros.»

Este texto tan sencillo lo dice todo. Y es fácil para nosotros hacer la transposición a las Constituciones que, por lo demás, no dispensan de leer y meditar las reglas comunes y aun las particulares. Esos «testamentos» de nuestros Fundadores fueron la primera fuente de inspiración de las Asambleas generales y siguen siendo la fuente original a la que debemos acudir para impregnarnos de su espíritu. Por ese motivo, la Asamblea de 1974 quiso que se reeditaran las Reglas en la redacción más conforme con el texto primitivo.

Han podido ustedes observar, en todo caso cómo al hablar del «regla­mento» San Vicente hace referencia a la vida bautismal, de tres formas que siguen teniendo plena actualidad:

  • Ya conocemos el paralelismo que con frecuencia hace entre «verdaderas Hijas de la Caridad» y’, «buenas cristianas». Llega a decir: «… No os diría tanto si os dijera que seriais buenas religiosas. ¿Para qué existen los religiosos y las religiosas, sino para ser buenos cristianos y buenas cristianas?» En tanto que, una vez más, deslinda la Compañía del estado religioso, insiste al mismo tiempo en afirmar que, dentro de su género de vida, las Hijas de la Caridad —corno los religiosos y las reli­giosas— tienen que vivir tan perfectamente como les sea posible el bautis­mo, siguiendo la línea que les traza la Regla. Lo que supone —también lo dice él— que esa Regla se lee con regularidad y se asimila.
  • Como «Hijas de Dios» que son ustedes, son también «Hijas de la Iglesia» por su bautismo. Si se comprometen a vivir según sus Constitu­ciones, es —repitiendo la expresión de San Vicente— para que Dios sea glorificado y su Compañía sea «la edificación, de toda la Iglesia». Otra vez nos encontramos ante la palabra «edificar» que en el lenguaje «eclesiástico» ha perdido valor y sabor; significa construir, contribuir por nuestra parte a la construcción de la Iglesia; llevar verdaderamente cada uno nuestra «piedra» para el edificio. La misma Iglesia, al aprobar las Constituciones, nos dice que eso es lo que espera de nosotros; que cuenta con vernos vivir de esa forma el bautismo, para poder tomar parte en su Misión universal de Salvación.
  • Pero lo que la Iglesia aprueba a travi’s de las Constituciones es la Compañía como tal. De todas formas, la vida bautismal es siempre vida de comunión fraterna y esa dimensión es esencial para la evangelización. Si somos misioneros, ¿cómo rehusaríamos dar ese testimonio por el que se reconoce a los discípulos de Jesucristo? Si somos misioneros de los po­bres, ¿cómo no pondríamos empeño en testimoniar ese amor que es la médula del cristianismo?

«Según las Constituciones», significa por lo tanto que no debemos perder nunca de vista que Dios nos ha reunido «para un designio común». San Vicente lo recuerda en el texto que hemos citado y aclara que para eso «nos damos del todo ‘a Dios» a Quien pide con ese mismo fin la gracia de una gran unión. Tenemos, pues, aquí, por una parte, lo que lla­maríamos hoy «referencia a la Compañía y a la comunidad local» o- «el sentido de pertenencia a la Compañía y a la comunidad local»; y, por otra, la vida fraterna y comunitaria como tal con miras a la Misión «Me doy a Ti en la Compañía de las Hijas de la Caridad»:’ Como ya hemos dicho, es en ese «marco» en el que renuevan ustedes las promesas del bautismo y en el que, por voto, se comprometen, a vivir esas promesas. Cuando las Constituciones dicen que sus,, votos son «privados» en el sentido que la Compañía ha querido dar siempre a esa palabra por fidelidad a los Fun­dadores, ello significa indudablemente que esos votos no son recibidos oficialmente por nadie ni en nombre de la Iglesia ni en nombre de la Compañía; pero que no por eso dejan de ser votos de comunidad, votos que obligan con referencia a una comunidad, a su carisma, a su vida, a sus normas: ni su emisión, ni el sentido que tienen_ ni su contenido se dejan únicamente a la iniciativa individual. Su voto de servicio a los Pobres y sus votos de castidad, pobreza y obediencia se inscriben en esa referencia sin la cual no serían ustedes «verdaderas Hijas de la Caridad», ni siquiera simplemente Hijas de la Caridad.

b) «Hago voto de servir a los pobres»

Hay una expresión en las Constituciones que empieza a sernos familiar y que resume bien la manera que tienen ustedes de vivir lo más perfecta y radicalmente posible su bautismo:

«Las Hijas de la Caridad, fieles a su bautismo y en respuesta a un lla­mamiento divino, se consagran por entero y en comunidad al servicio de Cristo en los pobres, sus hermanos, con un espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad» (C. 1. 4)1.

Ahí tienen el eje de su vida, lo que ordena y orienta todo, lo unifica todo, lo anima todo. Uno de los logros más apreciables de la última Asam­blea general al redactar el texto «definitivo» de las Constituciones, ha sido la forma en la que se ha esforzado por expresar esto con mayor claridad y nitidez. Toda la segunda sección intitulada «Vida de las Hijas de la Caridad» se ha reajustado en este sentido:

Se abre con lo que podría llamarse «espiritualidad» o «mística» de la Compañía. Lo que sigue —acerca de la oración, vida fraterna, apostola­do, consejos evangélicos, votos— tiene que ser leído (¡y vivido!) a esa luz. De un golpe, queda expresada la unidad de vida en torno al «servicio», explicando bien lo que hay que entender por tal:

«Entregadas a Dios para el servicio de los pobres, las Hijas de la Ca­ridad encuentran la unidad de su vida en esa finalidad. El servicio es para ellas la expresión de su consagración a Dios en la Compañía y le co­munica su pleno sentido» C. 2. 1).

Los artículos siguientes, después de haber expuesto la significación del «Servicio», hacen resaltar precisamente que es la vida bautismal la que recibe así su matiz específico. ¿Cómo no iban a estar marcadas sus re­laciones con el Padre, el Hijo y el. Espíritu Santo, por ejemplo, por:

  • un sentido muy vivo del designio misericordioso del Padre y de su Providencia que nunca deja de actuar;
  • un sentido muy vivo del anonadamiento del Hijo en la Encarnación Redentora, que se prolonga en la Iglesia y en la humanidad;
  • un sentido muy vivo de la acción del Espíritu de Amor en ustedes mismas y en el corazón y la vida de los hombres, principalmente de los pobres, en donde su vocación las llama a ir a encontrarle y unirse a El?

Además, las Constituciones continúan señalando que para las Hijas de la Caridad, depender del Espíritu Santo es dejarle crear en el alma la se­mejanza con Cristo, manso y humilde corazón, con Cristo Servidor.

Un poco más adelante, en la misma sección, las ‘Constituciones antes de hablar de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, hablan de nuevo del Servicio para exponer cuáles deben ser sus ac­titudes fundamentales y recordar las célebres palabras de San Vicente a Sor Ana Hardemont:

«!Qué consuelo experimentaréis a la hora de vuestra muerte por haber consumido vuestra vida por la misma causa por la que Jesucristo consumió la suya! Por la Caridad, por Dios, por los pobres» (24-11-1658).

Antes, en la Constitución 2. 4 podemos leer:

«Ese servicio comunica también un carácter específico a la práctica de la castidad, de la pobreza y la obediencia, a la vez que estos consejos evangélicos, objeto de votos anuales, son indispensables a una vida entre­gada a Dios para el servicio de los pobres.»

Y 2. 19 repite:

«Para servir a Cristo en los pobres, las Hijas de la Caridad se Compro­meten a vivir su consagración bautismal mediante la práctica de los con­sejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.»

No cabe duda de que aquí se quiere expresar una fidelidad primordial. La vitalidad de la Compañía está ligada a ello: no se renovará si no es entrando resueltamente y cada vez más en la opción de Dios por los pobres y viviendo sólo para Él y para ellos con un «amor-servicio» humilde y sencillo.

¿Hay necesidad de recordar qué lo que la Iglesia reconoce es a la Com­pañía corno tal y que cada uno de sus miembros sirve en ella a Jesu­cristo en los pobres tomando parte en su misión de la forma en que la obediencia y las circunstancias lo señalan? Las mayores, las enfermas, las que desempeñan oficios de comunidad, pueden apoyarse en lo que San Vicente decía en el Consejo del 9 de noviembre de 1653:

En el acta y con letra de Maturina Guérin, se lee:

«Nuestro Muy Honorable Padre nos hizo ver el bien que resulta de estar en la casa y de trabajar por todas nuestras Hermanas en general, diciéndonos: Hermanas, ¡si supieran cuánto pueden servir a la Compa­ñía ,las, Hermanas que están en la casa, cómo puede agradar Dios una Hermana, que con sus palabras, va hacia Él y con sus acciones es ejem­plo para sus Hermanas! Esta Hermana hace más que en cualquier otro sitio donde se dijeran de ella maravillas, porque trabaja aquí para formar la Compañía. Sí, Hermanas, aun cuando las Hermanas que están en Polonia hicieran milagros, no sería nada; sería sí, algo, pero poco en comparación con lo que hacen las Hermanas que están en la casa, calando lo hacen bien y :dan buen ejemplo a sus Hermanas, especialmente a las recién llegadas, con su paciencia, tolerancia, dulzura, cordialidad, humildad y caridad unas con otras. Creo que son estas virtudes las que mantendrán a la Compañía, como la han mantenido ahora, y que, al contrario, no hay nada que cause mayor mal en las comunidades que el mal ejemplo».

c) «Y de vivir en castidad, pobreza y obediencia…»

Vivir en castidad, pobreza y obediencia, y con mayor ‘razón comprome­terse a ello por voto, se ha considerado, desde hace mucho tiempo, en la Iglesia como una expresión especialísima de la vida consagrada, es decir, del ‘don ‘total’, que no es otra cosa sino el bautismo vivido con un acento de plenitud y radicalidad. La práctica de los consejos evangélicos —como se les llama’ tradicionalmente sin que ello quiera decir que esta trilogía sea exhaustiva y exclusiva— recibe como acabamos de recordar su matiz pro­pio del género de vida consagrada en que se inscribe y de su carisma; por lo que a ustedes se refiere, se trata de una castidad, de una pobreza y de una, obediencia de Hijas de la Caridad, vividas por consiguiente en fun­ción, de upa, donación, total al Señor para servirle en los pobres, con ese amor sencillo y humilde que es para ustedes el «consejo evangélico» por excelencia, la actitud evangélica por excelencia. Por eso han de gustar leer y meditar párrafo por párrafo sus Constituciones, sin olvidar los Estatutos, que exponen la mística y la práctica de su castidad, de su pobreza y de su obediencia. ¿Cómo podrían honradamente hacer su Renovación sin ha­berse Puesto en presencia de todo ello?

«Todo ello», en efecto, es lo que les permite vivir su consagración bau­tismal con un nuevo título, con el título especial de Hijas de la Caridad. A veces se ha dicho que la «radicalidad» debe inscribirse en el programa de toda vida bautismal. En un sentido, es cierto, pero no deja de encerrar cierta ambigüedad juntamente con el peligro de desnaturalizar lo que se llama «vida consagrada» propiamente dicha —cualquiera que sea su forma— privándola de su verdadero significado. Es cierto, sí, que todo cris­tiano tiene que vivir su bautismo tan plenamente y tan perfectamente como le sea posible según su estado de vida. Por otra parte, todo cristiano puede encontrarse un día ante la obligación de optar por la Fe en Jesucristo aun a costa de su vida. Y es muy bueno recordar esto para no abrir la puerta a la mediocridad y olvidar las verdaderas exigencias evangélicas. Pero no puede negarse tampoco la existencia y la importancia dentro de la Iglesia y en función de su Misión de esta fuerza viva e irremplazable a la que se (la el nombre de «vida consagrada» en el sentido que acabamos de exponer y que requiere indudablemente varias aclaraciones.

No hay duda de que dentro de nuestra línea en la familia vicenciana no podemos dejar de aspirar a una intimidad tan profunda como nos sea posible con Jesucristo y a una identificación lo más radical que podamos con El. Tenemos que darnos a ese Cristo Evangelizador de los pobres y pertenecerle sin reserva para que pueda proseguir a través de nosotros su propia misión de Salvador.

Si Cristo es así el centro de nuestra vida, es precisamente porque está en el centro de toda vida bautismal. Nos llama a que Le contemplemos y nos unamos a El en la acción que su amor ejercen en el corazón y la vida de los pobres. Viviendo en castidad, pobreza y obediencia, nos pertrechamos, como dice San Vicente, con las «mismas armas» de que Jesucristo se sirvió para cumplir su misión. Esta expresión es muy exacta, porque nos recuer­da que la castidad en el celibato, la pobreza y la obediencia no son «vir­tudes» en el sentido abstracto y moralizador de la palabra, sino otras ac­titudes encaminadas a identificamos, o más bien, a dejar que la gracia nos identifique con Jesucristo casto, con Jesucristo pobre, con Jesucristo obediente, y ello con miras a nuestra vocación y dentro de su espíritu pro­pio. Tales son, corno ya hemos dicho varias veces, los caminos que Dios y la Iglesia nos piden, que tomemos no para constituir una «categoría aparte de cristianos» sino para ser cristianos en plenitud dentro del Pue­blo de Dios y para su «edificación».

II. Una renovación «Eucarística»

Es una misma cosa situar nuestra vida vicenciana dentro de la consa­gración bautismal que situarla en referencia a la Eucaristía, celebración sin cesar renovada del Misterio Pascual. La reflexión a la que Iglesia nos invita de manera especial en este año, con motivo del I centenario de los Congresos eucarísticos internacionales debe señalar su Renovación y darle una plenitud de significado que salte a toda su vida de Hijas de la Caridad.

Las remito a las líneas, breves pero densas, de sus Constituciones acerca de la Eucaristía y las invito a que las confronten con su existencia personal y comunitaria:

¿Qué lugar ocupa en ella la Eucaristía? ¿Cómo la viven a ambos ni­veles? ¿Qué disposiciones se proponen ustedes adoptar para profundizar en sus convicciones sobre este punto capital y para traducirlas efectivamente en su comportamiento?

Con frecuencia buscarnos cómo alimentar y sostener nuestra vida evan­gélica. Pues bien; la Eucaristía es el acto fundamental en torno al cual se construye la Iglesia y toda célula de la Iglesia. No faltan a veces problemas en este sentido en el plano de nuestras comunidades apostólicas, y desde luego, podemos participar en la Misa dentro del marco de nuestras activi­dades o solidaridades misioneras. Pero lo que importa es contrastar la au­tenticidad eucarística de nuestras vidas y de nuestras comunidades a tra­vés de celebraciones que nos reúnan y sean un signo expresivo y estimu­lante de nuestra comunión dentro de la comunión eclesial y a su servicio. Dice el nuevo Estatuto 1: «Participan todos los días en la Eucaristía, centro de su vida y de su misión».

a) «La Eucaristía, centro de su vida»

1) «Hacer memoria» o «dar testimonio» de Jesucristo

¿Qué otra cosa, sino dar testimonio de que Jesucristo está vivo, quere­mos al dedicar nuestra vida a lo que El mismo nos ha dicho ser la señal por excelencia de esa verdad, es decir, contemplarle y servirle en la per­sona de los pobres como Manantial y Modelo de toda Caridad? Esa señal es la que hace reconocer que el Evangelio no es letra muerta, que el «hacer memoria» de Jesucristo no es una simple referencia a un pasado que no volverá y del que se intentaría prolongar los efectos.

Sí, la Misa es verdaderamente ese acto por excelencia en el que a tra­vés de ese «memorial» se acoge la presencia viva y operante del Salvador; en el que se actualiza su Pascua; ese gesto por el que hace de su vida un pan partido y una copa que se ofrece al Padre por los hermanos. A ese gesto de Jesucristo nos unimos por la Eucaristía y a partir de ella co­nectamos con El y le prolongamos a través de una existencia totalmente consagrada a hacerle reconocer en el servicio y el pan partido: «‘Una Hermana que comulga bien lo hace todo bien», decía San Vicente.

Si queremos buscar un «tiempo fuerte» de esa identificación con Jesús Servidor, ahí tenemos esa Misa durante la que van ustedes a renovar sus votos y ahí tenemos esa misma renovación que va a hacer de su vida un «culto espiritual» en unión con el sacrificio de Cristo, y de sus personas una «ofrenda viva, en El, a la alabanza de la gloria del Padre.

2) Dejarse «consagrar» por el Espíritu

Sólo es el Espíritu el que consagra. Consagra el pan y el vino para hacer de ellos el cuerpo y la sangre de Cristo. Consagra nuestras vidas en la medida en que sabemos acogerle y estar disponibles a lo que El quiera de nosotros. Más de una vez hemos hecho observar que lo que llamamos «espiritu de nuestra vocación» no es, en definitiva, otra cosa que el mismo Espíritu Santo que actúa en nosotros para hacernos vivir nuestro bautis­mo como vicencianos auténticos.

La Eucaristía hace, pues, algo más que recordarnos esto. Al hacer su renovación, van ustedes una vez más a ofrecerse al Espíritu para que las transfigure y haga de ustedes «signos» del Reino ante los pobres:

«Que este mismo Espíritu santifique, Señor, estas ofrendas para que sean Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Señor, y así celebremos el gran Misterio que nos dejó como Alianza eterna.»

3) El Sacramento de la Unidad

Poner la Eucaristía en el centro de nuestra vida fraterna, es poner en ella la actitud de Cristo que da todo su sentido a esa vida fraterna: la fracción del pan. También aquí se trata de una «transfiguración»: ¿Cómo no quedarían transformadas nuestras vidas y sobre todo nuestra vida comunitaria a partir de ese gesto, si lo vivimos y celebramos en verdad?

A menudo decimos que es la «Misión» la que nos une. ¿Dónde toma esto una significación más profunda que en esa comunión con Cristo que se ofrece a Sí mismo para que se cumpla el designio del Padre sobre la humanidad? Esa misma oblación es la que estamos invitados a vivir per­sonalmente y juntos. Entonces, «el rostro de nuestro hermano, de nues­tra hermana se nos presentará siempre dentro del Amor del Padre y no podremos pronunciar esa palabra «Padre» sin dar la paz al que tenemos a nuestro lado». Tenemos que convertirnos en lo que recibimos: la Cari­dad produce siempre la «edificación» del Cuerpo de Cristo.

En la mañana de la Renovación, piensen en todas sus Hermanas, las que tienen cercanas a ustedes y las que se hallan lejos a través del mundo. Que la Eucaristía sea el centro de nuestras comunidades, el centro de la Compañía, es en definitiva que sea el centro de la Iglesia local, de la Iglesia universal. Al repetir, en este 25 de marzo, el amor que tienen a su vocación, recuerdan una vez más, que esa vocación es para ustedes la «elección» que las conduce hasta el centro de la Iglesia y a la que sin cesar dan ustedes nueva actualidad en la Eucaristía.

b) «La Eucaristía, centro de su misión»

Me limitaré a dos puntos que me parecen primordiales y que sus Cons­tituciones expresan así:

1) En la Eucaristía… «son portadoras de los gozos y esperanzas, de las tristezas y angustias de toda la humanidad» (C. 2. 5).

San Vicente y Santa Luisa, repitiendo lo que dice el Evangelio, nos recuerdan que «el Hijo de Dios se nos representa en los pobres». Y como un eco a estas palabras, leemos —con tres siglos de diferencia– en el documento final de Puebla:

«Por esta sola razón, ya los pobres merecen una atención preferencial aun antes de tener en cuenta su situación moral o personal. Hechos a imagen y semejanza de Dios, para ser sus hijos, esta imagen está ensombre­cida y aun escarnecida. Por eso Dios toma su defensa y los ama. De ahí que los primeros destinatarios de la misión sean los pobres y su evangeli­zación sea por excelencia la señal y prueba de la misión de Jesús».

Puesto que estamos tratando de la Eucaristía, Memorial de la Pasión de Cristo, nos es fácil verle a El mismo desfigurado en la persona de esos humildes, de esos indigentes, de esos abandonados y oprimidos, y, des­graciadamente, no hay que hacer muchos esfuerzos para unir a su ofrenda toda esa suma de miseria, de sufrimientos, de humillaciones.. Los pobres son otros tantos gritos vivos que se levantan hacia Dios, como dicen los salmos; por lo demás ¡cuántos versículos de los salmos podríamos tomar para expresarlo!

Por otra parte, el sacrificio que agrada a Dios, según nos dice Isaías (58, y y ss.) es «… romper las ataduras de iniquidad, deshacer los haces opresores, dejar libres a los oprimidos y quebrantar todo yugo, partir tu pan con el hambriento albergar al pobre sin abrigo… etc.»

Jesucristo se sirve de esas mismas palabras para presentar su propia misión. Si se ofrece en sacrificio —en el Calvario y en la Eucaristía— es para que todos los hombres puedan acceder a la dignidad de hijos de Dios. Por consiguiente, no se puede separar de esa «Salvación», de esa «Liberación» nada de lo que auténticamente puede prepararla, contribuir a ella y levantar al hombre. La Pascua de Cristo, la verdadera Pascua, no borra la primera —aquella en que Dios liberó a su pueblo de la servidum­bre— sino que la complementa, porque romper las cadenas materiales y morales y sociales suscita ya de suyo un embrión de resurrección espiritual.

Recordemos que Jesús inaugura la cena pascual lavando los pies a los apóstoles y diciéndoles que hicieran lo mismo unos con otros. ¿Cómo pre­parar mejor su Renovación que meditando ese gesto de «servicio» y rela­cionándolo, como es debido, con la Eucaristía para, precisamente, llevar a ella «los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres», especialmente de los pobres? «Haced esto en memoria mía».

2) «Se ofrecen a sí mismas con Jesucristo en el Misterio de su sacrificio Pascual para que finalmente Dios lo sea todo en todos.»

«Para que finalmente Dios lo sea todo en todos»… Sí, vivimos en el «ya» y en el «todavía no». De esto, la Eucaristía es una revelación. Ahí está la cuestión crucial: la alineación eucarística entre personas a las que acaso muchas cosas separan o inclusive enfrentan..

Quedé muy impresionado con el testimonio de un sacerdote que hace 37 años está comprometido a fondo en el apostolado del mundo obrero. Como alguien le preguntara si tendría inconveniente en comulgar al lado de un empresario del que no era dudoso afirmar que explotaba a sus trabajadores, contestó afirmativamente, dando, en sustancia, tres motivos para ello:

  • Jesús ha venido para todos, ricos y pobres. Su Evangelio es liberado, para todos. Y yo debo el Evangelio de Dios tanto a mi empresario como a mis hermanos de fatiga. Entonces, ¿por qué habría de rehusarle el alimento de Dios? En un principio, Pedro creyó que podría rehusárselo a algunos; pero una vez que hubo escuchado al Centurión Cornelio, dijo: ¿Podrá al­guno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido al Espíritu Santo igual que nosotros? «La cena del Señor no es el alimento de los «salvados» ni los «perfectos», sino de los que «han de salvarse», los que «han de resucitar». Todos tienen que decir juntos y con toda lealtad: «Se­ñor, no soy digno de que entres en mi casa, pero, una palabra tuya bastará para sanarme».
  • Ninguno entre nosotros puede dar un testimonio exhaustivo de Jesucristo. Sólo la Iglesia, uniendo todas nuestras diversidades, puede dar un testimonio pleno y entero de Jesucristo y de su Evangelio. El Espíritu distribuye sus dones como quiere, y si alguien se me antoja poco fiel, en vez de juzgarle lo que debo pensar es que yo mismo no soy lo fiel que debiera.
  • No debemos dejar que se confunda en nosotros mezclándose lo que es del nivel de las ideologías y lo que es del nivel de la fe y de la Caridad.

Para emplear expresiones corrientes, aun cuando su contenido no sea siempre muy claro, no es porque haya habido antes y con cierta frecuencia una especie de identificación entre la Fe y las ideologías llamadas dé dere­cha, por lo que ahora tengamos que hacer lo mismo con las ideologías lla­madas de izquierda. Ni se puede reducir a Jesucristo a convertirlo en un guardián del orden (o del desorden) establecido, ni a hacer dé El el mejor de los revolucionarios.

La Eucaristía no es, por lo tanto, una reunión sindical, ni siquiera una asamblea de amigos unidos por las mismas ideas, los mismos gustos, las mismas ocupaciones… Es la Cena del Señor, con su Cuerpo entregado por todos, su Sangre derramada por la multitud en remisión de los pecados, de los ricos y de los pecados de los pobres. A todos se ofrece la gracia del perdón y de la conversión:

«La Misa da así un formidable empuje a nuestra Esperanza. Mantiene en nosotros la Utopía necesaria de la humanidad reconciliada. Al propor­cionar a los cristianos un aumento de ánima y de luz en los inevitables conflictos sociales, puede ayudarles a prestar servicios y, por qué no, a hacer sacrificios de amor fraterno, unidos a la Oblación única del Hombre-Dios.»

¿Quieren ustedes conocer sus actitudes profundas en la víspera de la Renovación? Pues bien, la Eucaristía es un «test» insustituible de nuestra vitalidad personal, comunitaria y también apostólica, al mismo tiempo que es fuente de esa vitalidad. Lejos de ser un refugio, nos remite a las realidades y a las luchas de la vida diaria; tejos de ser una ‘evasión, nos remite a nuestros lugares habituales de existencia y a esos hermanos o hermanas que tanto trabajo nos cuesta soportar.

Si es cierto que fomenta nuestra impaciencia por un mundo renovado, también lo es que nos da la energía necesaria para construirlo día tras día.

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