El nuevo Beato Vladimir Ghika y la liturgia del prójimo

Francisco Javier Fernández ChentoTestigos cristianosLeave a Comment

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Autor: Antonio R. Rubio Plo · Año publicación original: 2013 · Fuente: Alfa y Omega, nº 845.
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Dios no se oculta

La Iglesia ha beatificado, el pasado 31 de agosto, al martir rumano monseñor Vladimir Ghika, un sacerdote que se negó a abandonar a sus fieles tras la represión comunista que sufrió Rumanía en la segunda mitad del siglo XX. Fue encarcelado y murió víctima de las torturas que padeció en una prisión soviética.

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“Nada hace a Dios tan próximo como el prójimo”, decía el nuevo Beato

El invierno de 1953 a 1954 fue particularmente terrible en una de las celdas de la prisión de Jilava, próxima a Bucarest, donde se hacinaban más de cuarenta prisioneros, víctimas del régimen comunista. Las gélidas temperaturas, unidas a las escasas raciones de víveres y las deficientes condiciones sanitarias, pesaban sobre el ánimo de los encarcelados, aunque no mucho más que su desasosiego, en el que los miedos al futuro inmediato se mezclaban con los recuerdos de las torturas y humillaciones sufridas. Sin embargo, quienes sobrevivieron a aquella prisión nunca olvidarían a un anciano de ochenta años, que contribuyó a despertar su esperanza, y al que consideraron un enviado de Dios en un lugar habitado por sombras de muerte. Les escuchaba, confesaba y ayudaba a rezar, y levantaba su ánimo con anécdotas de una vida marcada por una infinitud de relaciones sociales y amplios saberes humanos. Quizás también les recordara lo que una vez escribió: “Si existo, es porque Dios me ama”.

Era monseñor Vladimir Ghika, sacerdote católico y descendiente de una familia de príncipes de Valaquia y Moldavia, que contribuyeron a forjar una Rumanía independiente en el siglo XIX. Representaba, por tanto, todo lo más odiado por el Gobierno de Gheorghe Gheorgiu-Dej, preconizador de un comunismo nacional, aunque no menos estalinista en sus métodos que sus colegas soviéticos.

Los comunistas habrían querido que Ghika confesara ser un espía del Vaticano y que dejara su fe católica para unirse a una Iglesia ortodoxa manipulada por el régimen, mas no consiguieron doblegarle y, en consecuencia, le condenaron a tres años de prisión. Moriría en total soledad humana, pero muy próximo a ese Dios sufriente que había visto en tantas personas, en la enfermería de Jilava, el 16 de mayo de 1954.

Ghika podía haber evitado aquella situación. Habría bastado con volver a París poco antes, cuando los comunistas maniobraban para hacerse con los resortes del poder en Rumania. Después de todo, los años de entreguerras en la capital francesa habían sido inolvidables; un tiempo para cultivar la amistad de grandes intelectuales de la época como Maritain, Bergson, Claudel o Mauriac, pero también para atender espiritualmente a la diáspora de los exiliados del este de Europa, particularmente los rusos, en la actual iglesia de Saint Ignace, en la rue de Sèvres, e incluso para vivir una experiencia muy próxima a la de Charles de Foucauld entre los tuaregs, en el barrio marginal de Villejuif, donde llegaría a habitar en una barraca para acercarse a unas gentes alejadas de Dios y de los demás hombres.

París había sido, además, el lugar de su ordenación sacerdotal en 1923, con cincuenta años, y el punto de partida para una actividad apostólica a lo largo del mundo con escalas en Estados Unidos o Japón. Su labor era completada por sus libros, entre los que tuvieron un gran éxito aquellos que recogían los pensamientos que iba anotando en hojas de bloc o en sobres, y a los que luego daba forma definitiva. Eran llamadas de atención a una sociedad no pocas veces frívola y aburrida. Ghika consideraba el aburrimiento como una forma de cobardía, aunque a la vez lo consideraba como un signo de la vocación divina del hombre.

La liturgia del prójimo

Aquel París podía haber colmado las expectativas de muchas vidas, pero Ghika eligió quedarse en Rumania desde el verano de 1939, cuando la Segunda Guerra Mundial era inminente. Quería quedarse para aliviar el sufrimiento de tantas personas, compatriotas o refugiados, durante el conflicto y en los años que seguirían, con la llegada del comunismo. “No es Dios quien se oculta, son las cosas las que nos lo ocultan”, había escrito en sus años parisinos, y seguía pensando lo mismo. Los horrores inhumanos de aquel tiempo no eclipsaron a Dios. Seguía estando presente, entre otras cosas, porque “nada hace a Dios tan próximo como el prójimo”.

Vladimir Ghika acuñó la expresión liturgia del prójimo, que también calificó de liturgia de la necesidad, quizás influido por el espíritu de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, a las que ayudó a instalar un dispensario en la Rumanía de hace un siglo. Su encuentro con los pobres y necesitados de todas clases era una prolongación de la Misa que celebraba diariamente. De Ghika podía decirse que luchaba por tener unidad de vida. Lo vemos en otro de sus pensamientos: “Para ser perfecto, es preciso que tus oraciones sean verdaderas acciones, y tus acciones verdaderas plegarias”. Al encontrarse con los necesitados, tenía la convicción de que era el momento de la unión entre el Cristo salvador y el Cristo sufriente, y de la integración de ambos surgiría un Cristo resucitado y glorioso.

El mismo Cristo junto al que ya vive e intercede por los hombres de hoy, tal y como ha reconocido la Iglesia, al beatificarlo el pasado 31 de agosto.

Breve biografía

Nació el día de Navidad de 1873 en Constantinopla (ahora Estambul – Turquía), era el nieto del último rey de Moldavia, el príncipe Gregory V. Ghika (1849 – 1856), hijo de Juan Ghika (general de división, ministro plenipotenciario) y Alexandrina Ghika. Tenía cuatro hermanos y una hermana.

Fue bautizado y ungido en la fe Ortodoxa, su madre es fiel devota de esta Iglesia, su padre en ese momento era ministro plenipotenciario en Turquía. En el año 1878 es enviado a la escuela en Francia, en Toulouse, y dejado al cuidado de una familia protestante -en cuanto a la educación y la práctica religiosa- porque en la zona no existe un templo ortodoxo.

Terminará los estudios básicos en 1895, pasando a la Facultad de Ciencias Políticas de Paris. Paralelamente realiza cursos de botánica, arte, literatura, filosofía, historia y derecho. Ghika, por una angina de pecho, regresa a Rumania, donde continuará sus estudios hasta 1898 cuando ingresa en la Facultad de Filosofía y Teología de la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino en Roma, instituto superior de los dominicos conocido con el nombre de “Angelicum”.

Es durante este período, luego de un intenso discernimiento para ser “más ortodoxo”, cuando en 1902 decide profesar la fe católica, lo cual provoca una mortal indignación en su madre, a quien desagrada la decisión de su hijo.

Él quería ser sacerdote o monje, pero Pío XI le aconsejó renunciar a esa idea, al menos por un tiempo, y que se dedicara al apostolado seglar.

Realiza una tarea excepcional a nivel mundial: Bucarest, Roma, París, Congo, Tokio, Sydney, Buenos Aires… el Papa Pío XI en broma lo llamará “gran vagabundo apostólico”. Él es uno de los pioneros del apostolado laico.

De regresó a su país, se dedica a obras de caridad y abrió el primer dismensario gratuito en Bucarest, la llamó “María de Belén”; creo el gran hospital y sanatorio “San Vicente de Paúl”; funda el primer hospital gratuito en Rumania y la primera ambulancia, por todo ello es el fundador de la primera obra de caridad católica en Rumanía.

Colabora en los servicios de salud durante la guerra de los Balcanes en 1913, y en Zimnicea se dedica -sin miedo- a la atención de los pacientes de cólera.

Durante la Primera Guerra Mundial estaba a cargo de las misiones diplomáticas, de los damnificados por el terremoto de Avezzano, de los tuberculosos del Hospital de Rome, de los heridos de guerra, moviéndose en los ambientes diplomáticos más populares con una naturalidad sorprendente.

El 7 de octubre de 1923, Ghika fue ordenado sacerdote -en París- por el cardenal Dubois, Arzobispo de la ciudad, y llevará a cabo el ministerio sacerdotal en Francia hasta 1939. Debido a que su corazón estaba en Rumanía, pidió al Papa el privilegio de poder celebrar en los dos ritos: latino y bizantino, permiso que le es concedido poco después de su ordenación, convirtiéndose así en el primer sacerdote rumano bi-ritual.

Se le designa una parroquia pobre y peligrosa en París, Villejuif, donde poco a poco va cambiando el espíritu del vecindario. En 1930, por enfermedad, se retira de allí y es designado Rector de la iglesia de los extranjeros en París.

El 13 de mayo de 1931 el Papa lo nombró protonotario apostólico. Ghika se muestra renuente a aceptar este nombramiento ya que a su ingreso al clero había hecho voto de no aceptar dignidades eclesiásticas, finalmente lo acepta comentando que “nada cambiará mi estilo de vida, tan sólo será una cinta estrecha añadida a la vestidura”.

El 3 de agosto 1939 regresó a Rumania, eran los tiempos del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Se niega a salir de Rumania para estar con los pobres y los enfermos, para ser capaz de ayudar y animar, incluso se queda -por el mismo motivo- en Bucarest cuando comienzan los bombardeos aliados.

Después de que los comunistas llegaron al poder (1947) nuevamene se niega a abandonar a quienes servía como confesor, director espiritual o maestro. Fue detenido el 18 de noviembre de 1952 bajo los cargos de “alta traición” y es encarcelado en Jilavam es amenazado y golpeado hasta hacerle sangrar, fueron 18 meses de un trato brutal, hasta que finalmente muere el 16 de mayo de 1954.

El 28 de marzo de 2013 S.S. Francisco firmó el decreto reconociemdo el martirio de este Siervo de Dios.

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