El misionero Pedro Opeka ha construido en Madagascar 17 poblados para 15.000 personas

Francisco Javier Fernández ChentoMisiones «Ad gentes», Testigos vicencianosLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1997 · Source: Semanario "Iglesia en camino".

Artículo publicado en el Semanario "Iglesia en camino" de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz (España) el 23 de febrero de 1997.


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pedroopeka2Pedro Opeka, un misionero paúl, de nacionalidad argentina y de origen esloveno, trabaja desde hace 22 años en Madagascar, la cuarta isla más grande del mundo, un lugar donde la esperanza de vida apenas supera los 50 años, y la de la renta per cápita es sólo de 200 dólares, frente a los casi 14.000 de España. Allí el Padre Opeka es un héroe nacional porque hace realidad cada día el sueño de los más marginados, al dar actualmente cobijo y trabajo a 15.000 personas sin techo ni hogar.

El Padre Opeka lleva años trabajando en lo que es una tarea impuesta a todos por el Papa en su Mensaje para esta Cuaresma de 1997: Reconocer y socorrer a Cristo en quienes no poseen casa, en quienes no tienen «donde reclinar su cabeza».

R. Cuando llegué a la capital de Madagascar, a Tananarivo, para ser director de un seminario me encontré con 14 muchachos que se preparaban al sacerdocio y al mismo tiempo con una gran pobreza en aquella ciudad, donde había una multitud de gente buscándose la vida en los basureros. Había allí miles de niños, de mujeres, de familias. El ver a esa gente, especialmente a los pequeños, me llegaba al alma. Ante esa situación había que hacer algo. Empecé a visitarlos todos los días durante el tiempo que me permitía la atención a los seminaristas. Les decía que yo no tenía dinero, pero que si ellos estaban decididos a salir de esa miseria, de vivir en la calle, yo estaba dispuesto a buscarles tierras, a darles herramientas y después ya veríamos los pasos que había que dar.

P. ¿Qué hizo usted?

R. Lo primero fue atender a lo más básico y luchar contra el frío, ya que vivían en la calle, así en la primera semana les proporcioné unas 1.000 mantas, pero a la vez que el frío, había que atajar el hambre, especialmente de los niños y preparamos para ello grandes ollas de arroz, cocinando debajo de los árboles. Y así comenzó esta experiencia con los Sin techo.

P. ¿Cómo fue creciendo esta labor?

R. Cuando el primer centenar de familias se decidió a abandonar la calle, fueron ellas mismas las que convencieron a otras, que había que cambiar. Así fueron llegando cada vez más familias, más gentes que nos decían: «¿Y a nosotros qué?». En siete años hemos recibido unas 35.000 personas, de las cuales unas 15.000 están viviendo en los diferentes poblados que tenemos para los Sin techo. Al resto, después de pasar algún tiempo entre nosotros, las hemos ayudado a volver a sus lugares de origen.

P. ¿Qué hacen ustedes con las 15.000 personas que ahora tenemos acogidas?

R. A la gente no las podemos acoger sólo con buenas palabras, teníamos que hacer algo por ellas: hemos construido un centro de refugiados. Las personas con las que nosotros empezamos ya llevaban cinco o seis años en la capital, viviendo en la miseria, ya que al comienzo de los años 80 hubo una gran recesión económica y muchas personas se quedaron sin trabajo. La mayoría de la gente vivía en alquiler y no podía pagar una vivienda; así quedaron en la calle sin nada y para ellos había en primer lugar que hacer casas.

La terapia del trabajo

P. ¿Cuántos poblados tienen?

R. Tenemos ya 17 pueblos. Antes de construir un pueblo ya sabíamos qué tipo de vida se iba a llevar allí, en qué se iba a trabajar. Comienzan sus habitantes por hacerse su propia vivienda, las calles, la infraestructura y servicios públicos: escuelas, dispensarios, etc. Se trata así, primero, de llevar a cabo un programa de rehabilitación y de integración social de gente que antes no ha tenido posibilidades, ya que vivía de la mendicidad. Para este tipo de personas la mejor terapia es el trabajo y en estos poblados se trabaja con un horario fijo y no cuando a uno le apetece.

P. ¿Cómo se las ingenió usted para construir estos poblados?

R. Como cura yo he estudiado filosofía y teología, pero tuve la suerte de tener un padre albañil que me enseñó a trabajar con las manos a partir de los ocho años y a los 13 ya sabía levantar una pared. Eso me sirvió muchísimo cuando nos pusimos a hacer viviendas en los poblados, que es donde nosotros utilizamos la mayor parte de la mano de obra. Hemos creado más de 3.000 empleos.

P. ¿Qué tipo de empleos?

R. Los primeros fueron para la gente que integramos en el campo, fueron empleos agrícolas. Con la gente que se quedó en la ciudad comenzamos a trabajar en las canteras pues la Providencia nos puso sobre una montaña de granito y empezamos a picarla, a hacer gravas y después adoquines, lajas y arena. Vendemos estos productos a las empresas constructoras.

P.¿Para este trabajo ha contado usted con la ayuda de voluntarios?

R. Sí, con voluntarios malgaches. Siempre he querido tener como colaboradores a los jóvenes naturales del país. Conocía a muchos jóvenes universitarios que estaban sin trabajo. Me decían que querían hacer algo y yo les invité a trabajar por esta gente sin techo. Así se fueron acercando y creamos la asociación «Akamasúa» que significa ‘sociedad de los buenos amigos’, con la que atendemos a los sin techo.

Parroquia para los sin techo

P. ¿Cómo realiza su tarea evangelizadora?

R. Pienso que la evangelización está desde el comienzo de esta obra. Les dije a estas gentes que el domingo les invitaba a rezar, nunca les hemos preguntado de qué religión son. Sólo nos bastaba con decir: Usted es pobre, pues venga; usted tiene hambre, venga con nosotros y usted que está enfermo y no tiene vivienda, venga también.

La mañana del domingo la dedicamos a rezar, a cantar para recobrar fuerzas. Algunos de ellos me preguntaba: ¿Usted es un sacerdote? Sí, les respondía, y ellos continuaban diciendo, ¿entonces por qué no nos bautizas nuestros hijos? Ahora ya tengo asignada a todas estas personas como parroquia personal, una parroquia sin fronteras para los sin techo. Desde hace dos años tenemos la primera parroquia para los sin techo en África. Es una parroquia de 15.000 fieles.

En uno de los poblados se reunen cerca de 5.000 personas a rezar a la vez y hay que ver como cantan y rezan. Hasta los turistas se acercan a verlos. Es todo un espectáculo religioso ver 3.000 niños descalzos, mal vestidos, cantando y rezando durante dos horas y media que dura la misa dominical.

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