El método de los Estudios (Guillaume Pouget)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Guillaume Pouget · Traductor: Martín Abaitua. · Fuente: Anales españoles, 1981.
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Discurso pronunciado por el P. Guillaume Pouget, C. M., en la solemne distribución de premios del se­minario menor de San Aquilino, de Evreux, el día 24 de julio de 1882.

El P. Pouget entregó el texto del discurso a M. Jac­ques Chevalier el 17 de junio de 1920

 Excmo. señor, señores, queridos jóvenes: En nuestro tiempo se habla tanto o quizá más que nunca de métodos que se han de seguir en la ense­ñanza. Sin dejarme arrastrar por la corriente de las ideas reinantes hoy en día, estoy íntimamente convencido, y estimo correcta mi forma de pen­sar, de que ha sido y será siempre de la máxima importancia tener unas ideas claras, exactas y prácticas sobre la andadura que se ha de seguir tanto para comunicar la instrucción a los demás como para recibirla y adquirirla uno mismo. Es tarea del profesor comunicar la instrucción, y no es deber mío ni de mi competencia dictarle las reglas de su oficio. El objetivo que debe proponerse el alumno es recibir y adquirir la instrucción, y si la quiere alcanzar necesitará conocer un camino que, fácil y seguramente, pueda con­ducirle hasta ella. Ese camino es precisamente un buen método.

Para hablaros de forma provechosa, mis queridos jóvenes, debería tener a buen seguro talento y, sobre todo, estar en posesión de una experiencia que en vano trataréis de hallar en mí. Pero en lugar de detenerme en pen­samientos tan descorazonadores, prefiero ceder ante el impulso del celo, que me ha movido siempre en la consecución de vuestros más caros inte­reses. Además —para confirmarme en mis propósitos ¿no me bastará ya sólo con esto?— pienso así dar cumplimiento a las intenciones del primer pastor de esta diócesis: ¿Podría hacer algo mejor? La activa y previsora solicitud de S. E. en la formación de la juventud, ¿no era ya manifiesta a los ojos de todos, sin necesidad de que unas empresas más magníficas y audaces hubiesen venido precisamente ahora a añadirle un aumento de lus­tre? También esta consideración aleja de mi alma todo temor, pero además la benévola presencia de unos sacerdotes celosos y venerables que saben comprender y favorecer tan estupendamente el pensamiento del Pontífice que el Espíritu de Dios ha colocado al frente de ellas, acaba de cambiar en mi corazón el reparo por la seguridad y la confianza. Así me decido a lanzarme a la carrera, y durante algunos momentos os hablaré del “método” que debe dirigir a todo alumno deseoso de trabajar con fruto “en los es­tudios”.

Un “método”, según la misma etimología de la palabra, es el camino preciso que lleva a un punto determinado. Esta sencilla definición nos hace ver juntas la utilidad del método y su necesidad. Así, en el estudio de este mundo visible, en la investigación de sus fenómenos y leyes, cuyo conoci­miento constituye lo que llamamos Ciencias Físicas y Naturales, ¿por qué ha habido innumerables titubeos, tantos ensayos siempre infructuosos, in­cluso errores, y errores que tan tenazmente han perseverado durante una larga serie de generaciones? ¿Y por qué, en esas mismas ciencias, desde hace menos de tres siglos, por qué ha habido unos descubrimientos tan rá­pidos, tan variados, tan sorprendentes? ¡Ha sido porque sólo a partir de esa época se ha seguido en esas materias la senda que conduce a lo ver­dadero: el método experimental, que suministra al razonamiento unas pre­misas asentadas no sobre el suelo movedizo de las opiniones preconcebidas, sino sobre la base inconmovible de los fenómenos naturales, observados con precisión y sopesados con prudencia y sagacidad!

¿Y si para hacer resaltar mejor (contrastando lo anterior con un cua­dro bien diferente) las preciosas ventajas que nos procura el método, nos hiciéramos esta otra pregunta: ¿Cómo es que en la actualidad la reina de las ciencias puramente humanas, la Filosofía, no es —en nuestro siglo— más que un conjunto incoherente de verdades mutiladas, o bien una mezcla de lo verdadero y lo falso, o más aún un tejido sin fin de errores inconce­bibles? Lo sé; hay desvaríos del espíritu que proceden de la perversidad del corazón, de un orgullo incapaz de someterse a la dirección de la enseñanza revelada. Pero eso no ocurre solamente en los terrenos en que la ciencia y la fe deben ir la una junto a la otra; ¡pero si hasta en el campo de sus propios dominios vemos a la inteligencia víctima de esos desfallecimientos perpetuos! ¿Cuál es la causa de una decadencia tan completa? No sabría­mos asignarle otra más que la ausencia de un “verdadero método”. Pensa­dores extraviados, todos esos falsos sabios, pretenden someter al control de la experiencia externa los hechos y los principios del orden puramente intelectual; no cesan de confundir la razón con los sentidos. Quien siga esa ruta, seguro que no estará en el camino de los descubrimientos. Así, a pe­sar de que nos anuncian hallazgos extraordinarios, ¿qué nos aportan las más de las veces, por no decir siempre? Unas ideas anticuadas y caducas y que, cuando menos, el mérito de una presentación nueva las debería ha­ber rejuvenecido. Además, si alguna vez descubrimos alguna originalidad en determinados pasajes de sus escritos, en vano trataremos de hallar en ellos a unos filósofos: No encontramos más que a unos físicos o, cuando más, a unos naturalistas.

Ya lo veis: Hasta en la misma plenitud de su desarrollo el espíritu no sabría pasarse sin el método. ¿Habrá una menor necesidad de él cuando sus facultades nacientes apenas han comenzado a desarrollarse? Sí, el alum­no que debuta en la carrera de los estudios necesita un guía seguro capaz de dirigir su marcha incierta a través de las regiones desconocidas de los vastos campos del saber, pero ¿quién debe ser ese guía, cuál debe ser ese método? He ahí una cuestión que nos plantea el desarrollo de nuestro es­tudio y que exige de nuestra parte una respuesta amplia y sólida.

Y ante todo, ¿cuál es la finalidad de los estudios clásicos? Porque el mé­todo es un camino, un medio, y por consiguiente saca todo su valor de la relación y la justa proporción que existen entre él y el fin que debe ayu­darnos a conseguir. Esa finalidad de los estudios, ¿será por ventura la ad­quisición de conocimientos serios, profundos, pero sobre todo múltiples, extensos y variados? Pero semejante obra nunca ha sido la realización de una inteligencia aún novata y carente de una preparación de todo tipo. ¿No deben más bien los estudios tener en cuenta la cultura y el desarrollo de las facultades cognoscitivas con las que el Creador ha dotado vuestra alma? No, mis queridos jóvenes, no; no estáis aquí, en esta casa, tanto para aprender como para aprender a aprender. Por supuesto, no podréis obtener ese rsultado más que con la adquisición de varios conocimientos elemen­tales, porque, como todo centro de actividad, el espíritu se perfecciona prin­cipalmente con el ejercicio. Pero, en fin, la erudición quedará reservada para otro tiempo: Todo lo más, hacia el final de las Humanidades podrá permitírsele al alumno inteligente y aplicado que vaya tomando algún bar­niz de ella. Y si no, ¿qué sería de esos pequeños tesoros de ciencia, si no salierais de aquí con la aptitud, preciosa también por otros conceptos, de aumentar aún más por vosotros mismos la suma de vuestros conocimien­tos, de elevarla y de mantenerla siempre a la altura que más adelante exi­girá de vosotros la posición que ocupéis en la vida? Resumiendo, la ver­dadera finalidad de los estudios clásicos es la formación intelectual, y cual­quier otro método que no os haga llegar hasta ese término y que no os haga ir por el camino más corto, será un método defectuoso.

Pero esta formación del espíritu requiere que no se descuide ninguna de sus facultades, que se las cultive a todas igualmente, pero cada una según su importancia y según el método conveniente para su naturaleza. Según esta regla de simple sentido común, para las facultades más sublimes de nuestra alma, para las que la constituyen en su genuina dignidad impri­miendo en ella, como sello de su incomparable grandeza, la imagen de la Divinidad misma; para esas potencias del entendimiento que llamamos in­teligencia y razón, para esas, es claro, nuestros primeros y más diligentes cuidados. Sólo en ellas reside la dirección de las demás fuerzas del espí­ritu; sólo en ellas brilla inextinguible la antorcha a cuya luz deben actuar todas las demás energías del alma si no quieren andar a tientas inútil e indefinidamente en la oscuridad de las tinieblas. El poeta estaba en lo cier­to cuando decía:

Aimez done la raison: que tou jours vos écrits.

Empruntent d’elle seule et leur lustre et leur prix.

 

Y sin embargo este pensamiento yo no lo apruebo sin reservas: La razón, nadie podrá contradecirme, es la primera, pero no la única de nuestras facultades. ¿Y podríamos olvidar esas otras potencias mixtas que resultan en nosotros de la incomprensible concordia, según la cual la materia y el espíritu llegan a confundirse, por así decirlo, en la unidad de nuestro ser? ¿Facultades admirables que, conforme a su origen, pueden alternativamen­te, y según las circunstancias, o animar el cuerpo con el soplo espiritual de la vida, o revestir la inteligencia con una forma sensible? ¿Facultades eminentemente humanas, puesto que tienen un doble elemento del que está hecha nuestra naturaleza?

He nombrado la sensibilidad y la imaginación. ¡Qué encanto, qué gracias, qué vida no difunden en las obras del espíritu cuando se emplea con sabi­duría su actividad bajo la dirección de la razón! Quizá me corresponda menos que a nadie hacer el elogio de las potencias sensitivas del alma, pues­to que mi oficio me coloca en medio de vosotros como el representante de la abstracción en todo lo que ella tiene de menos atractiva y más árida.

Pues bien, permitidme que os lo diga: Cuando, fatigado por las abstrac­ciones, tomo el divino libro donde se contiene la Palabra de lo Alto; cuando mi espíritu, para refocilarse, recorre lentamente una de esas admirables páginas como sólo las saben escribir Moisés, el hijo de Amós o el rey-profeta, ¡entonces, bajo la vivacidad del sentimiento, bajo el fulgor inaudito de las imágenes, bajo la irresistible impetuosidad del movimiento, la emoción se adueña de mi alma, penetra en ella por todas sus potencias, la invade, la subyuga y la arrebata! ¡Ah, amigos míos! La poesía, entendida en su más amplio y verdadero sentido, es un auténtico cuadro y el más expresivo de todos; pero ya puede tener la razón el pincel, ya puede dirigirlo, si la ima­ginación y la sensibilidad no dotan la paleta del pintor con la gracia, la frescura y el fulgor del colorido, la fuerza de los tonos y al mismo tiempo suavidad. Pero no quiero colocar en la primera fila a las facultades secun­darias del alma; eso sería violar el orden de la naturaleza. Mas ¿quién nos impide emplear en su formación todos los cuidados que concederíamos a las potencias, que ocupan el primer lugar?

Iba a terminar esta rápida enumeración sin decir ni una palabra sobre la memoria; tal olvido sería soberanamente injusto si fuese voluntario. ¡Y qué servicios no reporta a las facultades superiores! ¿No es en ella donde estas últimas guardan, como en lugar seguro, el precioso tesoro de sus ha­llazgos? Facultad más pasiva que activa, sin duda alguna; si desde ese punto de vista pierde algo de su íntima excelencia, la conserva sin embargo íntegra en su incontestable utilidad. Merece por ello una justa parte de solicitud en el trabajo de nuestra formación intelectual; también quiere ella, también debe ella ser cultivada y perfeccionada con ejercicios espe­ciales y apropiados a su naturaleza.

Según eso, con cada una de nuestras facultades debemos actuar así: Para la razón las reflexiones serias y profundas, las meditaciones atentas y sostenidas, las investigaciones constantes, pacientes y porfiadas; ocupa­ción no siempre carente de dificultades, en particular para la juventud, pero, en fin, ocupación rigurosamente necesaria y que no puede uno dejar para más adelante sin exponerse al peligro cierto de quedar incapacitado para siempre en tales menesteres. He aquí, en este supuesto, los únicos calificativos que pueden a uno calificarlo con precisión y verdad. Navío sin timón, buque sin piloto o, para dejar de lado la metáfora, hombre sin cabeza. Ni el mismo genio puede jamás desligarse de ese ejercicio laborio­so; ha sido gracias a él como ha podido ahondar en un problema, penetrar hasta el meollo de un tema y producir sus más hermosos descubrimientos.

Por lo demás, la imaginación y la sensibilidad tampoco pueden pasarse sin un parecido trabajo de fecundación. Con demasiada frecuencia, es cier­to, esas facultades presentan durante la juventud un ardor y un ímpetu que hay que contener e incluso reprimir. Pero a veces también ellas son inertes y perezosas, y entonces lo único que puede obligarlas a salir de su torpor natural es excitación enérgica y repetida una y otra vez. Además no hay que engañarse, ese exceso de actividad es más aparente que real; se asienta íntegro en la superficie y no ha arraigado todavía en las íntimas profundi­dades del alma. Esta superabundancia cederá pronto su lugar a una esteri­lidad completa; esas facultades tan vigilantes, tan ágiles y tan brillantes, no tardarán en marchitarse y agotarse si un trabajo metódico no viene dia­riamente a darles consistencia, al mismo tiempo que un alimento repara­dor les permite alcanzar el límite del crecimiento que exige su naturaleza. ¿Y por qué, os lo pregunto, esas frías y pálidas composiciones en las que el ojo apenas puede descubrir algunos trazos de color y de vida? Señales irrecusables o de una precoz decrepitud o, mejor aún, de un desarrollo abor­tado atestiguan que la sensibilidad y la imaginación han estado privadas del alimento y del ejercicio que ellas exigían: la una, para adornar; la otra, para darle vida.

Debería buscarse el alimento en el estudio de los modelos, en la lectura asidua de sus obras inmortales, lectura racionada, eso sí, pero mejor abun­dante que escasa. Lejos de mi pensamiento, mil veces de vuestro compor­tamiento, mis queridos jóvenes, esas lecturas vanas y frívolas, pasatiempo inútil y hasta pernicioso, ya que acostumbran al hombre a sustituir lo serio por la futilidad y a no hacer ningún caso de la pérdida de un tiempo que, porque no nos ha sido concedido gratuitamente, no nos lo han dado sin condiciones ni sin medida; lejos también esas lecturas precipitadas, cuyo único móvil es la curiosidad, un vistazo rápido en el que la mente se des­liza sobre las páginas de un libro sin fijarse nunca en nada. La sustancia de los alimentos se hace asimilable después de haber sufrido la acción lenta y continua de las fuerzas vitales, y ¿pretendéis vosotros que los pensa­mientos de un gran maestro se hagan vuestros sin trabajo alguno de apro­piación por vuestra parte? Sí, nada más fructífero que la lectura. Así se formó Bossuet en la Biblia y en los Santos Padres, pero se sabía de me­moria los más bellos pasajes de sus modelos, porque a pesar de que había tomado sus prototipos en autores distintos de los profanos, había seguido el consejo del poeta:

“… Vos exemplaria graeca

Nocturna versate manu, versate diurna.”

Fijaos, os lo ruego, en la repetición de ese verbo, que ya de por sí ex­presa la repetición de un acto. Pero no es eso todo; después de la comida, el ejercicio. Será inútil decir que consistirá en la imitación de las obras maestras, cuyo estudio ha grabado una primera huella en el alma: Prime­ro, unos ensayos tímidos; más audaces y más felices después, hasta cuando una reiterada costumbre permita, por fin, al espíritu iniciar el vuelo por sí mismo, sin que lo lleven en adelante alas ajenas. Ese es, mis queridos amigos, ése es el único trabajo que puede hacer fuertes y vigorosas a las facultades, depurar el gusto y llevar a buen fin la obra de la formación intelectual.

Pero en lugar de esa labor fecunda, ¿qué es lo que sucede muy a menu­do? Se contenta uno con hacer actuar a la memoria. Claro que eso es más cómodo: no se necesita ninguna originalidad; basta trabajar lo justo para calcar algunas líneas de una obra sobre esa hoja impresionable de nuestro interior que se llama memoria, ocupación no obstante muy pobre en atrac­tivos, porque el movimiento, la vida, está necesariamente ausente de ella. Sin embargo no os vayáis a figurar que trato de menospreciar la memo­ria: lo que quiero es que se mantenga en su lugar, y no se centre en ella toda la actividad del espíritu, con detrimento de las facultades superiores. Hechas estas reservas, obtengamos de la memoria todo lo que pueda dar­nos, y además, si comparamos con un edificio a toda la obra del espíritu, ¿acaso no es la memoria la que suministra a las otras facultades directo­ras o ejecutivas los materiales sin los cuales no actuarían, con muchísima frecuencia, sino en el vacío? Cultivemos pues ese precioso auxiliar: es sor­prendente cuánto la desarrolla el ejercicio durante la edad juvenil, y tam­bién cuánto, en esa misma época de la vida, la falta de cultura la deja venir a menos e incluso desaparecer del todo.

He ahí, mis queridos jóvenes, en qué consiste el método en los estudios clásicos y algunos de los felices resultados que él solamente es capaz de producir. ¡Ojalá pueda extender más que nunca hasta vosotros su benéfi­ca influencia y dirigir hasta el más pequeño de vuestros pasos en esta ca­rrera del saber en la que ya está iniciada vuestra marcha! Mas para favo­recer la plena realización de este deseo debéis mantener cuidadosamente en vuestras almas ciertas disposiciones cuya presencia es indispensable para el éxito en los estudios. Así, antes de formar nuestras facultades es previa­mente necesario remover los obstáculos que se oponen a su desarrollo. En la inteligencia hace falta la claridad, la limpidez de la vista; en la imagi­nación, la riqueza, la pureza y la gracia de las formas; en el sentimiento, en fin, la generosidad y la delicadeza, la elevación, el entusiasmo y la vida. ¡Fuera pues, fuera, las pasiones mal dominadas del apetito inferior! Sus sombrías y pestilenciales emanaciones oscurecen la luz del entendimiento, alteran el colorido de las imágenes y corrompen la savia de toda la vida intelectual. No hay por qué explicaros que todo lo que hay de grandeza, de nobleza, de perfección acabada en las obras del espíritu, tiene su primer origen en la formación del corazón. ¡Y qué mas natural, ya que el hombre es grande sobre todo por su corazón, y aunque aquí abajo sea todavía in­capaz de ver a Dios si no es a través de sombras, sin embargo, por el co­razón puede ya unirse a El con un amor que no adquirirá más perfección que una inmutable estabilidad en la gloria.

Así que es necesaria la tranquilidad de la conciencia, la paz del alma, ese esplendor del orden divino que sólo desarrolla y fortalece en nosotros la práctica de la virtud. Pero ese orden interior debe producir a su vez la subordinación exterior, una de las cualidades principales del alumno perfecto y que se llama docilidad. En efecto, la formación del espíritu exige, para que podáis obtenerla con eficacia, que seáis dirigidos en la aplicación de un método inanimado por un método animado y vivo: este método es el profesor. ¿Pero cómo podrá ser su acción fructuosa sin do­cilidad por vuestra parte? Y sin embargo, y esto no es un reproche que quiero haceros, esto es un hecho de todos los tiempos que me permito señalar, sin embargo, digo, esta disposición esencial suele faltar más a me­nudo de lo que podríais imaginaros: ¡tan depravada quedó nuestra natu­raleza desde sus comienzos por el orgullo y el espíritu de indisciplina que lo acompaña! Y a pesar de todo, no ser dócil y pretender lograr éxito —una regla muy general— es intentar lo imposible, es querer, sin ayuda de otro, precisamente cuando se carece todavía de toda experiencia personal, es que­rer hallar lo que las pacientes y laboriosas investigaciones de siglos no han podido sino con esfuerzos inauditos después de haber superado dificulta­des sin número. Por lo demás, vuestro espíritu, todas vuestras facultades, no os piden más que os lancéis a la carrera; son corceles generosos que arden por devorar el espacio. ¿Y qué otra cosa quiere el maestro encar­gado de vuestra dirección? Sólo exige que ninguno de esos corceles quede rezagado, que todos conserven igualmente su ardor y que, para encararse con una carrera larga y difícil, una sabia dirección les haga caminar hacia la meta por el camino más fácil y más rápido.

Sí, queridos jóvenes, la virtud en el corazón y la docilidad en la cabeza: esas son las disposiciones que hace un momento he señalado como indis­pensables para el éxito en los estudios. Pero una vez que esas cualidades hayan quedado firmemente asentadas en vuestras almas, entonces, con fruto y sin obstáculos podréis ser guiados por el verdadero método en el con­junto de vuestros trabajos intelectuales y hasta en sus diferentes detalles. Para vosotros, el cuadro de los estudios clásicos abarca el conocimiento de las lenguas y de la literatura, exige conocimientos serios de historia y se extiende a los elementos de lo que hoy llamamos ciencias. Pues bien, el método os seguirá por todas las partes de ese vasto dominio y os hará encontrar en cada una de ellas lo que mejor puede contribuir al desarrollo del espíritu.

Queridos jóvenes: Debería terminar ahora aquí, pero eso me llevaría a omitir el punto más práctico de mi estudio. Me harán falta todavía al­gunos minutos para explicaros con claridad mi pensamiento. Me parece que la benévola atención que me habéis concedido hasta ahora me autori­za a ello. Sí; en una rápida ojeada veamos cómo se aplica el método a las principales materias de vuestros estudios.

Comencemos por las lenguas. En cada una de ellas hay dos elementos bien distintos: Uno, material, viene a ser su cuerpo, pero el cuerpo inani­mado. Yo he designado suficientes palabras con sus diversas flexiones; vos­otros podéis añadir algunas reglas a las que están sometidas en sus mu­tuas relaciones las partes esenciales de la oración. El conocimiento de ese conjunto de hechos gramaticales exige un vigoroso acto de memoria, pero no implica ningún esfuerzo serio de las demás facultades. Hecho ese gran esfuerzo, ¿se acabó ya todo? ¡Quiá! Más de un atolondrado habrá llegado a pensarlo y, más aún, a ponerlo en práctica. “Pues ¿qué me queda toda­vía por hacer?”, se preguntará alguno de esos. “Me sé lo elemental; no he tenido dificultades para encontrar una palabra hasta en los diccionarios más gruesos. ¿No es eso todo lo que se necesita para componer un buen tema, es decir, para hablar latín y hasta griego?” Eso es un despropósito, indudablemente, y yo soy el primero que se ríe. Sin embargo, esas palabras irreflexivas no dejan de ocultar unas ilusiones; para preveniros contra ellas, hasta vuestros mismos maestros encuentran con frecuencia muchas dificul­tades. Pues bien, os diré también yo con ellos: Suponed un hombre cuyo espíritu está ya formado. ¿Quiere aprender el alemán o el inglés? Un libro tan pequeño como sea posible le hace conocer lo que más arriba he deno­minado el elemento material de la lengua, y le pone inmediatamente en disposición de adquirir lo que le falta todavía. ¿Y qué le falta? La forma íntima, el alma, la vida, para servirse de un término consagrado, el genio de la lengua. Ved ahí todo lo que ignora, y mientras no se despoje de esa ignorancia, la lengua, toda ella, le resultará desconocida.

Pero ¿adónde irá a buscar ese elemento espiritual, fuente de toda la per­fección en todas las lenguas? ¿Adónde irá a buscarlo sino a los escritos de los maestros que han ilustrado ese idioma? En las obras maestras es donde brilla con todo su esplendor. Así que cuando uno haya hecho un estudio serio y continuado de ellas, sólo entonces podrá atreverse a expre­sar un pensamiento en su nueva lengua. Tal es la marcha que sigue un hombre maduro. Pero vosotros, vosotros andáis más aprisa: Apenas han puesto en vuestras manos la gramática y el diccionario y ¡ya sabéis hablar la lengua! Armados con esos instrumentos llegáis muy pronto a componer temas, y temas sin faltas. Es cierto; el profesor mezcla muy a menudo los peros con los elogios. Llega a veces hasta a censuraron con su crítica. Es que los profesores nunca quedan satisfechos. Y más adelante estáis fuer­tes en el tema; tenéis conciencia de ello. Pues bien, conservaos fuertes en el tema. En cuanto a mí, que pongo mi porvenir en otra cosa, si quiero saber la lengua de Homero, de Demóstenes y de Sófocles, leeré (y os ruego que tengáis presente lo que yo entiendo por lectura), leeré, y no solamente una vez, a Homero, a Sófocles y a Demóstenes. Les añadiré, por propia y espontánea decisión, a Basilio el Grande y al que lleva por sobrenombre Boca de Oro. Pero si siento en mi corazón el deseo de conocer cómo hablaban el Pueblo Rey, Cicerón y Virgilio, Horacio con Tácito, ellos serán mis maestros, y estaré lejos de menospreciar las lecciones que me da desde su cueva de Belén el enérgico y austero Jerónimo. Aprenderé mi lengua materna, sin duda alguna, en los príncipes de su literatura, y aun en este caso la traducción de las obras antiguas me servirá casi de igual ayuda: ejercicio verdaderamente precioso no se esfuerza inútilmente en trasladar al idioma propio hasta los más delicados matices del pensamiento de un gran maestro expresado en un idioma extranjero. Así es cómo el estudio de las lenguas se nos presenta lleno de atractivos y de fruto: no son sólo la memoria, la imaginación y el sentimiento los que se educan con tal es­tudio; también la razón halla igualmente provecho en las bellas relaciones que puede haber en todo momento entre el desarrollo, las formas y el genio de las tres lenguas clásicas, entre las cuales existen tantos puntos de seme­janza: así, los comienzos de la erudición filológica; así, una primera ojeada sobre esa ciencia general de las lenguas, sobre esa gramática comparada que no es una de las menores glorias de nuestro siglo.

Y después, como el estudio de las lenguas así orientado lleva insensi­blemente al estudio de la literatura (aquél viene a ser la preparación más natural para éste), evitad en este momento las transiciones bruscas, las sorpresas inútiles que a veces presenta el paso de las clases de gramática a las de humanidades. Doy clases de gramática para acomodarme a la cos­tumbre, pero ese término está mal empleado: son clases de lengua, y deben conduciros a las clases de letras, porque no sabría uno realizar trabajos serios sobre una lengua sin tener previamente alguna idea de su literatura. Entre estas dos materias no existe una delimitación tan marcada como para que uno no tenga que simular más de la cuenta que cree en ella. Segu­ramente me objetaréis que no estáis todavía en posesión de los principios que deben guiar al espíritu en el estudio y la composición de las obras literarias. ¿Estáis seguros de eso? Esos famosos principios son, ante todo, normas de sentido común; las han formulado a base de las obras de los maestros; sólo ellas tienen la plenitud de su realidad y de su vida. ¿No están esas obras en vuestras manos?, y ¿no se refieren a ellas las más hermosas y fructíferas observaciones que se hacen diariamente a lo largo de las diversas clases?

Además, queridos amigos míos, una nueva necesidad se os va imponien­do cada vez más: la prueba de los exámenes públicos. Las materias sobre las que versan son muy extensas, hasta diría demasiado extensas. Su pre­paración inmediata supone ya terminada vuestra formación literaria. Y si reserváis ambas materias para el mismo tiempo, os veréis fatalmente for­zados a descuidar una de ellas, y por eso mismo a desarrollar sólo imper­fectamente la otra. ¡Sí! Es más que nunca necesario que las lenguas os lle­ven a las letras o, mejor aún, que su estudio sea el comienzo del estudio de las letras. Pero cuando hayáis llegado al hermoso campo de estas últi­mas, ¿qué método deberá dirigiros entonces en esas nuevas tareas? He respondido ya a esta pregunta casi en todas y en cada una de las páginas de este discurso. Para evitar repeticiones sólo me permitiré sobre este punto una respuesta breve. Recordad que la literatura es la primera de las Bellas Artes; por eso mismo en ella todo consistirá en la ejecución y en la práctica. Háblame sobre la pintura todo el tiempo que te plazca: haré poco caso de tus palabras; enséñame una tela soberbia que haya acabado de animar tu pincel: eres un pintor. Pero lo que te ha hecho pintor, ¿no habrá sido el estudio de los cuadros de un gran maestro, estudio fecunda­do a su vez por pacientes y numerosas imitaciones?

También vosotros, amigos míos, tened modelos; tened pocos y que sean dignos de tal nombre. Luego, con orden, con perseverancia, con tenacidad, con obstinación, trabajad, dad forma, pulid; en una palabra, formad vues­tro gusto. Ese es el fin de vuestros estudios literarios: ¡cuidado con pasa ros de largo antes de haber alcanzado ese fin! Cuando haya sido depurado completamente el gusto por el cultivo perfecto de la imaginación y del sen­timiento, entonces, pero no antes, entonces os permitirán que deis a la razón un alimento que le sea propio. Entonces, mientras vaya acumulando como un rico tesoro las expresiones nobles, los pensamientos más sublimes, vuestra mirada intelectual será lo bastante poderosa como para contem­plar en todo su conjunto un paisaje espléndido, para apreciar en él con precisión los detalles y el conjunto; entonces podréis abordar el estudio de las literaturas clásicas en el encuadre majestuoso de la Historia. Os re­sultará como una representación esquemática, pero fiel, del desarrollo del espíritu humano. Os fijaréis sobre todo en los grandes siglos, y no descui­daréis los que fueron menores; investigaréis las causas del progreso y de la decadencia y veréis que los escritores de cada época no son únicamente el espejo fiel donde se reflejan los acontecimientos que se relatan en ellos; los acontecimientos han influido a su vez en los escritos de cada época y les han imprimido el carácter distintivo de esa misma época. Pero así seréis atraídos hacia otra parte de vuestra heredad, hacia el estudio de la Historia.

El estudio de la Historia es uno de los quehaceres más relevantes, más atractivos y más llenos de toda clase de enseñanzas. ¡La Historia! Pero si es ella la que pone ante nuestros ojos a la humanidad en todo su conjun­to, con sus tristes desfallecimientos, cierto, pero también con sus sublimes aspiraciones; a la humanidad que se agita y atormenta inútilmente y que no sabe sustraerse a la acción suave y fuerte de esa Providencia cuya mano invisible la conduce, a lo largo del tiempo, hacia sus destinos inmortales. Ese cuadro, cuando lo diseña un maestro, figura en la primera fila entre las obras del espíritu. Tucídides y Tácito, esos pintores de las civilizaciones antiguas; en particular Bossuet, que con su mirada de águila abarca todo el género humano. ¿Hubo alguna vez genios más vigorosos y más nobles? No voy a comparar con ellos al historiador del Génesis, porque en él su ímpetu natural recibía el impulso de una fuerza demasiado elevada. ¡La Historia! ¿Existe por ventura campo más vasto y más fecundo para el ejer­cicio de vuestras facultades? Los hechos y los detalles aportados por la memoria serán discutidos, juzgados y ordenados por la razón, y veréis cómo cobran vida ante vosotros las generaciones antiguas cuando las otras potencias del alma den a ese conjunto movimiento y vida: conversaréis con ellas. Los usos, las costumbres, las instituciones, las artes, los monu­mentos, las fiestas, todo os resultará familiar. Las grandes figuras, las no­bles personalidades de su historia quedarán diseñados con viveza en vues­tro espíritu. Ante semejante cuadro, ¡cómo se enardecerán la imaginación y el corazón! ¡Qué agradable y qué fácil os resultará pintar todo ese pasado con sus verdaderos colores! ¡Sólo ahí encontraréis temas magníficos para vuestras composiciones literarias, composiciones sólidas y al mismo tiempo brillantes, que dejarán muy atrás todas las banalidades de los lugares co­munes y lo que se ha llamado, con justo desprecio, las flores de la retórica. Haber comprendido esa grandeza y esa utilidad de la Historia es un honor imperecedero de nuestro siglo. Sus inmensas investigaciones han resucitado a naciones enteras, a imperios florecientes tiempo atrás, de los que apenas si teníamos más que el nombre. Este es uno de sus más serios méritos, y hubiera sido su primer título de gloria si el siglo XIX no llega a ser, sobre todo, la edad de oro de las Ciencias.

Ahora me parece que lo mejor sería que me callase: Podría parecer sos­pechoso predicar en favor de mi parroquia. Después de todo, aunque el sermón procura algún provecho al que lo pronuncia, tampoco deja sin fruto a los oyentes.

Además, ¿a qué viene dejar en barbecho esta cuarta parte de vuestra hacienda e infligiros unas pérdidas tan considerables? La primera en pro­testar contra semejante abuso sería la razón, la más importante de vues­tras facultades. En efecto, ¿qué ventajas no saca del estudio de las Cien­cias? ¿No serán siempre las deducciones matemáticas un modelo de argu­mentación rigurosa, y no dan a la inteligencia una sagacidad y una pene­tración que inútilmente trataréis de hallar en otro sitio? En las ciencias menos exactas, las definiciones exigen también una gran precisión de es­píritu, y para aprender orden y método nada hay comparable a las clasi­ficaciones de las Ciencias Naturales. Pero lo que mayor elevación y ampli­tud dará al pensamiento será la consideración de las fuerzas de la natura­leza con la grandiosidad de sus efectos, la simplicidad y al mismo tiempo la fecundidad de sus leyes. Un único principio domina la Física moderna: Es el de la conservación del trabajo o de la energía en medio de las modi­ficaciones, de donde brotan la luz, el calor y los fenómenos eléctricos; ahí está la fuente de las maravillas que la ciencia ha dado ya a luz tan en gran número en nuestro tiempo, y esa fuente se nos muestra inagotable. Otro principio correlativo del primero, el de la conservación de la materia, sirve asimismo de base a toda la Química así como a sus reacciones, tan múltiples como variadas. Añadid a esa permanencia de la materia el hecho de su inercia; recordad además que la fuerza no se destruye en este mundo visible y habréis puesto los cimientos de la Mecánica del Universo, de esa ciencia que con la universalidad de sus fórmulas abarca de una vez tanto los movimientos capilares como las revoluciones astronómicas, y comienza a extenderse con éxito hasta las mismas acciones moleculares. Es ahí pre­cisamente donde la razón con justo orgullo y si es que no está pervertida, con gratitud sincera reconoce su superioridad sobre los elementos sensi­bles; es ahí donde contempla con admiración profunda la realización de esta palabra del sabio inspirado desde lo Alto:

“Señor, todo lo habéis hecho con peso, número y medida.”

La imaginación, por su parte, se exalta ante la vista de un espectáculo tan imponente: esos focos de esplendores diseminados por millares en el espacio, esos globos inmensos que ruedan tan majestuosos en sus órbitas invisibles, ese ejército de los cielos, de los que ni el mismo Profeta puede hablar sin entusiasmarse; esas ondulaciones luminosas y térmicas que se entrecruzan sin destruirse y se propagan por todo el universo con sus in­comprensibles velocidades, y por fin, sobre todo, el hombre sometiendo a su voluntad energías indomables, que apenas pueden ni captarse, y no contento con haber aniquilado las distancias con la impetuosidad de sus caballos de fuego, confiando su pensamiento a la rapidez del relámpago, al fuego devorador del rayo: todas esas cosas, queridos jóvenes, hacen oir un lenguaje que resuena hasta en las íntimas profundidades del alma, y ellas os dicen que el espíritu humano no ha perdido todavía su vigor; que en vuestro siglo hay cosas grandes y que para encauzarlas necesitáis ele­varos hasta su nivel a fin de hacer con los conocimientos profanos un pe­destal digno de la Verdad superior y, con la ayuda de la Luz revelada, llegar a convertiros en la luz del mundo.

Pero lo siento; muy a pesar mío me embarga la emoción. Necesito de­tenerme. Además he agotado la materia. Sí, os he expuesto todo mi pen­samiento sobre un método de estudios verdaderamente racional. Este méto­do de ninguna manera le exime a uno de trabajar; por el contrario, supone un trabajo tan constante como tenaz, el único que, en frase del Poeta, su­pera todos los obstáculos. Pero al mismo tiempo lo dirige y lo fecunda e impide que ninguno de vuestros esfuerzos resulte estéril. Así que ¡manos a la obra, mis queridos jóvenes¡ Haced obrar según esa norma a las fa­cultades con que tan pródigamente os ha dotado el Creador y el éxito co­ronará vuestros esfuerzos, y el venerable Pontífice que inmediatamente va a aplaudir vuestros triunfos escolares no quedará frustrado en las esperan­zas que tiene puestas con todo derecho en vuestro porvenir; le demostra­réis que sus desvelos los ha dedicado a unos corazones agradecidos.

Su celo ha concebido y su constancia va ejecutando unos planes llenos de magnanimidad para iluminar con la luz verdadera toda la porción de la Iglesia de Cristo confiada a su solicitud. Pues bien, si para secundar tan nobles proyectos apela alguna vez su voz a la abnegación de vuestra vo­luntad, con abnegación le ofrendaréis por añadidura el vigor de un espí­ritu desarrollado gracias a una eficaz y sólida formación. ¡Sí, puede contar con vosotros! Como príncipe, marchará a vuestro frente; vosotros, como servidores valerosos y fieles, seguiréis de cerca sus pasos. Y en esta lucha de la luz contra las tinieblas o, lo que es lo mismo, de la vida contra la muerte, transformados en luz le ayudaréis a rechazar lejos la espesura de las tinieblas y a hacer penetrar en el secreto de la más profunda oscuridad los suaves y benéficos rayos del sol de la Verdad.

Mis queridos jóvenes, así es como daréis pruebas irrecusables de vues­tra gratitud tanto al primer Pastor como a los pastores subalternos; así es como seréis más adelante la fuerza de esta diócesis, igual que en la ac­tualidad sois su esperanza más preciosa, y finalmente así es como vuestra existencia se orientará en toda su integridad al mayor honor y a la mayor gloria de Aquel a quien únicamente pertenecen todo honor y toda gloria.

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