París, 17 de marzo de 1834.
«… Hacia finales del año 1830, Sor N…, novicia en una Comunidad de París consagrada al servicio de los pobres, había creído ver, durante la oración, como en un cuadro, a la Santísima Virgen, tal como se la representa de ordinario bajo el título de la Inmaculada Concepción, en pie y con los brazos extendidos; de sus manos, como en haces, salían rayor de un brillo deslumbrador; y oyó estas palabras: estos rayos son el símbolo de las gracias que María obtiene a los hombres. Alredeaor de esta imagen ella leía, en caracteres de oro, esta pequeña invocación: Oh, María, concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a vos. Después de haberlo considerado unos momentos, este cuadro se dio la vuelta y en el reverso vio la letra «M» con una cruz encima, y debajo los SS. CC. de Jesús y de María. Entonces la voz se hizo oír de nuevo y le dijo: Hay que hacer acuñar una medalla según este modelo, y las personas que la lleven indulgenciada y digan con piedad esta pequeña oración disfrutarán de una protección especialísima de la Madre de Dios. Esta persona me lo comunicó inmediatamente; pero os confieso que tomé todo esto por una pura ilusión de su imaginación piadosa, y me contenté con decirle algunas palabras sobre la verdadera devoción a María, indicándole que imitar sus virtudes es el medio más seguro para honrarla y asegurarse su protección. Ella se retiró, sin ocuparse más de lo que había visto. Unos seis meses más tarde tuvo la misma visión, y, habiéndome dado cuenta de ella, yo pensé y la traté como la primera vez. Por fin, después de un intervalo igual, de seis meses, vio y oyó por tercera vez las mismas cosas, pero la voz le dijo, además, que la Santísima Virgen no estaba contenta de que así se descuidara el hacer acuñar esta medalla.
«Esta vez yo no dejé de atribuir al asunto cierta importancia, pero sin manifestarlo al exterior, y experimenté un cierto temor de desagradar a aquella a quien la Iglesia llama, con justo título, «refugio de los pecadores». Pero algunas semanas más tarde, habiendo tenido ocasión de ver a Monseñor el Arzobispo, la conversación me dio oportunidad de comunicar a su Excelencia todos estos detalles, y Monseñor me dijo que no había inconveniente en hacer acuñar esta medalla, ya que no tenía nada que no estuviera muy en conformidad con la fe de la Iglesia y con la piedad de los fieles para con la Madre de Dios, y que ella sólo podría contribuir a hacerla honrar.
«Después de las palabras del venerable Prelado yo me resolví a hacer acuñar la Medalla. Algunos incidentes hicieron todavía retardar este proyecto hasta el mes de junio de 1832, fecha en que fue acuñada según el modelo de que he tenido el honor de hablaros.
«Olvidaba deciros, Monseñor, que, en una de las tres visiones, la persona preguntó si había que poner algunas palabras en el lado en que estaba la letra «M», la cruz y los dos corazones, como las había en el otro lado; le fue respondido que no, porque estos objetos ya decían bastante al alma piadosa.
«Esta Medalla comenzó al principio a extenderse entre las Hijas de la Caridad, que la dieron a algunos enfermos y moribundos obstinados en el mal. Se produjeron curaciones del todo asombrosas y conversiones que no lo eran menos. Entonces de todas partes pidieron estas Medallas, de modo que el número de ellas ya proporcionado es incalculable.
A…, sacerdote de la Misión.»
Esta carta, densa de noticias, concisa y clara, sirvió al Abate Le Guillou de prólogo a su obra sobre la Medalla. Para el estudio presente contiene un valor básico: fue el esquema de cuanto se dijo durante medio siglo. Contenía los datos suficientes de una parábola, para crear un clima de doctrina y misterio. La imaginación descriptiva podía añadir el color maravilloso de lo sobrenatural. El afán de la ciencia encontraba un tema espiritual de discusión: las revelaciones privadas. Teológicamente avalaba el dogma de la Inmaculada Concepción, y devocionalmente abría un respiro contra el materialismo, condenado por Gregorio XVI en 1832. No sabemos la reacción de Sor Catalina Labouré cuando leyera esta carta. Seguramente consideró que sus informes eran incompletos y parciales. Consideraría ilógico que se hablara únicamente de la última parte de la visión, la de la Virgen con los brazos tendidos, y no de la primera, la de la Virgen con el globo en las manos. Pero en el fondo estaría contenta de ver que todo marchaba.
Esta carta, pues, queda en el pórtico de toda investigación y de todo el movimiento surgido a raíz de las apariciones de 1830. No era tanto lo que decía la carta cuanto lo que sugería.







