El Hno. Pablo Tobar

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Anónimo · Source: Anales españoles, 1963.
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Biografias PaúlesDe una carta del P. Ruesta copiamos lo siguiente: la muerte no puede haber sido más rápida, y ha sido la de los predestinados. Por haber venido tres Padres jóvenes de Tenerife a examinarse con los de casa, ese día, 1.0 de mar­zo, salieron con nuestro microbús y dieron una larga excursión. Sólo me quedé yo en casa y otro Padre al frente de los apostólicos. Hacia las ocho cuarenta y cinco volvía de la Pa­rroquia, y cené un rato con ellos; se fue el P. Sánchez Anto­nio a retirar a los niños, y un minuto después se ausentó el Hermano; se fue a la capilla e hizo una visita en presencia de los niños. Momentos después me lo encontré en la salita y le sentí un poco agobiado. «Me siento mal y me cuesta respirar». Le cogí con cariño las manos, le animé y consolé, pero me di cuenta que era grave su situación, trasudaba, se ponía blanquecino, y en la punta de los dedos noté cierto amora­tamiento. «Voy a llamar al médico, Hermano, quédese así, que vuelvo pronto.»

Tardé algo en localizar al médico por teléfono; volví y ya habían venido los demás Padres, que le estaban animando. Quisimos llevarle a un aposento del piso de doña Pino; al subir las escaleras que van a la capilla noté aumentaba su apuro. «No hay que subirle más; aquí, en este aposento, junto a la portería.»

Intentamos ponerle acostado, pero con brío fuerte nos dijo: «No, que me ahogo más.» Y le colocamos sentado en un cómodo sillón, y en él permaneció hasta el desenlace».

Nos hizo abrir las ventanas y puerta, le abanicábamos y no quería; le cogí el pulso y aquello era una locomotora desbocada, a veces, y otras, casi parada. Le sugerimos algunas palabras jaculatorias. Volví a llamar al médico de guardia en San Martín, y la Hermana Sor Cornelia, después de decirme no se encontraba, me dijo me enviaba a otro especialista de corazón. Cuando bajé noté que el Hermano se agravaba.  Cariñosamente le dije: «Hermano, si tiene alguna intranquilidad en este momento de conciencia, conviene deshacerla. «No tengo ninguna, Padre; pero confiésame.» Y en una breve ausencia de los demás le confesé, con gran piedad por parte de ambos. Y hasta rezamos juntos la penitencia. Desde ese momento todos estuvimos a su alrededor; hasta los dos postulantes. Los agobios aumentaban; se movía para buscar mejor posición y no encontraba respiro fácil. A una indicación por mi parte, el P. Federico García fue a por los santos óleos; yo estaba pegado a su pulso y le insinuaba calma y algunas jaculatorias que él repetía; hasta tres veces le sugerí actos de fe, esperanza y caridad; en una de ellas, atendiendo más su pulso, hasta me corté y él la acabó, «y te amo sobre ti das las cosas». «Hermano, quiere más alivio espiritual», dije. «Si, denme todo, todo, que me siento en mucho apuro». Y el Padre Párroco, con gran serenidad y claridad, y abreviando alguna oración, se la dio en todos los sentidos; él se dio perfecta cuenta; se le dio la bendición apostólica, par segunda vez la absolución, y rezando las letanías y la recomendación del alma, tras ligeras contorsiones, voló a mejor mansión su piadosa alma.

Los doctores llegaron cuando estaba espirando. Eran exactamente las diez y quince de la noche. El día 2 de marzo, a las seis treinta, tras un funeral piadosísimo muy completo, con acompañamiento fervoroso de muchas Hermanas, apostólicos y pueblo, quedó su cadáver inhumado en el nicho número uno del panteón de doña Pino.

Antes de depositarlo en él le di un solemne beso de, despedida, en la frente, por todos. Descanse y goce pronto de Dios, quien tan piadosa, abnegada y silenciosamente trabajó por El.»

 

 

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