El hermano Oldèric Sayler (1708-1795)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, V.
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Hay pocos Misioneros en nuestra provincia, dice una noticia italiana, que no hayan conocido al hermano Sayler o no hayan oído hablar de él con elogios. Y es que, en efecto, sus virtudes han difundido por todas partes la edificación y nosotros no podemos excusarnos de conservar por escrito su recuerdo.

El hermano Oldéric Sayler nació en Hegent, en la diócesis de Augsburgo, en Babiera, el 10 de febrero de 1708. Llegado a la edad de veintidós años, fue a Roma con varios de sus compatriotas para ganarse la vida en el oficio de tornero. Cuando, en esta ciudad,  quiso encontrar un confesor, alguien le dio la dirección de la casa de Monte Citorio; allí se confesó con un Sacerdote de la Misión y comenzó a frecuentar los sacramentos.

Pidió luego en diversas ocasiones  ser admitido en la Congregación. Después de probarle con varios retrasos, fue finalmente recibido como hermano coadjutor en la casa de Saint-Jean y de Saint-Paul, el 7 de diciembre de 1732. Tenía por costumbre decir que había experimentado tal consuelo al comenzar su vida de Misionero que lloraba con frecuencia de gozo pensando en la gracia que el Señor le había hecho, y que le parecía estar en un paraíso anticipado. Esta alegría era el fruto de costumbres puras que había conservado en el mundo y de las virtudes que había comenzado a practicar; por eso,  cuando en el seminario pudo dar curso libre a su piedad, no tardó en hacerse muy útil a la Congregación y a ser muy estimado de sus superiores. Por aquella época, el Sr. della Torre era Visitador de la provincia romana. Queriendo dar por compañero a los Srs. Farletti, Caromi et Manzoni,  de la fundación de una casa en Pescina, un hermano particularmente edificante, puso los ojos en el hermano Sayler, quien, tal vez, no había hecho aún los votos. Este no engañó las esperanzas que se habían puesto en él; satisdizo por completo a los Srs. convictores y al obispo de la diócesis durante los años que pasó en esta ciudad hasta el momento que se cerró el establecimiento.

Apenas regresado a Roma,  cuando el sr. della Torre quiso tenerle con él en Piacenza, adonde fue en 1741. Muy pronto, las tropas austriacas, habiendo invadido este ducado, llegaron a ocupar el colegio Alberoni; entonces el hermano Sayler fue enviado, con otros sujetos de esta casa, a la fundación de Cremona, que no estaba lejos. Esto ocurría en 1743. El hermano Sayler acompañó durante varios años a los sacerdotes en las misiones que daban en la región de Brescia y de Bergamo. En 1746, fue llamado a la provincia romana y destinado a la casa de Fermo.

Pero el Sr. della Torre no le perdía de vista ; como se decidiera a pasar  a pasar los últimos años de su vida en la casa de Tivoli, cuya construcción él mismo había dirigido, quiso tener con él al hermano  Sayler, y este vino a unirse a él el 14 de noviembre de 1747. De esta forma el buen hermano tuvo la suerte  de servirle en su última enfermedad y hasta su muerte, que ocurrió el 29 de diciembre de 1749. Se ha encontrado, en los papeles de este hermano, muchas cartas que le habían sido escritas por el Sr. della Torre, de Piacenza, en 1743 y 1744, y de Roma, en 1746, y todas demuestran la alta estima que este visitador tenía de él. En efecto, le habla con mucha bondad, y le da cuenta amigablemente de sus trabajos, le confía diferentes cambios, sobre todo los que se refieren a su persona, le testimonia del deseo de volverle a ver, y se encomienda con interés a sus oraciones, y le pide que le escriba y le pida con toda franqueza  su sentimiento como lo habría hecho por un sacerdote de su confianza. Por estas circunstancias, que hemos querido señalar, cada uno puede ver cuál era el afecto de un hombre tan distinguido como el Sr. della Torre por el hermano Sayler, y cuál era la confianza con la que le honraba. Basta con decir los méritos que, a pesar de su juventud, reunía en él; desde este momento, él era ya ese perfecto Misionero que hemos podido admirar en una ancianidad avanzada.

Poseía por último todas las buenas cualidades que sirven para hacer el bien. A una gran vivacidad añadía la habilidad y la presencia de espíritu; su exterior siempre alegre y sonriente, acompañaba una amigable inocencia, una modestia y una sinceridad sin afectación. Tenía una flexibilidad y una docilidad admirable para plegarse a todo cuanto se deseaba de él; su manera de hablar y de obrar le atraía el afecto de todo el mundo.  Tal era el carácter distintivo que se ha tenido a bien reconocer en todos los elogios que se la han dedicado.  No se recuerda haberle pedido un servicio, haberle dado un encargo o pedido una comisión, por importuna e incómoda que fuera, sin que se prestara a ello con toda la gracia encantadora. Se presenta aquí  una reflexión muy natural, que habiendo estado cuarenta y ocho años en la casa de Tívoli, ejerciendo el cargo de despensero durante tanto tiempo, en medio de muchas ocasiones de distracción, en una casa dispuesta a recibir a gentes de toda clase, en esta pequeña ciudad tan poblada, no se oía nunca a nadie quejarse de él; nunca se le ha reprochado una incivilidad o la menor falta a una religiosa modestia. Asiduo en su oficio, él bastaba para muchas cosas, hizo el pan necesario a la casa sin pedir jamás  ni querer la ayuda de nadie. Se admiraba también  su raro talento para tratar bien a la Comunidad, a la par de los ahorros que hacía. Todo el detalle de su laudable administración se vio sobre todo en forma de lección experimental cuando, ya mayor, se le sustituyó por otros hermanos; se sucedieron en gran número, y unos tras otros se veían obligados a dejar este oficio, ya que se veía bien pronto unos gastos más fuertes que hacían echar de menos el buen trato y la economía del hermano Sayler.

La multiplicidad de sus ocupaciones  exteriores no impidió nunca a este piadoso hermano dar cada día a su alma el alimento espiritual que le es necesario. Sabía siempre encontrar tiempo para su oración, su lectura espiritual, el examen particular y los demás ejercicios de la Comunidad. Era siempre fiel, incluso cuando estaba muy achacoso por el peso de los años y de las enfermedades numerosas que había tenido. Fue preciso entonces que el superior le impusiera expresamente descansar por la mañana y hacer su oración en particular. Pero cuando se vio la pena que experimentaba este buen hermano de no estar presente con los demás en los ejercicios comunes, se revocó la orden y se le dejó la libertad de seguir su devoción.

Reanudó entonces con gozo el tren de la comunidad y quiso siempre conservar el cuidado de tocar por la noche las campanadas, lo que él llamaba su «privilegio»; a pesar de ello, por la mañana era siempre uno de los primeros levantados y llegaba todavía antes que los demás a la capilla. Se sentía verdaderamente compasión al ver a este anciano de cerca de noventa años prosternado de rodillas en el pavés durante la meditación. Incluso cuando, en su vejez, hubo perdido la vista, quería siempre servir las misas, y las habría servido todas si se le hubiera permitido.

En medio de tantas obras buenas, sintió que su fin se acercaba. El último día de septiembre de 1795 le atacó la fiebre; los médicos declararon pronto que ya no había remedio, vista la extrema debilidad de su cuerpo, y se le administraron los últimos sacramentos que recibió con mucha devoción.

En el curso de su enfermedad, que duró veinte días y en la que sufría mucho, mostró siempre la misma calma y la misma alegría que antes ; se veía en él la paz que Dios se complace en difundir en el corazón y en el rostro del justo moribundo. Mientras que todos los Misioneros de la casa se afligían por la pérdida que iban a tener, él solo hablaba con indiferencia  y tranquilidad de su muerte próxima. El Obispo de Tivoli, que le quería tiernamente, venía casi todos los días para verle y darle su bendición, lo que daba al enfermo un consuelo inexpresable. Varias veces, el prelado manifestó su pena al ver morirse  a un anciano tan amable, a quien apreciaba, decía él, tanto y más que si hubiera sido su hermano.

Es digno de advertir que, hasta su último suspiro, conservó su perfecta presencia de espíritu, su memoria y la facilidad de hablar como si se encontrara en plena salud. Por último, el 19 de octubre, que era un lunes, tras unos minutos de agonía, rindió su alma a su creador, a la edad de ochenta y siete años, ocho meses y nueve días, y después de haber sido durante sesenta y tres años un verdadero hijo de san Vicente de Paúl.

Anciennes Notices manuscrites; Archives de la Mission, ann. 1795.

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