Ha muerto el H° Garcías sin llegar a los cien años
De un feliz matrimonio entre Sebastián Garcías y Francisca Mas nació una familia estupenda para Dios, en Campos, de Palma de Mallorca. De entre los hijos, Bartolomé llegó al sacerdocio, y Juan y Damián profesaron como Hermanos Coadjutores de la Congregación de la Misión. Damián trabajó en la Provincia de Barcelona, dejando buenos recuerdos en Bellpuig; Juan prestó sus buenos servicios a Dios y a la Congregación en la Provincia de Madrid.
En la noche del 18 al 19 de enero de 1967, a los noventa y ocho años de edad, camino de los noventa y nueve, ha muerto el Hermano Juan Garcías Mas, sobre quien se especulaba si llegaría a los cien años. Se ha quedado en la antesala de un siglo, pero su recuerdo y su ejemplo perdurarán más allá.
La víspera de su muerte, apoyado en su vieja cachaba, caminó a mendigar trabajo: «Si no me dan trabajo, me muero.» Luego apretó su rectilíneo mentón, y se fue a su cuarto de la enfermería, a leer titubeante, en espera de trabajo. Un antiguo compañero suyo nos dice: «Tenía un temperamento fuerte; pero con su espíritu de servicialidad suavizaba las asperezas.» Su cuarto estaba siempre en orden. Parece como si al no llegarle trabajo, se hubiera puesto a preparar la llegada de la muerte. Con el flequillo blanco, un poco caído; los dientes apretados, como los de los valientes; vestido sobre la cama, esperó la visita de los que le hallaron muerto.
La enfermera nos ha dicho que cuando cariñosa le atusaba su flequillo blanco, él esgrimía todo el coraje de sus años mozos en estos términos: «¡No!, a los frailes no se les toca.» «Tampoco aunque sean viejos.»
Su ficha personal de los Archivos Provinciales lleva grabada una foto suya, en la que aparece con gafas de armazón y corbata de líneas blancas y negras. Según la ficha, nació el 12 de diciembre de 1868, ingresó en la Congregación el 24 de diciembre de 1884, y recibió su primer destino a Murguía en tiempos de fundación, 1888. Después, Los Milagros (Orense), tres veces.
En una carta al Visitador, P. José Arambarri, le escribía, ya hace cuarenta y siete años: «No quiero servir de estorbo a nadie.» Esta frase la repitió tesoneramente cuando en conciencia llegó a pensar que por su causa había malestar en la Comunidad y que, por tanto, él debía pedir destino, a pesar del cariño que profesaba a la Casa de los Milagros y de que no «le gustaba correr Casas».
Esta mezcla de coraje personal y celo por las almas la encontramos reflejada en su corta, pero jugosa correspondencia. «Porque está visto, señor Arambarri, que en este pícaro mundo todo es cuestión de suerte…, y que a veces más valdría ser cerdo o vaca..,» Así se expresaba enfadado, mientras antes había escrito: «Le ruego que cuando mande usted algún Sacerdote a esta Casa sea amigo del confesonario y que le guste mucho confesar, porque no se saca nada en que haya muchos confesonarios y confesores si no hay quien se quiera meter en ellos…»
Así era este mallorquín piadoso y trabajador ceñudo, siempre al servicio de todos y obediente sin descanso. Conoció las dos repúblicas españolas, y en la segunda estuvo encarcelado en la hoy calle de los Hermanos Miralles, en Madrid, de donde le sacaron por haber cumplido ya los setenta años.
En la Congregación tuvo ocho Visitadores, y desempeñó varios oficios, principalmente los de portero y sastre. Si el ayudar a misa tiene su mérito, no dudamos que el Hermano Garcías tiene hoy un buen puesto en el cielo.
En la misa de su funeral hizo un cálido y sencillo panegírico el P. Sabino Pérez, alabando su desprendimiento y entrega.
J. DELGADO







