El gran hospital de Angers

Mitxel OlabuénagaHijas de la CaridadLeave a Comment

CREDITS
Author: Benito Martínez · Source: CEME.
Estimated Reading Time:

asdMales de la comunidad

Entre 1640 y 1644, Luisa sintió miedo por la comunidad de Angers que con tanta ilu­sión había ido a fundar ella misma. Le llegaban noticias desalentadoras. A veces, dan de­cisiones de los administradores que tanto ellos como la gente consideraban insignifican­tes, pero que a Luisa la llenaban de temblor: parecía intranscendente la llegada al hospi­tal de los Padres Reformados para hacerse cargo de la pastoral de los enfermos, pero ¿no sentirían las Hermanas la tentación de convertirse en religiosas ayudadas por la ignoran­cia que manifestaba el obispo sobre la naturaleza de la nueva comunidad? Otras actua­ciones de las Hermanas no las consideró «muy peligrosas», eran poca cosa: que se mani­festaban remilgadas de espíritu, y cualquier sacerdote no las satisfacía para confesarse. En ocasiones, sin embargo, las faltas parecían serias y creaban animadversión en un sector de la población angevina hacia las Hijas de la Caridad.

En París, se tomaron como habladurías de la gente, aunque Luisa comenzó a dudar si sus hijas no se habrían relajado y temió que bastante pudiera ser cierto: «Se me ocurre que debe de haber otro motivo que incita a esos señores a quejarse más que todas esas faltas de que acusan a nuestras Hermanas, que realmente serían graves si hubieran llegado a ser tan imprudentes de relajarse hasta el punto de eso de que se les acusa (c.101). La cuestión es que Luisa, de enero a mayo de 1644, escribió, preocupada, seis cartas al Abad de Vaux.

Definitivamente, un día de 1644, la vemos dejar jirones de dolor, al enterarse con cer­teza de las faltas de aquellas hijas que había formado ella y que tanto tiempo habían vi­vido a su lado para aprender a ser Hijas de la Caridad. Humildemente, confiesa que «son el fruto del pobre huerto de mi ruin dirección» (c.89).

Luisa no era depresiva y se propuso conocer toda la verdad de las críticas y aplicar re­medios rápidos, sin paliativos. Con Vicente de Paúl, decidió que el P.Lamberto, que ya había visitado otras veces el hospital y conocía a las Hermanas, volviera a pasar Visita con el encargo expreso de corregir las faltas, animar la comunidad y revitalizar el espíri­tu. El P. Lamberto, inteligente, realista y práctico, llevaba todos los poderes. La Visita du­ró varios días. La impresión que sacó después de hablar con cada una de las Hermanas no fue buena. Aconsejó a Luisa sacar a tres Hermanas que estropeaban la comunidad, y la santa lo hizo. Al igual que San Vicente, pensó, además, que la Hermana Sirviente, Sor Magdalena Monget, no sería capaz de reanimar la comunidad. Tenía poca salud y era de un carácter precipitado, exigente, exagerado y áspero; —por haber trabajado, desde su en­trada en la Compañía, con los galeotes, la disculpaba Santa Luisa. La llamaron a París por cinco meses y pusieron en su lugar a Sor Isabel Turgis. Sor Turgis ya conocía el hospi­tal. Cuatro años había estado allí con Luisa en la fundación de la comunidad, y cuando Luisa se volvió a París, la dejó como responsable. Bajo el recuerdo de aquella primera es­tancia, los administradores la recibieron encantados. A pesar de una decisión tan llamati­va, Luisa no quedó satisfecha. La situación exigía su presencia; ella debía ir a Angers, pe­ro las ocupaciones en París se lo impedían. Les escribió dos cartas —una a la Hermana Sirviente y otra a toda la comunidad— que le brotaron de un corazón de madre y, al mis­mo tiempo de Superiora General. En esta fecha, tenía ideas claras de la naturaleza de la nueva compañía:

«Mis queridas Hermanas:

No puedo por más tiempo ocultarles el dolor que causan a mi corazón las no­ticias que he tenido de que dejan ustedes mucho que desear. ¡Pues qué, pobres Her­manas mías! ¿habrá que decir que el enemigo prevalece sobre ustedes? ¿Dónde es­tá el espíritu de fervor que las animaba en los comienzos de su establecimiento en Angers y que tanta estima les merecía por parte de los señores directores, cuyas in­dicaciones eran para ustedes órdenes que no dejaban nunca de cumplir con el res­peto y el agrado que debían? ¿No está completamente fuera de razón el que se opongan a sus consejos y ordenanzas? Y me refiero lo mismo a sus superiores es­pirituales que temporales. ¿Dónde están la dulzura y la caridad que han de conser­var tan cuidadosamente hacia nuestros queridos amos, los pobres enfermos? Si nos apartamos, por poco que sea, de quienes son los miembros de Jesucristo, eso nos llevará infaliblemente a que disminuyan en nosotras esas hermosas virtudes. ¿Se­ría posible que un apego cualquiera a las criaturas las pusiera a ustedes en peligro de perder el precioso tesoro de su vocación?».

Perder la vocación, o lo que es lo mismo, abandonar a los pobres, fue el miedo conti­nuo de San Vicente de Paúl, y la razón primera de proponer los votos en la Congregación de la Misión. Y ésta fue la preocupación de Santa Luisa de Marillac. No porque le im­portara la Compañía, le interesaba la voluntad de Dios que les había entregado a sus po­bres y las «había conducido por su Providencia al lugar en que se encontraban, y las ha­bía unido para que se ayudasen mutuamente en su perfección». Estar en Angers era el pri­vilegio de hacerse santas fácilmente: «servir a Dios y a los pobres sin interrupción». Si las demás Hermanas no las envidiaban era porque también ellas estaban cumpliendo la vo­luntad divina allí donde se encontraban. La conmovía la situación lamentable que sufría el hospital antes de llegar las Hermanas.

La señorita Le Gras comenzaba a sentir la pobreza de su hijo, o lo que es lo mismo, a sufrirla en su carne. Oía brotar el amor propio en su espíritu de pobre y percibía el orgu­llo en los cuerpos de los necesitados. Por ello mismo, da dos normas tan primitivas como necesarias que, de aquí en adelante, leeremos frecuentemente en sus cartas; las Hermanas deben asimilarlas:

La primera es humana: servir a los pobres con tolerancia, mansedumbre y dulzura; la segunda es evangélica: considerarlos sus amos y señores y como miembros de Jesucristo. No era fácil; Vicente de Paúl le había aconsejado que las enseñara a dominar su naturaleza y su amor propio por medio de la «mortificación interior y exterior de nuestro juicio, de nuestra voluntad, del oído, del habla y de los demás sentidos».

El orgullo de Luisa, la Marillac, y la vanidad de Luisa, mujer, la arrastraban interior­mente a prestar atención a las impresiones de la gente para que no encontraran «nada que reprocharles».

Creyó descubrir la causa de los males en la bisoñez de las Hermanas para vivir en una comunidad numerosa. Acostumbradas a vivir de dos en dos, cuando formaron una comu­nidad grande, la inexperiencia las enfrentó unas con otras en una convivencia desaveni­da. Sentada a la mesa, decidida, rasgueó una carta con trazos firmes y enérgicos: que vi­van unidas y cada una tolere el carácter de las demás. Cada una tiene su temperamento triste o melancólico, vivaracho o lento. ¿Y qué va a hacer ella si es así? Cada una debe luchar por mejorar su carácter y las demás aguantarla, puesto que a ellas también tendrán que aguantarlas en sus fallos. Por mucho que se esfuerce, nunca nadie podrá dominar en­teramente sus inclinaciones. Es entonces cuando le brotó un resumen breve pero certero del ser de la Hija de la caridad: «Y eso será, queridas Hermanas, ser verdaderas Hijas de la Caridad, ya que la señal de que un alma posee la caridad es, con todas las otras virtu­des, la de soportarlo todo». Si esta frase es el resumen de la naturaleza de una Hermana, el resumen de la convivencia, cuando se cambia la Hermana Sirviente, es olvidarse de la anterior y colaborar, ilusionadas, con la nueva. Toda la carta está salpicada de la presencia de Dios, como el Espíritu que deseaba ver entre ellas. Termina la carta con unas líneas de tierna amistad, dándoles noticias de las Hermanas de otros lugares. Eran pocas aún y todas se conocían.

Papel de la Hermana Sirviente

Sin pretender definir el papel de una superiora y tan sólo para solucionar una situación concreta, puso, sin embargo, dos puntos que serán constantes en la dirección de una co­munidad de Hijas de la Caridad. Primero: la responsable debe buscar, ante todo, el bien de la comunidad, olvidándose por completo de su amor propio, sin pretender de­mostrar que tiene razón. Por el contrario, procure ganar a sus compañeras hacia una paz alegre. Por supuesto, la superiora debe mostrarse insensible a las penas que le causen las compañeras; a pesar de todo, tiene que ayudarlas a salir de sus dificultades con tolerancia y cordialidad. Una mala cara no es propia de una Hermana Sirviente.

Segundo: jamás debe contar a nadie de dentro lo que sucede en comunidad, ni aun al confesor; asimismo, debe hablar bien del confesor y disimular cuando una Herma­na siente repugnancia por confesarse con el sacerdote designado. Era el eterno proble­ma de siglos pasados: considerar la confesión como un juicio que necesita jurisdicción; quien no la tiene para confesar a personas determinadas no puede sentenciar el perdón. De ahí, se seguía nombrar confesores con potestad de perdón, pues sólo ellos pueden perdonar. Una legislación tan rígida tenía muchas puertas por donde se escapaba el per­dón.

Luisa de Marillac, que sentía el sufrimiento como un compañero a su lado, se dio cuen­ta de que las Hermanas podían sentir un dolor triste, y anima al final a la Hermana Sir­viente: «Ya sé, querida Hermana, lo difícil que es cumplir bien nuestros cargos. Pero Dios, que nos lo ha dado, no nos negará su gracia y, para conseguirla, humillémonos profunda­mente con una santa desconfianza en nosotras mismas y una gran confianza en su bon­dad, que nos lleve a pedirle sencillamente lo que quiere que demos a nuestras Hermanas, a las que debemos mirar como a sus criaturas muy amadas y siervas suyas.

De nuevo, Sor Magdalena

En septiembre de 1644, pareció que la comunidad estaba encaminada. Luisa mandó volver a Sor Turgis y Sor Magdalena marchó de nuevo a Angers a hacerse cargo de la co­munidad. A pesar de sus defectos, nos cautiva esta Hija de la Caridad obediente y humil­de. Con una sencillez limpia, volvió con sus antiguas compañeras sin quejas y sin amar­gura por haber sido postergada. No pensó siquiera que habían minusvalorado su capaci­dad de animadora.

Como la vez anterior, Luisa les envió dos cartas. A Sor Magdalena, le pide humildad y desconfianza en ella misma, bajo una imagen que repetirá varias ve­ces: la Hermana Sirviente tiene que ser «el mulo de la casa» que lleva todo el peso y trata a las Hermanas con confianza y tolerancia; y Luisa, la que continuamente tenía a Dios en los labios, ahora acude a Jesucristo: que sigan sus enseñanzas y la imiten «co­mo al Buen Pastor que expone su vida por el bien y conservación de las ovejas que tie­ne a su cargo».

A pesar de los esfuerzos incesantes de Luisa y de los innumerables medios que puso, los disgustos y los fallos continuaron otros tres años. En los meses de mayo y junio de 1647, estalló de nuevo el malestar. Dos Hermanas tuvieron que ser devueltas a París sin tiempo para pedir el parecer de Vicente de Paúl o de Luisa. No se sabe si expulsadas por los administradores, enviadas por la precipitada Sor Magdalena, siguiendo las órdenes de la Junta, o por las Hermanas que ya no podían aguantar una situación tan tirante.

El alma de Luisa recibió un insulto frío. Su orgullo quedó humillado al conocer las acusaciones: desobedientes, descaradas y, lo que nunca podía imaginarse, apropiarse de los bienes de los pobres. San Vicente, tajante en tal circunstancia, no esperó a que se acla­rasen las calumnias, y mandó que las sustituyeran inmediatamente otras dos Hijas de la Caridad sin esperar a que las acusadas llegasen a París.

Luisa se consoló con el Abad de Vaux. Para mantener la autoridad en la Compañía, aclaró que a las acusadas era «el señor Vicente quien las mandaba venir». La afectividad maternal de Luisa la convenció de que disculpara sinceramente a sus dos hijas:

«Señor [Abad de Vaux]:

Ya me figuraba yo que la pobre Sor Petra no era tan criminal como se la que­ría hacer aparecer. Es de un carácter extremadamente libre que manifiesta que no se preocupa demasiado por aquello de que se la acusa, porque no siente en sí la voluntad del mal. ¡Dios mío, Señor! ¡Cuánto me hace sufrir este asunto! ¿Cómo sería posible que Dios rechazara de tal forma el servicio que queremos ofrecerle en ese hospital, que llegara el único lugar abandonado de sus manos hasta el pun­to de permitir que las Hermanas cometan en él faltas tan señaladas? Es indudable, señor, que hay una mala interpretación, y que algunos de esos difamadores se han empeñado en desacreditarnos con los Padres [administradores], y aun ante toda la ciudad.

Y si es que no quieren ya nuestro servicio, que nos lo digan enhorabuena, pe­ro eso de sufrir tales sospechas y calumnias, y que se den oídos a los que han que­rido convencer a esos señores de que han visto por la noche a tres Hermanas ha­ciendo paquetes y arrojándolos por las ventanas, eso, señor, le suplico que consi­dere usted si se puede tolerar. Dicen que no quieren creerlo, pero de hecho lo cre­en, y quizá más de lo que esas lenguas vierten. Ya sé que es muy fácil dejarse ir a sospechar el mal y a darle crédito, pero en este caso me parece que tiene dema­siada importancia.

Ya ve usted, señor, cómo me saca de mí el pundonor; le pido perdón por ello y le suplico, por el amor de Dios, que ponga remedio a este mal que ahora está en sus comienzos».

A primeros de 1648, Sor Magdalena Monget agotada por la enfermedad, dejó el car­go de Hermana Sirviente a Sor Cecilia Angiboust. Unos meses después, moría allí mis­mo. Sor Cecilia dirigió la comunidad hasta 1657 y tuvo la cualidad de agradar a los ad­ministradores del hospital. Desde entonces, todo caminó de una manera pacífica y agra­dable.

Ocho años tardó Luisa en lograr que las Hermanas se acomodasen al hospital. En es­tos ocho arios, de 1640 a 1648, tanto las Hijas de la Caridad como la Junta comprendie­ron cuál era su papel. De igual modo las Hermanas, a las que únicamente se les había en­señado a vivir de dos en dos o de tres en tres en un piso alquilado para servir fuera de ca­sa, aprendieron a convivir en una comunidad numerosa que vive y trabaja en el mismo hospital.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *